Virgen Madre de Dios y Madre nuestra amadísima

Tú, que abrazando sin reservas la Voluntad divina, te consagraste con todas tus energías a la persona y a la obra de tu Hijo, enséñanos a guardar en nuestro corazón y a meditar en silencio, como hiciste Tú, los misterios de la vida de Cristo.

Tú, que avanzaste hasta el Calvario, siempre unida profundamente a tu Hijo, que en la Cruz te donó como Madre al discípulo Juan, haz que siempre te sintamos también cerca de nosotros en cada instante de la existencia, sobre todo en los momentos de oscuridad y de prueba.

Tú, que en Pentecostés, junto con los Apóstoles en oración, imploraste el don del Espíritu Santo para la Iglesia naciente, ayúdanos a perseverar en el fiel seguimiento de Cristo. A Ti dirigimos nuestra mirada con confianza, como "señal de esperanza segura y de consuelo, hasta que llegue el día del Señor" (Lumen gentium, 68).

A Ti, María, te invocan con insistente oración los fieles de todas las partes del mundo, para que, exaltada en el Cielo entre los ángeles y los santos, intercedas por nosotros ante tu Hijo, "hasta el momento en que todas las familias de los pueblos, los que se honran con el nombre de cristianos, así como los que todavía no conocen a su Salvador, puedan verse felizmente reunidos en paz y concordia en el único pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad" (ib., 69).Amén.

 BENEDICTO XVI

ORACIÓN AL FINALIZAR EL HOMENAJE A LA INMACULADA EN LA PLAZA ESPAÑA. ROMA. 8 DE DICIEMBRE DE 2005

 

Querido/a suscriptor/a de EL CAMINO DE MARÍA.

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En el décimo y último capítulo de este e-Curso meditaremos sobre la la virtud de la pobreza de María. San Alfonso María de Ligorio expresa:

Nuestro amado Redentor, para enseñarnos a desprendernos de los bienes efímeros, quiso ser pobre en la tierra. "Por vosotros se hizo pobre siendo rico, y con su pobreza todos hemos sido enriquecidos" (2Co 8,9). Por eso Jesús exhortaba al que quería seguirle: "Si quieres ser perfecto, vete, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y ven y sígueme" (Mt 19,21).

La discípula más perfecta y que mejor siguió su ejemplo fue María. Es de opinión san Pedro Canisio que la Santísima Virgen, con la herencia dejada por sus padres hubiera podido vivir cómodamente, pero quiso quedar pobre reservándose una pequeña porción y dando todo lo demás en limosnas al templo y a los pobres. Se cuenta en las revelaciones de santa Brígida que le dijo la Virgen: Desde el principio resolví en mi corazón no poseer nada en el mundo. Los regalos recibidos de los Magos serían ciertamente valiosos, afirma san Bernardo, como convenía a su regia majestad, pero se distribuirían a los pobres por manos de san José.

Por amor a la pobreza no se desdeñó en casarse con un trabajador como lo era José y en sustentarse con el trabajo de sus manos, como coser y cocinar. Reveló el ángel a santa Brígida que las riquezas de este mundo eran para María como el barro que se pisa. Y así vivió siempre pobre.

Quien ama las riquezas, decía san Felipe Neri, no llegará a ser santo. Y afirmaba santa Teresa: Es claro que va perdido quien camina tras cosas perdidas. Por el contrario, decía la misma santa que la virtud de la pobreza abarca todos los demás bienes. Dije "la virtud de la pobreza", que, como dice san Bernardo, no consiste en ser pobre, sino en amar la pobreza. Por eso afirma Jesucristo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mt 5,3). Bienaventurados porque no quieren otra cosa más que a Dios y en Dios encuentran todo bien y encuentran en la pobreza su paraíso en la tierra, como lo entendió san Francisco al decir: "Mi Dios y mi todo". Amemos ese bien en el que están todos los bienes, como exhorta san Agustín: Ama un bien en el que están todos los demás. Y roguemos al Señor con san Ignacio: Dame sólo tu amor, que si me das tu gracia soy del todo rico. Y cuando nos aflija la pobreza, consolémonos sabiendo que Jesús y su Madre Santísima han sido pobres como nosotros. Dice san Buenaventura: El pobre puede recibir mucho consuelo con la pobreza de María y la de Cristo.

Madre mía amantísima, con cuánta razón dijiste que en Dios estaba tu gozo: "Y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador", porque en este mundo no ambicionaste ni amaste otro bien más que a Dios. Atráeme en pos de Ti. Señora, despréndeme del mundo y atráeme hacia Ti para que ame al único que merece ser amado. Amén.

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El Beato Juan Pablo II en la catequesis de la Audiencia 20 de noviembre de 1996, expresaba lo siguiente sobre la pobreza de la Sagrada Familia.

1.En la narración del nacimiento de Jesús, el evangelista Lucas refiere algunos datos que ayudan a comprender mejor el significado de ese acontecimiento.

Ante todo, recuerda el censo ordenado por César Augusto, que obliga a José, "de la casa y familia de David", y a María, su esposa, a dirigirse "a la ciudad de David, que se llama Belén" (Lc 2, 4).

Al informarnos acerca de las circunstancias en que se realizan el viaje y el parto, el evangelista nos presenta una situación de austeridad y de pobreza, que permite vislumbrar algunas características fundamentales del reino mesiánico: un reino sin honores ni poderes terrenos, que pertenece a Aquel que, en su vida pública, dirá de Sí mismo: "El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Lc 9, 58).

2.El relato de san Lucas presenta algunas anotaciones, aparentemente poco importantes, con el fin de estimular al lector a una mayor comprensión del misterio de la Navidad y de los sentimientos de la Virgen al engendrar al Hijo de Dios.

La descripción del acontecimiento del parto, narrado de forma sencilla, presenta a María participando intensamente en lo que se realiza en ella: "Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre" (Lc 2, 7). La acción de la Virgen es el resultado de su plena disponibilidad a cooperar en el plan de Dios, manifestada ya en la Anunciación con su "Hágase en mí según tu voluntad" (Lc 1, 38).

María vive la experiencia del parto en una situación de suma pobreza: no puede dar al Hijo de Dios ni siquiera lo que suelen ofrecer las madres a un recién nacido; por el contrario, debe acostarlo "en un pesebre", una cuna improvisada que contrasta con la dignidad del "Hijo del Altísimo".

3.El Evangelio explica que "no había sitio pare ellos en el alojamiento" (Lc 2, 7). Se trata de una afirmación que, recordando el texto del prólogo de san Juan: "Los suyos no lo recibieron" (Jn 1, 11), casi anticipa los numerosos rechazos que Jesús sufrirá en su vida terrena. La expresión "para ellos" indica un rechazo tanto para el Hijo como para su Madre y muestra que María ya estaba asociada al destino de sufrimiento de su Hijo y era partícipe de su misión redentora.

Jesús, rechazado por los "suyos", es acogido por los pastores, hombres rudos y no muy bien considerados, pero elegidos por Dios para ser los primeros destinatarios de la buena nueva del nacimiento del Salvador. El mensaje que el ángel les dirige es una invitación a la alegría: "Os anuncio una gran alegría que lo será para todo el pueblo" (Lc 2, 10), acompañada por una exhortación a vencer todo miedo: "No temáis".

En efecto, la noticia del nacimiento de Jesús representa para ellos, como para María en el momento de la Anunciación, el gran signo de la benevolencia divina hacia los hombres. En el divino Redentor, contemplado en la pobreza de la cueva de Belén, se puede descubrir una invitación a acercarse con confianza a Aquel que es la esperanza de la humanidad.

El cántico de los ángeles: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace", que se puede traducir también por "los hombres de la benevolencia" (Lc 2, 14), revela a los pastores lo que María había expresado en su Magníficat: el nacimiento de Jesús es el signo del Amor Misericordioso de Dios, que se manifiesta especialmente hacia los humildes y los pobres.

4.A la invitación del ángel los pastores responden con entusiasmo y prontitud: "Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado" (Lc 2, 15).

Su búsqueda tiene éxito: "Encontraron a María y a José, y al Niño" (Lc 2, 16). Como nos recuerda el Concilio, "la Madre de Dios muestra con alegría a los pastores (...) a su Hijo primogénito" (Lumen gentium, 57). Es el acontecimiento decisivo para su vida.

El deseo espontáneo de los pastores de referir "lo que les habían dicho acerca de aquel Niño" (Lc 2, 17), después de la admirable experiencia del encuentro con la Madre y su Hijo, sugiere a los evangelizadores de todos los tiempos la importancia, más aún, la necesidad de una profunda relación espiritual con María, que permita conocer mejor a Jesús y convertirse en heraldos jubilosos de su Evangelio de salvación.

Frente a estos acontecimientos extraordinarios, san Lucas nos dice que María "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc 2, 19). Mientras los pastores pasan del miedo a la admiración y a la alabanza, la Virgen, gracias a su fe, mantiene vivo el recuerdo de los acontecimientos relativos a su Hijo y los profundiza con el método de la meditación en su corazón, o sea, en el núcleo más íntimo de su persona. De ese modo, Ella sugiere a otra madre, la Iglesia, que privilegie el don y el compromiso de la contemplación y de la reflexión teológica, para poder acoger el misterio de la salvación, comprenderlo más y anunciarlo con mayor impulso a los hombres de todos los tiempos.

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Que María, Mediadora de todas las Gracias, nos ayude a meditar en nuestro corazón, a comprender con nuestra inteligencia y a poner por obra, las enseñanzas y oraciones que han integrado este e-Curso que hoy finaliza.

ORACIÓN DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
 
¡Virgen Inmaculada y bendita!
Eres la universal Dispensadora
de todas las gracias divinas,
con razón te puedo llamar
la Esperanza de todos, mi Esperanza.

Bendigo al Señor porque me muestra
el modo de alcanzar la gracia y salvarme.
Este medio eres Tú, Santa Madre de Dios.
Por los méritos de Jesús, ante todo,
me he de salvar; y después,
por tu poderosa intercesión.

Reina mía, ya que acudiste presurosa
a santificar la casa de Isabel,
visita presto la pobre casa de mi alma.
Apresúrate, pues mejor que yo sabes
lo pobre que está y los males que me agobian:
afectos desordenados, hábitos depravados,
pecados sin cuento, y mil enfermedades
capaces de causarme la muerte eterna.

Pero Tú, Tesorera de Dios,
puedes enriquecerla con todos los bienes
y curarla de toda dolencia.
Visítame durante la vida, y sobre todo,
visítame en la hora de la muerte,
cuando me será más necesaria tu ayuda.

Como indigno que soy, no pretendo
que me visites con tu presencia,
como lo has hecho con otros devotos tuyos.
Me contento con que ruegues por mí
y me visites con tu Misericordia
para ir a contemplarte en el Cielo,
para amarte con toda el alma
y agradecerte todos tus beneficios.

Ruega por mí, María,
encomiéndame a tu Hijo.
Mejor que yo conoces
mis miserias y necesidades.
¿Qué más te puedo suplicar
sino que tengas compasión de mí?
Es tan grande mi ignorancia,
que no sé pedir lo que necesito.

Dulce Reina mía, María,
pide y alcánzame de tu Hijo
las gracias más convenientes
y más necesarias para mi alma;
del todo me abandono en tus manos
pidiendo a la Divina Majestad,
que por los méritos de Jesús, mi Salvador,
me conceda las gracias que Tú le pidas.

Pide por mí, Virgen Santísima
lo que más me conviene.
Tus oraciones, siempre las escucha Dios
porque son plegarias de Madre
para con el Hijo que tanto te ama
y goza en otorgarte lo que pides
para mejor honrarte y mostrar su Amor a Ti.
En esto quedamos, Señora:
Yo vivo confiando en Ti.
Ocúpate Tu por salvarme. Amén.

Marisa y Eduardo


"Oh Madre mía, a vuestro Corazón confío las angustias de mi corazón,
y a él vengo a buscar ánimo y fortaleza ".

Santa Bernardita.


 

ORACIÓN PARA IMPLORAR FAVORES POR INTERCESIÓN DEL

BEATO JUAN PABLO II

Oh Dios Padre Misericordioso, que por mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo, concediste al Beato Juan Pablo II la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina, de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te ruego que te dignes glorificar al Beato Juan Pablo II y que me concedas por su intercesión el favor que te pido... (pídase). 
 
A Tí, Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria
 

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