Meditar con María los misterios de la vida de su Hijo.

 
La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27).
 
 En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo, en compañía de María,  este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto». (I Quindici Sabati del Santissimo Rosario,27 ed., Pompeya 1916, p. 27.)
 
 Además, mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro supereminente y completamente singular», (Lumen Gentium, 53) es al mismo tiempo 'Madre de la Iglesia'. Como tal 'engendra' continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la Iglesia.
 
 El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo». (Lumen Gentium, 60) Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal: Totus tuus. Un lema, como es sabido, inspirado en la doctrina de San Luis María Grignion de Montfort, que explicó así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 120). De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo! (JUAN PABLO II .ROSARIUM VIRGINIS MARIAE, 15).
 

 

EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO 

San Luis María Grignion de Montfort

 

 

INTRODUCCIÓN. DEDICATORIAS 

 

Rosa blanca 

 
1) Ministros del Altísimo, predicadores de la verdad, clarines del Evangelio: permítanme presentarles la rosa blanca de este librito para hacer entrar en su corazón y en su boca las verdades expuestas en él sencillamente y sin artificio.

En el corazón, para que Ustedes mismos abracen la práctica del Santo Rosario y saboreen sus frutos.

En la boca, para que prediquen a los demás la excelencia de esta santa práctica y los atraigan a la conversión por medio de ella. No vayan a considerar esta práctica como insignificante y de escasas consecuencias. Así la miran el vulgo y aun muchos sabios orgullosos. Pero, en verdad, es grande, sublime y divina. El Cielo nos la ha dado para convertir a los pecadores más endurecidos y a los herejes más obstinados. Dios vinculó a esta santa práctica del Santo Rosario la gracia en esta vida y la gloria del Cielo. Los santos la han puesto en práctica y los Sumos Pontífices la han autorizado.

¡Qué tal felicidad la del Sacerdote y director de almas a quienes el Espíritu Santo haya revelado este secreto sólo conocido superficialmente por los hombres! Si obtienen su conocimiento práctico, lo recitarán todos los días e impulsarán a otros a recitarlo. Dios y su Madre Santísima derramarán sobre Ustedes gracias abundantes a fin de que sean instrumentos de su gloria. Y Ustedes lograrán más éxito con sus palabras, aunque sencillas, en un solo mes, que los demás predicadores en muchos años.

2) No nos contentemos, pues, queridos compañeros, con recomendar a otros el rezo del Rosario. Tenemos que rezarlo nosotros. Podremos estar intelectualmente convencidos de su excelencia, pero, si no lo practicamos, poco empeño pondrán los oyentes en aceptar nuestro consejo, porque nadie da lo que no tiene: «Comenzó Jesús a hacer y enseñar» [Hech 1,1]. Imitemos a Jesucristo que empezó por hacer lo que enseñaba. Imitemos al Apóstol, que no conocía ni predicaba sino a Jesús crucificado.

Es lo que debemos hacer al predicar el Santo Rosario. Que –lo veremos más adelante– no es sólo una repetición de Padrenuestros y Avemarías, sino un compendio maravilloso de los misterios de la vida, pasión, muerte y gloria de Jesús y de María.

Si creyera que la experiencia que Dios me ha dado sobre la eficacia de la predicación del Santo Rosario para convertir a las almas, les impulsará a Uds. a predicarlo, no obstante la costumbre contraria de los predicadores, les contaría las maravillosas conversiones que he logrado predicándolo. Me contentaré, sin embargo, con relatar en este compendio algunas historias antiguas y comprobadas. Para servicio suyo, he incluido también muchos pasajes latinos tomados de buenos autores, que prueban lo que explico al pueblo en lengua corriente.

 
 
 Rosa encarnada

3) A Ustedes, pobres pecadores, uno más pecador todavía, les ofrece la rosa enrojecida con la sangre de Jesucristo, a fin de que florezcan y se salven. Los impíos y pecadores empedernidos gritan a diario: «Coronémonos de rosas» [Sab 2,8]. Cantemos también nosotros: «Coronémonos con las rosas del Santo Rosario».

¡Ah! ¡Qué diferentes son sus rosas de las nuestras! Las suyas son los placeres carnales, los vanos honores y las riquezas perecederas, que pronto se marchitarán y consumirán. En cambio, las nuestras, es decir nuestros Padrenuestros y Avemarías bien dichos, unidos a nuestras buenas obras de penitencia, no se marchitarán ni agotarán jamás, y su brillo será, de aquí a cien mil años, tan vivo como en el presente.

Sus pretendidas rosas sólo tienen la apariencia de tales. En realidad, son solamente punzantes espinas durante su vida, a causa de los remordimientos de conciencia que los taladrarán a la hora de la muerte con el arrepentimiento, y los quemarán durante toda la eternidad a causa de la rabia y desesperación.

Si nuestras rosas tienen espinas, son las espinas de Jesucristo, que Él convierte en rosas. Nuestras espinas punzan, pero sólo por algún tiempo y ello para curarnos del pecado y darnos la salvación.

4) Coronémonos a porfía de estas rosas del Paraíso recitando todos los días un Rosario, es decir las tres series de cinco misterios cada una o tres pequeñas diademas de flores o coronas:

    1o Para honrar las tres coronas de Jesús y de María: * de la gracia de Jesús en la Encarnación, * su corona de espinas durante la Pasión y * la de gloria en el Cielo de la Santísima Trinidad.

    2o Para recibir de Jesús y María tres coronas: * la primera de méritos, durante la vida; * la segunda de paz, en la hora de la muerte, y * la tercera de gloria, en el Cielo.

Créanme que recibirán la corona que no se marchitará jamás [1 Pe 5,4], si se mantienen fieles en rezarlo devotamente hasta la muerte, no obstante la enormidad de sus pecados. Aunque estuvieran ya al borde del abismo, aunque fueran herejes tan endurecidos y obstinados como demonios, se convertirán tarde o temprano y se salvarán, siempre que, lo repito –noten bien las palabras y términos de mi consejo– recen devotamente, todos los días hasta la muerte el Santo Rosario con el fin de conocer la verdad y alcanzar la contrición y perdón de los pecados. En esta obra hallarán muchas historias de pecadores convertidos por la eficacia del Rosario. ¡Léanlas y medítenlas!



Rosal místico

5) Almas piadosas e iluminadas por el Espíritu Santo, ciertamente no llevarán a mal que les ofrezca un pequeño rosal místico bajado del Cielo, para que lo planten en el jardín de sus almas. En nada perjudicará a las flores olorosas de su contemplación. Es muy perfumado y totalmente divino. No perturbará en lo más mínimo el orden de su jardín. Es muy puro y muy ordenado y todo lo encamina al orden y a la pureza. Alcanza una altura tan prodigiosa y de tan dilatada extensión, si se le riega y cultiva todos los días como conviene, que no sólo no estorbará a las demás devociones, sino que las conserva y perfecciona. ¡Ustedes, que son almas espirituales, me comprenden claramente! Jesús y María con su vida, muerte y eternidad constituyen este rosal.

6) Las hojas verdes de este rosal místico representan los misterios gozosos de Jesús y de María. Las espinas, los dolorosos. Y las flores, los gloriosos. Los capullos son la infancia de Jesús y de María, las rosas entreabiertas representan a Jesús y María en sus dolores. Y las totalmente abiertas muestran a Jesús y María en su gloria y en su triunfo.

La rosa alegra con su hermosura: ahí están Jesús y María en los misterios gozosos. Punza con sus espinas: ahí están Jesús y María en los misterios dolorosos. Regocija con la suavidad de su perfume: ahí están Jesús y María en los misterios gloriosos.

No desprecien, pues, mi rosal alegre y maravilloso. Siémbrenlo en su alma, tomando la resolución de rezar el Rosario. Cultívenlo y riéguenlo, recitándolo fielmente todos los días y obrando el bien. Contemplarán cómo el grano que ahora parece tan pequeño, se convertirá con el tiempo en un gran árbol en el que las aves del Cielo, es decir las almas predestinadas y elevadas en contemplación, pondrán su nido y morada para guarecerse a la sombra de sus hojas de los ardores del sol, preservarse en su altura de las fieras de la tierra y, finalmente, alimentarse con la delicadeza de su fruto, que no es otro que el adorable Jesús, a quien sea el honor y la gloria por la eternidad. Amén.
 

Capullo de Rosa

7) A Ustedes, queridos niños, les ofrezco un hermoso capullo de rosas: el granito de su Rosario, que les parece tan insignificante. Pero... ¡Oh!, ¡qué grano tan precioso! ¡Qué capullo tan admirable!; y ¡cómo se desarrollará, si recitan devotamente el Avemaría! Quizás sea mucho pedirles que recen un Rosario todos los días. Recen, por lo menos, una tercera parte, con devoción. Será una linda diadema de rosas que colocarán en las sienes de Jesús y de María. ¡Créanmelo! Escuchen ahora y recuerden esta hermosa historia:

8) Dos niñitas, hermanas, estaban a la puerta de su casa recitando el Rosario devotamente. Se les aparece una hermosa Señora, que acercándose a la más pequeña, de sólo seis años, la toma de la mano y se la lleva. La hermanita mayor, llena de turbación, la busca y no habiendo podido hallarla, vuelve a casa llorando y diciendo que se habían llevado a su hermana. El padre y la madre la buscan inútilmente durante tres días. Pasado este tiempo, la encuentran en la casa con el rostro alegre y gozoso. Le preguntan de dónde viene. Ella responde que la Señora a quien rezaba el Rosario la había llevado a un lugar hermoso, y le había dado de comer cosas muy buenas y había colocado en sus brazos un bellísimo Niño a quien había cubierto de besos. El padre y la madre, recién convertidos a la fe, llaman al padre jesuita, que les había instruido en ella y en la devoción del Rosario, y le relatan lo que había pasado. Él mismo nos lo contó. Ocurrió en el Paraguay [CN, pág. 189-190 .Extractado de: Antoine Boisseu, s.j.: Le chrétien prédestiné par la devoción á Marie, Mére de Dieu. Lyon, 1686. Pág. 752)].

Imiten, queridos niños, a esas fervorosas niñas. Recen todos los días la tercera parte del Rosario, y merecerán ver a Jesús y a María, si no durante esta vida, sí después de la muerte, durante la eternidad. Amén.

Así, pues, que sabios e ignorantes, justos y pecadores, grandes y pequeños, alaben y saluden noche y día a Jesús y María con el Santo Rosario.

«Saluden a María, que ha trabajado mucho en Ustedes» (Rom 16, 6).

 

Primera decena

Excelencia del Santo Rosario manifestada por su origen y su nombre


1a Rosa: Las oraciones del Santo Rosario

9) El Rosario encierra dos realidades: la oración mental y la vocal. La oración mental en el Santo Rosario es la meditación de los principales misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de su Santísima Madre.

La oración vocal consiste en la recitación de quince decenas de Avemarías precedidas de un Padrenuestro, unida a la meditación y contemplación de las quince principales virtudes que Jesús y María practicaron, conforme a los quince misterios del Santo Rosario.

En la primera parte, que consta de cinco decenas, se honran y consideran los cinco misterios gozosos; en la segunda, los cinco dolorosos; y en la tercera los cinco misterios gloriosos.

De este modo, el Rosario constituye un conjunto sagrado de oración mental y vocal para honrar e imitar los misterios y virtudes de la vida, muerte, pasión y gloria de Jesucristo y de María.


2a Rosa: Origen del Santo Rosario

10) El Santo Rosario, compuesto fundamental y sustancialmente por la oración de Jesucristo (el Padrenuestro), la salutación angélica (el Avemaría) y la meditación de los misterios de Jesús y María, constituye, sin duda, la primera plegaria y la primera devoción de los creyentes. Desde los tiempos de los apóstoles y discípulos ha estado en uso, siglo tras siglo, hasta nuestros días.

11) Sin embargo, el Santo Rosario, en la forma y método de que hoy nos servimos en su recitación, sólo fue inspirado a la Iglesia, en 1214, por la Santísima Virgen que lo dio a Santo Domingo para convertir a los herejes albigenses y a los pecadores. Ocurrió en la forma siguiente, según lo narra el beato Alano de la Rupe en su famoso libro titulado “Dignidad del Salterio”.

Viendo Santo Domingo que los crímenes de los hombres obstaculizaban la conversión de los albigenses, entró a un bosque próximo a Tolosa y permaneció allí tres días dedicado a la penitencia y a la oración continua, sin cesar de gemir, llorar y mortificar su cuerpo con disciplina para calmar la cólera divina, hasta que cayó medio muerto. La Santísima Virgen se le apareció en compañía de tres princesas celestiales, y le dijo: «¿Sabes, querido Domingo, de qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para reformar el mundo?». «Señora, Tú lo sabes mejor que yo –respondió él–, porque, después de Jesucristo, Tú fuiste el principal instrumento de nuestra salvación». «Pues  la principal pieza de combate ha sido el salterio angélico, que es el fundamento del Nuevo Testamento. Por ello, si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos, predica mi Salterio».

Se levantó el Santo muy consolado. Inflamado de celo por la salvación de aquellas gentes, entró en la catedral. Al momento repicaron las campanas para reunir a los habitantes. Al comenzar él su predicación, se desencadenó una horrible tormenta, tembló la tierra, se oscureció el sol, truenos y relámpagos repetidos hicieron palidecer y temblar a los oyentes. El terror de éstos aumentó cuando vieron que una imagen de la Santísima Virgen expuesta en lugar prominente, levantaba los brazos al cielo tres veces para pedir a Dios venganza contra ellos, si no se convertían y recurrían a la protección de la Santa Madre de Dios.

Quería el cielo con estos prodigios promover esta nueva devoción del Santo Rosario y hacer que se la conociera más.

Gracias a la oración de Santo Domingo, se calmó finalmente la tormenta. Prosiguió él su predicación, explicando con tanto fervor y entusiasmo la excelencia del Santo Rosario, que casi todos los habitantes de Tolosa lo aceptaron, renunciando a sus errores. En poco tiempo se experimentó un gran cambio de vida y costumbres en la ciudad.

3a Rosa: El Santo Rosario y Santo Domingo

12) El establecimiento del Santo Rosario en forma tan milagrosa, guarda cierta semejanza con la manera de que se sirvió Dios para promulgar su Ley en el Monte Sinaí, y manifiesta claramente la excelencia de esta maravillosa práctica.

Santo Domingo, iluminado por el Espíritu Santo e instruido por la Santísima Virgen y por su propia experiencia, dedicó el resto de su vida a predicar el Santo Rosario con su ejemplo y su palabra, en las ciudades y los campos, ante grandes y pequeños, sabios e ignorantes, católicos y herejes. El Santo Rosario, que rezaba todos los días, constituía su preparación antes de predicar y su acción de gracias después de la predicación.

13) Se preparaba el Santo, detrás del altar mayor de Nuestra Señora de París, con el rezo del Santo Rosario, para predicar en las fiestas de San Juan Evangelista, cuando se le apareció la Santísima Virgen y le dijo: «Aunque lo que tienes preparado para predicar sea bueno, ¡aquí te traigo un sermón mejor!» El Santo recibe de las manos de María el escrito que contiene el sermón, lo lee, lo saborea, lo comprende y da gracias por él a la Santísima Virgen. Llegada la hora del sermón, sube al púlpito y, después de haber recordado en alabanza de San Juan, tan sólo que había sido el guardián de la Reina de los Cielos, dijo a la asamblea de nobles y doctores que habían venido a escucharlo y estaban acostumbrados a oír sólo discursos artificiosos y floridos, que no les hablaría con palabras elocuentes de la sabiduría humana, sino con la sencillez y fuerza del Espíritu Santo.

Les predicó el Santo Rosario, explicándoles palabra por palabra, como a los niños, la salutación angélica, sirviéndose de comparaciones muy sencillas, leídas en el escrito que le diera la Santísima Virgen.

14) Aquí están las palabras del Sabio Cartagena que él tomó, en parte, del libro del Beato Alano de la Rupe, “Dignidad del Salterio”: Afirma el Beato Alano que su padre, Santo Domingo, le dijo un día en una revelación: ¡Hijo mío!, tú predicas. Pero, para que no busques la alabanza humana sino la salvación de las almas, escucha lo que me sucedió en París. Debía predicar en la Iglesia Mayor de Santa María y quería hacerlo ingeniosamente, no por jactancia, sino a causa de la nobleza y dignidad de los asistentes. Mientras oraba, según mi costumbre, casi durante una hora, mediante la recitación de mi Salterio (es decir el Rosario) antes del sermón, tuve un éxtasis. Veía a mi amada Señora, la Virgen María, que ofreciéndome un libro me decía: «¡Por bueno que sea el sermón que vas a predicar, aquí traigo uno mejor!»

Muy contento, tomé el libro, lo leí todo y, como María lo había dicho, encontré lo que debía predicar. Se lo agradecí de todo corazón.

Llegada la hora del sermón, subí a la cátedra sagrada. Era la fiesta de San Juan, pero sólo dije del Apóstol que mereció ser escogido para guardián de la Reina del Cielo. En seguida hablé así a mi auditorio: «¡Señores e ilustres Maestros! Uds. están acostumbrados a oír sermones sabios y elegantes. Pero no quiero dirigirles doctas palabras de sabiduría humana, sino mostrarles el espíritu de Dios y su virtud». Entonces –añade Cartagena siguiendo al Beato Alano– Santo Domingo les explicó la salutación angélica mediante comparaciones y semejanzas muy sencillas
(Alano de la Rupe, De Dignitate Psalterii; c. 18; Cartagena, De Sacris Arcanis Deiparae; L. 16, h. 1; CN, pág. 187-188)

15) El Beato Alano, como dice el mismo Cartagena, relata muchas otras apariciones del Señor y de la Santísima Virgen a Santo Domingo para instarle y animarle más y más a predicar el Santo Rosario a fin de combatir el pecado y convertir a los pecadores herejes. Oigamos este pasaje: «El Beato Alano refiere que la Santísima Virgen le reveló que Jesucristo, su Hijo, se había aparecido después de Ella a Santo Domingo y le había dicho: "Domingo, me alegro de que no te apoyes en tu sabiduría y de que trabajes con humildad en la salvación de las almas sin preocuparte por complacer la vanidad humana. Muchos predicadores quieren desde el comienzo tronar contra los pecados más graves, olvidando que, antes de dar un remedio penoso, es necesario preparar al enfermo para que lo reciba y aproveche. Por ello deben exhortar antes al auditorio al amor a la oración y, especialmente, a mi salterio angélico. Porque si todos comienzan a rezarlo, no hay duda de que la clemencia divina será propicia con los que perseveran. Predica, pues, mi Rosario»
 (Alano de la Rupe, De D.P., c. 17; Cartagena, De S.A.D., L. 16, h. 1; CN. pág. 156.).

16) En otro lugar dice: Todos los predicadores hacen rezar a los cristianos la salutación angélica al comenzar sus sermones, para obtener la gracia divina. La razón de ello es la revelación de la Santísima Virgen a Santo Domingo: «Hijo mío no te sorprendas de no lograr éxito con tus predicaciones. Porque trabajas en una tierra que no ha sido regada por la lluvia. Recuerda que cuando Dios quiso renovar el mundo, envió primero la lluvia de la salutación angélica. Así se renovó el mundo. Exhorta, pues, a las gentes en tus sermones a rezar el Rosario y recogerás grandes frutos para las almas."  Lo hizo así el Santo constantemente y obtuvo notable éxito con sus predicaciones.  Puedes leer esto en: a)
El Libro de los Milagros del Santo Rosario, escrito en italiano; y b) En el discurso 243 de Justino.

17) Me he complacido en citarte palabra por palabra los pasajes de estos serios autores, en favor de los predicadores y personas eruditas que pudieran dudar de la maravillosa eficacia del Santo Rosario. Mientras los predicadores, siguiendo el ejemplo de Santo Domingo, enseñaron la devoción del Santo Rosario, florecían la piedad y el fervor en las Órdenes Religiosas que lo practicaban y en el mundo cristiano, pero cuando se empezó a descuidar este regalo venido del Cielo, sólo vemos pecados y desórdenes por todas partes.

4a Rosa: El Santo Rosario y el beato Alano

18) Todas las cosas, inclusive las más santas, en la medida en que dependen de la voluntad humana, están sujetas a cambio. No hay, pues, por qué extrañarse de que la Cofradía del Santo Rosario no haya subsistido en su primitivo fervor sino hasta unos cien años después de su fundación. Después estuvo casi sumida en el olvido.
 
Además la malicia y envidia del demonio han contribuido seguramente para que se descuidara el Santo Rosario, a fin de detener los torrentes de gracia divina que esta devoción atrae al mundo. Efectivamente la justicia divina afligió todos los reinos europeos en el año 1384 con la peste más temible que se haya visto jamás. Ésta se extendió desde Oriente por Italia, Alemania, Francia, Polonia, Hungría, devastando casi todos estos territorios, ya que de cada cien hombres sólo quedaba uno vivo. Las ciudades, los pueblos, las aldeas y los monasterios quedaron casi desiertos durante los tres años que duró la epidemia.
 
19) Después de que, por la misericordia divina, cesaron estas calamidades, la Santísima Virgen ordenó al Beato Alano de la Rupe, célebre doctor y famoso predicador de la Orden de Santo Domingo del convento de Dinán en Bretaña, renovar la antigua Cofradía del Santo Rosario, a fin de que un Religioso del mismo lugar tuviera el honor de restaurarla. Este bienaventurado Padre comenzó a trabajar en tan noble empresa en el año 1460, sobre todo después de que el Señor, como lo cuenta él mismo, le dijo cierto día desde la Sagrada Hostia, mientras celebraba la Santa Misa, a fin de impulsarlo a predicar el Santo Rosario: «¿Por qué me crucificas de nuevo?». «¿Cómo Señor?», respondió sorprendido el Beato Alano. «Tus pecados me crucifican –respondió Jesucristo–. Aunque preferiría ser crucificado de nuevo, a ver a mi Padre ofendido por los pecados que has cometido. Tú me sigues crucificando, porque tienes la ciencia y cuanto es necesario para predicar el Rosario de mi Madre e instruir y alejar del pecado a muchas almas... Podrías salvarlas y evitar grandes males. Pero al no hacerlo, eres culpable de sus pecados». Tan terribles reproches hicieron que el Beato Alano se decidiera a predicar intensamente el Rosario.
 
20) La Santísima Virgen le dijo también cierto día, para animarlo más todavía a predicar el Santo Rosario: «Fuiste un gran pecador en tu juventud. Pero yo te alcancé de mi Hijo la conversión. He pedido por ti y deseado, si fuera posible toda clase de trabajos por salvarte, ya que los pecadores convertidos constituyen mi gloria, y hacerte digno de predicar por todas partes mi Rosario».
 
Santo Domingo, describiéndole los grandes frutos que había conseguido entre las gentes por esta hermosa devoción que él predicaba continuamente le decía: «Mira los frutos que he alcanzado con la predicación del Santo Rosario. Que hagan lo mismo tú y cuantos aman a la Santísima Virgen, para atraer, mediante el Santo ejercicio del Rosario, a todos los pueblos a la ciencia verdadera de la virtud».
 
Esto es, en resumen, lo que la historia nos enseña acerca del establecimiento del Santo Rosario por Santo Domingo y su restauración por el Beato Alano de la Rupe.
 

5a Rosa: La Cofradía del Santo Rosario

21) Estrictamente hablando, no hay sino una Cofradía del Rosario, compuesto de ciento cincuenta Avemarías. Pero en relación a las personas que lo practican, podemos distinguir tres clases: el Rosario común u Ordinario, el Rosario Perpetuo y el Rosario Cotidiano.
 
La Cofradía del Rosario Ordinario sólo exige recitarlo una vez por semana. La del Rosario Perpetuo, una vez al año. La del Rosario Cotidiano, en cambio, rezarlo completo, es decir, las ciento cincuenta Avemarías, todos los días. Ninguna de estas Cofradías implica obligación bajo pecado, ni siquiera venial, si no lo rezamos. Porque el compromiso de rezarlo es totalmente voluntario y de supererogación. Pero no debe alistarse en la Cofradía quien no tenga voluntad decidida de rezarlo, conforme lo exige la Cofradía y siempre que pueda sin faltar a las obligaciones del propio estado. De suerte que, cuando el rezo del Rosario coincide con una obligación de estado, hay que preferir ésta al Rosario, por santo que éste sea. Cuando, a causa de enfermedad, no se le pueda recitar todo o en parte sin agravar el padecimiento, no obliga. Y cuando, por legítima obediencia, olvido involuntario o necesidad apremiante, no fue posible rezarlo, no hay pecado ninguno, ni siquiera venial. Y no por ello dejas de participar en las gracias y méritos de los cofrades del Santo Rosario que lo rezan en todo el mundo.
 
Y si dejas de rezarlo por pura negligencia, pero sin desprecio formal, absolutamente hablando, tampoco pecas. Pero pierdes la participación en las oraciones, buenas obras y méritos de la Cofradía. Y por tu negligencia en cosas pequeñas y de supererogación, caerás insensiblemente en la infidelidad a las cosas grandes y de obligación esencial: «Quien desprecia lo pequeño, poco a poco se precipita» (Eclo 19,1).
 
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6a Rosa: El Salterio o Rosario de la Santísima Virgen María

22) Desde que Santo Domingo estableció esta devoción, hasta el año 1460, en que el Beato Alano la restauró por orden del Cielo, se la denominó el “Salterio de Jesús y de la Santísima Virgen”. Porque contiene tantas Avemarías como salmos tiene el Salterio de David y porque los sencillos e ignorantes que no pueden rezar el Salterio davídico sacan de la recitación de Santo Rosario tanto o mayor fruto que el que se consigue con la recitación de los salmos de David:
 
1º. Porque el Salterio Angélico tiene un fruto más noble, a saber, el Verbo encarnado, a quien el salterio davídico solamente predice;
2º. Porque así como la realidad supera a la imagen y el cuerpo a la sombra, del mismo modo el Salterio de la Santísima Virgen sobrepasa al de David, que sólo fue sombra y figura de aquél;
3º. Porque la Santísima Trinidad compuso directamente el Salterio de la Santísima Virgen, es decir, el Rosario, compuesto de Padrenuestros y Avemarías.
 
El sabio Cartagena refiere al respecto: «El sapientísimo de Aix-la-Chapelle (J. Beyssel) en su libro sobre la Corona de Rosas, dedicado al Emperador Maximiliano, dice: «No puede afirmarse que la salutación mariana sea una invención reciente. Se extendió con la Iglesia, los fieles más instruidos celebraban las alabanzas divinas con la triple cincuentena de salmos davídicos. Entre los más humildes, que encontraban diversas dificultades en el rezo del Oficio Divino, surgió una santa emulación. Pensaron, y con razón, que en el celestial elogio (el Rosario) se incluyen todos los secretos divinos de los salmos. Sobre todo porque los salmos cantaban al que debía venir, mientras que esta fórmula de plegaria se dirige al que ha venido ya. Por eso comenzaron a llamar “Salterio Mariano” a las tres series de cincuenta oraciones, anteponiendo a cada decena la oración dominical como habían visto hacer a quienes recitaban los salmos».
 
23) El Salterio o Rosario de la Santísima Virgen se compone de tres Coronas de cinco decenas cada una, con el fin de:
 
1º. Honrar a las personas de la Santísima Trinidad;
2º. Honrar la vida, muerte y gloria de Jesucristo;
3º. Imitar a la Iglesia triunfante, ayudar a la peregrinante y aliviar a la paciente;
4º. Imitar las tres partes del salterio, la primera de las cuales mira a la vía purgativa; la segunda, a la vía iluminativa; la tercera, a la vía unitiva;
5º. Colmarnos de gracia durante la vida, de paz en la hora de la muerte, y de gloria en la eternidad.

7a Rosa: El Santo Rosario:  Corona de rosas 

24) Desde cuando el Beato Alano de la Rupe restauró esta devoción, la voz del pueblo que es la voz de Dios, la llamó ROSARIO, es decir, corona de rosas, lo cual significa que cuantas veces se recita el Rosario como es debido, colocamos en la cabeza de Jesús y de María una corona de ciento cincuenta y tres rosas blancas y dieciséis rosas encarnadas del Paraíso, que no perderán jamás su belleza ni esplendor.
 
La Santísima Virgen aprobó y confirmó el nombre de Rosario, revelando a varias personas, que le presentaban tantas rosas agradables cuantas Avemarías recitaban en su honor y tantas coronas de rosas como Rosarios.
 
25) El Hermano Alfonso Rodríguez, jesuita, rezaba con tanto fervor, que veía con frecuencia salir de su boca una rosa encarnada a cada Padrenuestro y una rosa blanca a cada Avemaría: iguales ambas en belleza y fragancia y sólo diferentes en el color.
 
Cuentan las crónicas de San Francisco que un joven religioso tenía la laudable costumbre de rezar todos los días antes de la comida la Corona de la Santísima Virgen. Cierto día, no se sabe por qué, faltó a ella. Cuando sonó la campana para la comida, rogó al Superior le permitiera rezar la Corona antes de sentarse a la mesa. Obteniendo el permiso, se retiró a su celda. Pero, como tardase mucho en volver, el Superior envió a un Religioso a llamarlo. Éste lo encontró en su celda, iluminado de celestiales resplandores. La Santísima Virgen y dos Ángeles estaban al lado de él. A cada Avemaría salía de la boca del Religioso una bellísima rosa. Los Ángeles recogían las rosas, una tras otra, y las colocaban sobre la cabeza de la Santísima Virgen que se mostraba evidentemente complacida de ello.
 
 
 
Otros Religiosos, enviados para saber la causa de la demora de sus compañeros, vieron el mismo prodigio. La Santísima Virgen no desapareció hasta que terminó el rezo de la Corona.
 
El Rosario es, pues, una gran corona, y el de cinco decenas una diadema o guirnalda de rosas celestiales que se coloca en la cabeza de Jesús y de María. La rosa es la reina de las flores. El Rosario, a su vez, es la rosa y la primera de las devociones.
 

8a Rosa: Maravillas del Santo Rosario 

 
26) No es posible expresar cuánto prefiere la Santísima Virgen el Rosario a las demás devociones, cuán benigna se muestra para recompensar a quienes trabajan en predicarlo, establecerlo y cultivarlo y cuán terrible, por el contrario, contra quienes se oponen a rezo del Santo Rosario.
 
Santo Domingo no puso en nada tanto empeño durante su vida como en alabar a la Santísima Virgen, predicar sus grandezas y animar a todo el mundo a honrarla con el Rosario. La poderosa Reina del Cielo, a su vez, no cesó de derramar sobre el Santo bendiciones a manos llenas. Ella coronó sus trabajos con mil prodigios y milagros y él alcanzó de Dios cuanto pidió por intercesión de la Santísima Virgen. Para colmo de favores, le concedió la victoria sobre los albigenses y le hizo padre y patriarca de su gran Orden.
 
27) Y ¿qué decir del Beato Alano de la Rupe, restaurador de esta devoción? La Santísima Virgen lo honró varias veces con su visita para ilustrarlo acerca de los medios de alcanzar la salvación, convertirse en buen Sacerdote, perfecto Religioso e imitador de Jesucristo.
 
Durante las tentaciones y horribles persecuciones del demonio que lo llevaban a una extrema tristeza y casi a la desesperación, Ella lo consolaba, disipando, con su dulce presencia, tantas nubes y tinieblas. Le enseñó el modo de rezar el Rosario, lo instruyó acerca de sus frutos y excelencias, lo favoreció con la gloriosa cualidad de esposo suyo y, como arras de su casto amor, le colocó el anillo en el dedo y al cuello un collar hecho con sus cabellos, dándole también un Rosario. El Abad Tritemio, el sabio Cartagena, el doctor Martín Navarro y otros hablan de él elogiosamente. Después de atraer a la Cofradía del Rosario a más de cien mil personas, murió en Zwolle, Flandes, el 8 de setiembre de 1475.
 
28) Envidioso el demonio de los grandes frutos que el Beato Tomás de San Juan, célebre predicador del Santo Rosario, lograba con esta práctica, lo redujo con duros tratos a una larga y penosa enfermedad en la que fue desahuciado por los médicos. Una noche creyéndose a punto de morir, se le apareció el demonio, bajo una espantosa figura. Pero él levantó los ojos y el corazón hacia una imagen de la Santísima Virgen que se hallaba cerca de su lecho y gritó con todas sus fuerzas: «¡Ayúdame! ¡Socórreme! ¡Dulcísima Madre mía!».
 
Tan pronto como pronunció estas palabras, la imagen de la Santísima Virgen le tendió la mano y agarrándole por el brazo le dijo: «¡No tengas miedo, Tomás, hijo mío! ¡Aquí estoy para ayudarte! ¡Levántate y sigue predicando la devoción de mi Rosario, como habías empezado a hacerlo! ¡Yo te defenderé contra todos tus enemigos!». A estas palabras de la Santísima Virgen huyó el demonio. El enfermo se levantó perfectamente curado, dio gracias a su bondadosa Madre con abundantes lágrimas y continuó predicando el Rosario con éxito maravilloso.
 
29) La Santísima Virgen no favorece solamente a quienes predican el Rosario, sino que recompensa también gloriosamente a quienes con su ejemplo atraen a los demás a esta devoción.
 
Alfonso IX (1188-1230), rey de León y de Galicia, deseando que todos sus criados honraran a la Santísima Virgen con el Rosario, resolvió, para animarlos con su ejemplo, llevar ostensiblemente un gran rosario, aunque sin rezarlo. Bastó esto para obligar a toda la corte a rezarlo devotamente.
 
El rey cayó enfermo de gravedad. Ya lo creían muerto, cuando, arrebatado en espíritu ante el tribunal de Jesucristo, vio a los demonios que le acusaban de todos los crímenes que había cometido. Cuando el divino Juez lo iba ya a condenar a las penas eternas, intervino en favor suyo la Santísima Virgen. Trajeron, entonces, una balanza: en un platillo de la misma colocaron los pecados del rey. La Santísima Virgen colocó en el otro el rosario que Alfonso había llevado para honrarla y los que, gracias a su ejemplo, habían recitado otras personas. Esto pesó más que los pecados del rey. La Virgen le dijo luego, mirándole benignamente: «Para recompensarte por el pequeño servicio que me hiciste al llevar mi Rosario, te he alcanzado de mi Hijo la prolongación de tu vida por algunos años. ¡Empléalos bien y haz penitencia!»
 
Volviendo en sí el rey exclamó: «Oh bendito Rosario de la Santísima Virgen, que me libró de la condenación eterna!» Y después de recobrar la salud, fue siempre devoto del Rosario y lo recitó todos los días.
 
Que los devotos de la Santísima Virgen traten de ganar el mayor número de fieles para la Cofradía del Santo Rosario, a ejemplo de estos santos y de este rey. Así conseguirán en la tierra la protección de María y luego la vida eterna: «Los que me den a conocer, alcanzarán la vida eterna» (Eclo 24,31).
 

9a Rosa: Lo enemigos del Santo Rosario 

30)  Veamos ahora cuán injusto es impedir el progreso de la Cofradía del Santo Rosario y cuales son los castigos que Dios inflige a los infelices que la han despreciado o intentado destruirla.
 
Aunque la devoción del Santo Rosario ha sido autorizada por el Cielo con muchos milagros y ha recibido la aprobación de la Iglesia mediante Bulas pontificias, no faltan hoy libertinos, impíos y gentes orgullosas que se atreven a difamar la Cofradía del Santo Rosario o alejar de ella a los fieles. Es fácil reconocer que sus lenguas están infectadas con el veneno del infierno y que se mueven a impulso del maligno. Nadie, en efecto, podría desaprobar la devoción del Santo Rosario sin condenar al mismo tiempo lo más piadoso que existe en la religión cristiana, a saber: la oración dominical, la salutación angélica, los misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de su Santísima Madre. Estos orgullosos no pueden soportar que se rece el Rosario y caen con frecuencia, inconscientemente, en el criterio reprobable de los herejes que detestan el Rosario y la Corona.
 
Aborrecer las Cofradías es alejarse de Dios y de la auténtica piedad, dado que Jesucristo asegura que se halla entre quienes se reúnen en su nombre. Ni es ser buen católico despreciar tantas y tan grandes indulgencias como la Iglesia concede a la Cofradía. Finalmente, disuadir a los fieles de que pertenezcan a la Cofradía del Santo Rosario, es obrar como enemigo de la salvación de las almas, ya que por medio de ella abandonan el pecado para abrazar la piedad. San Buenaventura afirma con razón en su Salterio (Psalterium, lect. 4), que quien desprecia a la Santísima Virgen morirá en pecado y se condenará. ¡Qué castigos no deben esperar quienes alejan a los demás de la devoción hacia Ella!
 

10a Rosa: Los milagros del Santo Rosario 

31) Mientras Santo Domingo predicaba esta devoción en Carcasona, un hereje se dedicó a ridiculizar los milagros y los quince misterios del Santo Rosario. Impedía así la conversión de los herejes. Dios permitió, para castigo de este impío, que 15.000 demonios se apoderaran de su cuerpo. Sus padres lo condujeron entonces al Santo para que lo librara de los espíritus malignos. Se puso Santo Domingo en oración y exhortó a la multitud a rezar con él en alta voz el Rosario. Y he aquí que a cada Avemaría la Santísima Virgen hacía salir cien demonios del cuerpo del hereje, en forma de carbones encendidos. Una vez liberado, el hereje abjuró de sus errores, se convirtió y se hizo inscribir en la Cofradía del Rosario, con muchos otros correligionarios suyos, conmovidos ante este castigo y la fuerza del Rosario.
 
32) El sabio Cartagena, franciscano, y otros autores refieren que en el año 1482, cuando el venerable Padre Diego Sprenger y sus Religiosos trabajaban con gran celo por el restablecimiento de la devoción y Cofradía del Santo Rosario en la ciudad de Colonia, dos célebres predicadores, envidiosos de los frutos maravillosos que los primeros obtenían mediante esta práctica, intentaban desacreditarla en sus propios sermones. Gracias al talento y fama que gozaban, apartaban a muchos de inscribirse en la Cofradía. Para conseguir mejor sus perniciosos intentos, uno de ellos preparó expresamente un sermón para el domingo siguiente.
 
Llega la hora de la predicación, pero el predicador no aparece. Se le espera. Se le busca, y finalmente lo encuentran muerto, sin que hubiera podido ser auxiliado por nadie. Persuadido el otro predicador de que se trataba de un accidente natural, resuelve reemplazar a su compañero en la triste empresa de abolir la Cofradía del Rosario. Llegan el día y la hora del sermón. Pero Dios lo castigó con una parálisis que le quitó el movimiento y la palabra. Reconociendo su falta y la de su compañero, recurrió de corazón a la Santísima Virgen, prometiéndole predicar por todas partes el Rosario con tanto empeño como aquel con que lo había combatido. Le suplicó que para ello le devolviera la salud y la palabra. La Santísima Virgen accedió a su petición. Sintiéndose repentinamente curado, se levantó como otro Saulo, cambiado de perseguidor en defensor del Santo Rosario. Reparó públicamente su culpa y predicó con gran celo y elocuencia las excelencias del Santo Rosario.
 
33) No dudo de que las gentes críticas y orgullosas de hoy, al leer estas historias, pongan en duda su autenticidad, como han hecho siempre. Yo sólo las he transcrito de muy buenos autores contemporáneos, y en parte, de un libro reciente del P. Antonino Thomas, dominico, titulado El Rosal Místico.
 
Todo el mundo sabe, por otra parte, que hay tres clases de fe para las diferentes historias. A los acontecimientos narrados en la Sagrada Escritura debemos una fe divina. A los relatos profanos, que no repugnan la razón y han sido escritos por serios autores, una fe humana. A las historias piadosas referidas por buenos autores y no contrarias a la razón, la fe o las buenas costumbres, aunque a veces sean extraordinarias, una fe piadosa.
 
Confieso que no debemos ser ni muy crédulos ni muy críticos, sino optar siempre por el justo medio para descubrir dónde se hallan la verdad y la virtud. Pero estoy convencido igualmente que así como la caridad cree fácilmente cuanto no es contrario a la fe ni a las buenas costumbres –«La caridad todo lo cree» (1 Cor 13,7)–, del mismo modo, el orgullo lleva a negar casi todas las historias bien fundadas, so pretexto de que no se encuentran en la Sagrada Escritura.
 
En la trampa tendida por satanás, en la que cayeron los herejes que negaban la Tradición. Trampa en la que caen, sin darse cuenta, los críticos de hoy, que no creen lo que no comprenden o no les agrada, sin más motivo que su orgullo y autosuficiencia.

Segunda decena

Excelencia del Santo Rosario por las oraciones de que está compuesto.


11a Rosa: El Credo

34) El Credo o símbolo de los Apóstoles, que se reza sobre el Crucifijo del Rosario, es una plegaria de gran mérito, por ser un sagrado compendio y resumen de las verdades cristianas.
 
La fe, en efecto, es la base, fundamento y principio de todas las virtudes cristianas, de todas las verdades eternas y de todas las plegarias agradables a Dios. «Quien se acerca a Dios ha de comenzar por creer» (Heb 11,6). Sí, quien se acerca a Dios en la oración debe comenzar con un acto de fe y cuanto mayor sea su fe, más eficaz y meritorio para él y más gloriosa para Dios será su plegaria.
 
No me detendré a explicar las palabras del símbolo de los Apóstoles. Pero no puedo menos de aclarar las primeras palabras: «Creo en Dios».
 
Éstas encierran los actos de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Tienen una eficacia maravillosa para santificarnos y derrotar al demonio. Muchos santos vencieron con estas palabras las tentaciones, especialmente las contrarias a la fe, la esperanza o la caridad, durante su vida y a la hora de la muerte. Fueron las últimas palabras que escribió San Pedro mártir con el dedo, lo mejor que pudo y sobre la arena, cuando, con la cabeza cortada por el sablazo de un hereje, se hallaba próximo a expirar.
 
35) La fe es la única clave que permite entrar en todos los misterios de Jesús y de María, contenidos en el Santo Rosario. Por esto es necesario comenzar el Rosario rezando el Credo con gran atención y devoción. Y cuanto más viva y robusta sea la fe, más meritorio será nuestro Rosario. Es preciso que sea viva y animada por la caridad, es decir, que para recitar bien el Santo Rosario, debes estar en gracia de Dios o en busca de ella. Es necesario, además, que la fe sea robusta y constante, es decir, que no has de buscar en el rezo del Santo Rosario solamente el gusto sensible y la consolación espiritual. En otras palabras, no debes dejarlo cuando te salten las distracciones involuntarias en la mente, un incomprensible tedio en el alma, un fastidio o sopor casi continuo en el cuerpo. Para rezar bien el Rosario no son necesarios ni gusto ni consuelo ni suspiros ni fervor y lágrimas, ni aplicación prolongada de la imaginación. Bastan la fe pura y la recta intención. «Basta sólo la fe» (Cuarta estrofa del himno “Pange lingua”.)
 

12a Rosa: El Padrenuestro (I)

36) El Padrenuestro u oración dominical saca toda su excelencia de su Autor, que no es hombre ni Ángel, sino el Rey de los Ángeles y de los hombres, Jesucristo. «Era necesario –dice San Cipriano (PL 4, 537)– que quien venía como Salvador a darnos la vida de la gracia, nos enseñara también, como celestial Maestro, el modo de orar».
 
La sabiduría del divino Maestro se manifiesta claramente en el orden, dulzura y fuerza de esta divina plegaria. Es corta, pero rica en enseñanzas. Es accesible a los ignorantes, pero llena de misterios para los sabios.
 
El Padrenuestro encierra todos los deberes que tenemos para con Dios, los actos de todas las virtudes y la petición para todas nuestras necesidades espirituales y materiales. «Es el compendio del Evangelio», dice Tertuliano (PL 1, 1255). «Aventaja a los deseos de los santos» dice Tomás de Kempis (Enchiridium Monachorum, c.3). Compendia todas las dulces expresiones de los salmos y cantos, implora cuanto necesitamos, alaba a Dios de manera excelente, eleva el alma de la tierra al Cielo y la une íntimamente con Él.
 
37) Debemos recitar la oración dominical con la certeza de que el Padre Eterno la escuchará por ser la oración de su Hijo, a quien Él escucha siempre (Jn 11, 42 y Heb 5,7) y cuyos miembros somos (Ef 5, 30). ¿Podría acaso un Padre tan bueno rechazar una súplica tan bien fundada, apoyada como ésta, en los méritos e intercesión de Hijo tan digno?
 
Asegura San Agustín (PL 41, 748) que el Padrenuestro bien rezado borra los pecados veniales. El justo cae siete veces por día (Prov 24, 16), pero con las siete peticiones del Padrenuestro puede remediar sus caídas y fortificarse contra sus enemigos. Es oración corta y fácil, a fin de que, frágiles como somos y sometidos como estamos a tantas miserias, recibamos auxilio más rápidamente, rezándola con mayor frecuencia y devoción.
 
38) Desengáñate, pues, alma piadosa, que desprecias la oración compuesta y ordenada por el Hijo mismo de Dios a todos los creyentes. Tú que aprecias solamente las oraciones compuestas por los hombres, ¡como si el hombre, por esclarecido que sea, supiera mejor que Jesús cómo debemos orar! Tú que buscas en libros humanos el método de alabar y orar a Dios, como si te avergonzaras de utilizar el que su Hijo nos ha prescrito, y vives persuadida de que las oraciones contenidas en los libros son para los sabios y ricos, mientras que el Rosario es bueno solamente para las mujeres, los niños y la gente del pueblo, como si las alabanzas y oraciones que lees en tu devocionario fueran más bellas y agradables a Dios que la oración dominical. ¡Dejar de lado la oración recomendada por Jesucristo para apegarnos a las compuestas por los hombres es una tentación peligrosa!
 
No desaprobamos con esto las oraciones compuestas por los santos para excitar a los fieles a alabar a Dios. Pero no podemos admitir que haya quienes las prefieran a la que brotó de los labios de la Sabiduría encarnada, dejen el manantial para correr tras los arroyos y desdeñen el agua viva para ir a beber la turbia. Porque, al fin y al cabo, el Rosario, compuesto de la oración dominical y de la salutación angélica, es el agua limpia y eterna que mana de la fuente de la gracia. Mientras que las demás oraciones, que buscas y rebuscas en los libros, no son más que arroyos que derivan de ella.
 
39) ¡Dichoso quien recita la plegaria enseñada (Mt 6, 9-13) por el Señor, meditando atentamente cada palabra! Encuentra en ella cuanto necesita y puede desear.
 
Cuando rezamos esta admirable plegaria, cautivamos desde el primer momento el corazón de Dios, invocándolo con el dulce nombre de Padre.
 
«Padre nuestro». El más tierno de todos los padres, omnipotente en la creación, admirable en la conservación de las creaturas, sumamente amable en su providencia e infinitamente bueno en la obra de la Redención. ¡Dios es nuestro Padre! ¡Entonces, todos somos hermanos y el Cielo es nuestra patria y nuestra herencia! ¿No bastará esto para inspirarnos, a la vez, amor a Dios y al prójimo, y desapego de todas las cosas de la tierra?
 
Amemos, pues, a un Padre como éste y digámosle millares de veces: «Padre nuestro que estás en los Cielos». Tú, que llenas el Cielo y la tierra con la inmensidad de tu esencia y estás presente en todas partes. Tú, que moras en los santos con tu gloria, en los condenados con tu justicia, en los justos por tu gracia, en los pecadores por tu paciencia comprensiva: haz que recordemos siempre nuestro origen celestial, vivamos como verdaderos hijos tuyos y avancemos siempre hacia Ti solo, con todo el ardor de nuestros anhelos.
 
«Santificado sea tu Nombre». El Nombre del Señor es santo y terrible, dice el profeta rey (Sal 98, 3), el Cielo resuena con las alabanzas incesantes de los serafines a la santidad del Señor Dios de los ejércitos –exclama Isaías (Is 6, 3.)–. Con estas palabras pedimos que toda la tierra reconozca y adore los atributos de un Dios tan grande y santo. Que sea conocido, amado y adorado por los paganos, los turcos, los hebreos, los bárbaros y todos los infieles. Que todos los hombres le sirvan y glorifiquen con fe viva, con esperanza firme, con caridad ardiente, renunciando a todos los errores: en una palabra que todos los hombres sean santos porque Él mismo lo es (Lev 11,44-45  y 1 Pe 1, 16).
 
«Venga a nosotros tu Reino». Es decir, reina, Señor en nuestras almas con tu gracia en esta vida a fin de que merezcamos reinar contigo después de la muerte, en tu reino que es la suprema felicidad, en la cual creemos, esperamos y la cual deseamos. Felicidad que la bondad del Padre nos ha prometido, los méritos del Hijo nos han adquirido, y la luz del Espíritu Santo nos ha revelado.
 
«Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Cuando pedimos que se haga su voluntad es porque aceptamos humildemente cuanto ha querido ordenar respecto a nosotros. Y que cumplamos siempre y todo su santísima voluntad, manifestada en sus mandamientos, con la misma prontitud, amor y constancia con las que los Ángeles y santos le obedecen en el Cielo.
 
40) «Danos hoy nuestro pan de cada día». Jesucristo nos enseña a pedir a Dios lo necesario para la vida del cuerpo y del alma. Con estas palabras, confesamos humildemente nuestra miseria y rendimos homenaje a la Providencia, declarando que creemos y queremos recibir de su bondad todos los bienes temporales. Con la palabra “pan”, pedimos a Dios lo estrictamente necesario para la vida: excluimos lo superfluo. Este pan lo pedimos “hoy” es decir, limitamos al presente nuestras solicitudes, confiando a la Providencia el mañana. Pedimos el pan “de cada día”, confesando así nuestras necesidades siempre renovadas y proclamamos la continua dependencia en que nos hallamos de la protección y socorros divinos.
 
«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Nuestros pecados –dicen San Agustín y Tertuliano– son deudas que contraemos con Dios, y su justificación exige el pago hasta el último céntimo. Y ¡todos tenemos esas tristes deudas! Pero, no obstante nuestras numerosas culpas, acerquémonos a Él confiadamente, y digámosle con verdadero arrepentimiento: «Padre nuestro, que estás en los cielos», perdona los pecados de nuestro corazón y nuestra boca, los pecados de acción y omisión, que nos hacen infinitamente culpables a los ojos de la justicia. Porque, como hijos de un Padre tan clemente y misericordioso, perdonamos por obediencia y caridad a cuantos nos han ofendido.
 
«No nos dejes –por infidelidad a tu gracia– caer en la tentación» del mundo y de la carne.
 
«Y líbranos del mal» que es el pecado, del mal de la pena temporal y eterna que hemos merecido.
 
«¡Amén!» Expresión muy consoladora –dice San Jerónimo–. Es como el sello que Dios pone al final de nuestra súplica para asegurarnos que nos ha escuchado. Es como si nos respondiera: “¡Amén!” Sí, hágase como han pedido; lo han conseguido. Porque esto es lo que significa el término: “Amén”.
 

13a Rosa: El Padrenuestro (II)

41) Al recitar cada una de las palabras de la oración dominical, honramos las perfecciones divinas. Honramos su fecundidad llamándolo «Padre»: Padre que desde la eternidad engendras un Hijo igual que tú, eterno y consustancial, que es una misma esencia, una misma potencia, una misma bondad, una misma sabiduría contigo. Padre e Hijo que al amarse producen al Espíritu Santo, que es Dios como Uds. ¡Tres adorables personas que son un solo Dios!
 
«¡Padre nuestro!». Es decir, Padre de los hombres por la creación, la conservación y la redención. Padre misericordioso de los pecadores; Padre amigo de los justos; Padre magnífico de los bienaventurados.
 
«Que estás». Con estas palabras admiramos la inmensidad, la grandeza y plenitud de la esencia divina, que se llama con verdad EL QUE ES (Ex 3,14), es decir, el que existe esencial, necesaria y eternamente, que es el Ser de los seres, la Causa de todo ser. Que contiene en sí mismo, forma eminente, las perfecciones de todos los seres. Que está en todos con su esencia, presencia y potencia sin ser por ellos abarcado.
 
Honramos su sublimidad, gloria y majestad con las palabras que estás en los Cielos, es decir, como sentado en su trono para ejercer justicia sobre todos los hombres.
 
Adoramos su santidad, al desear que su Nombre sea santificado. Reconocemos su soberanía y la justicia de sus leyes, anhelando la llegada de su reino, y ansiando que le obedezcan los hombres en la tierra como le obedecen los Ángeles en el Cielo. Pidiéndole que nos dé el pan de cada día, creemos en su Providencia. Al rogarle que no nos deje caer en la tentación, reconocemos su poder. Esperando que nos libre del mal, nos confiamos a su bondad.
 
El Hijo de Dios glorificó siempre al Padre con sus obras y vino al mundo para enseñar a los hombres a glorificarlo. Y les ha enseñado la forma de honrarlo con esta oración que se dignó dictarles. Debemos, pues, rezarla con frecuencia y atención, y con el mismo espíritu con que Él la compuso.

14a Rosa: El Padrenuestro (III)

42) Cuando rezamos devotamente esta divina oración, realizamos tantos actos de las más nobles virtudes cristianas como palabras pronunciamos.
 
Al decir «Padre nuestro que estás en los Cielos», hacemos actos de fe, adoración y humildad.
 
Al desear que su Nombre sea santificado y glorificado, manifestamos celo ardiente por su gloria.
 
Al pedir la posesión de su reino, hacemos un acto de esperanza.
 
Al desear que se cumpla su voluntad en la tierra como en el Cielo, mostramos espíritu de perfecta obediencia.
 
Pidiéndole que nos dé el pan de cada día, practicamos la pobreza según el espíritu y el desapego de los bienes de la tierra.
 
Al rogarle que perdone nuestros pecados, hacemos un acto de contrición.
 
Al perdonar a quienes nos han ofendido, ejercitamos la misericordia en la más alta perfección.
 
Al implorar ayuda en la tentación, hacemos actos de humildad, prudencia, fortaleza.
 
Al implorar que nos libre del mal, practicamos la paciencia.
 
Finalmente, al pedir todo esto no sólo para nosotros, sino también para el prójimo y para todos los miembros de la Iglesia, nos comportamos como verdaderos hijos de Dios, lo imitamos en la caridad que abraza a todos los hombres y cumplimos el mandamiento de amar al prójimo.
 
43) Detestamos, además, todos los pecados y practicamos los mandamientos de Dios, cuando al rezar esta oración, nuestro corazón sintoniza con la lengua y no mantenemos intenciones contrarias a estas divinas palabras. Puesto que, cuando reflexionamos en que Dios está en el Cielo, es decir, infinitamente por encima de nosotros por la grandeza de su majestad, entramos en los sentimientos del más profundo respeto en su presencia y, sobrecogidos de temor, huimos del orgullo y nos abatimos hasta el anonadamiento. Al pronunciar el nombre de Padre, recordamos que de Dios hemos recibido la existencia por medio de nuestros padres y la instrucción por medio de nuestros maestros. Todos los cuales representan para nosotros a Dios, cuya viva imagen constituyen. Por ello nos sentimos obligados a honrarlos, o mejor dicho, a honrar a Dios en sus personas y nos guardamos mucho de despreciarlos y afligirlos.
 
Cuando deseamos que el Santo Nombre de Dios sea glorificado, estamos bien lejos de profanarlo. Cuando consideramos el reino de Dios como nuestra herencia, renunciamos a todo apego desordenado a los bienes de este mundo. Cuando pedimos con sinceridad para nuestro prójimo los bienes que deseamos para nosotros, renunciamos al odio, la disensión y la envidia.
 
Al pedir a Dios el pan de cada día, detestamos la gula y la voluptuosidad, que se nutren en la abundancia.
 
Al rogar a Dios con sinceridad que nos perdone, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, reprimimos la cólera y la venganza, devolvemos bien por mal y amamos a nuestros enemigos.
 
Al pedir a Dios que no nos deje caer en el pecado en el momento de la tentación, manifestamos huir de la pereza y buscar los medios para combatir los vicios y salvarnos.
 
Al rogar a Dios que nos libre del mal, tenemos su justicia y nos alegramos porque el temor de Dios es el principio de la sabiduría (Sal 100, 10; Prov 1, 7);  el temor de Dios hace que el hombre evite el pecado (Prov 15,27; Eclo 1,27).

15a Rosa: El Avemaría. Sus excelencias

44) La salutación angélica es tan sublime y elevada, que el Beato Alano de la Rupe ha creído que ninguna creatura puede comprenderla y que solamente Jesucristo, Hijo de María, puede explicarla.
 
Deriva su excelencia: de la Santísima Virgen, a quien fue dirigida; de la finalidad de la Encarnación del Verbo, para la cual fue traída del Cielo; y del Arcángel San Gabriel, que fue el primero en pronunciarla (Lc 1,28.42).
 
El Avemaría resume, en la más concisa síntesis, toda la teología cristiana sobre la Santísima Virgen. En el Avemaría encontramos una alabanza y una invocación. La alabanza contiene cuanto constituye la verdadera grandeza de María. La invocación contiene cuanto debemos pedirle y cuanto podemos alcanzar de su bondad.
 
La Santísima Trinidad reveló la primera parte, Santa Isabel, iluminada por el Espíritu Santo, añadió la segunda. Y la Iglesia ordenó que se invocase a la Santísima Virgen bajo este glorioso título, con estas palabras: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».
 
45) La Santísima Virgen recibió esta divina salutación en orden a llevar a feliz término el asunto más sublime e importante del mundo, a saber, la Encarnación del Verbo Eterno, la reconciliación entre Dios y los hombres y la redención del género humano. Embajador de esta buena noticia fue el Arcángel San Gabriel, uno de los primeros príncipes de la Corte Celestial.
 
La salutación angélica contiene la fe y esperanza de los patriarcas, de los profetas y de los Apóstoles. Es la constancia y fortaleza de los mártires, la ciencia de los doctores, la perseverancia de los confesores y la vida de los Religiosos. Es el cántico nuevo de la ley de la gracia, la alegría de los Ángeles y de los hombres y el terror y confusión de los demonios.
 
Por la salutación, Dios se hizo hombre, una virgen se convirtió en Madre de Dios, las almas de los justos fueron liberadas, se repararon las ruinas del Cielo y los tronos vacíos fueron de nuevo ocupados, el pecado fue perdonado, se nos devolvió la gracia, se curaron las enfermedades, los muertos resucitaron, se llamó a los desterrados, se aplacó la Santísima Trinidad, y los hombres obtuvieron la vida eterna.
 
Finalmente, la salutación angélica es el arco iris, la señal de la clemencia y de la gracia dadas al mundo por Dios.

16a Rosa: El Avemaría. Su belleza

46) Aunque no hay nada tan excelso como la Majestad divina ni tan abyecto como el hombre considerado como pecador, con todo la Augusta Majestad no desdeña nuestros homenajes y se siente honrada cuando cantamos sus alabanzas. Ahora bien, la salutación angélica es uno de los cánticos más bellos que podamos entonar a la gloria del Altísimo: «Te cantaré un cántico nuevo» (Sal 143,9). La salutación angélica es precisamente el cántico nuevo que David predijo se cantaría en la venida del Mesías.

Hay un cántico antiguo y un cántico nuevo.

El cántico antiguo es el que cantaron los israelitas en acción de gracias por la creación, la conservación, la liberación de la esclavitud, el paso del Mar Rojo, el maná y todos los demás favores celestiales.

El cántico nuevo es el que entonan los cristianos en acción de gracias por la Encarnación y la Redención. Dado que estos prodigios se realizaron por el saludo del Ángel, repetimos esta salutación para agradecer a la Santísima Trinidad por tan inestimables beneficios.

Alabamos a Dios Padre por haber amado tanto al mundo que le dio su Unigénito para salvarlo.

Bendecimos a Dios Hijo por haber descendido del Cielo a la tierra, por haberse hecho hombre y habernos salvado.

Glorificamos al Espíritu Santo por haber formado en el seno de la Virgen María ese cuerpo purísimo que fue víctima de nuestros pecados.

Con estos sentimientos de gratitud, debemos rezar la salutación angélica, acompañándola de actos de fe, esperanza, caridad y acción de gracias por el beneficio de nuestra salvación.

47) Aunque este cántico nuevo se dirige directamente a la Madre de Dios y contiene sus elogios, es, no obstante, muy glorioso para la Santísima Trinidad, porque todo el honor que tributamos a la Santísima Virgen vuelve a Dios, causa de todas sus perfecciones y virtudes. Con este cántico nuevo glorificamos a Dios Padre porque honramos a la más perfecta de sus criaturas; glorificamos al Hijo, porque alabamos a su Purísima Madre; glorificamos al Espíritu Santo, porque admiramos las gracias con que colmó a su Esposa.

Del mismo modo que la Santísima Virgen con su hermoso cántico, el Magnificat, dirige a Dios las alabanzas y bendiciones que le tributó Santa Isabel por su eminente dignidad de Madre del Señor, así dirige inmediatamente a Dios los elogios y bendiciones que le presentamos mediante la salutación angélica.

48) Si la salutación angélica glorifica a la Santísima Trinidad, también constituye la más perfecta alabanza que podamos dirigir a María.

Deseaba Santa Matilde saber cuál era el mejor medio para testimoniar su tierna devoción a la Madre de Dios. Un día, arrebatada en éxtasis, vio a la Santísima Virgen que llevaba sobre el pecho la salutación angélica en letras de oro y le dijo:

«Hija mía, nadie puede honrarme con saludo más agradable que el que me ofreció la Santísima Trinidad. Por él me elevó a la dignidad de Madre de Dios.

"La palabra AVE me hizo saber que Dios en su omnipotencia me había preservado de toda mancha de pecado y de las calamidades a que estuvo sometida la primera mujer».

«El nombre de “María”, que significa “Señora de la luz”, como astro brillante, para iluminar los Cielos y la tierra».

«Las palabras “llena de gracia”, me recuerdan que el Espíritu Santo me colmó de tantas gracias, que puedo comunicarlas con abundancia a quienes las piden por mediación mía».

«Diciendo “el Señor es contigo”, siento renovarse la inefable alegría que experimenté cuando el Verbo eterno se encarnó en mi seno».

«Cuando me dicen “bendita Tú eres entre todas las mujeres”, tributo alabanzas a la Misericordia divina que se dignó elevarme a tan alto grado de felicidad».

«Ante las palabras “bendito es el fruto de tu vientre Jesús”, todo el Cielo se alegra conmigo al ver a Jesús, mi Hijo, adorado y glorificado por haber salvado al hombre».

17a Rosa: El Avemaría. Sus maravillosos frutos

49) Entre las cosas admirables que la Santísima Virgen reveló al Beato Alano de la Rupe, y sabemos que este gran devoto de María confirmó con juramento sus revelaciones, hay tres de mayor importancia:
 
La primera, que la negligencia, tedio y aversión a la salutación angélica, que restauró al mundo, son señal probable e inmediata de reprobación eterna.
 
La segunda, que quienes tienen devoción a esta divina salutación poseen una gran señal de predestinación.
 
La tercera, que quienes han recibido de Dios la gracia de amar a la Santísima Virgen y servirla por amor deben esmerarse con el mayor empeño para continuar amándola y sirviéndola hasta que Ella los coloque en el Cielo, por medio de su Hijo, en el grado de gloria que conviene a sus méritos (Beato Alano, de D.P., c. 11).
 
50) Todos los herejes, que son hijos de satanás y llevan señales evidentes de reprobación, tienen horror al Avemaría. Quizás aprenden el Padrenuestro, pero no el Avemaría. Preferirían llevar sobre sí una serpiente antes que un Rosario.
 
Entre los católicos, aquellos que llevan la marca de la reprobación apenas si se interesan por el Rosario, son negligentes en rezarlo o lo recitan tibia y precipitadamente.
 
Aunque yo no aceptara con fe piadosa lo revelado al Beato Alano, me basta la experiencia personal para convencerme de esta terrible y a la vez consoladora verdad. No sé ni veo con claridad cómo una devoción tan pequeña pueda ser señal infalible de eterna salvación, y su defecto, señal de reprobación. No obstante, nada hay más cierto. Vemos, en efecto, que quienes en nuestros días profesan novedosas doctrinas condenadas por la Iglesia, a pesar de su aparente piedad, descuidan en demasía la devoción del Rosario y frecuentemente lo arrancan del corazón de quienes les rodean, con los pretextos más hermosos del mundo. Evitan con cuidado condenar abiertamente el Rosario y el Escapulario. Pero su proceder es tanto más pernicioso cuanto más sutil. Hablaremos de ello más adelante.
 
51) Mi Avemaría, mi Rosario o mi Corona son mi oración preferida  y mi piedra de toque segurísima para distinguir a quienes son conducidos por el Espíritu de Dios, de quienes se hallan bajo la ilusión del espíritu maligno. He conocido almas que parecían volar como águilas hasta las nubes, por la sublimidad de su contemplación. Eran, sin embargo, miserablemente engañadas por el demonio. Sólo llegué a descubrir sus ilusiones, al ver que rechazaban el Avemaría y el Rosario como indignos de su estima.
 
El Avemaría es un rocío celestial y divino, que al caer en el alma de un predestinado le comunica una fecundidad maravillosa para producir toda clase de virtudes. Cuanto más regada esté el alma por esta oración, tanto más se le ilumina el espíritu, más se le abrasa el corazón y más se fortalece contra sus enemigos.
 
El Avemaría es una flecha inflamada y penetrante, que unida por un predicador a la palabra divina que anuncia, le da la fuerza de traspasar y convertir los corazones más endurecidos, aunque el orador no tenga talento natural extraordinario para la predicación.
 
El Avemaría fue el arma secreta que, como dije antes (Rosa 2a. y 4a), sugirió la Santísima Virgen a Santo Domingo y al Beato Alano para convertir a los herejes y pecadores.
 
De aquí surgió la costumbre de los predicadores de rezar un Avemaría al comenzar la predicación –como afirma San Antonio–.

18a Rosa: El Avemaría. Sus bendiciones

52) Esta divina salutación atrae sobre nosotros la copiosa bendición de Jesús y de María. Efectivamente, es principio infalible que Jesús y María recompensan magnánimamente a quienes les glorifican, y vuelven centuplicadas las bendiciones que se les tributan: «Quiero a los que me quieren... para enriquecer a los que me aman y para llenar sus bodegas» (Prov 8.17.21). Es lo que proclaman a voz en cuello Jesús y María: «Amamos a quienes nos aman, los enriquecemos y llenamos sus tesoros». «Quien siembra generosamente, generosas cosechas tendrá» (2 Cor 9,6).
 
Ahora bien, ¿no es amar, bendecir y glorificar a Jesús y a María el recitar devotamente la salutación angélica? En cada Avemaría tributamos a Jesús y a María una doble bendición: Bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. En cada Avemaría tributamos a María el mismo honor que Dios le hizo al saludarla mediante el Arcángel San Gabriel.
 
¿Quién podrá pensar siquiera que Jesús y María, que tantas veces hacen el bien a quienes les maldicen, vayan a responder con maldiciones a quienes los honran y bendicen con el Avemaría?
 
La Reina del Cielo –dice San Bernardo y San Buenaventura– no es menos agradecida y cortés que las personas nobles y bien educadas de este mundo. Las aventaja en esta virtud como en las demás perfecciones, y no permitirá que la honremos con respeto sin devolvernos el ciento por uno. «María nos saluda con la gracia, siempre que la saludemos con el Avemaría» (San Buenaventura, Psalterium, lect. 4; VD 144-181).
 
¿Quién podrá comprender las gracias y bendiciones que el saludo y mirada benigna de María atraen sobre nosotros?
 
En el momento en que Santa Isabel oyó el saludo que le dirigía la Madre de Dios, quedó llena del Espíritu Santo y el niño que llevaba en su seno saltó de alegría. Si nos hacemos dignos del saludo y bendición recíprocos de la Santísima Virgen, seremos, sin duda, colmados de gracias, y un torrente de consuelos espirituales inundará nuestras almas.

19a Rosa: El Avemaría. Feliz intercambio

53) Está escrito: «Den y se les dará» (Lc 6,38). Recordemos la comparación del Beato Alano: «Si te doy cada día ciento cincuenta diamantes, ¿no me perdonarías aunque fuese enemigo tuyo? Y si eres mi amigo, ¿no me otorgarás todos los favores posibles? ¿Quieres enriquecerte con todos los bienes de la gracia y de la gloria? ¡Saluda a la Santísima Virgen, honra a tu bondadosa Madre!»
 
«El que da gloria a su madre se prepara un tesoro» [Eclo 3,5). Preséntale, al menos, cincuenta Avemarías diariamente, cada una de ellas contiene quince piedras preciosas que agradan más a María que todas las riquezas de la tierra. ¿Qué no podrás, entonces, esperar de su generosidad? Ella es nuestra Madre y amiga. Es la Emperatriz del universo y nos ama más de lo que todas las madres y reinas juntas amaron a algún mortal. Porque –dice San Agustín– la caridad de la Santísima Virgen aventaja a todo el amor natural de todos los hombres y de todos los Ángeles.
 
54) El Señor se apareció un día a Santa Gertrudis, contando monedas de oro. Se atrevió ella a preguntarle qué estaba contando. Le respondió Jesucristo: «Cuento  tus Avemarías: son la moneda con que se compra el Paraíso».
 
El docto y piadoso Suárez, jesuita, estimaba tanto la salutación angélica que solía decir: «¡Daría con gusto toda mi ciencia por el valor de un Avemaría bien dicha!» (Poiré, La Triple Couronne, París, 1639; 3,13.69)
 
55) El Beato Alano de la Rupe se dirige así a la Santísima Virgen: (Cartagena, en CN, pág. 14-157). 
 
Quien te ama, oh excelsa María, escuche esto y llénese de gozo:
 
El Cielo exulta de dicha,
la tierra, de admiración,
cuando digo: ¡Avemaría!
 
Mientras que el mundo se aterra,
poseo el amor de Dios,
cuando digo: ¡Avemaría!
 
Mis temores me disipan,
mis pasiones se apaciguan,
cuando digo: ¡Avemaría!
 
Mi devoción se acrecienta
y alcanzo la contrición,
cuando digo: ¡Avemaría!
 
Se confirma mi esperanza,
se acrecienta mi consuelo,
cuando digo: ¡Avemaría!
 
Salta de gozo mi espíritu,
se disipa mi tristeza,
cuando digo: ¡Avemaría!
 
Porque la dulzura de esta suavísima salutación es tan grande que no hay términos adecuados para explicarla debidamente y, después de haber dicho de ella maravillas, resulta todavía tan escondida y profunda, que es imposible descubrirla. Es corta en palabras, pero grande en misterios. Es más dulce que la miel y más preciosa que el oro. Hay que tenerla frecuentemente en el corazón para meditarla y en la boca para recitarla y repetirla devotamente
 
Refiere el mismo Beato Alano, en el capítulo 69 de su Salterio (CN, pág. 187), que una Religiosa muy devota del Rosario se apareció después de muerta a una de sus Hermanas y le dijo: «Si pudiera regresar a mi cuerpo para recitar solamente un Avemaría, aunque sin mucho fervor, volvería a sufrir gustosamente todos los dolores que padecí antes de morir, con tal de alcanzar el mérito de esta oración». Hay que recordar que había sufrido crueles dolores durante varios años.
 
56) Miguel de Lisle, Obispo de Salubre, discípulo y compañero del Beato Alano de la Rupe en el restablecimiento del Santo Rosario, dice que la salutación angélica es el remedio de todos los males que nos afligen, con tal que la recemos devotamente en honor de la Santísima Virgen.

20a Rosa: El Avemaría. Conclusión

57) ¿Te debates en la miseria del pecado? Invoca a la excelsa María y dile: ¡Ave! Que quiere decir: «¡Te saludo con profundo respeto a Ti que eres sin pecado ni desgracia!» Ella te librará de la desgracia de tus pecados.
 
¿Te envuelven las tinieblas de la ignorancia o del error? Recurre a María y dile: ¡Ave María! Es decir: «Iluminada con los rayos del Sol de justicia». Ella te comunicará sus luces.
 
¿Caminas extraviado, fuera de la senda del Cielo? Invoca a María, que quiere decir: «Estrella del mar y Estrella polar, que guía nuestro peregrinar por este mundo». Ella te conducirá al puerto de salvación.
 
¿Estás afligido? Acude a María, que quiere decir «mar amargo», pues fue llena de amarguras en este mundo, y actualmente en el Cielo se ha convertido en mar de purísimas dulzuras. Ella convertirá tu tristeza en gozo y tus aflicciones en consuelo.
 
¿Has perdido la gracia? Honra la abundancia de gracias de que Dios llenó a la Santísima Virgen y dile: «Llena de gracia y de todos los dones del Espíritu Santo». Ella te dará sus gracias.
 
¿Te sientes solo y abandonado de Dios? Dirígete a María y dile: «El Señor es contigo más noble y está más íntimamente que en los justos y los santos, porque eres con Él una misma cosa, pues siendo Él tu Hijo, su carne es carne tuya. Y dado que eres su Madre, estás con el Señor y en semejanza perfecta y mutua caridad». Dile finalmente: «Toda la Santísima Trinidad está contigo, pues eres su precioso Templo». Ella te colocará bajo la protección y salvaguardia del Señor.
 
¿Estás hambriento del pan de la gracia y del pan de la vida? Acércate a quien llevó el pan vivo descendido del Cielo. Dile: «Bendito es el fruto de tu vientre, el que concebiste sin detrimento de tu virginidad, que llevaste sin trabajo y diste a luz sin dolor. Bendito Jesús, que rescató al mundo esclavizado, curó al mundo enfermo, resucitó al hombre muerto, hizo volver al hombre desterrado, justificó al hombre criminal y salvó al hombre condenado. Ciertamente tu alma será saciada del pan de la gracia en esta vida y de la vida eterna en la otra. Amén».
 
58) Concluye tu plegaria con la Iglesia y dile:
 
«Santa María, santa en cuerpo y alma, santa por tu singular y eterna abnegación en el servicio de Dios, santa en tu calidad de Madre de Dios que te dio una santidad eminente como convenía a esta infinita dignidad».
 
«Madre de Dios y también madre nuestra, Abogada y Mediadora nuestra, Tesorera y Dispensadora de las gracias de Dios: alcánzanos pronto el perdón de nuestros pecados y la reconciliación con la divina Majestad».
 
«Ruega por nosotros, pecadores: pues tienes tanta compasión de los miserables, que no desprecias ni rechazas a los pecadores, sin los cuales no serías la Madre del Salvador. Ruega por nosotros ahora, durante el tiempo de nuestra vida corta, frágil y miserable. Ahora, porque sólo nos pertenece el momento presente. Ahora, cuando somos acometidos y estamos rodeados, noche y día, de poderosos y crueles enemigos».
 
«Y en la hora de nuestra muerte, tan terrible y peligrosa, cuando se agoten nuestras fuerzas, cuando nuestro cuerpo y espíritu estarán abatidos por el dolor y el espanto. En la hora de nuestra muerte, cuando satanás redoblará sus esfuerzos a fin de arruinarnos para siempre. En esa hora en que se decidirá nuestra suerte para toda una eternidad, dichosa o infeliz. Ven en ayuda de tus pobres hijos, Madre compasiva, Abogada y Refugio de los pecadores. Aleja de nosotros en la hora de la muerte a los demonios, enemigos nuestros, cuyo horroroso aspecto nos espanta. Ven a iluminarnos en las tinieblas de nuestra muerte. Guíanos y acompáñanos ante el tribunal de nuestro Juez, que es Hijo tuyo. Intercede por nosotros para que nos perdone y reciba en la mansión de la gloria eterna. ¡Amén: que así sea!»
 
59) ¿Habrá quien no admire la excelencia del Santo Rosario compuesto de partes tan excelentes como la oración dominical (el Padrenuestro)  y la salutación angélica (el Avemaría)?
 
¿Existe acaso oración más grata a Dios y a la Santísima Virgen, y más fácil, dulce y saludable para los hombres? Llevémosla continuamente en el corazón y en la boca para honrar a la Santísima Trinidad, a Jesucristo nuestro Salvador y a su Madre Santísima.
 
Además, al fin de cada decena es conveniente añadir el: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo: como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Tercera decena

Excelencia del Santo Rosario, manifestada por la meditación de la Vida y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

21a Rosa: Los Misterios del Santo Rosario

60) Misterio significa realidad sagrada y difícil de comprender. Las obras de Jesucristo son todas sagradas y divinas, porque Él es Dios y hombre al mismo tiempo. Las de la Virgen María son santísimas, por ser Ella la más perfecta de las criaturas. Con razón se da el nombre de misterios a las obras de Jesucristo y de su Santísima Madre. Están, en efecto, colmadas de maravillas, perfecciones e instrucciones profundas y sublimes que el Espíritu Santo revela a los humildes y sencillos que los honran. Las obras de Jesús y de María pueden también llamarse flores admirables. Flores cuyo perfume y hermosura sólo conocen quienes se acercan a ellas, aspiran su fragancia y abren su corola, mediante una atenta y seria meditación.
 
61) Santo Domingo distribuyó las vidas de Jesucristo y de la Santísima Virgen en quince misterios, que nos representan sus virtudes y principales acciones. Son quince cuadros, cuyas escenas deben servirnos de normas y ejemplo para orientar nuestra vida. Quince antorchas que guían nuestros pasos en este mundo. Quince espejos luminosos que nos permiten conocer a Jesús y María, conocernos a nosotros mismos y encender el fuego de su amor en nuestros corazones. Quince hogueras en cuyas llamas podemos incendiarnos totalmente.
 
La Santísima Virgen enseñó a Santo Domingo este excelente método de orar y le ordenó predicarlo para despertar la piedad de los cristianos y hacer revivir el amor de Jesucristo en sus corazones. Lo enseñó también al Beato Alano de la Rupe: «El rezo de ciento cincuenta Avemarías es una oración muy útil, es un obsequio que me agrada mucho. Y lo es aún más y harán mucho mejor quienes las reciten meditando la Vida, Pasión y Gloria de Jesucristo. Porque esta meditación es el alma de tales oraciones».
 
En efecto, el Rosario sin la meditación de los sagrados misterios de nuestra salvación sería como un cuerpo sin alma, una excelente materia sin su forma que es la meditación, la cual distingue al Rosario de las demás devociones.
 

 
62) La primera parte del Rosario contiene cinco misterios:
 
1o El de la Anunciación del Arcángel Gabriel a la Santísima Virgen.
2o El de la Visitación de la Santísima Virgen a Santa Isabel.
3o El del Nacimiento de Jesucristo.
4o El de la Presentación de Jesús en el Templo y Purificación de la Santísima Virgen.
5o El del Hallazgo de Jesús en el Templo entre los doctores.
 
Y se llaman misterios gozosos a causa de la alegría que proporcionaron a todo el universo. En efecto:
 
* La Santísima Virgen y los Ángeles quedaron inundados de gozo en el dichoso momento de la Encarnación.
* Santa Isabel y su hijo se colmaron de alegría con la visita de Jesús y de María.
* El Cielo y la tierra se alegraron con el nacimiento del Salvador. 
* Simeón quedó consolado y lleno de alegría al recibir a Jesús en sus brazos.
* Los doctores estaban embelesados al oír las respuestas de Jesús.
 
Y, ¿quién podrá expresar el gozo de María y José al encontrar a Jesús después de tres días de ausencia?
 

 
63) La segunda parte del Rosario se compone también de cinco misterios, llamados misterios dolorosos porque nos presentan a Jesucristo abrumado por la tristeza, cubierto de llagas, cargado de oprobios, dolores y tormentos.
 
1o El de la oración de Jesús y su Agonía en el Huerto de los Olivos.
2o El de su Flagelación.
3o El de su Coronación de espinas.
4o El de la Cruz a cuestas.
5o El de la Crucifixión y muerte en el Calvario.
 

 
64) La tercera parte del Rosario contiene otros cinco misterios, llamados gloriosos porque en ellos contemplamos a Jesús y María en el triunfo y en la gloria.
 
1o El de la Resurrección de Jesucristo.
2o El de su Ascensión.
3o El de la Venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.
4o El de la gloriosa Asunción de la Virgen María.
5o El de su Coronación.
 
Éstas son las quince flores olorosas del rosal místico, en las cuales se posan, como abejas diligentes, las almas piadosas para recoger el néctar maravilloso, y producir la miel de una sólida devoción.
 
 

22a Rosa: La meditación de los Misterios nos conforma a Jesucristo

 

65) La tarea principal del cristiano es caminar hacia la perfección. «Como hijos amadísimos de Dios, esfuércense por imitarlo» (Ef 5,1), nos dice el gran Apóstol. Es una obligación contenida en el decreto eterno de nuestra predestinación. Y constituye el único medio, ordenado para llegar a la gloria eterna.
 
San Gregorio de Nisa dice con gracia que somos como pintores: nuestra alma es el lienzo sobre el cual debemos aplicar el pincel: las virtudes son los colores que deben hacer resaltar la belleza del original, que es Jesucristo, imagen viva y representación perfecta del Padre del Cielo. Un pintor para hacer un retrato al natural, pone el original ante sus ojos y a cada pincelada vuelve a mirarlo. Del mismo modo, el cristiano debe tener siempre ante los ojos la vida y virtudes de Jesucristo para hacer, decir y pensar solamente lo que sea conforme a ellas.
 
66) Para ayudarnos en la obra importante de nuestra predestinación, la Santísima Virgen ordenó exponer a los fieles que rezan el Rosario los sagrados misterios de la vida de Jesucristo, no sólo para que adoren y glorifiquen al Señor, sino también, y sobre todo, para que regulen su vida y acciones por las virtudes de Jesús.
 
Ahora bien, así como los niños imitan a sus padres, viéndolos y conversando con ellos, y aprenden su lengua oyéndolos hablar, y como un aprendiz domina su arte al ver trabajar a su maestro, del mismo modo los fieles que rezan el Santo Rosario se hacen semejantes a su divino Maestro, con el auxilio de su gracia y por la intercesión de la Virgen María, al considerar atenta y devotamente las virtudes de Jesucristo en los quince misterios de su vida.
 
67) Moisés ordenó al pueblo hebreo, de parte de Dios mismo, que no olvidara jamás los beneficios de que había sido objeto. El Hijo de Dios puede con mayor razón mandarnos que grabemos en nuestro corazón y tengamos incesantemente ante los ojos los misterios de su vida, pasión y gloria, ya que con ellos quiso favorecernos y mostrarnos el exceso de su amor para salvarnos.
 
«Todos Ustedes, que pasan por el camino, miren y observen si hay dolor semejante al que me atormenta por amor suyo» (Lam 1,12). «Acuérdense de mi pobreza y vida errante, del ajenjo y amargor que sufrí por Uds. en mi Pasión» (Lam 3,19.).
 
Estas palabras y muchas otras que se podrían recordar, nos convencen sobradamente de la obligación que tenemos de no contentarnos con rezar vocalmente el Rosario en honor de Jesucristo.
 

23a Rosa:  El Santo Rosario: Memorial de la Vida y Muerte de Jesucristo

 

68) Jesucristo, divino Esposo de nuestras almas, nuestro amigo dulcísimo, desea que recordemos sus beneficios, y los apreciemos más que todas las cosas. Experimenta una gloria accidental, lo mismo que la Santísima Virgen y los santos del Cielo, cuando meditamos con amor y devoción los sacrosantos misterios del Rosario, que constituyen los más visibles efectos de su amor hacia nosotros, y los más ricos presentes que pudo hacernos. Pues, la Santísima Virgen y todos los santos gozan por ellos de la gloria.
 
La Beata Ángela de Foligno pidió un día al Señor que le indicara con qué ejercicio podía honrarlo más. Se le apareció Él en la cruz y le dijo: «Hija mía, ¡contempla mis llagas!» Así aprendió del Salvador amabilísimo que nada le es más agradable que la meditación de sus sufrimientos. Jesús le mostró después las heridas de su cabeza y varias circunstancias de sus tormentos y le dijo: «He sufrido todo esto por tu salvación, ¿qué puedes hacer que iguale el amor que te tengo?».
 
69) El sacrificio de la Santa Misa honra infinitamente a la Santísima Trinidad, porque representa la pasión de Jesucristo, y por él ofrecemos los méritos de su obediencia, sufrimientos y sangre. Toda  la corte celestial recibe con la santa Misa una gloria accidental. Varios doctores, entre ellos Santo Tomás, nos dice, por la misma razón, que el Cielo se alegra de la Comunión que reciben los fieles, porque el Santísimo Sacramento es un memorial de la Pasión y Muerte de Jesucristo, y mediante él participan los hombres en sus frutos, y avanza en el camino de la salvación.
 
Ahora bien, el Santo Rosario, recitado con la meditación de los sagrados misterios, es un sacrificio de alabanza a Dios por el beneficio de nuestra redención y un devoto recuerdo de los sufrimientos, muerte y gloria de Jesucristo.
 
Por tanto, es verdad que el Rosario procura una gloria y gozos accidentales a Jesucristo, a la Santísima Virgen y a los demás bienaventurados, quienes no desean nada tan importante para nuestra dicha eterna, como vernos ocupados en un ejercicio tan glorioso al Señor y saludable para nosotros.
 
70) El Evangelio nos asegura que un pecador que se convierte y hace penitencia, alegra a todos los Ángeles. Si para alegrar a los Ángeles basta que un pecador abandone sus pecados y haga penitencia, ¿qué gloria no será para el mismo Jesucristo el vernos meditar devota y amorosamente en este mundo sus humillaciones, tormentos y muerte cruel e ignominiosa? ¿Habrá algo más eficaz para conmovernos y llevarnos a sincera penitencia?
 
El cristiano que no medita los misterios del Rosario demuestra gran ingratitud hacia Jesucristo y la poca estima que tiene a cuanto sufrió el divino Salvador para redimir al hombre. Su conducta parece decir que desconoce la vida de Jesucristo y que se preocupa poco o nada por conocer lo que Jesús ha hecho y sufrido para salvarnos. Y puede temer que, no habiendo conocido a Jesucristo o habiéndolo olvidado, sea rechazado el día del juicio con este reproche: «En verdad, ¡no les conozco!» (Mt 25,12.)
 
Meditemos, pues, la vida y sufrimientos del Salvador mediante el Santo Rosario. Aprendamos a conocerlo bien y a reconocer sus beneficios, para que Él nos reconozca como hijos y amigos suyos en el día del juicio.
 

24a Rosa:  El Santo Rosario: La meditación de sus misterios es un medio eficaz de perfección

71) Los santos tenían como objeto principal de estudio la vida de Jesucristo, cuyas virtudes y sufrimientos meditaban. Por este medio llegaron a la perfección cristiana. San Bernardo comenzó por este ejercicio y perseveró siempre en él. «Desde el principio de mi conversión hice un ramillete de mirra, formado por los dolores de mi Salvador, y los coloqué sobre mi corazón, pensando en los azotes, espinas y clavos de la pasión y aplicándome con toda mi alma a meditar cada día estos misterios».
 
Era también éste el ejercicio de los santos mártires. Nos admira la forma cómo triunfaron de los más crueles tormentos. ¿De dónde podría venir aquella admirable constancia de los mártires –añade San Bernardo–, sino de las llagas de Jesucristo en las que meditaban frecuentemente? ¿Dónde se hallaba el alma de estos generosos atletas, mientras su sangre corría y sus cuerpos eran triturados por los suplicios? ¡Estaban en las llagas de Jesucristo y éstas los hacían invencibles!
 
72) La Madre Santísima del Salvador dedicó toda su vida a meditar las virtudes y sufrimientos de su Hijo. Cuando oyó a los Ángeles cantar himnos de alabanza en su nacimiento, cuando vio a los pastores adorarlo en el establo, se llenó de admiración y meditaba en tantas maravillas. Comparaba las grandezas del Verbo encarnado, con su profundo abatimiento. Las pajas y el pesebre, con su trono y el seno del Padre. El poder de un Dios, con la debilidad de un niño. Su sabiduría, con su sencillez.
 
Las Santísima Virgen dijo un día a Santa Brígida: «Cuando contemplaba la belleza, modestia y sabiduría de mi Hijo, me sentía transportada de gozo. Cuando consideraba que sus manos y sus pies habían de ser atravesados con clavos, vertía torrentes de lágrimas y el corazón se me partía de dolor y tristeza».
 
73) Después de la Ascensión, la Santísima Virgen dedicó el resto de su vida a visitar los lugares que el divino Salvador había santificado con su presencia y tormentos. Meditaba allí sobre el exceso de su caridad y los rigores de su Pasión.
 
Éste era también el ejercicio de María Magdalena durante los treinta años que vivió en San Baume. Dice también San Jerónimo que ésa era la devoción de los primeros cristianos. Acudían de todos los países del mundo a Tierra Santa para grabar más profundamente en sus corazones el amor y el recuerdo del Salvador de los hombres, con la vista de los objetos y lugares consagrados por Él con su nacimiento, trabajos, sufrimientos y muerte.
 
74) Todos los cristianos tienen una sola fe, adoran a un solo Dios, esperan una sola felicidad en el Cielo, reconocen a un solo Mediador, Jesucristo. Deben todos imitar a este divino modelo y considerar para ello los misterios de su vida, sus virtudes y su gloria.
 
Es un error imaginar que la meditación de las verdades de la fe y de los misterios de la vida de Jesucristo es solo para los Sacerdotes, Religiosos y cuantos se han alejado de los estorbos del mundo. Si los Religiosos y eclesiásticos están obligados a meditar las grandes verdades de nuestra sacrosanta religión a fin de responder dignamente a su vocación, los laicos lo están igualmente a causa de los peligros en medio de los cuales se encuentran diariamente. Deben armarse, por tanto, con el recuerdo frecuente de la vida, virtudes y sufrimientos del Salvador, que los quince misterios del Rosario nos representan.
 

25a Rosa:  El Santo Rosario: Tesoro de santificación que encierran las oraciones y la meditación de sus misterios

75) ¡Nadie podrá comprender jamás el tesoro de santificación que encierran las oraciones y misterios del Santo Rosario! La meditación de los misterios de la vida y muerte del Señor constituye, para cuantos la practican, una fuente de los frutos más maravillosos. Hoy se quieren cosas que impacten, conmuevan y produzcan en el alma impresiones profundas. Ahora bien, ¿habrá en el mundo algo más conmovedor que la historia maravillosa del Redentor desplegada en quince cuadros que nos recuerdan las grandes escenas de la vida, muerte y gloria del Salvador del mundo? ¿Hay oraciones más excelentes y sublimes que la oración dominical y la salutación angélica? ¡Ellas encierran cuanto deseamos y podemos necesitar!
 
76) La meditación de los misterios y oraciones del Rosario es la más fácil de todas las oraciones, porque la diversidad de las virtudes y estados de Jesucristo, –sobre los cuales se reflexiona– recrea y fortifica maravillosamente el espíritu e impide las distracciones. Los sabios encuentran en estas fórmulas la doctrina más profunda, y los ignorantes, las instrucciones más sencillas. Es preciso pasar por esa meditación sencilla antes de elevarse al grado más sublime de contemplación. Tal es la opinión de Santo Tomás de Aquino. Y tal es el consejo que nos da, cuando nos dice que es necesario ejercitarnos de antemano, como en un campo de batalla, en la adquisición de todas las virtudes, de las que son modelos perfectos los misterios del Rosario.
 
Porque ahí –dice el sabio Cayetano– podremos adquirir la íntima unión con Dios, sin la cual la contemplación es sólo una ilusión capaz de seducir a las almas.
 
77) Si los falsos iluminados de nuestro siglo, o sea los quietistas, hubieran seguido este consejo, no hubieran caído tan vergonzosamente ni causado tantos escándalos en cuestiones de devoción. Pretender que se pueden componer oraciones más sublimes que el Padrenuestro y el Avemaría, y abandonar estas divinas oraciones que son el sostén, fuerza y salvaguardia del alma, es una engañosa ilusión del demonio.
 
Estoy de acuerdo en que no es necesario recitarlas siempre vocalmente, y que la oración mental es, en cierto sentido, más perfecta que la vocal. ¡Pero te aseguro que es peligroso, por no decir perjudicial, abandonar voluntariamente el rezo del Rosario, so pretexto de una unión más íntima con Dios! El alma, sutilmente orgullosa, engañada por el demonio meridiano (Sal 90, 6 - 2 Cor 11, 14), hace interiormente cuanto puede para elevarse al grado más sublime de la oración de los santos: desprecia y abandona para ellos sus métodos antiguos de orar, que juzga buenos sólo para almas ordinarias. Cierra por sí misma el oído a la oración compuesta, practicada y prescrita por Dios: «Oren así: Padre nuestro...» (Mt 6,9.) Y así va cayendo de ilusión en ilusión y de precipicio en precipicio.
 
78) ¡Créeme, querido amigo del Santo Rosario! ¿Quieres llegar a altos grados de contemplación sin menoscabo de la oración y sin caer en las ilusiones del demonio, tan frecuentes en personas de oración? Recita, si puedes, todos los días, el Santo Rosario o, por lo menos, la tercera parte de él. Quizás hayas llegado ya a esos grados, por gracia de Dios. Si quieres permanecer en ellos y crecer en humildad, persevera con fidelidad en la práctica del Santo Rosario. Porque una persona que recite su Rosario cada día, no caerá jamás formalmente en la herejía ni será engañada por el demonio. ¡Con mi sangre rubricaría esta afirmación! Si Dios, no obstante, en su infinita bondad, te atrae tan poderosamente durante el Rosario como a algunos santos, déjate conducir por su atracción, deja a Dios actuar y orar en ti, y recitar el Rosario a su manera. Y que esto te baste en ese día.
 
Pero, si hasta ahora te hallas en la contemplación activa o en la oración ordinaria, de quietud, de presencia de Dios y de afecto, tienes aún menos razón para dejar tu Rosario, ya que, muy lejos de retroceder en la virtud y la oración, el recitarlo te servirá más bien de ayuda maravillosa y será la verdadera escala de Jacob (Gén 25,12), con quince escalones, por los cuales irás subiendo de virtud en virtud y de luz en luz, hasta llegar fácilmente y sin engaño a la perfección en Jesucristo.
 

26a Rosa:  El Santo Rosario: Oración sublime

79) Evita cuidadosamente el imitar la obstinación de aquella devota de Roma, de quien tanto hablan «Las maravillas del Rosario» . Era persona tan piadosa y ferviente que con su vida santa confundía a los Religiosos más austeros de la Iglesia de Dios.
 
Quiso consultar a Santo Domingo. Se confesó con él. Le impuso el Santo como penitencia rezar un Rosario y le aconsejó que lo rezara todos los días. Se excusó ella diciendo que tenía todos sus ejercicios ya organizados: Cada día ganaba las indulgencias de las estaciones de Roma, llevaba cilicios, tomaba disciplina varias veces por semana, y hacía tantos ayunos y mil otras penitencias. El Santo la volvió a exhortar a seguir su consejo. Pero ella se negó a ello y salió del confesionario casi escandalizada por el proceder del nuevo director que quería hacerle aceptar una devoción contraria a su gusto.
 
Hallándose cierto día en oración y arrebatada en éxtasis, vio su alma obligada a comparecer ante el Juez Supremo. San Miguel colocó en un platillo de la balanza todas sus penitencias y oraciones, y en el otro sus pecados e imperfecciones.
 
El platillo de las buenas obras subía y subía sin lograr equilibrar al otro. Alarmada, imploró misericordia. Se dirigió a la Santísima Virgen, abogada suya, quien dejó caer en el platillo de las buenas obras el único Rosario que por penitencia había rezado. Este pesó tanto, que equilibró el peso de los pecados y las buenas obras. La Santísima Virgen la reprendió, al mismo tiempo, por no haber seguido el consejo de su servidor Domingo, de rezar el Santo Rosario todos los días. Al volver en sí, corrió a arrojarse a los pies de Santo Domingo. Le contó lo ocurrido, le pidió perdón de su incredulidad, prometió rezar todos los días el Santo Rosario, y llegó por este medio a la perfección de cristiana y a la gloria eterna.
 
Alma piadosa, ¡aprende, pues, cuál es la eficacia, valor e importancia de la devoción del Santo Rosario y la meditación de sus misterios!
 
80) ¡Quién más elevado en oración que Santa Magdalena, que era transportada siete veces[86]cada día al Cielo por los Ángeles! ¡Y había estado en la escuela de Jesucristo y de su Santísima Madre! Sin embargo, cuando pidió a Dios un medio eficaz para adelantar su amor y llegar a la más alta perfección, el Arcángel San Miguel vino a decirle de parte de Dios que no conocía ninguno distinto, que considerar, ante una cruz que colocó a la entrada de su cueva, los misterios dolorosos que ella había contemplado con sus propios ojos.
 
¡Que el ejemplo de San Francisco de Sales, ese gran director de almas espirituales en su tiempo, te estimule a incorporarte en una cofradía tan Santa como la del Rosario! Pues, no obstante ser Santo, hizo voto de rezar el Rosario completo todos los días de su vida.
 
San Carlos Borromeo lo recitaba igualmente todos los días, y lo recomendaba con insistencia a sus sacerdotes, a sus seminaristas y a todo su pueblo.
 
San Pío V, uno de los Papas más eminentes de la Iglesia, rezaba todos los días el Rosario, Santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia, San Ignacio, San Francisco Javier, San Francisco de Borja, Santa Teresa, San Felipe Neri y muchos otros grandes hombres que no menciono, se distinguieron por esta devoción. ¡Sigue sus ejemplos! Tus directores quedarán satisfechos, y si los informas de los frutos que puedes sacar del rezo del Rosario, se apresurarán a animarte a su recitación.
 

27a Rosa:  El Santo Rosario: Sus beneficios

81) Para animarte aún más a abrazar esta devoción de las grandes almas, añado que el Rosario, recitado con la meditación de los misterios:
 
1) nos eleva insensiblemente al perfecto conocimiento de Jesucristo;
2) nos purifica del pecado;
3) nos da la victoria sobre nuestros enemigos;
4) nos facilita la práctica de las virtudes;
5) nos inflama en el amor a Jesucristo;
6) nos enriquece con gracias y méritos;
7) nos da los medios para cancelar con Dios y con los hombres todas nuestras deudas;
8) nos obtiene toda clase de gracias.
 
82) El conocimiento de Jesucristo es la ciencia de los cristianos y de la salvación. Supera –dice San Pablo (Filp 3, 8)– a todas las ciencias humanas en precio y excelencia:
 
1) gracias a la dignidad de su objeto, que es un Hombre-Dios, en cuya presencia todo el universo no es más que una gota de rocío o grano de arena:
2) por su utilidad, ya que las ciencias humanas sólo nos llenan de vanidad y de orgullo;
3) por su necesidad, pues no es posible salvarnos, si no conocemos a Jesucristo. El que ignore todas las ciencias se salvará, con tal que esté iluminado por la ciencia de Jesucristo.
 
¡Dichoso Rosario que nos da la ciencia y conocimiento de Jesucristo, al permitirnos meditar su vida, su muerte, pasión y gloria!
 
La reina de Saba, admirada ante la sabiduría de Salomón, exclamó: «¡Felices tus gentes! ¡Felices tus servidores, que están siempre junto a ti y escuchan tus santas palabras!» (1 Re 10,8) Pero más dichosos son los fieles que meditan atentamente la vida, virtudes, sufrimientos y gloria del Salvador, porque, gracias a este medio, adquieren la ciencia perfecta en la que consiste la vida eterna (Jn 17,3).
 
83) La Santísima Virgen reveló al Beato Alano que tan pronto como Santo Domingo empezó a predicar el Rosario, los pecadores empedernidos se convirtieron y lloraron amargamente sus crímenes. Hasta los niños hicieron penitencias increíbles. Dondequiera que predicaba el Rosario, fue tal el fervor, que los pecadores cambiaron de vida y edificaron al mundo con sus penitencias y enmienda de vida.
 
Si sientes la conciencia cargada de pecados, toma el rosario y medita una parte del mismo en honor de algunos misterios de la vida, pasión y gloria de Jesucristo. Y convéncete de que, mientras meditas y honras estos misterios, Él en el cielo mostrará al Padre sus llagas sacrosantas, intercederá por ti y te alcanzará la contrición y el perdón de tus pecados.
 
El Señor dijo cierto día al Beato Alano: «¡Si los hombres pecadores rezaran frecuentemente mi Rosario, participarían de los misterios de mi Pasión, y Yo, como Abogado suyo, aplacaría la justicia divina!»
 
84) Nuestra vida es de guerra y tentación continuas (Job 7,1). Tenemos que luchar no contra enemigos de carne y sangre, sino contra las mismas potestades infernales (Ef 6, 12). ¿Qué mejores armas podemos empuñar para combatirlos, que la oración dominical enseñada por nuestro propio capitán, y la salutación angélica, que ahuyentó a los demonios, destruyó el pecado y renovó el mundo? ¿Las habrán mejores que la meditación de la vida y pasión de Jesucristo, pensamientos que debemos tener habitualmente presentes –como lo ordena San Pedro (1 Pe 4, 1)– para defendernos de los mismos enemigos que Él ha vencido y que nos atacan todos los días?
 
«Desde que el demonio –dice el Cardenal Hugo– fue vencido por la humanidad y pasión de Jesucristo, apenas si se atreve a atacar a una persona que medita estos misterios o, si la ataca, es vencido por ella ignominiosamente». «Protéjanse con toda la armadura que Dios les ha dado» (Ef 6,11).
 
85) ¡Empuña el arma de Dios, que es el Santo Rosario! ¡Con ella destrozarás la cabeza del demonio y podrás resistir todas las tentaciones. De aquí proviene que aún el rosario material sea tan terrible al diablo, y que los santos se han servido de él para encadenarlo y arrojarlo del cuerpo de los posesos, como atestiguan tantas historias.
 
86) Cierto hombre –refiere el Beato Alano– había ensayado inútilmente toda suerte de devociones para librarse del espíritu maligno, que había tomado posesión de él. Resolvió ponerse al cuello el rosario. Y con esto se alivió. Pero cuando se lo quitaba, el demonio volvía a atormentarlo cruelmente. Decidió, entonces, llevarlo al cuello noche y día. Así logró arrojar para siempre al demonio, que no podía soportar tan terrible cadena. El Beato Alano atestigua que libró a muchos posesos, poniéndoles al cuello el rosario.
 
87) El R.P. Juan Amat, de la Orden de Santo Domingo, predicaba la cuaresma en una comarca del reino de Aragón. Le presentaron cierto día una muchacha posesa. Intentó él varias veces exorcizarla, pero inútilmente. Al ponerle al cuello el rosario, ella empezó a gritar y aullar espantosamente, diciendo: «¡Quítenme! ¡Quítenme esos granos que me atormentan!» El sacerdote por compasión con la pobre joven, le quitó del cuello el rosario.
 
La noche siguiente, mientras el Padre descansaba en su lecho, los mismos demonios que poseían a la muchacha se arrojaron rabiosamente contra él para apoderarse de su persona, pero, con el rosario que tenía en la mano, no obstante los esfuerzos que hicieron para quitárselo, azotó y echó fuera a los demonios, diciendo: «¡Santa María, Virgen del Rosario, socórreme!»
 
Cuando, a la mañana siguiente, se dirigía el Sacerdote a la iglesia, encontró a la joven aún posesa. Uno de los demonios empezó a gritar burlándose de él: «Hermano, si no hubieras tenido tu rosario, ya hubiéramos acabado contigo!» Entonces el Padre arrojó de nuevo el rosario al cuello de la joven, diciendo: «Por los nombres sacratísimos de Jesús y María, su Madre Santísima, y por la virtud del Santísimo Rosario, ¡les conjuro, espíritus malignos, a que salgan inmediatamente de este cuerpo!» Los diablos tuvieron que obedecer y la joven quedó libre.
 
Estos hechos ponen de relieve cuál es la fuerza del Santo Rosario para vencer toda clase de tentaciones diabólicas y toda suerte de pecados, porque las cuentas benditas del rosario los ponen en fuga.
 

28a Rosa:  Saludables efectos que producen el meditar la Pasión

88) Afirma San Agustín (PL 40,1273-1274) que no hay ejercicio tan fructuoso y útil para la salvación, como pensar con frecuencia en los sufrimientos del Señor.
 
San Alberto Magno, maestro de Santo Tomás, supo por revelación que el simple recuerdo o la meditación de la pasión de Jesucristo es más meritorio para el cristiano que ayunar durante todo un año a pan y agua todos los viernes o disciplinarse sangrientamente cada semana o rezar el Salterio todos los días. ¿Cuál no será, entonces, el mérito del Rosario, que conmemora toda la vida y pasión del Señor?
 
La Santísima Virgen reveló un día al Beato Alano de la Rupe, que después del santo sacrificio de la Misa, primera y más viva memoria de la pasión de Jesucristo, no hay oración más excelente ni meritoria, que el Rosario, segunda memoria y representación de la vida y pasión del Señor.
 
89) El R.P. Dorland refiere (Chronica, 7.2) que la misma Santísima Virgen dijo cierto día al Venerable Domingo, cartujo, devoto del Santo Rosario, residente en Tréveris, en el año 1431: «Cuantas veces rezan los fieles el Rosario, en estado de gracia, meditando los misterios de la Vida y Pasión de Jesucristo, obtienen plena y completa remisión de sus pecados».
 
La Santísima Virgen dijo también al Beato Alano: «Ten por cierto que, aunque ya son muchas las indulgencias concedidas a mi Rosario, yo añadiré muchas más por cada tercera parte de él a quienes lo recen en estado de gracia, de rodillas y devotamente. Y a quienes perseveren en su devoción, en tales condiciones y meditaciones, les obtendré al final de su vida, como recompensa por este servicio, la remisión total de la pena y de la culpa por todos sus pecados».
 
«Y que esto no parezca imposible: es fácil para mí, pues soy la Madre del Rey del Cielo, que me llamó “llena de gracia”. Y como tal haré también amplia efusión de ella a mis queridos hijos».
 
90) Santo Domingo estaba tan convencido de la eficacia y méritos del Santo Rosario, que no imponía casi nunca penitencia distinta del rezo del Rosario a quienes se confesaban con él, como vimos en la historia de la dama romana a quien impuso por penitencia un solo Rosario.
 
Los confesores deberían también, para seguir el ejemplo de este gran Santo, imponer a sus penitentes la recitación del Rosario con la meditación de los sagrados misterios, en lugar de otras penitencias de menor mérito y no tan agradables a Dios ni tan eficaces para adelantar en el camino de la virtud e impedir la caída en el pecado. Además, al rezar el Rosario, ganas muchas indulgencias que no están concedidas a otras devociones.
 
91) «Ciertamente –dice el Abad Blosio– el Rosario, unido a la meditación de la vida y pasión del Señor, resulta agradabilísimo a Jesucristo y a la Santísima Virgen, y muy eficaz para obtener cuanto deseas. Podemos recitarlo por nosotros mismos, por quienes se han encomendado a nosotros y por la Iglesia» (...) «Recurramos, pues, a la devoción del Santo Rosario en todas nuestras necesidades, y obtendremos infaliblemente cuanto pidamos a Dios para nuestra salvación».

29a Rosa:  El Santo Rosario: Instrumento de salvación

92) Nada más divino –según San Dionisio–, nada más noble ni agradable a Dios que cooperar a la salvación de las almas y a derrumbar los planes que el demonio pone en juego para perderlas. Para ello descendió a la tierra el Hijo de Dios, que con la fundación de la Iglesia destruyó el dominio de Satanás. Pero el tirano rehizo sus fuerzas y esclavizó con cruel violencia a las gentes mediante la herejía de los albigenses, los odios, disensiones y vicios abominables que durante el siglo XI hizo reinar en el mundo.
 
¿Cuál sería el remedio para tan graves males? ¿Cómo derribar las fuerzas de Satanás? La Virgen Santísima, protectora de la Iglesia, ofreció la Cofradía del Rosario como el medio más eficaz para apaciguar la cólera de su Hijo, extirpar la herejía y reformar las costumbres de los cristianos. Los hechos lo comprobaron: se reavivó la caridad, se volvió a la frecuencia de los sacramentos como en los primeros siglos de oro de la Iglesia, y se reformaron las costumbres de los cristianos.
 
93) El Papa León X dice en su Bula (4 de Octubre de 1520) que esta Cofradía fue fundada para honrar a Dios y la Santísima Virgen, y como un baluarte para contener las desgracias que iban a caer sobre la Iglesia. Gregorio XIII añade que el Rosario fue ofrecido por el Cielo como medio para aplacar la cólera divina e implorar la intercesión de la Santísima Virgen.
 
Julio III afirma que el rosario fue inspirado para abrirnos más fácilmente el Cielo, gracias a la intervención de la Santísima Virgen.
 
Pablo III y San Pío V (17 de septiembre de 1569) declaran que el Rosario fue establecido y dado a los creyentes para que pudieran obtener en forma más eficaz la paz y el consuelo espirituales.
 
¿Quién podrá, entonces, descuidar el inscribirse en una Cofradía instituida con tan nobles fines?
 
94) El P. Domingo, cartujo, devotísimo del Rosario vio un día el Cielo abierto y toda la corte celestial ordenada admirablemente. Oyó cantar el Rosario con arrobadora melodía, honrando en cada decena un misterio de la vida, pasión o gloria de Jesucristo y de la Santísima Virgen. Y advirtió que cuando los bienaventurados pronunciaban el santo nombre de María, hacían inclinación de cabeza, y al nombre de Jesús, una genuflexión (Filp 2,10), y daban gracias a Dios por los grandes beneficios concedidos al Cielo y a la tierra mediante el Santo Rosario. Vio igualmente a la Santísima Virgen y a los Santos que presentaban a Dios los Rosarios que los cofrades recitaban en la tierra, y que rogaban por cuantos practicaban esta devoción. Vio también innumerables coronas de bellísimas y perfumadas flores preparadas para los que rezan devotamente el Rosario, y que cuantas veces lo rezan, hacen una corona con la que serán adornados en el Cielo.
 
La visión de este devoto cartujo armoniza con la visión del discípulo amado, cuando vio una multitud incontable de Ángeles y santos, que alababan y bendecían a Jesucristo por cuanto hizo y sufrió en el mundo para salvarnos (Ap 5,9-11). Ahora, ¿no es esto lo que hacen los cofrades del Rosario?
 
95) No te imagines que el Rosario sea solamente para las mujeres, los niños y los ignorantes. Es también para los hombres, para los más grandes hombres.
 
Tan pronto como Santo Domingo dio cuenta al Papa Inocencio III de la orden recibida del Cielo de establecer la Cofradía, el Santo Padre la aprobó, exhortó a Santo Domingo a predicarla y quiso formar parte de ella. Los mismos Cardenales la abrazaron con gran fervor, de suerte que López no dudó en escribir: «Ningún sexo, edad ni condición social pudo sustraerse a la oración del Rosario».
 
Efectivamente, en la Cofradía se han inscrito toda clase de personas: duques, príncipes, reyes, prelados, cardenales y Soberanos Pontífices. Larga sería su enumeración en este resumen.
 
Y si tú, lector amado, entras en la Cofradía, tendrás parte en su devoción y sus gracias sobre la tierra, y en su gloria en el Cielo: asociado con ellos en la devoción, lo estarás también en la dignidad.
 

30a Rosa:  El Santo Rosario: Sus indulgencias

96) Si los privilegios, gracias e indulgencias hacen recomendable una Cofradía, es preciso afirmar que la del Rosario es la más recomendable que tiene la Iglesia. En efecto, es la más favorecida y enriquecida con indulgencias. Desde su fundación, apenas si ha habido un Papa que no haya abierto los tesoros de la Iglesia para enriquecerla. Pero, como el ejemplo persuade más que las palabras y los beneficios, los Papas no han podido manifestar mejor la estima que tenían de la Cofradía que inscribiéndose en ella. Aquí tiene su resumen de las indulgencias concedidas por los Soberanos Pontífices.
 
97) Indulgencia plenaria, si se reza en una iglesia u oratorio público, o en familia, o en Comunidad Religiosa, o en asociación piadosa; en los demás casos, indulgencia parcial.
 
«Es el rosario cierta forma de oración, que consta de quince decenas de Avemarías, separadas por un Padrenuestro, y en cada decena se meditan otros tantos misterios de nuestra redención» (Liturgia de las Horas).
 
«Sin embargo, acostúmbrase llamar “Rosario” aun la tercera parte del mismo»
 
«En cuanto a la indulgencia plenaria, se establece.
 
1) Basta el rezo de la tercera parte. Pero las cinco decenas deben rezarse seguidas.
2) A la oración vocal se ha de añadir la piadosa meditación de los misterios.
3) En el rezo público, deben enunciarse los misterios según la costumbre aprobada del lugar; en el rezo privado basta que el fiel, una la meditación de los misterios a la oración vocal».

Nota: Todas las indulgencias plenarias y parciales de las que se habla en este parte del libro, actualmente se obtienen sin que uno se inscriba en ninguna Cofradía, sin que use las cuentas de ningún rosario (por ejemplo uno puede contar las 10 Avemarías de cada decena con los 10 dedos de las manos), y sin que uno rece el Rosario de rodillas (aunque San Luis M. de Montfort en SAR 129 lo aconseje).

Cuarta decena

Excelencia del Santo Rosario manifestada por las maravillas que Dios ha realizado en favor suyo

31a Rosa:  Blanca de Castilla y Alfonso VIII

 

98) Fue Santo Domingo a visitar a Blanca, reina de Francia, que después de doce años de casada no tenía hijos y estaba afligida sobremanera por ello. Le aconsejó el Santo que rezara el Rosario todos los días para alcanzar del Cielo la gracia de tener descendencia. Ella lo hizo y su petición fue escuchada en el año 1213, en que nació su primogénito a quien llamó Felipe.
 
Pero, antes de que el niño abandonara la cuna, la muerte lo arrebató. La piadosa reina acudió más que nunca a la Santísima Virgen. Hizo distribuir gran cantidad de rosarios en la corte y en varias ciudades del reino para que Dios le concediera una bendición completa. Lo que sucedió, ya que en el año 1215 vino al mundo San Luis, gloria de Francia y modelo de reyes cristianos.
 
99) Alfonso VIII, rey de León y de Castilla, fue castigado por Dios de diferentes maneras a causa de sus pecados, viéndose obligado a retirarse a una ciudad de uno de sus aliados. El día de Navidad predicó allí Santo Domingo, según su costumbre, sobre el Santo Rosario y las gracias que se obtienen de Dios por esta devoción. Dijo entre otras cosas que cuantos lo rezan alcanzan de Dios el triunfo sobre sus enemigos y recobran todo lo perdido. Impactado por estas palabras, hizo el rey llamar a Santo Domingo y le preguntó si era verdad cuanto había dicho acerca del Santo Rosario. Le respondió el Santo que no debía abrigar duda alguna, y le prometió que, si quería practicar esta devoción e inscribirse en la Cofradía, experimentaría sus saludables efectos.
 
Decidió el rey recitar todos los días el Rosario. Práctica en la que perseveró durante un año. Terminado el cual, el mismo día de Navidad, después de recitar él su Rosario, se le apareció la Virgen Santísima y le dijo: «Alfonso, hace un año que me honras recitando devotamente mi Rosario. ¡Quiero recompensarte! He alcanzado de mi Hijo el perdón de tus pecados. Aquí tienes este rosario ¡Te lo regalo! ¡Llévalo siempre contigo y ninguno de tus enemigos podrá hacerte daño!» Y desapareció. El rey quedó muy consolado. Regresó a su casa, llevando en sus manos el rosario. Encontró a la reina y le contó, lleno de gozo, el favor que acababa de recibir de la Santísima Virgen. Le tocó los ojos con el rosario, y la reina recobró la vista que había perdido.
 
Algún tiempo después, reunió el rey algunas tropas, y con la ayuda de sus aliados atacó resueltamente a sus enemigos. Los obligó a devolverle sus tierras y reparar los daños inferidos. Los arrojó totalmente de sus dominios y fue tan afortunado en la guerra, que de todas partes venían soldados a combatir bajo sus banderas, porque las victorias parecían acompañar por todas partes sus batallas. No hay por qué maravillarse de ello, pues no entraba nunca en batalla sin haber rezado antes su Rosario de rodillas. Había hecho inscribir en la Cofradía del Santo Rosario a toda su corte, y exhortaba a sus oficiales y familiares a ser devotos del mismo. La reina se comprometió también a ello. Y los dos perseveraron en el servicio de la Santísima Virgen, viviendo piadosamente.
 

32a Rosa:  El Señor Pèrez

100) Tenía Santo Domingo un primo llamado el Señor Pérez o Don Pedro, que llevaba una vida muy disoluta. Oyó éste que el Santo predicaba las maravillas del Rosario, y que muchos se convertían y cambiaban de vida por este medio y se dijo: «Había perdido la esperanza de salvarme. Pero empiezo a recobrar la confianza. ¡Es preciso que acuda a escuchar a este hombre de Dios!» Asistió, pues, un día al sermón del Santo. Quien al verlo, redobló su ardor en atacar los vicios, y rogó a Dios fervorosamente que abriese los ojos de su primo y le hiciera conocer el estado miserable de su alma.
 
El Señor Pérez se asustó, desde luego, pero no se decidió a convertirse. Volvió, sin embargo, a la predicación del Santo. Cuando éste lo vio, comprendiendo que este corazón endurecido no se convertiría sino ante un golpe extraordinario, gritó en alta voz: «Señor Jesucristo, ¡haz ver a todo este auditorio el estado en que se halla la persona que acaba de entrar en tu templo!»
 
Toda la concurrencia vio entonces a Don Pedro rodeado de una multitud de demonios en figura de bestias espantosas, que lo tenían atado con cadenas de hierro. Llenos de espanto, huyeron todos desordenadamente, con inmensa confusión de Don Pedro, aterrado y avergonzado al verse convertido en objeto de horror para todo el mundo. Santo Domingo hizo que se detuvieran y dijo a Don Pedro: «Reconoce, infeliz, el deplorable estado en que te encuentras y arrójate a los pies de la Santísima Virgen! ¡Toma este rosario! ¡Rézalo con devoción y arrepentimiento de tus pecados, y resuélvete a cambiar de vida!»
 
Don Pedro se puso de rodillas, rezó el Rosario y se sintió impulsado a confesarse. Lo que hizo con gran contrición. El Santo le ordenó rezar todos los días el Rosario. Prometió él hacerlo y se inscribió en la Cofradía. Su rostro, que había asustado a todos, parecía tan brillante como el de un Ángel, cuando salió de la iglesia. Perseveró en la devoción del Rosario, llevó una vida ordenada y murió dichosamente (Ros. Myst. 7a. ed., cap. 1.)
 

33a Rosa:  Un albigense poseso

101) Mientras Santo Domingo predicaba cerca de Carcasona, le presentaron un albigense poseído del demonio. Lo exorcizó el Santo en presencia de una gran muchedumbre. Se cree que estaban presentes más de doce mil hombres. Los demonios que poseían a este infeliz fueron obligados a responder, a pesar suyo, a las preguntas del Santo y confesaron:
 
1) que eran quince mil los que poseían el cuerpo de aquel miserable, porque había combatido los quince misterios del Rosario;
 
2) que con el Rosario que Santo Domingo predicaba causaba terror y espanto a todo el infierno, y que era el hombre más odiado por ellos a causa de las almas que les arrebataba con la devoción del Rosario;
 
3) revelaron, además, muchos otros particulares.
 
Santo Domingo arrojó su rosario al cuello del poseso y les preguntó que de todos los santos del Cielo a quién temían más, y a quién debían amar y honrar más los mortales.
 
A esta pregunta, los demonios prorrumpieron en alaridos tan espantosos, que la mayor parte de los oyentes cayó en tierra, sobrecogidos de espanto. Los espíritus malignos, para no responder, comenzaron a llorar y lamentarse en forma tan lastimera y conmovedora, que muchos de los presentes empezaron también a llorar movidos por natural compasión. Y decían con voz dolorida por boca del poseso: «¡Domingo! ¡Domingo! ¡Ten piedad de nosotros! ¡Te prometemos no hacerte daño! ¡Tú que tienes tanta santa compasión de los pecadores y miserables, ten piedad de nosotros! ¡Mira cuánto padecemos! ¿Por qué te complaces en aumentar nuestras penas? ¡Conténtate con las que ya padecemos! ¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Misericordia!».
 
102) El Santo, sin inmutarse ante las dolientes palabras de los espíritus, les respondió que no dejaría de atormentarlos hasta que hubieran respondido a sus preguntas. Le dijeron los demonios, que responderían, pero en secreto y al oído, no ante todo el mundo. Insistió el Santo y les ordenó que hablaran en voz alta. Pero su insistencia fue inútil: los diablos no quisieron decir palabra. Entonces el Santo se puso de rodillas y elevó a la Santísima Virgen esta plegaria: «¡Oh poderosísima Virgen María! ¡Por virtud de tu Salterio y Rosario, ordena a estos enemigos del género humano que respondan a mi pregunta!» Hecha esta oración, salió una llama ardiente de las orejas, nariz y boca del poseso. Los presentes temblaban de espanto, pero ninguno sufrió daño. Los diablos gritaron entonces: «Domingo, te rogamos por la pasión de Jesucristo y los méritos de su Santísima Madre y de todos los santos, que nos permitas salir de este cuerpo sin decir palabra. Los Ángeles, cuando tú lo quieras, te lo revelarán. ¿Por qué darnos crédito? No nos atormentes más. ¡Ten piedad de nosotros!»
 
«¡Infelices, son indignos de ser oídos!» –respondió Santo Domingo–. Y arrodillándose elevó esta plegaria a la Santísima Virgen: «Madre dignísima de la Sabiduría, te ruego en favor del pueblo aquí presente, instruido ya sobre la forma de recitar bien la salutación angélica. ¡Obliga a estos enemigos tuyos a confesar la plena y auténtica verdad al respecto!».
 
Había apenas terminado esta oración, cuando vio a su lado a la Santísima Virgen, rodeada de multitud de Ángeles, que con una varilla de oro en la mano, golpeaba al poseso y le decía: «¡Responde a Domingo, mi servidor!» Nótese que nadie veía ni oía a la Santísima Virgen, fuera de Santo Domingo.
 
103) Entonces los demonios comenzaron a gritar: «¡Oh enemiga nuestra! ¡Oh ruina y confusión nuestra! ¿Por qué viniste del Cielo a atormentarnos en forma tan cruel? ¿Será preciso que por Ti, oh Abogada de los pecadores a quienes sacas del infierno, oh Camino seguro del Cielo, seamos obligados, a pesar nuestro, a confesar delante de todos lo que es causa de nuestra confusión y ruina? ¡Ay de nosotros! ¡Maldición a nuestros príncipes de las tinieblas!»
 
«¡Oigan, pues, cristianos! Esta Madre de Cristo es omnipotente, y puede impedir que sus siervos caigan en el infierno. Ella, como un sol, disipa las tinieblas de nuestras astutas maquinaciones. Descubre nuestras tentaciones. Nos vemos obligados a confesar que ninguno que persevere en su servicio se condena con nosotros.
 
Un solo suspiro que Ella presente a la Santísima Trinidad vale más que todas las oraciones, votos y deseos de todos los santos. Le tememos más que a todos los bienaventurados juntos, y nada podemos contra sus fieles servidores».
 
104)  «Tengan también en cuenta que muchos cristianos que la invocan al morir, y que deberían condenarse según las leyes ordinarias, se salvan, gracias a su intercesión.
 
¡Ah! Si esta Mariucha –así la llamaban en su furia– no se hubiera opuesto a nuestros designios y esfuerzos, ¡hace tiempo habríamos derribado y destruido a la Iglesia, y precipitado en el error y la infidelidad a todas sus jerarquías! Tenemos que añadir, con mayor claridad y precisión, obligados por la violencia que nos hacen, que nadie que persevere en el rezo del Rosario, se condenará. Porque Ella obtiene para sus fieles devotos la verdadera contrición de los pecados, para que los confiesen y alcancen el perdón e indulgencia de ellos».
 
Entonces Santo Domingo hizo rezar el Rosario a todos los asistentes, muy lenta y devotamente. Y a cada Avemaría que recitaban –¡cosa sorprendente!–, salían del cuerpo del poseso gran multitud de demonios, en forma de carbones encendidos. Cuando salieron todos los demonios, y el hereje quedó completamente liberado, la Santísima Virgen dio su bendición, aunque invisiblemente gran alegría. Este milagro fue causa de la conversión de muchos herejes, que llegaron a ingresar en la Cofradía del Santo Rosario.
 

34a Rosa:  Simón de Montfort, Alano de Lanvallay, Otero[

105) ¿Quién podrá contar las victorias que Simón, conde de Montfort, logró sobre los albigenses, gracias a la protección de Ntra. Sra. del Rosario? Fueron tan famosas, que jamás se ha visto cosa parecida. Con 500 hombres derrotó, una vez, a un ejército de diez mil herejes. En otra ocasión, con treinta venció a tres mil. En otra, con ochocientos hombres de caballería y mil de infantería, despedazó al ejército del rey de Aragón, compuesto de cien mil hombres, perdiendo solamente un soldado de caballería y ocho de infantería.
 
106) ¡De cuántos peligros libró la Santísima Virgen a Alano de Lanvallay, caballero bretón, que combatía en favor de la fe contra los albigenses! Mientras se hallaba cierto día rodeado de enemigos por todas partes, la Santísima Virgen lanzó contra ellos ciento cincuenta piedras, y lo libró de sus manos.
 
Otro día, en que su navío había naufragado, y estaba ya próximo a sumergirse, esta bondadosa Madre hizo emerger de las aguas ciento cincuenta colinas, por encima de la cuales llegó a Bretaña. Él, como memorial de los milagros que en su favor había hecho la Santísima Virgen en recompensa del Rosario que le rezaba cada día, hizo edificar un convento en Dinán para los Religiosos de la nueva Orden de Santo Domingo. Después se hizo Religioso y murió santamente en Orleans.
 
107) Igualmente, Otero, soldado bretón de Vaucouleurs, hizo huir muchas veces compañías enteras de herejes y ladrones con su Rosario y espada al brazo. Sus enemigos, después de las derrotas sufridas, le aseguraron que habían visto su espada resplandeciente y, algunas veces, un escudo en su brazo en el cual estaban grabadas las imágenes de Jesucristo, la Santísima Virgen y los santos, que le hacían invencible y le daban fuerza en la batalla.
 
Cierta vez, con diez compañías, venció a veinte mil herejes, sin perder uno solo de sus soldados. Hecho que impresionó tanto al general del ejército enemigo, que fue en busca de Otero, abjuró de la herejía y declaró que lo había visto cubierto de armas de fuego durante el combate.

35a Rosa:  El Cardenal Pedro

108) Refiere el Beato Alano que un cardenal de nombre Pedro, del título de Santa María del Tíber, instruido por Santo Domingo, íntimo amigo suyo, en la devoción del Santo Rosario, se interesó tanto por ella que se convirtió en su panegirista y la inculcaba a cuantos podía. Enviado como legado a Tierra Santa, entre los cristianos que combatían a los sarracenos, persuadió tan maravillosamente al ejército cristiano acerca de la eficacia del Rosario, que practicando todos esta devoción para implorar la ayuda del Cielo en un combate, con solo tres mil triunfaron sobre cinco mil.
 
Los demonios –ya lo hemos visto– temen infinitamente al Rosario. Dice San Bernardo que la salutación angélica los echa fuera y hace temblar a todo el infierno. El Beato Alano asegura haber visto a varias personas que se habían entregado al diablo en cuerpo y alma, y habían renunciado al Bautismo y a Jesucristo y que, tras abrazar la devoción del Santo Rosario, fueron liberadas de su esclavitud a Satanás.

36a Rosa:  Una mujer de Amberes, liberada de las cadenas del demonio

109) En el año 1578, una mujer de Amberes se entregó al demonio, firmándole el compromiso con su sangre. Algún tiempo después se arrepintió y, deseando reparar el mal que había hecho, buscó un confesor prudente y caritativo para encontrar el medio de liberarse del poder de Satanás.
 
Encontró un Sacerdote sabio y virtuoso, que le aconsejó buscar al P. Enrique, Religioso del convento de Santo Domingo y director de la Cofradía del Rosario, confesarse con él y pedirle la inscribiera en la Cofradía. Fue ella a buscarlo, pero, en lugar del Sacerdote, encontró al demonio bajo la forma de un Religioso, que la reprendió severamente y le dijo que no podía esperar de Dios ninguna gracia ni había medio de revocar lo que había firmado. Esto la afligió profundamente. Más, no por ello perdió totalmente la esperanza en la misericordia de Dios, y volvió a buscar al Sacerdote. Encontró nuevamente al diablo, que la rechazó como en la vez anterior. Pero, repitiendo por tercera vez el intento, permitió el Señor que encontrara al P. Enrique a quien buscaba, y que la recibió con caridad y la exhortó a confiar en la misericordia divina y hacer una buena confesión. La recibió en la Cofradía y le ordenó que rezara con frecuencia el Santo Rosario. Cierto día, durante la Misa que el P. Enrique celebraba a intenciones de la susodicha mujer, la Santísima Virgen obligó al diablo a devolver el compromiso firmado. Y así quedó ella liberada por la autoridad de María y la devoción del Santo Rosario.

37a Rosa:  El Rosario transforma a un monasterio

110) Un noble caballero tenía muchos hijos. Había colocado a una de sus hijas en un monasterio totalmente relajado: las Religiosas sólo respiraban vanidad y frivolidad. El Confesor, hombre fervoroso y devoto del Santo Rosario, deseando dirigir a esta joven Religiosa por los senderos de la santidad, le ordenó rezar todos los días el Rosario en honor de la Santísima Virgen, meditando la vida, pasión y gloria de Jesucristo. Le agradó mucho a ella esta devoción, y poco a poco fue detestando la relajación de sus Hermanas. Empezó a gustar del silencio y la oración no obstante el desprecio y burlas de las Religiosas que interpretaban su fervor como santurronería.
 
En aquellos días, un santo Abad llegó de visita al monasterio y, mientras oraba, tuvo una extraña visión. Le parecía ver a una Religiosa que oraba en su celda ante una Señora de extraordinaria belleza, y a quien acompañaban numerosos Ángeles. Estos, con flechas encendidas, alejaban la multitud de demonios que intentaban entrar en la celda. Los espíritus malignos corrían, en forma de animales inmundos, a refugiarse en las celdas de las otras Religiosas, excitándolas al pecado, en el cual caían muchas de ellas.
 
Comprendió el Abad por esta visión, el mal espíritu de aquel monasterio y creyó morir de tristeza. Llamó a la joven Religiosa y la exhortó a perseverar. Reflexionando luego sobre la excelencia del Rosario, decidió reformar el monasterio con esta devoción. Adquirió para ello hermosos rosarios, los distribuyó entre las Religiosas, les aconsejó que recitaran el Rosario todos los días, y prometió que, si aceptan su consejo, no las obligaría a aceptar la reforma. Recibieron complacidas los rosarios y prometieron con aquella condición. Y, ¡cosa admirable!, poco a poco dejaron las vanidades, se dedicaron al silencio y al recogimiento, y en menos de un año pidieron ellas mismas la reforma. El Rosario había obrado en sus corazones más de cuanto hubiera podido el Abad con sus exhortaciones y autoridad.

38a Rosa:  Devoción de un Obispo español al Santo Rosario

111) Una condesa española, instruida por Santo Domingo en la devoción del Rosario, lo rezaba a diario con maravilloso adelanto en la virtud. Nada deseaba tanto como vivir para la perfección. Pidió a un Obispo y célebre predicador, algunas prácticas de perfección. Le dijo él que antes era necesario le declarase el estado de su alma y sus ejercicios de piedad. Contestó ella que el principal de éstos era el Rosario, que rezaba todos los días, meditando los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos con gran provecho espiritual. El Obispo entusiasmado al oír explicar las maravillosas enseñanzas contenidas en los misterios, le dijo: «Hace veinte años que soy doctor en teología. He leído acerca de muchas excelentes prácticas de devoción. Pero no he conocido nada más fructífero ni conforme al cristianismo que ésta. Quiero imitarte. ¡Predicaré el Rosario!»
 
Lo hizo así, y con tal éxito que al poco tiempo contempló un favorable cambio de costumbres en toda su Diócesis: muchas conversiones, restituciones y reconciliaciones. Cesaron el libertinaje, el lujo y el juego, y en las familias reflorecieron la paz, la devoción y la caridad. Cambio tanto más admirable que este Obispo había trabajado esforzadamente para reformar su Diócesis pero con escasísimo fruto.
 
Para inculcar mejor la devoción del Santo Rosario, llevaba siempre uno muy bello consigo y lo mostraba a sus oyentes diciendo: «Sepan, hermanos, que el Rosario de la Santísima Virgen es tan excelente que yo con ser su Obispo, doctor en teología y en ambos derechos, me glorío de llevarlo siempre conmigo, como el distintivo más glorioso de mi episcopado y doctorado».

39a Rosa:  Santificación de una parroquia mediante el Rosario

112) El rector de una parroquia danesa contaba frecuentemente, para mayor gloria de Dios y con gran gozo de su alma, que había obtenido en su parroquia un resultado análogo al de este Obispo en su Diócesis.
 
«Había predicado –decía– todas las más atrayentes y provechosas materias, sin ningún resultado. Al no ver cambio alguno en mi parroquia, me resolví a predicar el Rosario, explicando su excelencia y práctica, y puedo asegurar que después de haber hecho gustar a mi pueblo esta devoción, noté un cambio patente en sólo seis meses. En verdad, esta divina oración tiene especial eficacia para mover los corazones e inspirarles el horror al pecado y el amor a la virtud».
 
La Santísima Virgen dijo un día al Beato Alano: «Dios escogió la salutación angélica para la Encarnación de su Palabra y la Redención del hombre. Del mismo modo, quienes desean reformar las costumbres de las gentes y regenerarlas en Jesucristo, deben honrarme y dirigirme el mismo saludo. Yo soy el Camino por el cual vino Dios a los hombres [116] y es preciso que, por mediación mía obtengan de Jesucristo la gracia y las virtudes».
 
113) En cuanto a mí, que esto escribo, aprendí por experiencia personal la eficacia de esta oración para convertir los corazones más endurecidos. He encontrado personas a quienes no conmovía la predicación de las verdades más tremendas, realizada durante la Misión. Por consejo mío adquirieron la costumbre de rezar diariamente el Santo Rosario y así se convirtieron y consagraron totalmente a Dios.
 
He podido, además constatar una enorme diferencia de costumbres entre las poblaciones donde di Misiones: unas, por haber abandonado la práctica del Rosario, volvieron a caer en las malas costumbres; otras, gracias a haber perseverado en rezarlo, se mantuvieron en gracia de Dios y crecieron día a día en la virtud.

40a Rosa:  Efectos admirables del Rosario

[114] El Beato Alano de la Rupe, los Padres Juan Dumont y Thomas, las Crónicas del Santo Rosario, y otros autores, muchas veces testigos oculares, refieren numerosas conversiones excepcionales de pecadores, a quienes durante veinte, treinta o cuarenta años, pasados en el mayor desorden, nada había podido convertir. No obstante, gracias a la maravillosa plegaria que es el Rosario, alcanzaron la conversión. Por temor a extenderme más de lo justo, no las narraré. Tampoco referiré las que yo mismo he visto. Las omito por diversas razones.
 
Lector amado, si pones en práctica y predicas esta devoción, aprenderás por experiencia propia mejor que en libro alguno, y comprobarás felizmente el efecto maravilloso de las promesas hechas por la Santísima Virgen a Santo Domingo, al Beato Alano de la Rupe y a cuantos hagan florecer esta devoción que le es tan grata. Devoción que educa a los pueblos en las virtudes de su Hijo y en las suyas propias, los conduce a la oración mental, a la imitación de Jesucristo, a la frecuencia de los Sacramentos, a la sólida práctica de las virtudes y toda clase de buenas obras, y a ganar tan valiosas indulgencias que las gentes ignoran porque los predicadores de esta devoción no hablan de ellas casi nunca, contentándose con hacer sobre el Rosario un sermón a la moda, que muchas veces sólo causa admiración, pero no instruye.
 
115) Para abreviar, me contento con decirte, con el Beato Alano, que el Rosario es un manantial y depósito de toda clase de bienes:
 
1o                P                     Procura el perdón a los pecadores;
2o                S                     Sacia a las almas sedientas;
3o                A                     A los encadenados rompe las cadenas;
4o                L                     La alegría devuelve a los que lloran;
5o                T                     Tranquilidad ofrece a los tentados;
6o                E                     El pobre es socorrido;
7o                R                     Reforma los Institutos Religiosos;
8o                I                      Inteligencia da a los ignorantes;
9o                V                     Vencen la vanidad los que están vivos;
10o              M                    Mediante sus sufragios son aliviados los muertos[117].
 
Dijo un día la Santísima Virgen al Beato Alano: «Quiero que los devotos de mi Rosario obtengan la gracia y bendición de mi Hijo durante su vida, en la hora de la muerte y después de ella. Quiero que se vean libres de todas las esclavitudes y sean reyes verdaderos, con la corona en la cabeza y el cetro en la mano y alcancen la vida eterna. Amén».

Quinta decena

Como rezar el Santo Rosario

41a Rosa:  Pureza del alma

[116] El fervor de nuestra plegaria y no precisamente su longitud agrada a Dios y le gana el corazón. Una sola Avemaría bien dicha es más meritoria que ciento cincuenta mal dichas. Casi todos los católicos rezan el Rosario o al menos una tercera parte del mismo o algunas decenas de Avemarías. ¿Por qué, entonces, hay tan pocas personas que se corrigen de sus pecados y adelantan de veras en la virtud? ¡Porque no rezan como se debe!
 
[117] Veamos, pues, cómo se debe rezar el Rosario para agradar a Dios y hacernos santos.
 
1o Quien reza el Rosario debe hallarse en estado de gracia o estar al menos resuelto a salir del pecado. Efectivamente, la teología nos enseña que las buenas obras y plegarias realizadas en pecado mortal, son obras muertas que no logran agradar a Dios ni merecer la vida eterna. En este sentido dice la Escritura: «No, corresponde a los pecadores alabar»[118].
 
Ni la alabanza, ni la salutación angélica, ni la misma oración de Jesucristo pueden agradar a Dios cuando salen de la boca de un pecador impenitente: «Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí»[119].
 
Esas personas que ingresan en mis Cofradías –dice Jesucristo–, que recitan todos los días el Rosario o parte de él, pero sin contrición alguna de sus pecados, me honran con los labios, aunque su corazón está lejos de mí.
 
2o He dicho: «O estar, al menos, resuelto a salir del pecado»:
 
1) porque, si fuera necesario estar en gracia de Dios para orar en forma que le agrade, la consecuencia sería que quienes están en pecado mortal no deberían orar, no obstante tener más necesidad de ello que los justos y, por el Rosario o parte del mismo, porque le sería inútil. Lo cual es un error condenado por la Iglesia;
 
2) porque, si te inscribes en alguna Cofradía de la Santísima Virgen, rezas el Rosario o parte de él u otra oración, con voluntad de permanecer en el pecado o sin intención de salir de él, pasarías a ser el número de los falsos devotos de la Santísima Virgen[120], y de los devotos presuntuosos e impenitentes que bajo el manto de María, el escapulario sobre el pecho y el Rosario en la mano, van gritando: «Santa y bondadosa Virgen, yo te saludo, ¡oh María!» Y entre tanto, crucifican y desgarran cruelmente a Jesucristo con sus pecados y, desde las más santas Cofradías de Nuestra Señora, caen lastimosamente en las llamas de infierno[121].
 
[118] Aconsejamos el Rosario a todo el mundo: a los justos, para que perseveren y crezcan en gracia de Dios; a los pecadores, para que salgan de sus pecados.
 
Pero no agrada ni puede agradar a Dios el que exhortemos a un pecador a hacer del manto protector de la Santísima Virgen, un manto de condenación para ocultar sus crímenes y cambiar el Rosario, que es remedio de todos los males, en veneno mortal y funesto. ¡La corrupción de lo mejor es la peor!
 
El sabio Cardenal Hugo afirma: «Es necesario ser Ángeles de pureza para acercarse a la Santísima Virgen y rezar la salutación angélica».
 
La Virgen María mostró un día hermosos frutos en una bandeja llena de inmundicias, a un impúdico que recitaba constantemente el Rosario todos los días. El se quedó horrorizado. La Virgen le explicó: «¡Tú me sirves así! ¡Me presentas bellísimas rosas en un vaso sucio y contaminado! ¡Juzga tú mismo, si me agradarán!»

 

 

 
 
 
 
Ad Iesum per Mariam (A Jesús por María)
 
MAGNIFICAT (Lc 1, 46-55)

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia por siempre
. Gloria al Padre.
 
 

Oraciones a Jesús y a María

 

Oración a Jesús

 
66) Dejadme, amabilísimo Jesús mío, que me dirija a Vos, para atestiguaros mi reconocimiento por la merced que me habéis hecho con la devoción de la esclavitud, dándome a vuestra Santísima Madre para que sea Ella mi abogada delante de vuestra Majestad, y en mi grandísima miseria mi universal suplemento. ¡Ay, Señor! tan miserable soy, que sin esta buena Madre, infaliblemente me hubiera perdido.
 
Sí, que a mí me hace falta María, delante de Vos y en todas partes; me hace falta para calmar vuestra justa cólera, pues tanto os he ofendido y todos los días os ofendo; me hace falta para detener los eternos y merecidos castigos con que vuestra justicia me amenaza, para miraros, para hablaros, para pediros, para acercarme a Vos y para daros gusto; me hace falta para salvar mi alma y la de otros; me hace falta, en una palabra, para hacer siempre vuestra voluntad, buscar en todo vuestra mayor gloria.

¡Ah, si pudiera yo publicar por todo el universo esta misericordia que habéis tenido conmigo! ¡Si pudiera hacer que conociera todo el mundo que si no fuera por María estaría yo condenado! ¡Si yo pudiera dignamente daros las gracias por tan grande beneficio! María está en mí. Haec facta est mihi. ¡Oh, qué tesoro! ¡Oh, qué consuelo! Y, de ahora en adelante, ¿no seré todo para Ella? ¡Oh, qué ingratitud! Antes la muerte. Salvador mío queridísimo, no permitáis tal desgracia, que mejor quiero morir que vivir sin ser todo de María.

Mil y mil veces, con San Juan al pie de la Cruz, la he tomado en vez de todas mis cosas. ¡Cuántas veces me he entregado a Ella! Pero si todavía no he hecho esta entrega a vuestro gusto, la hago ahora, mi Jesús querido, como Vos queréis la haga. Y si en mi alma o en mi cuerpo veis alguna cosa que no pertenezca a tu Bienaventurada Madre, arrancadla, os ruego, arrojadla lejos de mí; que no siendo de María, indigna es de Vos.
 
67) ¡Oh, Espíritu Santo! Concededme todas las gracias, plantad, regad y cultivad en mi alma el Árbol de la Vida verdadero, que es la amabilísima María, para que crezca y florezca y dé con abundancia el fruto de vida. ¡Oh, Espíritu Santo! Dadme mucha devoción a María, vuestra Inmaculada Esposa; que me apoye mucho en su seno maternal y recurra de continuo a su misericordia, para que en Ella forméis dentro de mí a Jesucristo, al natural, grande y poderoso, hasta la plenitud de su edad perfecta. Amén.

Oración a María


68) Te saludo, María, Hija predilecta del Padre eterno. Te saludo, María, Madre admirable del Hijo. Te saludo María, Esposa fidelísima del Espíritu Santo. Te saludo, María, mi amada Madre, mi amable Señora, mi poderosa Soberana. Te saludo, mi gozo, mi gloria, mi corazón y mi alma. Vos sois toda mía por misericordia, y yo soy todo vuestro por justicia. Pero todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a Vos todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada ni para mí, ni para otros.

Si algo veis en mí que todavía no sea vuestro, tomadlo en seguida, os lo suplico, y haceos dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrade a Dios y plantad, levantad y producid todo lo que os guste.
La luz de vuestra fe disipe las tinieblas de mi espíritu; vuestra humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; vuestra contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; vuestra continua vista de Dios llene de Su presencia mi memoria, la caridad de vuestro Corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a vuestras virtudes mis pecados; vuestros méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre, haced, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el vuestro para conocer a Jesucristo y su divina voluntad; que no tenga más alma que la vuestra para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el vuestro para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Vos.
 
69) No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Vos el ver claro, sin tinieblas; para Vos el gustar por entero sin amargura; para Vos el triunfar gloriosa a la diestra de vuestro Hijo, sin humillación; para Vos el mandar a los ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios.

Esta es, Bienaventurada Virgen María, la mejor parte que se os ha concedido, y que jamás se os quitará, que es para mí grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro, sino el experimentar el que Vos tuvisteis: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Vos, sin interés, como el más vil de los esclavos. La sola gracia, que por pura misericordia os pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amenes: amén a todo lo que hicisteis sobre la tierra cuando vivíais; amén a todo lo que hacéis al presente en el cielo; amén a todo lo que hacéis en mi alma, para que en ella no haya nada más que Vos, para glorificar plenamente a Jesús en mí, en el tiempo y en la eternidad. Amén.

Ave Maris Stella

 

Ave, maris stella,
Dei Mater alma,
Atque semper Virgo,
Felix caeli porta.
Sumens illud Ave
Gabrielis ore,
Funda nos in pace,
Mutans Evae nomen.
 
Solve vincla reis,
Profer lumen caecis,
Mala nostra pelle,
Bona cuncta posce.
 
Monstra te esse matrem,
Sumat per te preces
Qui pro nobis natus
Tulit esse tuus.
 
Virgo singularis,
Inter omnes mitis,
Nos culpis solutos
Mites fac et castos.
 
Vitam praesta puram,
Iter para tutum,
Ut videntes Iesum
Semper collaetemur.
 
Sit laus Deo Patri,
Summo Christo decus,
Spiritui Sancto,
Tribus honor unus.
 

Salve, Estrella del Mar

 
Salve, Estrella del mar,
Madre santa de Dios
y siempre Virgen,
feliz puerta del cielo.

Aceptando aquel «Ave»
de la boca de Gabriel,
afiánzanos en la paz
al trocar el nombre de Eva.

Desata las ataduras de los reos,
da luz a quienes no ven,
ahuyenta nuestros males,
pide para nosotros todos los bienes.

Muestra que eres nuestra Madre,
que por ti acoja nuestras súplicas
Quien nació por nosotros,
tomando el ser de ti.

Virgen singular,
dulce como ninguna, 
líbranos de la culpa,
haznos dóciles y castos.

Facilítanos una vida pura,
prepáranos un camino seguro,
para que viendo a Jesús,
nos podamos alegrar para siempre contigo.

Alabemos a Dios Padre,
glorifiquemos a Cristo soberano
y al Espíritu Santo,
y demos a las Tres personas un mismo honor.
Amén.
 

Veni Creator Spiritus

 
Veni, Creator Spiritus,
Mentes tuorum visita,
Imple superna gratia
Quae tu creasti pectora.
Qui diceris Paraclitus,
Altissimi donum Dei,
Fons vivus, ignis, caritas,
Et spiritalis unctio.
 
Tu septiformis munere,
Digitus paternae dexterae,
Tu rite promissum Patris,
Sermone ditans guttura.
 
Accende lumen sensibus,
Infunde amorem cordibus,
Infirma nostri corporis
Virtute firmans perpeti.
 
Hostem repellas longius,
Pacemque dones protinus,
Ductore sic te praevio
Vitemus onme noxium.
 
Per Te sciamus da Patrem,
Noscamus atque Filium,
Teque utriusque Spiritum
Credamus omni tempore.
 
Deo Patri sit gloria,
Et Filio, qui a mortuis
Surrexit, ac Paraclito,
In saeculorum saecula.

Ven Espíritu Creador

Ven, Espíritu Creador,
visita las almas de tus fieles
y llena de la divina gracia los corazones,
que Tú mismo creaste.
Tú eres nuestro Consolador,
don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego, caridad
y espiritual unción.
Tú derramas sobre nosotros los siete dones;
Tu, el dedo de la mano de Dios;
Tú, el prometido del Padre;
Tú, que pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra.
Enciende con tu luz nuestros sentidos;
infunde tu amor en nuestros corazones;
y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece nuestra débil carne.
Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz,
sé Tú mismo nuestro guía,
y puestos bajo tu dirección, evitaremos todo lo nocivo.
Por Ti conozcamos al Padre,
y también al Hijo;
y que en Ti, Espíritu de entrambos,
creamos en todo tiempo.

Gloria a Dios Padre,
y al Hijo que resucitó,
y al Espíritu Consolador,
por los siglos infinitos. Amén.

V. Envía tu Espíritu y serán creados.
R. Y renovarás la faz de la tierra.

Oremos.

Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus hijos con la luz del Espíritu Santo; haznos dóciles a tu Espíritu para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 

CARTA DEL SIERVO DE DIOS EL PAPA JUAN PABLO II
A LA FAMILIA MONFORTANA

 

 

A los religiosos y a las religiosas de la familia monfortana

Un texto clásico de la espiritualidad mariana

1. Hace ciento sesenta años se publicaba una obra destinada a convertirse en un clásico de la espiritualidad mariana. San Luis María Grignion de Montfort compuso el Tratado de la verdadera devoción a la santísima Virgen a comienzos del año 1700, pero el manuscrito permaneció prácticamente desconocido durante más de un siglo. Finalmente, en 1824 fue descubierto casi por casualidad, y en 1843, cuando se publicó, tuvo un éxito inmediato, revelándose como una obra de extraordinaria eficacia en la difusión de la "Verdadera Devoción" a la Virgen Santísima. A mí personalmente, en los años de mi juventud, me ayudó mucho la lectura de este libro, en el que "encontré la respuesta a mis dudas", debidas al temor de que el culto a María, "si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo" (Don y misterio). Bajo la guía sabia de San Luis María comprendí que, si se vive el misterio de María en Cristo, ese peligro no existe. En efecto, el pensamiento mariológico de este santo "está basado en el misterio trinitario y en la verdad de la encarnación del Verbo de Dios" (ib.).

La Iglesia, desde sus orígenes, y especialmente en los momentos más difíciles, ha contemplado con particular intensidad uno de los acontecimientos de la Pasión de Jesucristo referido por San Juan:  "Junto a la Cruz de Jesús estaban su Madre y la hermana de su Madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y junto a Ella al discípulo a quien amaba, dijo a su Madre:  "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Luego dijo al discípulo:  "Ahí tienes a tu Madre". Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 25-27). A lo largo de su historia, el pueblo de Dios ha experimentado este don hecho por Jesús crucificado:  el don de su Madre. María Santísima es verdaderamente Madre nuestra, que nos acompaña en nuestra peregrinación de fe, esperanza y caridad hacia la unión cada vez más intensa con Cristo, único salvador y mediador de la salvación (cf.
Lumen gentium, 60 y 62).

Como es sabido, en mi escudo episcopal, que es ilustración simbólica del texto evangélico  recién citado, el lema Totus tuus se inspira en la doctrina de San Luis María Grignion de Montfort (Don y misterio;
Rosarium Virginis Mariae, 15). Estas dos palabras expresan la pertenencia total a Jesús por medio de María:  "Tuus totus ego sum, et omnia mea, tua sunt", escribe San Luis María; y traduce: "Soy todo vuestro, y todo lo que tengo os pertenece, ¡oh mi amable Jesús!, por María vuestra Santísima Madre" (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 233).

La doctrina de este santo ha ejercido un profundo influjo en la devoción mariana de muchos fieles y también en mi vida. Se trata de una doctrina vivida, de notable profundidad ascética y mística, expresada con un estilo vivo y ardiente, que utiliza a menudo imágenes y símbolos. Sin embargo, desde el tiempo en que vivió San Luis María en adelante, la teología mariana se ha desarrollado mucho, sobre todo gracias a la decisiva contribución del concilio Vaticano II. Por tanto, a la luz del Concilio se debe releer e interpretar hoy la doctrina monfortana, que, no obstante, conserva su valor fundamental. En esta carta quisiera compartir con vosotros, religiosos y religiosas de la familia monfortana, la meditación de algunos pasajes de los escritos de san Luis María, que en estos momentos difíciles nos ayuden a alimentar nuestra confianza en la mediación materna de la Madre del Señor.

"Ad Iesum per Mariam"

2. San Luis María propone con singular eficacia la contemplación amorosa del misterio de la Encarnación. La verdadera devoción mariana es Cristocéntrica. En efecto, como recordó el Concilio Vaticano II, "la Iglesia, meditando sobre ella (María) con amor y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración, penetra más íntimamente en el misterio supremo de la Encarnación" (
Lumen gentium, 65).

El amor a Dios mediante la unión con Jesucristo es la finalidad de toda devoción auténtica, porque -como escribe san Luis María- Cristo "es el único Maestro que debe enseñarnos, es nuestro único Señor de quien debemos depender, nuestro único Jefe a quien debemos pertenecer, nuestro único Modelo al que debemos conformarnos, nuestro único Médico que nos debe sanar, nuestro único Pastor que debe alimentarnos, nuestro único Camino por donde debemos andar, nuestra única Verdad que debemos creer, nuestra única Vida que debe vivificarnos, y nuestro único Todo en todas las cosas que debe bastarnos" (Tratado de la verdadera devoción, 61).

3. La devoción a la Santísima Virgen es un medio privilegiado "para hallar a Jesucristo perfectamente, para amarle tiernamente y servirle fielmente" (Tratado de la verdadera devoción, 62). Este deseo central de "amar tiernamente" se dilata enseguida en una ardiente oración a Jesús, pidiendo la gracia de participar en la indecible comunión de amor que existe entre Él y su Madre.

La orientación total de María a Cristo, y en Él a la Santísima Trinidad, se experimenta ante todo en esta observación: 

"Porque no pensaréis jamás en María sin que María, por vosotros, piense en Dios; no alabaréis ni honraréis jamás a María, sin que María alabe y honre a Dios. María es toda relativa a Dios, y me atrevo a llamarla la relación de Dios, pues sólo existe con respecto a Él, o el eco de Dios, ya que no dice ni repite otra cosa más que Dios. Si dices María, Ella dice Dios. Santa Isabel alabó a María y la llamó Bienaventurada por haber creído, y María, el eco fiel de Dios, exclamó:  Mi alma glorifica al Señor. Lo que en esta ocasión hizo María, lo hace todos los días; cuando la alabamos, la amamos, la honramos o nos damos a Ella, alabamos a Dios, amamos a Dios, honramos a Dios, nos damos a Dios por María y en María" ((Tratado de la verdadera devoción, 226).

También en la oración a la Madre del Señor San Luis María expresa la dimensión trinitaria de su relación con Dios:  "Te saludo, María, hija predilecta del Padre eterno. Te saludo, María, Madre admirable del Hijo. Te saludo María, Esposa fidelísima del Espíritu Santo" (El Secreto de María, 68). Esta expresión tradicional, que ya usó san Francisco de Asís (cf. Fuentes franciscanas, 281), aunque contiene niveles heterogéneos de analogía, es sin duda eficaz para expresar de algún modo la especial participación de la Virgen en la vida de la Santísima Trinidad.

4. San Luis María contempla todos los misterios a partir de la Encarnación, que se realizó en el momento de la Anunciación. Así, en el Tratado de la verdadera devoción, María aparece como "el verdadero paraíso terrenal del nuevo Adán", la "tierra virgen e inmaculada" de la que él fue modelado (n. 261). Ella es también la nueva Eva, asociada al nuevo Adán en la obediencia que repara la desobediencia original del hombre y de la mujer (cf. ib., 53; San Ireneo, Adversus haereses, III, 21, 10-22, 4). Por medio de esta obediencia, el Hijo de Dios entra en el mundo. Incluso la Cruz ya está misteriosamente presente en el instante de la Encarnación, en el momento de la Concepción de Jesús en el seno de María. En efecto, el ecce venio de la carta a los Hebreos (cf. Hb 10, 5-9) es el acto primordial de obediencia del Hijo al Padre, con el que aceptaba su sacrificio redentor "ya cuando entró en el mundo".

"Toda (...) nuestra perfección -escribe san Luis María Grignion de Montfort- consiste en estar conformes, unidos y consagrados a Jesucristo; la más perfecta de todas las devociones es sin duda alguna la que nos conforma, une y consagra más perfectamente a este acabado modelo de toda santidad; y pues que María es entre todas las criaturas la más conforme a Jesucristo, es consiguiente que, entre todas las devociones, la que consagra y conforma más un alma a nuestro Señor es la devoción a la Santísima Virgen, su Santa Madre, y cuanto más se consagre un alma a María, más se unirá con Jesucristo" (Tratado de la verdadera devoción, 120, o.c., p. 83).

San Luis María, dirigiéndose a Jesús, expresa cuán admirable es la unión entre el Hijo y la Madre:  "de tal modo está Ella transformada en vos por la gracia, que no vive, no existe, sino que sólo Vos, mi Jesús, vivís y reináis en ella... ¡Oh! si fuere conocida la gloria y el amor que recibisteis, Señor, en esta admirable criatura... María os está tan íntimamente unida...; porque Ella os ama más ardientemente y os glorifica más perfectamente que todas vuestras criaturas juntas" (Tratado de la verdadera devoción, 63.

María, miembro eminente del Cuerpo místico y Madre de la Iglesia

5. Como dice el Concilio Vaticano II, María "es también saludada como miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia y como su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y en el amor" (
Lumen gentium, 53). La Madre del Redentor también ha sido redimida por Él, de modo único en su Inmaculada Concepción, y nos ha precedido en la escucha creyente y amorosa de la palabra de Dios que nos hace felices (cf. ib., 58). También por eso María "está íntimamente unida a la Iglesia"

La Madre de Dios es figura (typus) de la Iglesia, como ya  enseñaba San Ambrosio:  en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo. Ciertamente, en el misterio de la Iglesia, que también es llamada con razón Madre y Virgen, la Santísima  Virgen María  fue por delante mostrando en forma eminente y singular el modelo de Virgen y Madre" (ib., 63). El mismo Concilio contempla a María como Madre de los miembros de Cristo (cf. ib., 53, 62), y así Pablo VI la proclamó Madre de la Iglesia. La doctrina del Cuerpo místico, que expresa del modo más fuerte la unión de Cristo con la Iglesia, es también el fundamento bíblico de esta afirmación. "La cabeza y los miembros nacen de una misma madre" (Tratado de la verdadera devoción, 32), nos recuerda San Luis María. En este sentido, decimos que, por obra del Espíritu Santo, los miembros están unidos y son configurados con Cristo Cabeza, Hijo del Padre y de María, de modo que "todo hijo verdadero de la Iglesia debe tener a Dios por Padre y a María por Madre" (El Secreto de María, 11).

En Cristo, Hijo unigénito, somos realmente hijos del Padre y, al mismo tiempo, hijos de María y de la Iglesia. En el nacimiento virginal de Jesús, renace de algún modo toda la humanidad. A la Madre del Señor "se le pueden aplicar, con más verdad que a San Pablo estas palabras:  "¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros" (Ga 4, 19). Yo doy a luz todos los días hijos de Dios, para que Jesucristo, mi Hijo, se forme en ellos en la plenitud de su edad" (Tratado de la verdadera devoción, 33).  Esta doctrina tiene su expresión más bella en la oración:  "¡Oh, Espíritu Santo! Dadme mucha devoción a María, vuestra Inmaculada Esposa; que me apoye mucho en su seno maternal y recurra de continuo a su misericordia, para que en Ella forméis dentro de mí a Jesucristo, al natural, grande y poderoso, hasta la plenitud de su edad perfecta. Amén." (El Secreto de María, 67).

Una de las expresiones más altas de la espiritualidad de San Luis María Grignion de Montfort se refiere a la identificación del fiel con María en su amor a Jesús, en su servicio a Jesús. Meditando en el conocido texto de san Ambrosio:  "Que el alma de María esté en cada uno para glorificar al Señor; que el espíritu de María esté en cada uno para exultar en Dios" (Expos. in Luc., 12, 26:  PL 15, 1561), escribe:  "¡Qué dichosa es un alma, cuando... está del todo poseída y gobernada por el espíritu de María, que es un espíritu suave y fuerte, celoso y prudente, humilde e intrépido, puro y fecundo!" (Tratado de la verdadera devoción, 258).

La identificación mística con María está totalmente orientada a Jesús, como se expresa en la oración:  "Por último, mi queridísima y amadísima Madre, haz que, si es posible, no tenga yo otro espíritu que el tuyo para conocer a Jesucristo y sus divinos designios; que no tenga otra alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor; que no tenga otro corazón que el tuyo para amar a Dios con caridad pura y ardiente como Tú" (El Secreto de María, 68).

La santidad, perfección de la caridad

6. La constitución
Lumen gentium afirma también:  "La Iglesia en la Santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27). En cambio, los creyentes se esfuerzan todavía en vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos a María, que resplandece ante toda la comunidad de los creyentes como modelo de todas las virtudes" (n. 65). La santidad es perfección de la caridad, del amor a Dios y al prójimo, que es el objeto del principal mandamiento de Jesús (cf. Mt 22, 38), y es también el don más grande del Espíritu Santo (cf. 1 Co 13, 13). Así, en sus Cánticos, San Luis María presenta sucesivamente a los fieles la excelencia de la caridad (Cántico 5), la luz de la fe (Cántico 6) y la firmeza de la esperanza (Cántico 7).

En la espiritualidad monfortana, el dinamismo de la caridad se expresa especialmente a través del símbolo de la esclavitud de amor a Jesús, según el ejemplo y con la ayuda materna de María. Se trata de la comunión plena en la kénosis de Cristo; comunión vivida con María, íntimamente presente en los misterios de la vida del Hijo:  "No hay, asimismo, nada entre los cristianos que nos haga pertenecer tanto a Jesucristo y a su santa Madre como la esclavitud voluntaria, según el ejemplo del mismo Jesucristo, que "tomó la forma de esclavo" (Flp 2, 7) por nuestro amor, y el de la Santísima Virgen, que se llamó esclava del Señor. El apóstol se llama por altísima honra "siervo de Cristo" (Ga 1, 10). Los cristianos son llamados muchas veces en la Escritura sagrada, servi Christi" (
Tratado de la verdadera devoción, 72).

En efecto, el Hijo de Dios, que por obediencia al Padre vino al mundo en la Encarnación (cf. Hb 10, 7), se humilló después haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de Cruz (cf. Flp 2, 7-8). María correspondió a la voluntad de Dios con la entrega total de Sí misma, en cuerpo y alma, para siempre, desde la Anunciación hasta la Cruz, y desde la Cruz hasta la Asunción. Ciertamente, entre la obediencia de Cristo y la obediencia de María hay una asimetría determinada por la diferencia ontológica entre la Persona divina del Hijo y la persona humana de María, de la que se sigue también la exclusividad de la eficacia salvífica de la obediencia de Cristo, de la cual su misma Madre recibió la gracia de poder obedecer de modo total a Dios y colaborar así con la misión de su Hijo.

Por tanto, la esclavitud de amor debe interpretarse a la luz del admirable intercambio entre Dios y la humanidad en el misterio del Verbo encarnado. Es un verdadero intercambio de amor entre Dios y su criatura en la reciprocidad de la entrega total de sí. "El espíritu de esta devoción... consiste en hacer que el alma sea interiormente dependiente y esclava de la Santísima Virgen y de Jesús por medio de Ella" (El Secreto de María, 44). Paradójicamente, este "vínculo de caridad", esta "esclavitud de amor", hace al hombre plenamente libre, con la verdadera libertad de los hijos de Dios (cf. Tratado de la verdadera devoción, 169). Se trata de entregarse totalmente a Jesús, respondiendo al amor con el que Él nos ha amado primero. Todo el que viva en este amor puede decir como san Pablo:  "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).

La "peregrinación de la fe"

7. En la Carta Apostólica
Novo millennio ineunte escribí que "a Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe" (n. 19). Precisamente este fue el camino que  siguió María  durante toda su vida terrena, y es el camino de la Iglesia peregrinante hasta el fin de los tiempos. El concilio Vaticano II insistió mucho en la fe de María, misteriosamente compartida por la Iglesia, poniendo de relieve el itinerario de la Virgen desde el momento de la Anunciación hasta el de la Pasión Redentora (cf. Lumen gentium, 57 y 67; Redemptoris Mater, 25-27).

En los escritos de San Luis María encontramos el mismo énfasis en la fe que vivió la Madre de Jesús a lo largo de un camino que va desde la Encarnación hasta la Cruz, una fe en la que María es modelo y "tipo" de la Iglesia. San Luis María lo expresa con una gran riqueza de matices cuando expone a su lector los "efectos maravillosos" de la perfecta devoción mariana: 

"Cuanto más ganéis la benevolencia de esta augusta Princesa y Virgen fiel, más fe verdadera tendréis en toda vuestra conducta; una fe pura, que hará que no os inquietéis de lo sensible y de lo extraordinario; una fe viva y animada por la caridad, que hará que no obréis sino por motivos de puro amor; una fe firme e inquebrantable como una roca, que os mantendrá firmes y constantes en medio de las tempestades y las tormentas; una fe activa y penetrante que, como un divino salvoconducto, proporcionará entrada en todos los misterios de Jesucristo, en los fines últimos del hombre, y en el corazón de Dios mismo; una fe animosa que os animará e inducirá a emprender y llevar a cabo, sin titubear, grandes cosas por la gloria de Dios, y para la salud de las almas; en fin, una fe que será vuestra lumbrera ardiente, vuestra vida divina, vuestro tesoro escondido y rico de la divina sabiduría, y vuestra poderosísima arma, de la que os serviréis para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, para abrasar a los tibios y a los que tienen necesidad de la caridad, para dar vida a los que están muertos por el pecado, para conmover y convertir por vuestras dulces y poderosas palabras los corazones de mármol y arrancar los cedros del Líbano, y en fin, para resistir al demonio y a todos los enemigos de la salvación" (Tratado de la verdadera devoción, 214).

Como San Juan de la Cruz, san Luis María insiste sobre todo en la pureza de la fe, y en su esencial y a menudo dolorosa oscuridad (cf. El Secreto de María, 51-52). Es la fe contemplativa la que, renunciando a las cosas sensibles o extraordinarias, penetra en las misteriosas profundidades de Cristo. Así, en su oración, san Luis María se dirige a la Madre del Señor, diciendo:  "No te pido visiones o revelaciones, ni gustos o delicias, aunque fueran espirituales... Aquí en la tierra no quiero para mí otro don, fuera del que Tú recibiste, es decir, creer con fe pura, sin gustar ni ver nada" (El Secreto de María
, 69). La Cruz es el momento culminante de la fe de María, como escribí en la encíclica Redemptoris Mater"Por medio de esta fe María está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento... Es esta tal vez la más profunda kénosis de la fe en la historia de la humanidad" (n. 18).

Signo de esperanza cierta

8. El Espíritu Santo invita a María a "reproducirse" en sus hijos, extendiendo en ellos las raíces de su "fe invencible", pero también de su "firme esperanza" (cf. Tratado de la verdadera devoción,
34). Lo recordó el concilio Vaticano II:  "La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el pueblo de Dios en marcha como señal de esperanza cierta y de consuelo" (Lumen gentium, 68). San Luis María contempla esta dimensión escatológica especialmente cuando habla de los "santos de los últimos tiempos", formados por la Santísima Virgen para dar a la Iglesia la victoria de Cristo sobre las fuerzas del mal (cf. Tratado de la verdadera devoción, 49-59). No se trata, en absoluto, de una forma de "milenarismo", sino del sentido profundo de la índole escatológica de la Iglesia, vinculada a la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo. La Iglesia espera la venida gloriosa de Jesús al final de los tiempos. Como María y con María, los santos están en la Iglesia y para la Iglesia, a fin de hacer resplandecer su santidad y extender hasta los confines del mundo y hasta el final de los tiempos la obra de Cristo, único Salvador.

En la antífona Salve Regina, la Iglesia llama a la Madre de Dios "Esperanza nuestra". San Luis María usa esa misma expresión a partir de un texto de san Juan Damasceno, que aplica a María el símbolo bíblico del ancla (cf. Hom. I in Dorm. B.V.M., 14:  PG 96, 719):  "Unimos (...) las almas a vuestras esperanzas, como a un ancla firme. Los santos se han salvado porque han sido los más unidos a ella, y han servido a los demás para perseverar en la virtud. Dichosos, pues; mil veces dichosos los cristianos que ahora se unen fiel y enteramente a María como a un ancla firme y segura" (Tratado de la verdadera devoción, 175). A través de la devoción a María, Jesús mismo "escuda el corazón con una firme confianza en Dios, haciéndole mirar a Dios como su Padre; le inspira un amor tierno y filial" (Tratado de la verdadera devoción
, 169).

Junto con la Santísima Virgen, con el mismo corazón de madre, la Iglesia ora, espera e intercede por la salvación de todos los hombres. Son las últimas palabras de la constitución
Lumen gentium"Todos los cristianos han de ofrecer insistentes súplicas a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones, también ahora en el cielo, exaltada sobre todos los bienaventurados y los ángeles, en comunión con todos los santos, interceda ante su Hijo, hasta el momento en que todos los pueblos, los que se honran con el nombre de cristianos, así como los que todavía no conocen a su Salvador, puedan verse felizmente reunidos en paz y concordia en el único pueblo de Dios para gloria de la santísima e indivisible Trinidad" (n. 69).

Haciendo nuevamente mío este deseo, que juntamente con los demás padres conciliares expresé hace casi cuarenta años, envío a toda la familia monfortana  una especial  bendición apostólica.

Vaticano, 8 de diciembre de 2003, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

DIRECTORIO SOBRE LA PIEDAD POPULAR Y LA LITURGIA

PRINCIPIOS Y ORIENTACIONES

LA CONSAGRACIÓN-ENTREGA A MARÍA

204 . A lo largo de la historia de la piedad aparecen diversas experiencias, personales y colectivas, de "consagración-entrega-dedicación a la Virgen" (oblatio, servitus, commendatio, dedicatio). Estas fórmulas aparecen en los devocionarios y en los estatutos de asociaciones marianas, en los cuales encontramos fórmulas de "consagración" y oraciones para la misma o en recuerdo de ella.

Respecto a la práctica piadosa de la "consagración a María" no son infrecuentes las expresiones de aprecio de los Romanos Pontífices y son conocidas las fórmulas que ellos han recitado públicamente.

Un conocido maestro de la espiritualidad que presenta dicha práctica es San Luis María Grignion de Montfort, "el cual proponía a los cristianos la consagración a Cristo por manos de María, como medio eficaz para vivir fielmente el compromiso del bautismo".

A la luz del testamento de Cristo (cfr. Jn 19,25-27), el acto de consagración es el reconocimiento consciente del puesto singular que ocupa María de Nazaret en el Misterio de Cristo y de la Iglesia, del valor ejemplar y universal de su testimonio evangélico, de la confianza en su intercesión y la eficacia de su patrocinio, de la multiforme función materna que desempeña, como verdadera madre en el orden de la gracia, a favor de todos y de cada uno de sus hijos.

Hay que notar, sin embargo, que el término "consagración" se usa con cierta amplitud e impropiedad: "se dice, por ejemplo "consagrar los niños a la Virgen", cuando en realidad sólo se pretende poner a los pequeños bajo la protección de la Virgen y pedir para ellos su bendición maternal". Se entiende así la sugerencia de bastantes, de sustituir el término "consagración" por otros, como "entrega", "donación". De hecho, en nuestros días, los avances de la teología litúrgica y la exigencia consiguiente de un uso riguroso de los términos, sugieren que se reserve el término consagración a la ofrenda de uno mismo que tiene como término a Dios, como características la totalidad y la perpetuidad, como garantía la intervención de la Iglesia, como fundamento los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.

En cualquier caso, con respecto a esta práctica es necesario instruir a los fieles sobre su naturaleza. Aunque tenga las características de una ofrenda total y perenne: es sólo analógica respecto a la "consagración a Dios"; debe ser fruto no de una emoción pasajera, sino una decisión personal, libre, madurada en el ámbito de una visión precisa del dinamismo de la gracia; se debe expresar de modo correcto, en una línea, por así decir, litúrgica: al Padre por Cristo en el Espíritu Santo, implorando la intercesión gloriosa de María, a la cual se confía totalmente, para guardar con fidelidad los compromisos bautismales y vivir en una actitud filial con respecto a Ella; se debe realizar fuera del Sacrificio eucarístico, pues se trata de un acto de devoción que no se puede asimilar a la Liturgia: la entrega a María se distingue sustancialmente de otras formas de consagración litúrgica.



ORACIÓN PARA IMPLORAR FAVORES

 POR INTERCESIÓN DEL SIERVO DE DIOS EL PAPA JUAN PABLO II

Oh Trinidad Santa,  te damos gracias por haber concedido a la Iglesia al Papa Juan Pablo II y porque en él has reflejado la ternura de Tu paternidad, la gloria de la Cruz de Cristo y el esplendor del Espíritu de amor. El, confiando totalmente en tu infinita misericordia y en la maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna Contigo.  Concédenos, por su intercesión, y si es Tu voluntad, el favor que imploramos, con la esperanza de que sea pronto incluido en el número de tus santos.

Padrenuestro. Avemaría. Gloria.

Con aprobación eclesiástica

CARD. CAMILLO RUINI
Vicario General de Su Santidad
para la Diócesis de Roma


Se ruega a quienes obtengan gracias por intercesión del Siervo de Dios Juan Pablo II, las comuniquen al Postulador de la Causa, Monseñor Slawomir Oder. Vicariato di Roma. Piazza San Giovanni in Laterano 6/A  00184 ROMA . También puede enviar su testimonio  por correo electrónico a la siguiente dirección: postulazione.giovannipaoloii@vicariatusurbis.org


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