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Oh María,
Madre de la
Iglesia,
te
encomiendo
toda la vida
consagrada,
a fin de que
Tú le
alcances
la plenitud
de la Luz
divina:
que viva en
la escucha
de la
Palabra de
Dios,
en la
humildad del
seguimiento
de Jesús, tu
Hijo y
nuestro
Señor,
en la
acogida
de la visita
del Espíritu
Santo,
en la
alegría
cotidiana
del
Magníficat,
para que la
Iglesia sea
edificada
por la
santidad de
vida
de estos
hijos e
hijas tuyos,
en el
mandamiento
del amor.
Amén
BENEDICTO
XVI.
ORACIÓN
DURANTE LA
CELEBRACIÓN
DE LAS
VÍSPERAS DE
LA FIESTA DE
LA
PRESENTACIÓN
DEL SEÑOR. 2
DE FEBRERO
2011
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Querido/a)
suscriptor/a de EL CAMINO DE MARÍA.
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En el tercer capítulo de este e-Curso meditaremos sobre la la virtud de
la castidad de María. San Alfonso
María de Ligorio expresa:
Después de la
caída de Adán, habiéndose rebelado los sentidos contra la
razón, la virtud de la castidad es para los hombres muy
difícil de practicar. Entre todas las luchas, dice san
Agustín, las más duras son las batallas de la castidad, en
la que la lucha es diaria y rara la victoria. Pero sea
siempre alabado el Señor que nos ha dado en María un
excelente ejemplar de esta virtud. Con razón, dice san
Alberto Magno, se llama virgen a la Virgen, porque Ella,
ofreciendo su virginidad a Dios, la primera, sin consejo ni
ejemplo de nadie, se lo ha dado a todas las vírgenes que la
han imitado. Como predijo David: "Toda espléndida la hija
del rey, va dentro con vestidos de oro recamados...;
vírgenes con Ella, compañeras suyas, donde Él son
introducidas" (Sal 44,14-15). Sin consejo de otros y sin
ejemplo que imitar. Dice san Bernardo: Oh Virgen, ¿quién te
enseñó a agradar a Dios y a llevar en la tierra vida de
ángeles? Para esto, dice Sofronio, se eligió Dios por Madre
a esta purísima virgen, para que fuera ejemplo de castidad
para todos. Por eso la llama san Ambrosio la portaestandarte
de la virginidad.
Por razón de
esta pureza fue también llamada la Santísima Virgen, por el
Espíritu Santo, bella como la paloma: "Hermosas son tus
mejillas como de paloma" (Ct 1,9). Paloma purísima
María. Por eso se dijo también de Ella: "Como lirio entre
espinas, así es mi amada entre las mozas" (Ct 2,2)... La
hermosura de la Virgen, dice santo Tomás, animaba a la
castidad a quienes la contemplaban. San José, afirma san
Jerónimo, se mantuvo virgen por ser el esposo de María.
Contra el hereje Elvidio que negaba la virginidad de María,
escribió el santo: Tú afirmas que María no permaneció
virgen, y yo, por el contrario, te digo que san José fue
virgen gracias a María. La Virgen le preguntó al
ángel: ¿Cómo será esto, pues no conozco varón? (Lc
1,34). E ilustrada por el ángel, respondió: "Hágase en
mí según tu palabra", significando que daba su
consentimiento al ángel, que le había asegurado que debía
ser madre sólo por obra del Espíritu Santo.
Es rara la
victoria sobre este vicio, como ya vimos al principio, según
dijo san Agustín; pero "por qué es rara esa victoria? Porque
no se ponen los medios para vencer. Tres son esos medios,
como dicen los maestros espirituales con san Bernardino: el
ayuno, la fuga de las ocasiones y la oración.
Por ayuno
se entiende la mortificación, sobre todo de los ojos y de la
gula. María Santísima, aunque llena de gracias, tenía que
ser mortificada en las miradas sin fijar los ojos en nadie,
de modo que era la admiración de todos desde su tierna
infancia. Toda su vida fue mortificada en el comer. Afirma
san Buenaventura que no hubiera acumulado tanta gracia si no
hubiera sido morigerada en los alimentos, pues no se
compaginan la gracia y la gula. En suma, María fue
mortificada en todo.
El segundo medio
es la fuga de las ocasiones. El que evita los lazos
andará seguro. Decía por esto san Felipe Neri: En la guerra
de los sentidos vencen los cobardes, es decir, los que huyen
de la ocasión. María rehuía cuanto era posible ser vista por
los hombres. Eso parece deducirse también de lo que dice san
Lucas: "Marchó aprisa a la montaña".
El tercer medio
es la oración: "Pero comprendiendo que no podía
poseer la sabiduría si Dios no me la daba..., recurrí al
Señor. Y le pedí" (Sb 8,21)... Dice san Juan Damasceno
que María es pura y amante de la pureza. Por eso no puede
soportar a los impuros. El que a Ella recurre, ciertamente
se verá libre de este vicio con sólo nombrarla lleno de
confianza. Decía san Juan de Ávila que muchos tentados
contra la castidad, con sólo recordar con amor a María
Inmaculada, han vencido.
María, Virgen
pura, ¡cuántos se habrán perdido por falta de castidad!
Señora, líbranos. Haz que en las tentaciones siempre
recurramos a Ti diciendo: María, María, ayúdanos. Amén.
¯¯¯
El Beato Juan
Pablo II en la
Audiencia del 28 de agosto de 1996: "MARÍA SIEMPRE
VIRGEN", éxpresó:
1.La Iglesia ha
manifestado de modo constante su fe en
la virginidad perpetua de María. Los
textos más antiguos, cuando se refieren
a la concepción de Jesús, llaman a María
sencillamente Virgen, pero dando
a entender que consideraban esa cualidad
como un hecho permanente, referido a
toda su vida.
Los cristianos de los
primeros siglos expresaron esa
convicción de fe mediante el término
griego άεί–πάρθενς "siempre virgen",
creado para calificar de modo único y
eficaz la persona de María, y expresar
en una sola palabra la fe de la Iglesia
en su virginidad perpetua. Lo
encontramos ya en el segundo símbolo de
fe de san Epifanio, en el año 374, con
relación a la Encarnación: el Hijo de
Dios "se encarnó, es decir, fue
engendrado de modo perfecto por santa
María, la siempre virgen, por obra del
Espíritu Santo" (Ancoratus, 119,
5: DS 44).
La expresión
siempre virgen fue recogida por el
segundo concilio de Constantinopla, que
afirmó: el Verbo de Dios "se encarnó de
la santa gloriosa Madre de Dios y
siempre Virgen María, y nació de
ella" (DS 422). Esta doctrina fue
confirmada por otros dos concilios
ecuménicos, el cuarto de Letrán, año
1215 (DS 801), y el segundo de
Lyon, año 1274 (DS 852), y por el
texto de la definición del dogma de la
Asunción, año 1950 (DS 3.903), en
el que la virginidad perpetua de María
es aducida entre los motivos de su
elevación en cuerpo y alma a la gloria
celeste.
2.Usando una fórmula
sintética, la tradición de la Iglesia ha
presentado a María como "virgen antes
del parto, durante el parto y
después del parto", afirmando,
mediante la mención de estos tres
momentos, que no dejó nunca de ser
virgen.
De las tres, la
afirmación de la virginidad antes del
parto es, sin duda, la más
importante, ya que se refiere a la
concepción de Jesús y toca directamente
el misterio mismo de la Encarnación.
Esta verdad ha estado presente desde el
principio y de forma constante en la fe
de la Iglesia.
La virginidad
durante el parto y después del
parto, aunque se halla contenida
implícitamente en el título de virgen
atribuido a María ya en los orígenes de
la Iglesia, se convierte en objeto de
profundización doctrinal cuando algunos
comienzan explícitamente a ponerla en
duda. El Papa Hormisdas precisa que "el
Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre y
nació en el tiempo como hombre, abriendo
al nacer el seno de su madre (cf. Lc
2, 23) y, por el poder de Dios, sin
romper la virginidad de su madre" (DS
368). Esta doctrina fue confirmada por
el concilio Vaticano II, en el que se
afirma que el Hijo primogénito de María
"no menoscabó su integridad virginal,
sino que la santificó" ( Lumen
gentium,
57). Por lo que se refiere a la
virginidad después del parto, es preciso
destacar ante todo que no hay motivos
para pensar que la voluntad de
permanecer virgen, manifestada por María
en el momento de la Anunciación (cf.
Lc 1, 34), haya cambiado
posteriormente. Además, el sentido
inmediato de las palabras: "Mujer, ahí
tienes a tu hijo", "ahí tienes a tu
madre" (Jn 19, 26-27), que Jesús
dirige desde la cruz a María y al
discípulo predilecto, hace suponer una
situación que excluye la presencia de
otros hijos nacidos de María.
Los que niegan la
virginidad después del parto han pensado
encontrar un argumento probatorio en el
término "primogénito", que el evangelio
atribuye a Jesús (cf. Lc 2, 7),
como si esa expresión diera a entender
que María engendró otros hijos después
de Jesús. Pero la palabra "primogénito"
significa literalmente "hijo no
precedido por otro" y, de por sí,
prescinde de la existencia de otros
hijos. Además, el evangelista subraya
esta característica del Niño, pues con
el nacimiento del primogénito estaban
vinculadas algunas prescripciones de la
ley judaica, independientemente del
hecho de que la madre hubiera dado a luz
otros hijos. A cada hijo único se
aplicaban, por consiguiente, esas
prescripciones por ser "el primogénito"
(cf. Lc 2, 23).
3.Según algunos,
contra la virginidad de María después
del parto estarían aquellos textos
evangélicos que recuerdan la existencia
de cuatro "hermanos de Jesús": Santiago,
José, Simón y Judas (cf. Mt 13,
55-56; Mc 6, 3), y de varias
hermanas.
Conviene recordar
que, tanto en la lengua hebrea como en
la aramea, no existe un término
particular para expresar la palabra
primo y que, por consiguiente, los
términos hermano y hermana
tenían un significado muy amplio, que
abarcaba varios grados de parentesco. En
realidad, con el término hermanos de
Jesús se indican los hijos de
una María discípula de Cristo (cf. Mt
27, 56), que es designada de modo
significativo como "la otra María" (Mt
28, 1). Se trata de parientes próximos
de Jesús, según una expresión frecuente
en el Antiguo Testamento (cf.
Catecismo de la
Iglesia católica,
n. 500).
Así pues, María
Santísima es la siempre Virgen.
Esta prerrogativa suya es consecuencia
de la maternidad
divina, que la consagró totalmente a la
misión redentora de Cristo.
¯¯¯
Que María,
"Madre Castísima", nos ayude a meditar en nuestro corazón
y a comprender con nuestra inteligencia, los distintos textos que
forman parte de este e-Curso.
ORACIÓN DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
¡Reina mía
soberana, digna de mi Dios, María!
Al verme tan vil y cargados de pecados,
no debiera atreverme
a acudir a Ti y llamarte madre.
Merezco, lo sé, que me deseches,
pero te ruego que contemples
lo que ha hecho y padecido tu Hijo por mí;
y por lo tanto no me deseches.
Soy un pecador que, más que otros,
ha despreciado la divina Majestad;
pero el mal está hecho.
A Ti acudo que me puedes auxiliar;
ayúdame, Madre mía, y no digas
que no puedes ampararme,
pues bien sé que eres poderosa
y obtienes de tu Dios lo que deseas.
Tú, Jesús mío, eres mi Dios;
y Tú mi madre, María.
Amáis a los más pecadores
y los andáis buscando para salvarlos.
Yo soy reo del infierno,
el más pecador de todos
Pero no tenéis necesidad de buscarme;
ni siquiera lo pretendo.
A vosotros me presento con la esperanza
de no verme abandonado.
Vedme a vuestros pies.
Jesús mío, perdóname.
María, madre mía, socórreme.
|
Marisa y Eduardo
CARTA APOSTÓLICA
SPIRITUS DOMINI
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
CON MOTIVO DEL II CENTENARIO DE LA MUERTE
DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
(...) La fama de
Alfonso, muy notable en vida, creció de modo extraordinario después de su
muerte, permaneciendo inalterada en estos dos siglos. He aquí el motivo por el
que, después de su canonización, decretada por mi predecesor el Papa Gregorio
XVI el 26 de mayo de 1839, comenzaron a llegar a la Santa Sede cartas pidiendo
que le fuese conferido al Santo el título de Doctor de la Iglesia. Dicho título
se lo confirió el Papa Pío IX el 23 de marzo de 1871. Y el mismo Papa, el 7 de
julio de 1871, en la Carta Apostólica Qui Ecclesiae suae, comentando el
título de Doctor de la Iglesia dado al Santo, escribía: Realmente se puede
afirmar con toda verdad que no ha habido ningún error, aun en nuestro tiempo,
que Alfonso, al menos en gran parte no haya refutado
[5].
Los Papas
sucesivos han reconocido siempre esta fama, la han recordado y la han divulgado
hasta nuestros días.
El Papa Pío
XII de feliz memoria, que el 26 de abril de 1950 confirió a San Alfonso el nuevo
título de "celeste Patrono de todos los confesores y moralistas"
[6],
en fecha 7 de abril de 1953 llegó a afirmar: "El Santo del celo misionero, de la
caridad pastoral, de la encendida piedad eucarística, de la tierna devoción a la
Virgen, en sus escritos ha difundido tesoros de vida espiritual, y las luces de
su mente y los impulsos de su corazón, nutridos unos y otros en la celeste
sabiduría, son para las almas substancia de vida y de piedad, asimilable por
todos, y para todos suave invitación al recogimiento del espíritu, fácil impulso
a la elevación del corazón a Dios"
[7].
Merece
también ser recordada la siguiente exclamación del Papa Juan XXIII de feliz
memoria: "¡Oh San Alfonso, San Alfonso! ¡Qué gran gloria y qué objeto de estudio
para el clero italiano! Desde los primeros años de nuestra formación
eclesiástica nos son familiares su vida y sus obras"
[8].
Del testimonio de la historia de la Iglesia y de la piedad popular resulta que
el mensaje de San Alfonso es todavía actual. Y la Iglesia te lo vuelve a
proponer hoy a ti, a tus dilectos hijos que son los miembros de su congregación
y a todos los cristianos.
(Continúa en el capítulo siguiente)
"Oh Madre mía, a vuestro Corazón confío las
angustias de mi corazón,
y a él vengo a buscar ánimo y fortaleza ".
Santa Bernardita.
ORACIÓN PARA
IMPLORAR FAVORES POR INTERCESIÓN DEL
BEATO
JUAN PABLO II

Oh
Dios Padre Misericordioso,
que por mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de
su Madre, la Bienaventurada Virgen María, y la acción
del Espíritu Santo, concediste al Beato Juan Pablo II la
gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la
Iglesia peregrina, de los hijos e hijas de la Iglesia
y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, haz
que yo sepa también responder con fidelidad a las
exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos
los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de
amarte y de servir al Reino de Jesucristo. Te ruego que
te dignes glorificar al Beato Juan Pablo II y que me
concedas por su intercesión el favor que te pido... (pídase).
A Tí, Padre Omnipotente,
origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que vive,
Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo
que santifica el universo, alabanza, honor y gloria
ahora y por los siglos de los siglos. Amén.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria
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