EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
MARIALIS
CULTUS
DE SU
SANTIDAD PABLO VI
PARA LA RECTA ORDENACIÓN
Y DESARROLLO DEL CULTO
A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
INTRODUCCIÓN
Desde
que fuimos elegidos a la Cátedra de Pedro, hemos
puesto constante cuidado en incrementar el culto
mariano, no sólo con el deseo de interpretar el
sentir de la Iglesia y nuestro impulso personal,
sino también porque tal culto —como es sabido—
encaja como parte nobilísima en el contexto de aquel
culto sagrado donde confluyen el culmen de la
sabiduría y el vértice de la religión y que por lo
mismo constituye un deber primario del pueblo de
Dios (1). Pensando precisamente en este deber
primario Nos hemos favorecido y alentado la gran
obra de la reforma litúrgica promovida por el
Concilio Ecuménico Vaticano II; y ocurrió,
ciertamente no sin un particular designio de la
Providencia divina, que el primer documento
conciliar, aprobado y firmado "en el Espíritu Santo"
por Nos junto con los padres conciliares, fue la
Constitución Sacrosanctum Concilium, cuyo propósito
era precisamente restaurar e incrementar la Liturgia
y hacer más provechosa la participación de los
fieles en los sagrados misterios (2). Desde
entonces, siguiendo las directrices conciliares,
muchos actos de nuestro pontificado han tenido como
finalidad el perfeccionamiento del culto divino,
como lo demuestra el hecho de haber promulgado
durante estos últimos años numerosos libros del Rito
romano, restaurados según los principios y las
normas del Concilio Vaticano II. Por todo ello damos
las más sentidas gracias al Señor, Dador de todo
bien, y quedamos reconocidos a las Conferencias
Episcopales y a cada uno de los obispos, que de
distintas formas ha cooperado con Nos en la
preparación de dichos libros.
Pero,
mientras vemos con ánimo gozoso y agradecido el
trabajo llevado a cabo, así como los primeros
resultados positivos obtenidos por la renovación
litúrgica, destinados a multiplicarse a medida que
la reforma se vaya comprendiendo en sus motivaciones
de fondo y aplicando correctamente, nuestra
vigilante actitud se dirige sin cesar a todo aquello
que puede dar ordenado cumplimiento a la
restauración del culto con que la Iglesia, en
espíritu de verdad (cf. Jn 4,24), adora al Padre, al
Hijo y al Espíritu Santo, "venera con especial amor
a María Santísima Madre de Dios" (3) y honra con
religioso obsequio la memoria de los Mártires y de
los demás Santos.
El
desarrollo, deseado por Nos, de la devoción a la
Santísima Virgen, insertada en el cauce del único
culto que "justa y merecidamente" se llama
"cristiano" —porque en Cristo tiene su origen y
eficacia, en Cristo halla plena expresión y por
medio de Cristo conduce en el Espíritu al Padre—, es
un elemento cualificador de la genuina piedad de la
Iglesia. En efecto, por íntima necesidad la Iglesia
refleja en la praxis cultual el plan redentor de
Dios, debido a lo cual corresponde un culto singular
al puesto también singular que María ocupa dentro de
él(4); asimismo todo desarrollo auténtico del culto
cristiano redunda necesariamente en un correcto
incremento de la veneración a la Madre del Señor.
Por lo demás, la historia de la piedad filial como
"las diversas formas de piedad hacia la Madre de
Dios, aprobadas por la Iglesia dentro de los límites
de la doctrina sana y ortodoxa" (5), se desarrolla
en armónica subordinación al culto a Cristo y
gravitan en torno a él como su natural y necesario
punto de referencia. También en nuestra época sucede
así. La reflexión de la Iglesia contemporánea sobre
el misterio de Cristo y sobre su propia naturaleza
la ha llevado a encontrar, como raíz del primero y
como coronación de la segunda, la misma figura de
mujer: la Virgen María, Madre precisamente de Cristo
y Madre de la Iglesia. Un mejor conocimiento de la
misión de María, se ha transformado en gozosa
veneración hacia ella y en adorante respeto hacia el
sabio designio de Dios, que ha colocado en su
Familia -la Iglesia-, como en todo hogar doméstico,
la figura de una Mujer, que calladamente y en
espíritu de servicio vela por ella y "protege
benignamente su camino hacia la patria, hasta que
llegue el día glorioso del Señor" (6).
En
nuestro tiempo, los caminos producidos en las
usanzas sociales, en la sensibilidad de los pueblos,
en los modos de expresión de la literatura y del
arte, en las formas de comunicación social han
influido también sobre las manifestaciones del
sentimiento religioso. Ciertas prácticas cultuales,
que en un tiempo no lejano parecían apropiadas para
expresar el sentimiento religioso de los individuos
y de las comunidades cristianas, parecen hoy
insuficientes o inadecuadas porque están vinculadas
a esquemas socioculturales del pasado, mientras en
distintas partes se van buscando nuevas formas
expresivas de la inmutable relación de la criatura
con su Creador, de los hijos con su Padre. Esto
puede producir en algunos una momentánea
desorientación; pero todo aquel que con la confianza
puesta en Dios reflexione sobre estos fenómenos,
descubrirá que muchas tendencias de la piedad
contemporánea —por ejemplo, la interiorización del
sentimiento religioso— están llamadas a contribuir
al desarrollo de la piedad cristiana en general y de
la piedad a la Virgen en particular. Así nuestra
época, escuchando fielmente la tradición y
considerando atentamente los progresos de la
teología y de las ciencias, contribuirá a la
alabanza de Aquella que, según sus proféticas
palabras, llamarán bienaventurada todas las
generaciones (cf. Lc 1,48).
Juzgamos, por tanto, conforme a nuestro servicio
apostólico tratar, como en un diálogo con vosotros,
venerables hermanos, algunos temas referentes al
puesto que ocupa la Santísima Virgen en el culto de
la Iglesia, ya tocados en parte por el Concilio
Vaticano II (7) y por Nos mismo (8), pero sobre los
que no será inútil volver para disipar dudas y,
sobre todo, para favorecer el desarrollo de aquella
devoción a la Virgen que en la Iglesia ahonda sus
motivaciones en la Palabra de Dios y se practica en
el Espíritu de Cristo.
Quisiéramos, pues, detenernos ahora en algunas
cuestiones sobre la relación entre la sagrada
Liturgia y el culto a la Virgen (I); ofrecer
consideraciones y directrices aptas a favorecer su
legítimo desarrollo (II); sugerir, finalmente,
algunas reflexiones para una reanudación vigorosa y
más consciente del rezo del Santo Rosario, cuya
práctica ha sido tan recomendada por nuestros
Predecesores y ha obtenido tanta difusión entre el
pueblo cristiano (III). .
PARTE I
EL CULTO
A LA VIRGEN EN LA LITURGIA
1. Al
disponernos a tratar del puesto que ocupa la
Santísima Virgen en el culto cristiano, debemos
dirigir previamente nuestra atención a la sagrada
Liturgia; ella, en efecto, además de un rico
contenido doctrinal, posee una incomparable eficacia
pastoral y un reconocido valor de ejemplo para las
otras formas de culto. Hubiéramos querido tomar en
consideración las distintas Liturgias de Oriente y
Occidente; pero, teniendo en cuenta la finalidad de
este documento, nos fijaremos casi exclusivamente en
los libros de Rito romano: en efecto, sólo éste ha
sido objeto, según las normas prácticas impartidas
por el Concilio Vaticano II (9), de una profunda
renovación, aún en lo que atañe a las expresiones de
la veneración a María y que requiere, por ello, ser
considerado y valorado atentamente.
Sección
primera
La virgen en la liturgia romana restaurada
2. La
reforma de la Liturgia romana presuponía una atenta
revisión de su Calendario General. Éste, ordenado a
poner en su debido resalto la celebración de la obra
de la salvación en días determinados, distribuyendo
a lo largo del ciclo anual todo el misterio de
Cristo, desde la Encarnación hasta la espera de su
venida gloriosa (10), ha permitido incluir de manera
más orgánica y con más estrecha cohesión la memoria
de la Madre dentro del ciclo anual de los misterios
del Hijo.
3. Así,
durante el tiempo de Adviento la Liturgia recuerda
frecuentemente a la Santísima Virgen —aparte la
solemnidad del día 8 de diciembre, en que se
celebran conjuntamente la Inmaculada Concepción de
María, la preparación radical (cf. Is 11, 1.10) a la
venida del Salvador y el feliz exordio de la Iglesia
sin mancha ni arruga (11)—, sobre todos los días
feriales del 17 al 24 de diciembre y, más
concretamente, el domingo anterior a la Navidad, en
que hace resonar antiguas voces proféticas sobre la
Virgen Madre y el Mesías (12), y se leen episodios
evangélicos relativos al nacimiento inminente de
Cristo y del Precursor (13).
4. De
este modo, los fieles que viven con la Liturgia el
espíritu del Adviento, al considerar el inefable
amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo (14), se
sentirán animados a tomarla como modelos y a
prepararse, "vigilantes en la oración y... jubilosos
en la alabanza" (15), para salir al encuentro del
Salvador que viene. Queremos, además, observar cómo
en la Liturgia de Adviento, uniendo la espera
mesiánica y la espera del glorioso retorno de Cristo
al admirable recuerdo de la Madre, presenta un feliz
equilibrio cultual, que puede ser tomado como norma
para impedir toda tendencia a separar, como ha
ocurrido a veces en algunas formas de piedad popular
el culto a la Virgen de su necesario punto de
referencia: Cristo. Resulta así que este periodo,
como han observado los especialistas en liturgia,
debe ser considerado como un tiempo particularmente
apto para el culto de la Madre del Señor:
orientación que confirmamos y deseamos ver acogida y
seguida en todas partes.
5. El
tiempo de Navidad constituye una prolongada memoria
de la maternidad divina, virginal, salvífica de
Aquella "cuya virginidad intacta dio a este mundo un
Salvador" (16): efectivamente, en la solemnidad de
la Natividad del Señor, la Iglesia, al adorar al
divino Salvador, venera a su Madre gloriosa: en la
Epifanía del Señor, al celebrar la llamada universal
a la salvación, contempla a la Virgen, verdadera
Sede de la Sabiduría y verdadera Madre del Rey, que
ofrece a la adoración de los Magos el Redentor de
todas las gentes (cf. Mt 2, 11); y en la fiesta de
la Sagrada Familia (domingo dentro de la octava de
Navidad), escudriña venerante la vida santa que
llevan la casa de Nazaret Jesús, Hijo de Dios e Hijo
del Hombre, María, su Madre, y José, el hombre justo
(cf. Mt 1,19).
En la
nueva ordenación del periodo natalicio, Nos parece
que la atención común se debe dirigir a la renovada
solemnidad de la Maternidad de María; ésta, fijada
en el día primero de enero, según la antigua
sugerencia de la Liturgia de Roma, está destinada a
celebrar la parte que tuvo María en el misterio de
la salvación y a exaltar la singular dignidad de que
goza la Madre Santa, por la cual merecimos recibir
al Autor de la vida (17); y es así mismo, ocasión
propicia para renovar la adoración al recién nacido
Príncipe de la paz, para escuchar de nuevo el
jubiloso anuncio angélico (cf. Lc 2, 14), para
implorar de Dios, por mediación de la Reina de la
paz, el don supremo de la paz. Por eso, en la feliz
coincidencia de la octava de Navidad con el
principio del nuevo año hemos instituido la "Jornada
mundial de la Paz", que goza de creciente adhesión y
que está haciendo madurar frutos de paz en el
corazón de tantos hombres.
6. A las
dos solemnidades ya mencionadas —la Inmaculada
Concepción y la Maternidad divina— se deben añadir
las antiguas y venerables celebraciones del 25 de
marzo y del 15 de agosto.
Para la
solemnidad de la Encarnación del Verbo, en el
Calendario Romano, con decisión motivada, se ha
restablecido la antigua denominación —Anunciación
del Señor—, pero la celebración era y es una fiesta
conjunta de Cristo y de la Virgen: el Verbo que se
hace "hijo de María" (Mc 6, 3), de la Virgen que se
convierte en Madre de Dios. Con relación a Cristo,
el Oriente y el Occidente, en las inagotables
riquezas de sus Liturgias, celebran dicha solemnidad
como memoria del "fiat" salvador del Verbo
encarnado, que entrando en el mundo dijo: "He aquí
que vengo (...) para cumplir, oh Dios, tu voluntad"
(cf. Hb 10, 7; Sal 39, 8-9); como conmemoración del
principio de la redención y de la indisoluble y
esponsal unión de la naturaleza divina con la humana
en la única persona del Verbo. Por otra parte, con
relación a María, como fiesta de la nueva Eva,
virgen fiel y obediente, que con su "fiat" generoso
(cf. Lc 1, 38) se convirtió, por obra del Espíritu,
en Madre de Dios y también en verdadera Madre de los
vivientes, y se convirtió también, al acoger en su
seno al único Mediador (cf. 1Tim 2, 5), en verdadera
Arca de la Alianza y verdadero Templo de Dios; como
memoria de un momento culminante del diálogo de
salvación entre Dios y el hombre, y conmemoración
del libre consentimiento de la Virgen y de su
concurso al plan de la redención.
La
solemnidad del 15 de agosto celebra la gloriosa
Asunción de María al cielo: fiesta de su destino de
plenitud y de bienaventuranza, de la glorificación
de su alma inmaculada y de su cuerpo virginal, de su
perfecta configuración con Cristo resucitado; una
fiesta que propone a la Iglesia y ala humanidad la
imagen y la consoladora prenda del cumplimiento de
la esperanza final; pues dicha glorificación plena
es el destino de aquellos que Cristo ha hechos
hermanos teniendo "en común con ellos la carne y la
sangre" (Hb 2, 14; cf. Gal 4, 4). La solemnidad de
la Asunción se prolonga jubilosamente en la
celebración de la fiesta de la Realeza de María, que
tiene lugar ocho días después y en la que se
contempla a Aquella que, sentada junto al Rey de los
siglos, resplandece como Reina e intercede como
Madre (18). Cuatro solemnidades, pues, que
puntualizan con el máximo grado litúrgico las
principales verdades dogmáticas que se refieren a la
humilde Sierva del Señor.
7.
Después de estas solemnidades se han de considerar,
sobre todo, las celebraciones que conmemoran
acontecimientos salvíficos, en los que la Virgen
estuvo estrechamente vinculada al Hijo, como las
fiestas de la Natividad de María (8 setiembre),
"esperanza de todo el mundo y aurora de la
salvación" (19); de la Visitación (31 mayo), en la
que la Liturgia recuerda a la "Santísima Virgen...
que lleva en su seno al Hijo" (20), que se acerca a
Isabel para ofrecerle la ayuda de su caridad y
proclamar la misericordia de Dios Salvador (21); o
también la memoria de la Virgen Dolorosa (15
setiembre), ocasión propicia para revivir un momento
decisivo de la historia de la salvación y para
venerar junto con el Hijo "exaltado en la Cruz a la
Madre que comparte su dolor" (22).
También
la fiesta del 2 de febrero, a la que se ha
restituido la denominación de la Presentación del
Señor, debe ser considerada para poder asimilar
plenamente su amplísimo contenido, como memoria
conjunta del Hijo y de la Madre, es decir,
celebración de un misterio de la salvación realizado
por Cristo, al cual la Virgen estuvo íntimamente
unida como Madre del Siervo doliente de Yahvé, como
ejecutora de una misión referida al antiguo Israel y
como modelo del nuevo Pueblo de Dios, constantemente
probado en la fe y en la esperanza del sufrimiento y
por la persecución (cf. Lc 2, 21-35).
8. Por
más que el Calendario Romano restaurado pone de
relieve sobre todo las celebraciones mencionadas más
arriba, incluye no obstante otro tipo de memorias o
fiestas vinculadas a motivo de culto local, pero que
han adquirido un interés más amplio (11 febrero: la
Virgen de Lourdes; 5 agosto: la dedicación de la
Basílica de Santa María); a otras celebradas
originariamente en determinadas familias religiosas,
pero que hoy, por la difusión alcanzada, pueden
considerarse verdaderamente eclesiales (16 julio: la
Virgen del Carmen; 7 octubre: la Virgen del
Rosario); y algunas más que, prescindiendo del
aspecto apócrifo, proponen contenidos de alto valor
ejemplar, continuando venerables tradiciones,
enraizadas sobre todo en Oriente (21 noviembre: la
Presentación de la Virgen María); o manifiestan
orientaciones que brotan de la piedad contemporánea
(sábado del segundo domingo después de Pentecostés:
el Inmaculado Corazón de María).
9. Ni
debe olvidarse que el Calendario Romano General no
registra todas las celebraciones de contenido
mariano: pues corresponde a los Calendarios
particulares recoger, con fidelidad a las normas
litúrgicas pero también con adhesión de corazón, las
fiestas marianas propias de las distintas Iglesias
locales. Y nos falta mencionar la posibilidad de una
frecuente conmemoración litúrgica mariana con el
recurso a la Memoria de Santa María "in Sabbato":
memoria antigua y discreta, que la flexibilidad del
actual Calendario y la multiplicidad de los
formularios del Misal hacen extraordinariamente
fácil y variada.
10. En
esta Exhortación Apostólica no intentamos considerar
todo el contenido del nuevo Misal Romano, sino que,
en orden a la obra de valoración que nos hemos
prefijado realizar en relación a los libros
restaurados del Rito Romano (23), deseamos poner de
relieve algunos aspectos y temas. Y queremos, sobre
todo, destacar cómo las preces eucarísticas del
Misal, en admirable convergencia con las liturgias
orientales (24), contienen una significativa memoria
de la Santísima Virgen. Así lo hace el antiguo Canon
Romano, que conmemora la Madre del Señor en densos
términos de doctrina y de inspiración cultual: "En
comunión con toda la Iglesia, veneramos la memoria,
ante todo, de la glorioso siempre Virgen María,
Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor"; así
también el reciente Canon III, que expresa con
intenso anhelo el deseo de los orantes de compartir
con la Madre la herencia de hijos: "Qué Él nos
transforme en ofrenda permanente, para que gocemos
de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la
Virgen". Dicha memoria cotidiana por su colocación
en el centro del Santo Sacrificio debe ser tenida
como una forma particularmente expresiva del culto
que la Iglesia rinde a la "Bendita del Altísimo" (cf.
Lc 1,28).
11.
Recorriendo después los textos del Misal restaurado,
vemos cómo los grandes temas marianos de la
eucología romana —el tema de la Inmaculada
Concepción y de la plenitud de gracia, de la
Maternidad divina, de la integérrima y fecunda
virginidad, del "templo del Espíritu Santo", de la
cooperación a la obra del Hijo, de la santidad
ejemplar, de la intercesión misericordiosa, de la
Asunción al cielo, de la realeza maternal y algunos
más— han sido recogidos en perfecta continuidad con
el pasado, y cómo otros temas, nuevos en un cierto
sentido, han sido introducidos en perfecta
adherencia con el desarrollo teológico de nuestro
tiempo. Así, por ejemplo, el tema María-Iglesia ha
sido introducido en los textos del Misal con
variedad de aspectos como variadas y múltiples son
las relaciones que median entre la Madre de Cristo y
la Iglesia. En efecto, dichos textos, en la
Concepción sin mancha de la Virgen, reconocen el
exordio de la Iglesia, Esposa sin mancilla de Cristo
(25); en la Asunción reconocen el principio ya
cumplida y la imagen de aquello que para toda la
Iglesia, debe todavía cumplirse (26); en el misterio
de la Maternidad la proclaman Madre de la Cabeza y
de los miembros: Santa Madre de Dios, pues, y
próvida Madre de la Iglesia (27).
Finalmente, cuando la Liturgia dirige su mirada a la
Iglesia primitiva y a la contemporánea, encuentra
puntualmente a María: allí, como presencia orante
junto a los Apóstoles (28); aquí como presencia
operante junto a la cual la Iglesia quiere vivir el
misterio de Cristo: "... haz que tu santa Iglesia,
asociada con ella (María) a la pasión de Cristo,
partícipe en la gloria de la resurrección" (29); y
como voz de alabanza junto a la cual quiere
glorificar a Dios: "...para engrandecer con ella
(María) tu santo nombre" (30), y, puesto que la
Liturgia es culto que requiere una conducta
coherente de vida, ella pide traducir el culto a la
Virgen en un concreto y sufrido amor por la Iglesia,
como propone admirablemente la oración de después de
la comunión del 15 de setiembre: "...para que
recordando a la Santísima Virgen Dolorosa,
completemos en nosotros, por el bien de la santa
Iglesia, lo que falta a la pasión de Cristo".
12. El
Leccionario de la Misa es uno de los libros del Rito
Romano que se ha beneficiado más que los textos
incluidos, sea por su valor intrínseco: se trata, en
efecto, de textos que contienen la palabra de Dios,
siempre viva y eficaz (cf. Heb 4,12). Esta
abundantísima selección de textos bíblicos ha
permitido exponer en un ordenado ciclo trienal toda
la historia de la salvación y proponer con mayor
plenitud el misterio de Cristo. Como lógica
consecuencia ha resultado que el Leccionario
contiene un número mayor de lecturas vetero y
neotestamentarias relativas a la bienaventurada
Virgen, aumento numérico no carente, sin embargo, de
una crítica serena, porque han sido recogidas
únicamente aquellas lecturas que, o por la evidencia
de su contenido o por las indicaciones de una atenta
exégesis, avalada por las enseñanzas del Magisterio
o por una sólida tradición, puedan considerarse,
aunque de manera y en grado diversos, de carácter
mariano. Además conviene observar que estas lecturas
no están exclusivamente limitadas a las fiestas de
la Virgen, sino que son proclamadas en otras muchas
ocasiones: en algunos domingos del año litúrgico
(31), en la celebración de ritos que tocan
profundamente la vida sacramental del cristiano y
sus elecciones (32), así como en circunstancias
alegres o tristes de su existencia (33).
13.
También el restaurado libro de La Liturgia de las
Horas, contiene preclaros testimonios de piedad
hacia la Madre del Señor: en las composiciones
hímnicas, entre las que no faltan algunas obras de
arte de la literatura universal, como la sublime
oración de Dante a la Virgen (34); en las antífonas
que cierran el Oficio divino de cada día,
imploraciones líricas, a las que se ha añadido el
célebre tropario "Sub tuum praesidium", venerable
por su antigüedad y admirable por su contenido; en
las intercesiones de Laudes y Vísperas, en las que
no es infrecuente el confiado recurso a la Madre de
Misericordia; en la vastísima selección de páginas
marianas debidas a autores de los primeros siglos
del cristianismo, de la edad media y de la edad
moderna.
14. Si
en el Misal, en el Leccionario y en la Liturgia de
las Horas, quicios de la oración litúrgica romana,
retorna con ritmo frecuente la memoria de la Virgen,
tampoco en los otros libros litúrgicos restaurados
faltan expresiones de amor y de suplicante
veneración hacia la "Theotocos": así la Iglesia la
invoca como Madre de la gracia antes de la inmersión
de los candidatos en las aguas regeneradoras del
bautismo (35); implora su intercesión sobre las
madres que, agradecidas por el don de la maternidad,
se presentan gozosas en el templo (36); la ofrece
como ejemplo a sus miembros que abrazan el
surgimiento de Cristo en la vida religiosa (37) o
reciben la consagración virginal (38), y pide para
ellos su maternal ayuda (39); a Ella dirige súplica
insistentes en favor de los hijos que han llegado a
la hora del tránsito (40); pide su intercesión para
aquello que, cerrados sus ojos a la luz temporal se
han presentado delante de Cristo, Luz eterna (41); e
invoca, por su intercesión, el consuelo para
aquellos que, inmersos en el dolor, lloran con fe
separación de sus seres queridos (42).
15. El
examen realizado sobre los libros litúrgicos
restaurados lleva, pues, a una confortadora
constatación: la instauración postconciliar, como
estaba ya en el espíritu del Movimiento Litúrgico,
ha considerado como adecuada perspectiva a la Virgen
en el misterio de Cristo y, en armonía con la
tradición, le ha reconocido el puesto singular que
le corresponde dentro del culto cristiano, como
Madre Santa de Dios, íntimamente asociada al
Redentor.
No podía
ser otra manera. En efecto, recorriendo la historia
del culto cristiano se nota que en Oriente como en
Occidente las más altas y las más límpidas
expresiones de la piedad hacia la bienaventurada
Virgen ha florecido en el ámbito de la Liturgia o
han sido incorporadas a ella.
Deseamos
subrayarlo: el culto que la Iglesia universal rinde
hoy a la Santísima Virgen es una derivación, una
prolongación y un incremento incesante del culto que
la Iglesia de todos los tiempos le han tributado con
escrupuloso estudio de la verdad y como siempre
prudente nobleza de formas. De la tradición perenne,
viva por la presencia ininterrumpida del Espíritu y
por la escucha continuada de la Palabra, la Iglesia
de nuestro tiempo saca motivaciones, argumentos y
estímulo para el culto que rinde a la bienaventurada
Virgen. Y de esta viva tradición es expresión
altísima y prueba fehaciente la liturgia, que recibe
del Magisterio garantía y fuerza.
Sección
segunda
La Virgen modelo de la Iglesia en el ejercicio del
culto
16.
Queremos ahora, siguiendo algunas indicaciones de la
doctrina conciliar sobre María y la Iglesia,
profundizar un aspecto particular de las relaciones
entre María y la Liturgia, es decir: María como
ejemplo de la actitud espiritual con que la Iglesia
celebra y vive los divinos misterios. La
ejemplaridad de la Santísima Virgen en este campo
dimana del hecho que ella es reconocida como modelo
extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe,
de la caridad y de la perfecta unión con Cristo (43)
esto es, de aquella disposición interior con que la
Iglesia, Esposa amadísima, estrechamente asociada a
su Señor, lo invoca y por su medio rinde culto al
Padre Eterno (44).
17.
María es la "Virgen oyente", que acoge con fe la
palabra de Dios: fe, que para ella fue premisa y
camino hacia la Maternidad divina, porque, como
intuyó S. Agustín: "la bienaventurada Virgen María
concibió creyendo al (Jesús) que dio a luz creyendo"
(45); en efecto, cuando recibió del Ángel la
respuesta a su duda (cf. Lc 1,34-37) "Ella, llena de
fe, y concibiendo a Cristo en su mente antes que en
su seno", dijo: "he aquí la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38) (46); fe,
que fue para ella causa de bienaventuranza y
seguridad en el cumplimiento de la palabra del
Señor" (Lc 1, 45): fe, con la que Ella, protagonista
y testigo singular de la Encarnación, volvía sobre
los acontecimientos de la infancia de Cristo,
confrontándolos entre sí en lo hondo de su corazón
(Cf. Lc 2, 19. 51). Esto mismo hace la Iglesia, la
cual, sobre todo en la sagrada Liturgia, escucha con
fe, acoge, proclama, venera la palabra de Dios, la
distribuye a los fieles como pan de vida (47) y
escudriña a su luz los signos de los tiempos,
interpreta y vive los acontecimientos de la
historia.
18.
María es, asimismo, la "Virgen orante". Así aparece
Ella en la visita a la Madre del Precursor, donde
abre su espíritu en expresiones de glorificación a
Dios, de humildad, de fe, de esperanza: tal es el
"Magnificat"(cf. Lc 1, 46-55), la oración por
excelencia de María, el canto de los tiempos
mesiánicos, en el que confluyen la exultación del
antiguo y del nuevo Israel, porque —como parece
sugerir S. Ireneo— en el cántico de María fluyó el
regocijo de Abrahán que presentía al Mesías (cf. Jn
8, 56) (48) y resonó, anticipada proféticamente, la
voz de la Iglesia: "Saltando de gozo, María proclama
proféticamente el nombre de la Iglesia: "Mi alma
engrandece al Señor..." " (49). En efecto, el
cántico de la Virgen, al difundirse, se ha
convertido en oración de toda la Iglesia en todos
los tiempos.
"Virgen
orante" aparece María en Caná, donde, manifestando
al Hijo con delicada súplica una necesidad temporal,
obtiene además un efecto de la gracia: que Jesús,
realizando el primero de sus "signos", confirme a
sus discípulos en la fe en El (cf. Jn 2, 1-12).
También
el último trazo biográfico de María nos la describe
en oración: los Apóstoles "perseveraban unánimes en
la oración, juntamente con las mujeres y con María,
Madre de Jesús, y con sus hermanos"(Act 1, 14):
presencia orante de María en la Iglesia naciente y
en la Iglesia de todo tiempo, porque Ella, asunta al
cielo, no ha abandonado su misión de intercesión y
salvación (50). "Virgen orante" es también la
Iglesia, que cada día presenta al Padre las
necesidades de sus hijos, "alaba incesantemente al
Señor e intercede por la salvación del mundo" (51).
19.
María es también la "Virgen-Madre", es decir,
aquella que "por su fe y obediencia engendró en la
tierra al mismo Hijo del Padre, sin contacto con
hombre, sino cubierta por la sombra del Espíritu
Santo" (52): prodigiosa maternidad constituida por
Dios como "tipo" y "ejemplar" de la fecundidad de la
Virgen-Iglesia, la cual "se convierte ella misma en
Madre, porque con la predicación y el bautismo
engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos,
concebidos por obra del Espíritu Santo, y nacidos de
Dios" (53). Justamente los antiguos Padres enseñaron
que la Iglesia prolonga en el sacramento del
Bautismo la Maternidad virginal de María. Entre sus
testimonios nos complacemos en recordar el de
nuestro eximio Predecesor San León Magno, quien en
una homilía natalicia afirma: "El origen que
(Cristo) tomó en el seno de la Virgen, lo ha puesto
en la fuente bautismal: ha dado al agua lo que dio a
la Madre; en efecto, la virtud del Altísimo y la
sombra del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), que hizo
que María diese a luz al Salvador, hace también que
el agua regenere al creyente" (54). Queriendo beber
(cf. Lev 12,6-8), un misterio de salvación relativo
en las fuentes litúrgicas, podríamos citar la
Illatio de la liturgia hispánica: "Ella (María)
llevó la Vida en su seno, ésta (la Iglesia) en el
bautismo. En los miembros de aquélla se plasmó
Cristo, en las aguas bautismales el regenerado se
reviste de Cristo" (55).
20.
Finalmente, María es la "Virgen oferente". En el
episodio de la Presentación de Jesús en el Templo
(cf. Lc 2, 22-35), la Iglesia, guiada por el
Espíritu, ha vislumbrado, más allá del cumplimiento
de las leyes relativas a la oblación del primogénito
(cf. Ex 13, 11-16) y de la purificación de la madre
(cf. Lev 12, 6-8), un misterio de salvación relativo
a la historia salvífica: esto es, ha notado la
continuidad de la oferta fundamental que el Verbo
encarnado hizo al Padre al entrar en el mundo (cf.
Heb 10, 5-7); ha visto proclamado la universalidad
de la salvación, porque Simeón, saludando en el Niño
la luz que ilumina las gentes y la gloria de Israel
(cf. Lc 2, 32), reconocía en El al Mesías, al
Salvador de todos; ha comprendido la referencia
profética a la pasión de Cristo: que las palabras de
Simeón, las cuales unían en un solo vaticinio al
Hijo, "signo de contradicción", (Lc 2, 34), y a la
Madre, a quien la espada habría de traspasar el alma
(cf. Lc 2, 35), se cumplieron sobre el calvario.
Misterio de salvación, pues, que el episodio de la
Presentación en el Templo orienta en sus varios
aspectos hacia el acontecimiento salvífico de la
cruz. Pero la misma Iglesia, sobre todo a partir de
los siglos de la Edad Media, ha percibido en el
corazón de la Virgen que lleva al Niño a Jerusalén
para presentarlo al Señor (cf. Lc 2, 22), una
voluntad de oblación que trascendía el significado
ordinario del rito. De dicha intuición encontramos
un testimonio en el afectuoso apóstrofe de S.
Bernardo: "Ofrece tu Hijo, Virgen sagrada, y
presenta al Señor el fruto bendito de tu vientre.
Ofrece por la reconciliación de todos nosotros la
víctima santa, agradable a Dios" (56).
Esta
unión de la Madre con el Hijo en la obra de la
redención (57) alcanza su culminación en el
calvario, donde Cristo "a si mismo se ofreció
inmaculado a Dios" (Heb 9, 14) y donde María estuvo
junto a la cruz (cf. Jn 19, 15) "sufriendo
profundamente con su Unigénito y asociándose con
ánimo materno a su sacrificio, adhiriéndose con
ánimo materno a su sacrificio, adhiriéndose
amorosamente a la inmolación de la Víctima por Ella
engendrada" (58) y ofreciéndola Ella misma al Padre
Eterno (59). Para perpetuar en los siglos el
Sacrificio de la Cruz, el Salvador instituyó el
Sacrificio Eucarístico, memorial de su muerte y
resurrección, y lo confió a la Iglesia su Esposa
(60), la cual, sobre todo el domingo, convoca a los
fieles para celebrar la Pascua del Señor hasta que
El venga (61): lo que cumple la Iglesia en comunión
con los Santos del cielo y, en primer lugar, con la
bienaventurada Virgen (62), de la que imita la
caridad ardiente y la fe inquebrantable.
21.
Ejemplo para toda la Iglesia en el ejercicio del
culto divino, María es también, evidentemente,
maestra de vida espiritual para cada uno de los
cristianos. Bien pronto los fieles comenzaron a
fijarse en María para, como Ella, hacer de la propia
vida un culto a Dios, y de su culto un compromiso de
vida. Ya en el siglo IV, S. Ambrosio, hablando a los
fieles, hacía votos para que en cada uno de ellos
estuviese el alma de María para glorificar a Dios:
"Que el alma de María está en cada uno para alabar
al Señor; que su espíritu está en cada uno para que
se alegre en Dios" (63). Pero María es, sobre todo,
modelo de aquel culto que consiste en hacer de la
propia vida una ofrenda a Dios: doctrina antigua,
perenne, que cada uno puede volver a escuchar
poniendo atención en la enseñanza de la Iglesia,
pero también con el oído atento a la voz de la
Virgen cuando Ella, anticipando en sí misma la
estupenda petición de la oración dominical "Hágase
tu voluntad" (Mt 6, 10), respondió al mensajero de
Dios: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí
según tu palabra" (Lc 1, 38). Y el "sí" de María es
para todos los cristianos una lección y un ejemplo
para convertir la obediencia a la voluntad del
Padre, en camino y en medio de santificación propia.
22. Por
otra parte, es importante observar cómo traduce la
Iglesia las múltiples relaciones que la unen a María
en distintas y eficaces actitudes cultuales: en
veneración profunda, cuando reflexiona sobre la
singular dignidad de la Virgen, convertida, por obra
del Espíritu Santo, en Madre del Verbo Encarnado; en
amor ardiente, cuando considera la Maternidad
espiritual de María para con todos los miembros del
Cuerpo místico; en confiada invocación, cuando
experimenta la intercesión de su Abogada y
Auxiliadora (64); en servicio de amor, cuando
descubre en la humilde sierva del Señor a la Reina
de misericordia y a la Madre de la gracia; en
operosa imitación, cuando contempla la santidad y
las virtudes de la "llena de gracia" (Lc 1, 28); en
conmovido estupor, cuando contempla en Ella, "como
en una imagen purísima, todo lo que ella desea y
espera ser" (65); en atento estudio, cuando reconoce
en la Cooperadora del Redentor, ya plenamente
partícipe de los frutos del Misterio Pascual, el
cumplimiento profético de su mismo futuro, hasta el
día en que, purificada de toda arruga y toda mancha
(cf. Ef 5, 27), se convertirá en una esposa ataviada
para el Esposo Jesucristo (cf. Ap 21, 2).
23.
Considerando, pues, venerable hermanos, la
veneración que la tradición litúrgica de la Iglesia
universal y el renovado Rito romano manifiestan
hacia la santa Madre de Dios; recordando que la
Liturgia, por su preeminente valor cultual,
constituye una norma de oro para la piedad
cristiana; observando, finalmente, cómo la Iglesia,
cuando celebra los sagrados misterios, adopta una
actitud de fe y de amor semejantes a los de la
Virgen, comprendemos cuán justa es la exhortación
del Concilio Vaticano II a todos los hijos de la
Iglesia "para que promuevan generosamente el culto,
especialmente litúrgico, a la bienaventurada Virgen"
(66); exhortación que desearíamos ver acogida sin
reservas en todas partes y puesta en práctica
celosamente.
PARTE II
POR UNA
RENOVACIÓN DE LA PIEDAD MARIANA
24. Pero el mismo Concilio Vaticano II exhorta a
promover, junto al culto litúrgico, otras formas de
piedad, sobre todo las recomendadas por el
Magisterio (67) . Sin embargo, como es bien sabido,
la veneración de los fieles hacia la Madre de Dios
ha tomado formas diversas según las circunstancias
de lugar y tiempo, la distinta sensibilidad de los
pueblos y su diferente tradición cultural. Así
resulta que las formas en que se manifiesta dicha
piedad, sujetas al desgaste del tiempo, parecen
necesitar una renovación que permita sustituir en
ellas los elementos caducos, dar valor a los
perennes e incorporar los nuevos datos doctrinales
adquiridos por la reflexión teológica y propuestos
por el magisterio eclesiástico. Esto muestra la
necesidad de que las Conferencias Episcopales, las
Iglesias locales, las familias religiosas y las
comunidades de fieles favorezcan una genuina
actividad creadora y, al mismo tiempo, procedan a
una diligente revisión de los ejercicios de piedad a
la Virgen; revisión que queríamos fuese respetuosa
para con la sana tradición y estuviera abierta a
recoger las legítimas aspiraciones de los hombres de
nuestro tiempo. Por tanto nos parece oportuno,
venerables hermanos, indicaros algunos principios
que sirvan de base al trabajo en este campo.
Sección primera
Nota trinitaria, cristológica y eclesial en el culto
de la Virgen
25. Ante todo, es sumamente
conveniente que los ejercicios de piedad a la Virgen
María expresen claramente la nota trinitaria y
cristológica que les es intrínseca y esencial. En
efecto, el culto cristiano es por su naturaleza
culto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo o, como
se dice en la Liturgia, al Padre por Cristo en el
Espíritu. En esta perspectiva se extiende
legítimamente, aunque de modo esencialmente diverso,
en primer lugar y de modo singular a la Madre del
Señor y después a los Santos, en quienes, la Iglesia
proclama el Misterio Pascual, porque ellos han
sufrido con Cristo y con El han sido glorificados
(68). En la Virgen María todo es referido a Cristo y
todo depende de El: en vistas a El, Dios Padre la
eligió desde toda la eternidad como Madre toda santa
y la adornó con dones del Espíritu Santo que no
fueron concedidos a ningún otro. Ciertamente, la
genuina piedad cristiana no ha dejado nunca de poner
de relieve el vínculo indisoluble y la esencial
referencia de la Virgen al Salvador Divino (69). Sin
embargo, nos parece particularmente conforme con las
tendencias espirituales de nuestra época, dominada y
absorbida por la "cuestión de Cristo" (70), que en
las expresiones de culto a la Virgen se ponga en
particular relieve el aspecto cristológico y se haga
de manera que éstas reflejen el plan de Dios, el
cual preestableció "con un único y mismo decreto el
origen de María y la encarnación de la divina
Sabiduría" (71). Esto contribuirá indudablemente a
hacer más sólida la piedad hacia la Madre de Jesús y
a que esa misma piedad sea un instrumento eficaz
para llegar al "pleno conocimiento del Hijo de Dios,
hasta alcanzar la medida de la plenitud de Cristo"
(Ef 4,13); por otra parte, contribuirá a incrementar
el culto debido a Cristo mismo porque, según el
perenne sentir de la Iglesia, confirmado de manera
autorizada en nuestros días (72), "se atribuye al
Señor, lo que se ofrece como servicio a la Esclava;
de este modo redunda en favor del Hijo lo que es
debido a la Madre; y así recae igualmente sobre el
Rey el honor rendido como humilde tributo a la
Reina" (73).
26. A esta alusión sobre la
orientación cristológica del culto a la Virgen, nos
parece útil añadir una llamada a la oportunidad de
que se dé adecuado relieve a uno de los contenidos
esenciales de la fe: la Persona y la obra del
Espíritu Santo. La reflexión teológica y la Liturgia
han subrayado, en efecto, cómo la intervención
santificadora del Espíritu en la Virgen de Nazaret
ha sido un momento culminante de su acción en la
historia de la salvación. Así, por ejemplo, algunos
Santos Padres y Escritores eclesiásticos atribuyeron
a la acción del Espíritu la santidad original de
María, "como plasmada y convertida en nueva
criatura" por El (74); reflexionando sobre los
textos evangélicos —"el Espíritu Santo descenderá
sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su
sombra" (Lc 1,35) y "María... se halló en cinta por
obra del Espíritu Santo; (...) es obra del Espíritu
Santo lo que en Ella se ha engendrado" (Mt
1,18.20)—, descubrieron en la intervención del
Espíritu Santo una acción que consagró e hizo
fecunda la virginidad de María (75) y la transformó
en Aula del Rey (76), Templo o Tabernáculo del Señor
(77), Arca de la Alianza o de la Santificación (78);
títulos todos ellos ricos de resonancias bíblicas;
profundizando más en el misterio de la Encarnación,
vieron en la misteriosa relación Espíritu-María un
aspecto esponsalicio, descrito poéticamente por
Prudencio: "la Virgen núbil se desposa con el
Espíritu (79), y la llamaron sagrario del Espíritu
Santo (80), expresión que subraya el carácter
sagrado de la Virgen convertida en mansión estable
del Espíritu de Dios; adentrándose en la doctrina
sobre el Paráclito, vieron que de El brotó, como de
un manantial, la plenitud de la gracia (cf. Lc 1,28)
y la abundancia de dones que la adornaban: de ahí
que atribuyeron al Espíritu la fe, la esperanza y la
caridad que animaron el corazón de la Virgen, la
fuerza que sostuvo su adhesión a la voluntad de
Dios, el vigor que la sostuvo durante su "compasión"
a los pies de la cruz (81); señalaron en el canto
profético de María (Lc 1, 46-55) un particular
influjo de aquel Espíritu que había hablado por boca
de los profetas (82); finalmente, considerando la
presencia de la Madre de Jesús en el cenáculo, donde
el Espíritu descendió sobre la naciente Iglesia (cf.
Act 1,12-14; 2,1-4), enriquecieron con nuevos datos
el antiguo tema María-Iglesia (83); y, sobre todo,
recurrieron a la intercesión de la Virgen para
obtener del Espíritu la capacidad de engendrar a
Cristo en su propia alma, como atestigua S.
Ildefonso en una oración, sorprendente por su
doctrina y por su vigor suplicante: "Te pido, te
pido, oh Virgen Santa, obtener a Jesús por mediación
del mismo Espíritu, por el que tú has engendrado a
Jesús. Reciba mi alma a Jesús por obra del Espíritu,
por el cual tu carne a concebido al mismo Jesús
(...). Que yo ame a Jesús en el mismo Espíritu, en
el cual tú lo adoras como Señor y lo contemplas como
Hijo" (84).
27. Se afirma con frecuencia
que muchos textos de la piedad moderna no reflejan
suficientemente toda la doctrina acerca del Espíritu
Santo. Son los estudios quienes tienen que verificar
esta afirmación y medir su alcance; a Nos
corresponde exhortar a todos, en especial a los
pastores y a los teólogos, a profundizar en la
reflexión sobre la acción del Espíritu Santo en la
historia de la salvación y lograr que los textos de
la piedad cristiana pongan debidamente en claro su
acción vivificadora; de tal reflexión aparecerá, en
particular, la misteriosa relación existente entre
el Espíritu de Dios y la Virgen de Nazaret, así como
su acción sobre la Iglesia; de este modo, el
contenido de la fe más profundamente medido dará
lugar a una piedad más intensamente vivida.
28. Es necesario además que
los ejercicios de piedad, mediante los cuales los
fieles expresan su veneración a la Madre del Señor,
pongan más claramente de manifiesto el puesto que
ella ocupa en la Iglesia: "el más alto y más próximo
a nosotros después de Cristo" (85); un puesto que en
los edificios de culto del Rito bizantino tienen su
expresión plástica en la misma disposición de las
partes arquitectónicas y de los elementos
iconográficos —en la puerta central de la
iconostasis está figurada la Anunciación de María en
el ábside de la representación de la "Theotocos"
gloriosa— con el fin de que aparezca manifiesto cómo
a partir del "fiat" de la humilde Esclava del Señor,
la humanidad comienza su retorno a Dios y cómo en la
gloria de la "Toda Hermosa" descubre la meta de su
camino. El simbolismo mediante el cual el edificio
de la Iglesia expresa el puesto de María en el
misterio de la Iglesia contiene una indicación
fecunda y constituye un auspicio para que en todas
partes las distintas formas de venerar a la
bienaventurada Virgen María se abran a perspectivas
eclesiales.
En efecto, el recurso a los
conceptos fundamentales expuestos por el Concilio
Vaticano II sobre la naturaleza de la Iglesia,
Familia de Dios, Pueblo de Dios, Reino de Dios,
Cuerpo místico de Cristo (86), permitirá a los
fieles reconocer con mayor facilidad la misión de
María en el misterio de la Iglesia y el puesto
eminente que ocupa en la Comunión de los Santos;
sentir más intensamente los lazos fraternos que unen
a todos los fieles porque son hijos de la Virgen, "a
cuya generación y educación ella colabora con
materno amor" (87), e hijos también del la Iglesia,
ya que nacemos de su parto, nos alimentamos con
leche suya y somos vivificados por su Espíritu"
(88), y porque ambas concurren a engendrar el Cuerpo
místico de Cristo: "Una y otra son Madre de Cristo;
pero ninguna de ellas engendra todo (el cuerpo) sin
la otra" (89); percibir finalmente de modo más
evidente que la acción de la Iglesia en el mundo es
como una prolongación de la solicitud de María: en
efecto, el amor operante de María la Virgen en casa
de Isabel, en Caná, sobre el Gólgota —momentos todos
ellos salvíficos de gran alcance eclesial— encuentra
su continuidad en el ansia materna de la Iglesia
porque todos los hombres llegan a la verdad (cf.
1Tim 2,4), en su solicitud para con los humildes,
los pobres, los débiles, en su empeño constante por
la paz y la concordia social, en su prodigarse para
que todos los hombres participen de la salvación
merecida para ellos por la muerte de Cristo. De este
modo el amor a la Iglesia se traducirá en amor a
María y viceversa; porque la una no puede subsistir
sin la otra, como observa de manera muy aguda San
Cromasio de Aquileya: "Se reunió la Iglesia en la
parte alta (del cenáculo) con María, que era la
Madre de Jesús, y con los hermanos de Este. Por
tanto no se puede hablar de Iglesia si no está
presente María, la Madre del Señor, con los hermanos
de Este" (90). En conclusión, reiteramos la
necesidad de que la veneración a la Virgen haga
explícito su intrínseco contenido eclesiológico:
esto equivaldría a valerse de una fuerza capaz de
renovar saludablemente formas y textos.
Sección segunda
Cuatro orientaciones para el culto a la Virgen:
bíblica, litúrgica, ecuménica, antropológica
29. A las anteriores
indicaciones, que surgen de considerar las
relaciones de la Virgen María con Dios —Padre, Hijo
y Espíritu Santo— y con la Iglesia, queremos añadir,
siguiendo la línea trazada por las enseñanzas
conciliares (91), algunas orientaciones —de carácter
bíblico, litúrgico, ecuménico, antropológico— a
tener en cuenta a la hora de revisar o crear
ejercicios y prácticas de piedad, con el fin de
hacer más vivo y más sentido el lazo que nos une a
la Madre de Cristo y Madre nuestro en la Comunión de
los Santos.
30. La necesidad de una
impronta bíblica en toda forma de culto es sentida
hoy día como un postulado general de la piedad
cristiana. El progreso de los estudios bíblicos, la
creciente difusión de la Sagrada Escritura y, sobre
todo, el ejemplo de la tradición y la moción íntima
del Espíritu orientan a los cristianos de nuestro
tiempo a servirse cada vez más de la Biblia como del
libro fundamental de oración y a buscar en ella
inspiración genuina y modelos insuperables. El culto
a la Santísima Virgen no puede quedar fuera de esta
dirección tomada por la piedad cristiana (92); al
contrario debe inspirarse particularmente en ella
para lograr nuevo vigor y ayuda segura. La Biblia,
al proponer de modo admirable el designio de Dios
para la salvación de los hombres, está toda ella
impregnada del misterio del Salvador, y contiene
además, desde el Génesis hasta el Apocalipsis,
referencias indudables a Aquella que fue Madre y
Asociada del Salvador. Pero no quisiéramos que la
impronta bíblica se limitase a un diligente uso de
textos y símbolos sabiamente sacados de las Sagradas
Escrituras; comporta mucho más; requiere, en efecto,
que de la Biblia tomen sus términos y su inspiración
las fórmulas de oración y las composiciones
destinadas al canto; y exige, sobre todo, que el
culto a la Virgen esté impregnado de los grandes
temas del mensaje cristiano, a fin de que, al mismo
tiempo que los fieles veneran la Sede de la
Sabiduría sean también iluminados por la luz de la
palabra divina e inducidos a obrar según los
dictados de la Sabiduría encarnada.
31. Ya hemos hablado de la
veneración que la Iglesia siente por la Madre de
Dios en la celebración de la sagrada Liturgia.
Ahora, tratando de las demás formas de culto y de
los criterios en que se deben inspirar, no podemos
menos de recordar la norma de la Constitución
Sacrosanctum Concilium, la cual, al recomendar
vivamente los piadosos ejercicios del pueblo
cristiano, añade: "…es necesario que tales
ejercicios, teniendo en cuenta los tiempos
litúrgicos, se ordenen de manera que estén en
armonía con la sagrada Liturgia; se inspiren de
algún modo en ella, y, dada su naturaleza superior,
conduzcan a ella al pueblo cristiano" (93). Norma
sabia, norma clara, cuya aplicación, sin embargo, no
se presenta fácil, sobre todo en el campo del culto
a la Virgen, tan variado en sus expresiones
formales: requiere, efectivamente, por parte de los
responsables de las comunidades locales, esfuerzo,
tacto pastoral, constancia; y por parte de los
fieles, prontitud en acoger orientaciones y
propuestas que, emanando de la genuina naturaleza
del culto cristiano, comportan a veces el cambio de
usos inveterados, en los que de algún modo se había
oscurecido aquella naturaleza.
A este respecto queremos
aludir a dos actitudes que podrían hacer vana, en la
práctica pastoral, la norma del Concilio Vaticano
II: en primer lugar, la actitud de algunos que
tienen cura de almas y que despreciando a priori los
ejercicios piadosos, que en las formas debidas son
recomendados por el Magisterio, los abandonan y
crean un vacío que no prevén colmar; olvidan que el
Concilio ha dicho que hay que armonizar los
ejercicios piadosos con la liturgia, no suprimirlos.
En segundo lugar, la actitud de otros que, al margen
de un sano criterio litúrgico y pastoral, unen al
mismo tiempo ejercicios piadosos y actos litúrgicos
en celebraciones híbridas. A veces ocurre que dentro
de la misma celebración del sacrifico Eucarístico se
introducen elementos propios de novenas u otras
prácticas piadosas, con el peligro de que el
Memorial del Señor no constituya el momento
culminante del encuentro de la comunidad cristiana,
sino como una ocasión para cualquier práctica
devocional. A cuantos obran así quisiéramos recordar
que la norma conciliar prescribe armonizar los
ejercicios piadoso con la Liturgia, no confundirlos
con ella. Una clara acción pastoral debe, por una
parte, distinguir y subrayar la naturaleza propia de
los actos litúrgicos; por otra, valorar los
ejercicios piadosos para adaptarlos a las
necesidades de cada comunidad eclesial y hacerlos
auxiliares válidos de la Liturgia.
32. Por su carácter eclesial,
en el culto a la Virgen se reflejan las
preocupaciones de la Iglesia misma, entre las cuales
sobresale en nuestros días el anhelo por el
restablecimiento de la unidad de los cristianos. La
piedad hacia la Madre del Señor se hace así sensible
a las inquietudes y a las finalidades del movimiento
ecuménico, es decir, adquiere ella misma una
impronta ecuménica. Y esto por varios motivos.
En primer lugar porque los
fieles católicos se unen a los hermanos de las
Iglesias ortodoxas, entre las cuales la devoción a
la Virgen reviste formas de alto lirismo y de
profunda doctrina al venerar con particular amor a
la gloriosa Theotocos y al aclamarla "Esperanza de
los cristianos" (94); se unen a los anglicanos,
cuyos teólogos clásicos pusieron ya de relieve la
sólida base escriturística del culto a la Madre de
nuestro Señor, y cuyos teólogos contemporáneos
subrayan mayormente la importancia del puesto que
ocupa María en la vida cristiana; se unen también a
los hermanos de las Iglesias de la Reforma, dentro
de las cuales florece vigorosamente el amor por las
Sagradas Escrituras, glorificando a Dios con las
mismas palabras de la Virgen (cf. Lc 1, 46-55).
En segundo lugar, porque la
piedad hacia la Madre de Cristo y de los cristianos
es para los católicos ocasión natural y frecuente
para pedirle que interceda ante su Hijo por la unión
de todos los bautizados en un solo pueblo de Dios
(95). Más aún, porque es voluntad de la Iglesia
católica que en dicho culto, sin que por ello sea
atenuado su carácter singular (96), se evite con
cuidado toda clase de exageraciones que puedan
inducir a error a los demás hermanos cristianos
acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia
católica (97) y se haga desaparecer toda
manifestación cultual contraria a la recta práctica
católica.
Finalmente, siendo connatural
al genuino culto a la Virgen el que "mientras es
honrada la Madre (…), el Hijo sea debidamente
conocido, amado, glorificado" (98), este culto se
convierte en camino a Cristo, fuente y centro de la
comunión eclesiástica, en la cual cuantos confiesan
abiertamente que Él es Dios y Señor, Salvador y
único Mediador (cf. 2, 5), están llamados a ser una
sola cosa entre sí, con El y con el Padre en la
unidad del Espíritu Santo (99).
33. Somos conscientes de que
existen no leves discordias entre el pensamiento de
muchos hermanos de otras Iglesias y comunidades
eclesiales y la doctrina católica "en torno a la
función de María en la obra de la salvación" (100)
y, por tanto, sobre el culto que le es debido. Sin
embargo, como el mismo poder del Altísimo que cubrió
con su sombra a la Virgen de Nazaret (cf. Lc 1, 35)
actúa en el actual movimiento ecuménico y lo
fecunda, deseamos expresar nuestra confianza en que
la veneración a la humilde Esclava del Señor, en la
que el Omnipotente obró maravillas (cf. Lc 1, 49),
será, aunque lentamente, no obstáculo sino medio y
punto de encuentro para la unión de todos los
creyentes en Cristo. Nos alegramos, en efecto, de
comprobar que una mejor comprensión del puesto de
María en el misterio de Cristo y de la Iglesia, por
parte también de los hermanos separados, hace más
fácil el camino hacia el encuentro. Así como en Caná
la Virgen, con su intervención, obtuvo que Jesús
hiciese el primero de sus milagros (cf. Jn 2, 1-12),
así en nuestro tiempo podrá Ella hacer propicio, con
su intercesión, el advenimiento de la hora en que
los discípulos de Cristo volverán a encontrar la
plena comunión en la fe. Y esta nueva esperanza
halla consuelo en la observación de nuestro
predecesor León XIII: la causa de la unión de los
cristianos "pertenece específicamente al oficio de
la maternidad espiritual de María. Pues los que son
de Cristo no fueron engendrados ni podían serlo sino
en una única fe y un único amor: porque, "¿está
acaso dividido Cristo?" (cf. 1 Cor 1, 13); y debemos
vivir todos juntos la vida de Cristo, para poder
fructificar en un solo y mismo cuerpo (Rom 7, 14)"
(101).
34. En el culto a la Virgen
merecen también atenta consideración las
adquisiciones seguras y comprobadas de las ciencias
humanas; esto ayudará efectivamente a eliminar una
de las causas de la inquietud que se advierte en el
campo del culto a la Madre del Señor: es decir, la
diversidad entre algunas cosas de su contenido y las
actuales concepciones antropológicas y la realidad
sicosociológica, profundamente cambiada, en que
viven y actúan los hombres de nuestro tiempo. Se
observa, en efecto, que es difícil encuadrar la
imagen de la Virgen, tal como es presentada por
cierta literatura devocional, en las condiciones de
vida de la sociedad contemporánea y en particular de
las condiciones de la mujer, bien sea en el ambiente
doméstico, donde las leyes y la evolución de las
costumbres tienden justamente a reconocerle la
igualdad y la corresponsabilidad con el hombre en la
dirección de la vida familiar; bien sea en el campo
político, donde ella ha conquistado en muchos países
un poder de intervención en la sociedad igual al
hombre; bien sea en el campo social, donde
desarrolla su actividad en los más distintos
sectores operativos, dejando cada día más el
estrecho ambiente del hogar; lo mismo que en el
campo cultural, donde se le ofrecen nuevas
posibilidades de investigación científica y de éxito
intelectual.
Deriva de ahí para algunos una
cierta falta de afecto hacia el culto a la Virgen y
una cierta dificultad en tomar a María como modelo,
porque los horizontes de su vida —se dice— resultan
estrechos en comparación con las amplias zonas de
actividad en que el hombre contemporáneo está
llamado a actuar. En este sentido, mientras
exhortamos a los teólogos, a los responsables de las
comunidades cristianas y a los mismos fieles a
dedicar la debida atención a tales problemas, nos
parece útil ofrecer Nos mismo una contribución a su
solución, haciendo algunas observaciones.
35. Ante todo, la Virgen María
ha sido propuesta siempre por la Iglesia a la
imitación de los fieles no precisamente por el tipo
de vida que ella llevó y, tanto menos, por el
ambiente socio-cultural en que se desarrolló, hoy
día superado casi en todas partes, sino porque en
sus condiciones concretas de vida Ella se adhirió
total y responsablemente a la voluntad de Dios (cf.
Lc 1, 38); porque acogió la palabra y la puso en
práctica; porque su acción estuvo animada por la
caridad y por el espíritu de servicio: porque, es
decir, fue la primera y la más perfecta discípula de
Cristo: lo cual tiene valor universal y permanente.
36. En segundo lugar
quisiéramos notar que las dificultades a que hemos
aludido están en estrecha conexión con algunas
connotaciones de la imagen popular y literaria de
María, no con su imagen evangélica ni con los datos
doctrinales determinados en el lento y serio trabajo
de hacer explícita la palabra revelada; al
contrario, se debe considerar normal que las
generaciones cristianas que se han ido sucediendo en
marcos socio-culturales diversos, al contemplar la
figura y la misión de María —como Mujer nueva y
perfecta cristiana que resume en sí misma las
situaciones más características de la vida femenina
porque es Virgen, Esposa, Madre—, hayan considerado
a la Madre de Jesús como "modelo eximio" de la
condición femenina y ejemplar "limpidísimo" de vida
evangélica, y hayan plasmado estos sentimientos
según las categorías y los modos expresivos propios
de la época. La Iglesia, cuando considera la larga
historia de la piedad mariana, se alegra comprobando
la continuidad del hecho cultual, pero no se vincula
a los esquemas representativos de las varias épocas
culturales ni a las particulares concepciones
antropológicas subyacentes, y comprende como algunas
expresiones de culto, perfectamente válidas en sí
mismas, son menos aptas para los hombres
pertenecientes a épocas y civilizaciones distintas.
37. Deseamos en fin, subrayar
que nuestra época, como las precedentes, está
llamada a verificar su propio conocimiento de la
realidad con la palabra de Dios y, para limitarnos
al caso que nos ocupa, a confrontar sus concepciones
antropológicas y los problemas que derivan de ellas
con la figura de la Virgen tal cual nos es
presentada por el Evangelio. La lectura de las
Sagradas Escrituras, hecha bajo el influjo del
Espíritu Santo y teniendo presentes las
adquisiciones de las ciencias humanas y las variadas
situaciones del mundo contemporáneo, llevará a
descubrir como María puede ser tomada como espejo de
las esperanzas de los hombres de nuestro tiempo. De
este modo, por poner algún ejemplo, la mujer
contemporánea, deseosa de participar con poder de
decisión en las elecciones de la comunidad,
contemplará con íntima alegría a María que, puesta a
diálogo con Dios, da su consentimiento activo y
responsable (102) no a la solución de un problema
contingente sino a la "obra de los siglos" como se
ha llamado justamente a la Encarnación del Verbo
(103); se dará cuenta de que la opción del estado
virginal por parte de María, que en el designio de
Dios la disponía al misterio de la Encarnación, no
fue un acto de cerrarse a algunos de los valores del
estado matrimonial, sino que constituyó una opción
valiente, llevada a cabo para consagrarse totalmente
al amor de Dios; comprobará con gozosa sorpresa que
María de Nazaret, aún habiéndose abandonado a la
voluntad del Señor, fue algo del todo distinto de
una mujer pasivamente remisiva o de religiosidad
alienante, antes bien fue mujer que no dudó en
proclamar que Dios es vindicador de los humildes y
de los oprimidas y derriba sus tronos a los
poderosos del mundo (cf. Lc 1, 51-53); reconocerá en
María, que "sobresale entre los humildes y los
pobres del Señor (104), una mujer fuerte que conoció
la pobreza y el sufrimiento, la huida y el exilio
(cf. Mt 2, 13-23): situaciones todas estas que no
pueden escapar a la atención de quien quiere
secundar con espíritu evangélico las energías
liberadoras del hombre y de la sociedad; y no se le
presentará María como una madre celosamente
replegada sobre su propio Hijo divino, sino como
mujer que con su acción favoreció la fe de la
comunidad apostólica en Cristo (cf. Jn 2, 1-12) y
cuya función maternal se dilató, asumiendo sobre el
calvario dimensiones universales (105). Son
ejemplos. Sin embargo, aparece claro en ellos cómo
la figura de la Virgen no defrauda esperanza alguna
profunda de los hombres de nuestro tiempo y les
ofrece el modelo perfecto del discípulo del Señor:
artífice de la ciudad terrena y temporal, pero
peregrino diligente hacia la celeste y eterna;
promotor de la justicia que libera al oprimido y de
la caridad que socorre al necesitado, pero sobre
todo testigo activo del amor que edifica a Cristo en
los corazones.
38. Después de haber ofrecido
estas directrices, ordenadas a favorecer el
desarrollo armónico del culto a la Madre del Señor,
creemos oportuno llamar la atención sobre algunas
actitudes cultuales erróneas. El Concilio Vaticano
II ha denunciado ya de manera autorizada, sea la
exageración de contenidos o de formas que llegan a
falsear la doctrina, sea la estrechez de mente que
oscurece la figura y la misión de María; ha
denunciado también algunas devociones cultuales: la
vana credulidad que sustituye el empeño serio con la
fácil aplicación a prácticas externas solamente; el
estéril y pasajero movimiento del sentimiento, tan
ajeno al estilo del Evangelio que exige obras
perseverantes y activas (106). Nos renovamos esta
deploración: no están en armonía con la fe católica
y por consiguiente no deben subsistir en el culto
católico. La defensa vigilante contra estos errores
y desviaciones hará más vigoroso y genuino el culto
a la Virgen: sólido en su fundamento, por el cual el
estudio de las fuentes reveladas y la atención a los
documentos del Magisterio prevalecerán sobre la
desmedida búsqueda de novedades o de hechos
extraordinarios; objetivo en el encuadramiento
histórico, por lo cual deberá ser eliminado todo
aquello que es manifiestamente legendario o falso;
adaptado al contenido doctrinal, de ahí la necesidad
de evitar presentaciones unilaterales de la figura
de María que insistiendo excesivamente sobre un
elemento comprometen el conjunto de la imagen
evangélica, límpido en sus motivaciones, por lo cual
se tendrá cuidadosamente lejos del santuario todo
mezquino interés.
39. Finalmente, por si fuese
necesario, quisiéramos recalcar que la finalidad
última del culto a la bienaventurada Virgen María es
glorificar a Dios y empeñar a los cristianos en un
vida absolutamente conforme a su voluntad. Los hijos
de la Iglesia, en efecto, cuando uniendo sus voces a
la voz de la mujer anónima del Evangelio, glorifican
a la Madre de Jesús, exclamando, vueltos hacia El:
"Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te
crearon" (Lc 11, 27), se verán inducidos a
considerar la grave respuesta del divino Maestro:
"Dichosos más bien los que escuchan la palabra de
Dios y la cumplen" (Lc 11, 28). Esta misma
respuesta, si es una viva alabanza para la Virgen,
como interpretaron algunos Santos Padres (107) y
como lo ha confirmado el Concilio Vaticano II (108),
suena también para nosotros como una admonición a
vivir según los mandamientos de Dios y es como un
eco de otras llamadas del divino Maestro: "No todo
el que me dice: "Señor, Señor", entrará en el reino
de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi
Padre que está en los cielos" (Mt 7, 21) y "Vosotros
sois amigos míos, si hacéis cuanto os mando" (Jn 15,
14).
PARTE III
INDICACIONES SOBRE DOS
EJERCICIOS DE PIEDAD:
EL ANGELUS Y EL SANTO ROSARIO
40. Hemos indicado algunos
principios aptos para dar nuevo vigor al culto de la
Madre del Señor; ahora es incumbencia de las
Conferencias Episcopales, de los responsables de las
comunidades locales, de las distintas familias
religiosas restaurar sabiamente prácticas y
ejercicios de veneración a la Santísima Virgen y
secundar el impulso creador de cuantos con genuina
inspiración religiosa o con sensibilidad pastoral
desean dar vida a nuevas formas. Sin embargo, nos
parece oportuno, aunque sea por motivos diversos,
tratar de dos ejercicios muy difundidos en Occidente
y de los que esta Sede Apostólica se ha ocupado en
varias ocasiones: el "Angelus" y el Rosario.
El Angelus
41. Nuestra palabra sobre el
"Angelus" quiere ser solamente una simple pero viva
exhortación a mantener su rezo acostumbrado, donde y
cuando sea posible. El "Angelus" no tiene necesidad
de restauración: la estructura sencilla, el carácter
bíblico, el origen histórico que lo enlaza con la
invocación de la incolumidad en la paz, el ritmo
casi litúrgico que santifica momentos diversos de la
jornada, la apertura hacia el misterio pascual, por
lo cual mientras conmemoramos la Encarnación del
Hijo de Dios pedimos ser llevados "por su pasión y