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Meditar
con María los misterios de la vida de su
Hijo.
La
espiritualidad cristiana tiene como
característica el deber del discípulo
de configurarse cada vez más
plenamente con su Maestro (cf. Rm 8,
29; Flp 3, 10. 21). La efusión del
Espíritu en el Bautismo une al
creyente como el sarmiento a la vid,
que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo
hace miembro de su Cuerpo místico
(cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta
unidad inicial, sin embargo, ha de
corresponder un camino de adhesión
creciente a Él, que oriente cada
vez más el comportamiento del discípulo
según la 'lógica' de Cristo: «Tened
entre vosotros los mismos
sentimientos que Cristo» (Flp
2, 5). Hace falta, según las
palabras del Apóstol, «revestirse
de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga
3, 27).
En el recorrido espiritual
del Rosario, basado en la
contemplación incesante del rostro
de Cristo, en compañía de María, este
exigente ideal de configuración con
Él se consigue a través de una
asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'.
Ésta nos introduce de modo natural
en la vida de Cristo y nos hace como
'respirar' sus sentimientos. Acerca
de esto dice el Beato Bartolomé
Longo: «Como dos amigos,
frecuentándose, suelen parecerse
también en las costumbres, así
nosotros, conversando familiarmente
con Jesús y la Virgen, al meditar
los Misterios del Rosario, y
formando juntos una misma vida de
comunión, podemos llegar a ser, en
la medida de nuestra pequeñez,
parecidos a ellos, y aprender de
estos eminentes ejemplos el vivir
humilde, pobre, escondido, paciente
y perfecto». (I Quindici Sabati
del Santissimo Rosario,27 ed.,
Pompeya 1916, p. 27.)
Además, mediante este proceso
de configuración con Cristo, en el
Rosario nos encomendamos en
particular a la acción materna de
la Virgen Santa. Ella, que es la
madre de Cristo y a la vez miembro
de la Iglesia como «miembro
supereminente y completamente
singular», (Lumen Gentium, 53)
es al mismo tiempo 'Madre de la
Iglesia'. Como tal 'engendra'
continuamente hijos para el Cuerpo místico
del Hijo. Lo hace mediante su
intercesión, implorando para ellos
la efusión inagotable del Espíritu.
Ella es el icono perfecto de la
maternidad de la Iglesia.
El Rosario nos transporta místicamente
junto a María, dedicada a seguir el
crecimiento humano de Cristo en la
casa de Nazaret. Eso le permite
educarnos y modelarnos con la misma
diligencia, hasta que Cristo «sea
formado» plenamente en nosotros
(cf. Ga 4, 19). Esta acción de María,
basada totalmente en la de Cristo y
subordinada radicalmente a ella, «favorece,
y de ninguna manera impide, la unión
inmediata de los creyentes con
Cristo». (Lumen Gentium, 60) Es
el principio iluminador expresado
por el Concilio Vaticano II, que tan
intensamente he experimentado en mi
vida, haciendo de él la base de mi
lema episcopal: Totus tuus.
Un lema, como es sabido,
inspirado en la doctrina de San Luis
María Grignion de Montfort, que
explicó así el papel de María en
el proceso de configuración de cada
uno de nosotros con Cristo: «Como
quiera que toda nuestra perfección
consiste en el ser conformes, unidos
y consagrados a Jesucristo, la más
perfecta de la devociones es, sin
duda alguna, la que nos conforma,
nos une y nos consagra lo más
perfectamente posible a Jesucristo.
Ahora bien, siendo María, de todas
las criaturas, la más conforme a
Jesucristo, se sigue que, de todas
las devociones, la que más consagra
y conforma un alma a Jesucristo es
la devoción a María, su Santísima
Madre, y que cuanto más consagrada
esté un alma a la Santísima Virgen,
tanto más lo estará a Jesucristo».
(Tratado de la verdadera devoción
a la Santísima Virgen, 120). De
verdad, en el Rosario el camino de
Cristo y el de María se encuentran
profundamente unidos. ¡María no
vive más que en Cristo y en función
de Cristo! (JUAN PABLO II .ROSARIUM
VIRGINIS MARIAE, 15).
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INTRODUCCIÓN. DEDICATORIAS

1) Ministros del Altísimo,
predicadores de la verdad, clarines del Evangelio: permítanme
presentarles la rosa blanca de este librito para hacer entrar en su
corazón y en su boca las verdades expuestas en él sencillamente y
sin artificio.
En el corazón, para que Ustedes mismos abracen la práctica del Santo
Rosario y saboreen sus frutos.
En la boca, para que prediquen a los demás la excelencia de esta
santa práctica y los atraigan a la conversión por medio de ella. No
vayan a considerar esta práctica como insignificante y de escasas
consecuencias. Así la miran el vulgo y aun muchos sabios orgullosos.
Pero, en verdad, es grande, sublime y divina. El Cielo nos la ha
dado para convertir a los pecadores más endurecidos y a los herejes
más obstinados. Dios vinculó a esta santa práctica del Santo Rosario
la gracia en esta vida y la gloria del Cielo. Los santos la han
puesto en práctica y los Sumos Pontífices la han autorizado.
¡Qué tal felicidad la del Sacerdote y director de almas a quienes el
Espíritu Santo haya revelado este secreto sólo conocido
superficialmente por los hombres! Si obtienen su conocimiento
práctico, lo recitarán todos los días e impulsarán a otros a
recitarlo. Dios y su Madre Santísima derramarán sobre Ustedes
gracias abundantes a fin de que sean instrumentos de su gloria. Y
Ustedes lograrán más éxito con sus palabras, aunque sencillas, en un
solo mes, que los demás predicadores en muchos años.
2) No nos contentemos, pues, queridos compañeros, con recomendar a
otros el rezo del Rosario. Tenemos que rezarlo nosotros. Podremos
estar intelectualmente convencidos de su excelencia, pero, si no lo
practicamos, poco empeño pondrán los oyentes en aceptar nuestro
consejo, porque nadie da lo que no tiene: «Comenzó Jesús a hacer
y enseñar» [Hech 1,1]. Imitemos a Jesucristo que empezó por hacer lo
que enseñaba. Imitemos al Apóstol, que no conocía ni predicaba sino
a Jesús crucificado.
Es lo que debemos hacer al predicar el Santo Rosario. Que –lo
veremos más adelante– no es sólo una repetición de Padrenuestros y
Avemarías, sino un compendio maravilloso de los misterios de la
vida, pasión, muerte y gloria de Jesús y de María.
Si creyera que la experiencia que Dios me ha dado sobre la eficacia
de la predicación del Santo Rosario para convertir a las almas, les
impulsará a Uds. a predicarlo, no obstante la costumbre contraria de
los predicadores, les contaría las maravillosas conversiones que he
logrado predicándolo. Me contentaré, sin embargo, con relatar en
este compendio algunas historias antiguas y comprobadas. Para
servicio suyo, he incluido también muchos pasajes latinos tomados de
buenos autores, que prueban lo que explico al pueblo en lengua
corriente.

Rosa encarnada
3) A Ustedes,
pobres pecadores, uno más pecador todavía, les ofrece la rosa
enrojecida con la sangre de Jesucristo, a fin de que florezcan y se
salven. Los impíos y pecadores empedernidos gritan a diario:
«Coronémonos de rosas» [Sab 2,8]. Cantemos también nosotros:
«Coronémonos con las rosas del Santo Rosario».
¡Ah! ¡Qué diferentes son sus rosas de las nuestras! Las suyas son
los placeres carnales, los vanos honores y las riquezas perecederas,
que pronto se marchitarán y consumirán. En cambio, las nuestras, es
decir nuestros Padrenuestros y Avemarías bien dichos, unidos a
nuestras buenas obras de penitencia, no se marchitarán ni agotarán
jamás, y su brillo será, de aquí a cien mil años, tan vivo como en
el presente.
Sus pretendidas rosas sólo tienen la apariencia de tales. En
realidad, son solamente punzantes espinas durante su vida, a causa
de los remordimientos de conciencia que los taladrarán a la hora de
la muerte con el arrepentimiento, y los quemarán durante toda la
eternidad a causa de la rabia y desesperación.
Si nuestras rosas tienen espinas, son las espinas de Jesucristo, que
Él convierte en rosas. Nuestras espinas punzan, pero sólo por algún
tiempo y ello para curarnos del pecado y darnos la salvación.
4) Coronémonos a porfía de estas rosas del Paraíso recitando todos
los días un Rosario, es decir las tres series de cinco misterios
cada una o tres pequeñas diademas de flores o coronas:
1o Para honrar las tres coronas de Jesús y de María: * de la
gracia de Jesús en la Encarnación, * su corona de espinas durante la
Pasión y * la de gloria en el Cielo de la Santísima Trinidad.
2o Para recibir de Jesús y María tres coronas: * la primera
de méritos, durante la vida; * la segunda de paz, en la hora de la
muerte, y * la tercera de gloria, en el Cielo.
Créanme que recibirán la corona que no se marchitará jamás
[1 Pe 5,4], si
se mantienen fieles en rezarlo devotamente hasta la muerte, no
obstante la enormidad de sus pecados. Aunque estuvieran ya al borde
del abismo, aunque fueran herejes tan endurecidos y obstinados como
demonios, se convertirán tarde o temprano y se salvarán, siempre
que, lo repito –noten bien las palabras y términos de mi consejo–
recen devotamente, todos los días hasta la muerte el Santo Rosario
con el fin de conocer la verdad y alcanzar la contrición y perdón de
los pecados. En esta obra hallarán muchas historias de pecadores
convertidos por la eficacia del Rosario. ¡Léanlas y medítenlas!

Rosal místico
5) Almas piadosas e iluminadas por el Espíritu
Santo, ciertamente no llevarán a mal que les ofrezca un pequeño
rosal místico bajado del Cielo, para que lo planten en el jardín de
sus almas. En nada perjudicará a las flores olorosas de su
contemplación. Es muy perfumado y totalmente divino. No perturbará
en lo más mínimo el orden de su jardín. Es muy puro y muy ordenado y
todo lo encamina al orden y a la pureza. Alcanza una altura tan
prodigiosa y de tan dilatada extensión, si se le riega y cultiva
todos los días como conviene, que no sólo no estorbará a las demás
devociones, sino que las conserva y perfecciona. ¡Ustedes, que son
almas espirituales, me comprenden claramente! Jesús y María con
su vida, muerte y eternidad constituyen este rosal.
6) Las hojas verdes de este rosal místico representan los misterios
gozosos de Jesús y de María. Las espinas, los dolorosos. Y las
flores, los gloriosos. Los capullos son la infancia de Jesús y de
María, las rosas entreabiertas representan a Jesús y María en sus
dolores. Y las totalmente abiertas muestran a Jesús y María en su
gloria y en su triunfo.
La rosa alegra con su hermosura: ahí están Jesús y María en los
misterios gozosos. Punza con sus espinas: ahí están Jesús y María en
los misterios dolorosos. Regocija con la suavidad de su perfume: ahí
están Jesús y María en los misterios gloriosos.
No desprecien, pues, mi rosal alegre y maravilloso. Siémbrenlo en su
alma, tomando la resolución de rezar el Rosario. Cultívenlo y
riéguenlo, recitándolo fielmente todos los días y obrando el bien.
Contemplarán cómo el grano que ahora parece tan pequeño, se
convertirá con el tiempo en un gran árbol en el que las aves del
Cielo, es decir las almas predestinadas y elevadas en contemplación,
pondrán su nido y morada para guarecerse a la sombra de sus hojas de
los ardores del sol, preservarse en su altura de las fieras de la
tierra y, finalmente, alimentarse con la delicadeza de su fruto, que
no es otro que el adorable Jesús, a quien sea el honor y la gloria
por la eternidad. Amén.

Capullo de Rosa
7) A
Ustedes, queridos niños, les ofrezco un hermoso capullo de rosas: el
granito de su Rosario, que les parece tan insignificante. Pero... ¡Oh!,
¡qué grano tan precioso! ¡Qué capullo tan admirable!; y ¡cómo se
desarrollará, si recitan devotamente el Avemaría! Quizás sea mucho
pedirles que recen un Rosario todos los días. Recen, por lo menos,
una tercera parte, con devoción. Será una linda diadema de rosas que
colocarán en las sienes de Jesús y de María. ¡Créanmelo! Escuchen
ahora y recuerden esta hermosa historia:
8) Dos niñitas, hermanas, estaban a la puerta de su casa recitando
el Rosario devotamente. Se les aparece una hermosa Señora, que
acercándose a la más pequeña, de sólo seis años, la toma de la mano
y se la lleva. La hermanita mayor, llena de turbación, la busca y no
habiendo podido hallarla, vuelve a casa llorando y diciendo que se
habían llevado a su hermana. El padre y la madre la buscan
inútilmente durante tres días. Pasado este tiempo, la encuentran en
la casa con el rostro alegre y gozoso. Le preguntan de dónde viene.
Ella responde que la Señora a quien rezaba el Rosario la había
llevado a un lugar hermoso, y le había dado de comer cosas muy
buenas y había colocado en sus brazos un bellísimo Niño a quien
había cubierto de besos. El padre y la madre, recién convertidos a
la fe, llaman al padre jesuita, que les había instruido en ella y en
la devoción del Rosario, y le relatan lo que había pasado. Él mismo
nos lo contó. Ocurrió en el Paraguay [CN, pág. 189-190 .Extractado
de: Antoine Boisseu, s.j.: Le chrétien prédestiné par la devoción
á Marie, Mére de Dieu. Lyon, 1686. Pág. 752)].
Imiten, queridos niños, a esas fervorosas niñas. Recen todos los
días la tercera parte del Rosario, y merecerán ver a Jesús y a
María, si no durante esta vida, sí después de la muerte, durante la
eternidad. Amén.
Así, pues, que sabios e ignorantes, justos y pecadores, grandes y
pequeños, alaben y saluden noche y día a Jesús y María con el Santo
Rosario.
«Saluden a María, que ha trabajado mucho en Ustedes» (Rom
16, 6).

Primera decena

Excelencia
del Santo Rosario manifestada por su origen y su nombre

1a Rosa: Las oraciones del Santo Rosario
9) El
Rosario encierra dos realidades: la oración mental y la vocal. La
oración mental en el Santo Rosario es la meditación de los
principales misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de
su Santísima Madre.
La oración vocal consiste en la recitación de quince decenas de
Avemarías precedidas de un Padrenuestro, unida a la meditación y
contemplación de las quince principales virtudes que Jesús y María
practicaron, conforme a los quince misterios del Santo Rosario.
En la primera parte, que consta de cinco decenas, se honran y
consideran los cinco misterios gozosos; en la segunda, los cinco
dolorosos; y en la tercera los cinco misterios gloriosos.
De este modo, el Rosario constituye un conjunto sagrado de oración
mental y vocal para honrar e imitar los misterios y virtudes de la
vida, muerte, pasión y gloria de Jesucristo y de María.

2a Rosa:
Origen del Santo Rosario
10) El Santo Rosario,
compuesto fundamental y sustancialmente por la oración de
Jesucristo (el Padrenuestro), la salutación angélica (el Avemaría)
y la meditación de los misterios de Jesús y María, constituye,
sin duda, la primera plegaria y la primera devoción de los
creyentes. Desde los tiempos de los apóstoles y discípulos ha
estado en uso, siglo tras siglo, hasta nuestros días.
11) Sin embargo, el Santo Rosario, en la forma y método de que hoy
nos servimos en su recitación, sólo fue inspirado a la Iglesia, en
1214, por la Santísima Virgen que lo dio a Santo Domingo para
convertir a los herejes albigenses y a los pecadores. Ocurrió en la
forma siguiente, según lo narra el beato Alano de la Rupe en su
famoso libro titulado “Dignidad del Salterio”.
Viendo Santo Domingo que los crímenes de los hombres obstaculizaban
la conversión de los albigenses, entró a un bosque próximo a
Tolosa y permaneció allí tres días dedicado a la penitencia y a
la oración continua, sin cesar de gemir, llorar y mortificar su
cuerpo con disciplina para calmar la cólera divina, hasta que cayó
medio muerto. La Santísima Virgen se le apareció en compañía de
tres princesas celestiales, y le dijo: «¿Sabes, querido
Domingo, de qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para
reformar el mundo?». «Señora, Tú lo sabes mejor que yo
–respondió él–, porque, después de Jesucristo, Tú fuiste el
principal instrumento de nuestra salvación». «Pues la
principal pieza de combate ha sido el salterio angélico, que es el
fundamento del Nuevo Testamento. Por ello, si quieres ganar para
Dios esos corazones endurecidos, predica mi Salterio».
Se levantó el Santo muy consolado. Inflamado de celo por la salvación
de aquellas gentes, entró en la catedral. Al momento repicaron las
campanas para reunir a los habitantes. Al comenzar él su predicación,
se desencadenó una horrible tormenta, tembló la tierra, se
oscureció el sol, truenos y relámpagos repetidos hicieron
palidecer y temblar a los oyentes. El terror de éstos aumentó
cuando vieron que una imagen de la Santísima Virgen expuesta en
lugar prominente, levantaba los brazos al cielo tres veces para
pedir a Dios venganza contra ellos, si no se convertían y recurrían
a la protección de la Santa Madre de Dios.
Quería el cielo con estos prodigios promover esta nueva devoción
del Santo Rosario y hacer que se la conociera más.
Gracias a la oración de Santo Domingo, se calmó finalmente la
tormenta. Prosiguió él su predicación, explicando con tanto
fervor y entusiasmo la excelencia del Santo Rosario, que casi todos
los habitantes de Tolosa lo aceptaron, renunciando a sus errores. En
poco tiempo se experimentó un gran cambio de vida y costumbres en
la ciudad.

3a Rosa: El
Santo Rosario y Santo Domingo
12)
El establecimiento del Santo Rosario en forma tan milagrosa, guarda
cierta semejanza con la manera de que se sirvió Dios para promulgar
su Ley en el Monte Sinaí, y manifiesta claramente la excelencia de
esta maravillosa práctica.
Santo Domingo, iluminado por el Espíritu Santo e instruido por la
Santísima Virgen y por su propia experiencia, dedicó el resto de
su vida a predicar el Santo Rosario con su ejemplo y su palabra, en
las ciudades y los campos, ante grandes y pequeños, sabios e
ignorantes, católicos y herejes. El Santo Rosario, que rezaba todos
los días, constituía su preparación antes de predicar y su acción
de gracias después de la predicación.
13) Se preparaba el Santo, detrás del altar mayor de Nuestra Señora
de París, con el rezo del Santo Rosario, para predicar en las
fiestas de San Juan Evangelista, cuando se le apareció la Santísima
Virgen y le dijo: «Aunque lo que tienes preparado para
predicar sea bueno, ¡aquí te traigo un sermón mejor!» El
Santo recibe de las manos de María el escrito que contiene el sermón,
lo lee, lo saborea, lo comprende y da gracias por él a la Santísima
Virgen. Llegada la hora del sermón, sube al púlpito y, después de
haber recordado en alabanza de San Juan, tan sólo que había sido
el guardián de la Reina de los Cielos, dijo a la asamblea de nobles
y doctores que habían venido a escucharlo y estaban acostumbrados a
oír sólo discursos artificiosos y floridos, que no les hablaría
con palabras elocuentes de la sabiduría humana, sino con la
sencillez y fuerza del Espíritu Santo.
Les predicó el Santo Rosario, explicándoles palabra por palabra,
como a los niños, la salutación angélica, sirviéndose de
comparaciones muy sencillas, leídas en el escrito que le diera la
Santísima Virgen.
14) Aquí están las palabras del Sabio Cartagena que él tomó, en
parte, del libro del Beato Alano de la Rupe, “Dignidad del
Salterio”: Afirma el Beato Alano que su padre, Santo Domingo, le
dijo un día en una revelación: ¡Hijo mío!, tú predicas. Pero,
para que no busques la alabanza humana sino la salvación de las
almas, escucha lo que me sucedió en París. Debía predicar en la
Iglesia Mayor de Santa María y quería hacerlo ingeniosamente, no
por jactancia, sino a causa de la nobleza y dignidad de los
asistentes. Mientras oraba, según mi costumbre, casi durante una
hora, mediante la recitación de mi Salterio (es decir el Rosario)
antes del sermón, tuve un éxtasis. Veía a mi amada Señora, la
Virgen María, que ofreciéndome un libro me decía: «¡Por
bueno que sea el sermón que vas a predicar, aquí traigo uno mejor!»
Muy contento, tomé el libro, lo leí todo y, como María lo había
dicho, encontré lo que debía predicar. Se lo agradecí de todo
corazón.
Llegada la hora del sermón, subí a la cátedra sagrada. Era la
fiesta de San Juan, pero sólo dije del Apóstol que mereció ser
escogido para guardián de la Reina del Cielo. En seguida hablé así
a mi auditorio: «¡Señores e ilustres Maestros! Uds. están
acostumbrados a oír sermones sabios y elegantes. Pero no quiero
dirigirles doctas palabras de sabiduría humana, sino mostrarles el
espíritu de Dios y su virtud». Entonces –añade Cartagena
siguiendo al Beato Alano– Santo Domingo les explicó la salutación
angélica mediante comparaciones y semejanzas muy sencillas
(Alano de la Rupe, De Dignitate Psalterii; c. 18; Cartagena, De
Sacris Arcanis Deiparae; L. 16, h. 1; CN, pág. 187-188)
15) El Beato Alano, como dice el mismo Cartagena, relata muchas
otras apariciones del Señor y de la Santísima Virgen a Santo
Domingo para instarle y animarle más y más a predicar el Santo
Rosario a fin de combatir el pecado y convertir a los pecadores
herejes. Oigamos este pasaje: «El Beato Alano refiere que la Santísima
Virgen le reveló que Jesucristo, su Hijo, se había aparecido después
de Ella a Santo Domingo y le había dicho: "Domingo, me
alegro de que no te apoyes en tu sabiduría y de que trabajes con
humildad en la salvación de las almas sin preocuparte por complacer
la vanidad humana. Muchos predicadores quieren desde el comienzo
tronar contra los pecados más graves, olvidando que, antes de dar
un remedio penoso, es necesario preparar al enfermo para que lo
reciba y aproveche. Por ello deben exhortar antes al auditorio al
amor a la oración y, especialmente, a mi salterio angélico. Porque
si todos comienzan a rezarlo, no hay duda de que la clemencia divina
será propicia con los que perseveran. Predica, pues, mi Rosario»
(Alano de la Rupe,
De D.P., c. 17; Cartagena, De S.A.D., L. 16, h. 1; CN. pág. 156.).
16) En otro lugar dice: Todos los predicadores hacen rezar a los
cristianos la salutación angélica al comenzar sus sermones, para
obtener la gracia divina. La razón de ello es la revelación de la
Santísima Virgen a Santo Domingo: «Hijo mío no te
sorprendas de no lograr éxito con tus predicaciones. Porque
trabajas en una tierra que no ha sido regada por la lluvia. Recuerda
que cuando Dios quiso renovar el mundo, envió primero la lluvia de
la salutación angélica. Así se renovó el mundo. Exhorta, pues, a
las gentes en tus sermones a rezar el Rosario y recogerás grandes
frutos para las almas." Lo hizo así el Santo
constantemente y obtuvo notable éxito con sus predicaciones.
Puedes leer esto en: a) El
Libro de los Milagros del Santo Rosario, escrito en italiano; y b) En
el discurso 243 de Justino.
17) Me he complacido en citarte palabra por palabra los pasajes de
estos serios autores, en favor de los predicadores y personas
eruditas que pudieran dudar de la maravillosa eficacia del Santo
Rosario. Mientras los predicadores, siguiendo el ejemplo de Santo
Domingo, enseñaron la devoción del Santo Rosario, florecían la
piedad y el fervor en las Órdenes Religiosas que lo practicaban y
en el mundo cristiano, pero cuando se empezó a descuidar este
regalo venido del Cielo, sólo vemos pecados y desórdenes por todas
partes.

4a Rosa: El Santo Rosario y el
beato Alano
18) Todas las cosas,
inclusive las más santas, en la medida en que dependen de la
voluntad humana, están sujetas a cambio. No hay, pues, por qué
extrañarse de que la Cofradía del Santo Rosario no haya subsistido
en su primitivo fervor sino hasta unos cien años después de su
fundación. Después estuvo casi sumida en el olvido.
Además la malicia y
envidia del demonio han contribuido seguramente para que se
descuidara el Santo Rosario, a fin de detener los torrentes de
gracia divina que esta devoción atrae al mundo. Efectivamente la
justicia divina afligió todos los reinos europeos en el año 1384
con la peste más temible que se haya visto jamás. Ésta se extendió
desde Oriente por Italia, Alemania, Francia, Polonia, Hungría,
devastando casi todos estos territorios, ya que de cada cien
hombres sólo quedaba uno vivo. Las ciudades, los pueblos, las
aldeas y los monasterios quedaron casi desiertos durante los tres
años que duró la epidemia.
19) Después de que,
por la misericordia divina, cesaron estas calamidades, la
Santísima Virgen ordenó al Beato Alano de la Rupe, célebre doctor
y famoso predicador de la Orden de Santo Domingo del convento de
Dinán en Bretaña, renovar la antigua Cofradía del Santo Rosario, a
fin de que un Religioso del mismo lugar tuviera el honor de
restaurarla. Este bienaventurado Padre comenzó a trabajar en tan
noble empresa en el año 1460, sobre todo después de que el Señor,
como lo cuenta él mismo, le dijo cierto día desde la Sagrada
Hostia, mientras celebraba la Santa Misa, a fin de impulsarlo a
predicar el Santo Rosario: «¿Por qué me crucificas de nuevo?».
«¿Cómo Señor?», respondió sorprendido el Beato Alano. «Tus
pecados me crucifican –respondió Jesucristo–. Aunque preferiría
ser crucificado de nuevo, a ver a mi Padre ofendido por los
pecados que has cometido. Tú me sigues crucificando, porque tienes
la ciencia y cuanto es necesario para predicar el Rosario de mi
Madre e instruir y alejar del pecado a muchas almas... Podrías
salvarlas y evitar grandes males. Pero al no hacerlo, eres
culpable de sus pecados». Tan terribles reproches hicieron que
el Beato Alano se decidiera a predicar intensamente el Rosario.
20) La Santísima
Virgen le dijo también cierto día, para animarlo más todavía a
predicar el Santo Rosario: «Fuiste un gran pecador en tu
juventud. Pero yo te alcancé de mi Hijo la conversión. He pedido
por ti y deseado, si fuera posible toda clase de trabajos por
salvarte, ya que los pecadores convertidos constituyen mi gloria,
y hacerte digno de predicar por todas partes mi Rosario».
Santo Domingo,
describiéndole los grandes frutos que había conseguido entre las
gentes por esta hermosa devoción que él predicaba continuamente le
decía: «Mira los frutos que he alcanzado con la predicación del
Santo Rosario. Que hagan lo mismo tú y cuantos aman a la Santísima
Virgen, para atraer, mediante el Santo ejercicio del Rosario, a
todos los pueblos a la ciencia verdadera de la virtud».
Esto es, en resumen,
lo que la historia nos enseña acerca del establecimiento del Santo
Rosario por Santo Domingo y su restauración por el Beato Alano de
la Rupe.
5a Rosa: La Cofradía del Santo
Rosario
21) Estrictamente
hablando, no hay sino una Cofradía del Rosario, compuesto de
ciento cincuenta Avemarías. Pero en relación a las personas que lo
practican, podemos distinguir tres clases: el Rosario común u
Ordinario, el Rosario Perpetuo y el Rosario Cotidiano.
La Cofradía del
Rosario Ordinario sólo exige recitarlo una vez por semana. La del
Rosario Perpetuo, una vez al año. La del Rosario Cotidiano, en
cambio, rezarlo completo, es decir, las ciento cincuenta
Avemarías, todos los días. Ninguna de estas Cofradías implica
obligación bajo pecado, ni siquiera venial, si no lo rezamos.
Porque el compromiso de rezarlo es totalmente voluntario y de
supererogación. Pero no debe alistarse en la Cofradía quien no
tenga voluntad decidida de rezarlo, conforme lo exige la Cofradía
y siempre que pueda sin faltar a las obligaciones del propio
estado. De suerte que, cuando el rezo del Rosario coincide con una
obligación de estado, hay que preferir ésta al Rosario, por santo
que éste sea. Cuando, a causa de enfermedad, no se le pueda
recitar todo o en parte sin agravar el padecimiento, no obliga. Y
cuando, por legítima obediencia, olvido involuntario o necesidad
apremiante, no fue posible rezarlo, no hay pecado ninguno, ni
siquiera venial. Y no por ello dejas de participar en las gracias
y méritos de los cofrades del Santo Rosario que lo rezan en todo
el mundo.
Y si dejas de rezarlo
por pura negligencia, pero sin desprecio formal, absolutamente
hablando, tampoco pecas. Pero pierdes la participación en las
oraciones, buenas obras y méritos de la Cofradía. Y por tu
negligencia en cosas pequeñas y de supererogación, caerás
insensiblemente en la infidelidad a las cosas grandes y de
obligación esencial: «Quien desprecia lo pequeño, poco a poco
se precipita» (Eclo 19,1).
.
6a Rosa: El Salterio o Rosario
de la Santísima Virgen María
22) Desde que Santo
Domingo estableció esta devoción, hasta el año 1460, en que el
Beato Alano la restauró por orden del Cielo, se la denominó el
“Salterio de Jesús y de la Santísima Virgen”. Porque contiene
tantas Avemarías como salmos tiene el Salterio de David y porque
los sencillos e ignorantes que no pueden rezar el Salterio
davídico sacan de la recitación de Santo Rosario tanto o mayor
fruto que el que se consigue con la recitación de los salmos de
David:
1º. Porque el Salterio
Angélico tiene un fruto más noble, a saber, el Verbo encarnado, a
quien el salterio davídico solamente predice;
2º. Porque así como la
realidad supera a la imagen y el cuerpo a la sombra, del mismo
modo el Salterio de la Santísima Virgen sobrepasa al de David, que
sólo fue sombra y figura de aquél;
3º. Porque la
Santísima Trinidad compuso directamente el Salterio de la
Santísima Virgen, es decir, el Rosario, compuesto de Padrenuestros
y Avemarías.
El sabio Cartagena
refiere al respecto: «El sapientísimo de Aix-la-Chapelle (J.
Beyssel) en su libro sobre la Corona de Rosas, dedicado al
Emperador Maximiliano, dice: «No puede afirmarse que la salutación
mariana sea una invención reciente. Se extendió con la Iglesia,
los fieles más instruidos celebraban las alabanzas divinas con la
triple cincuentena de salmos davídicos. Entre los más humildes,
que encontraban diversas dificultades en el rezo del Oficio
Divino, surgió una santa emulación. Pensaron, y con razón, que en
el celestial elogio (el Rosario) se incluyen todos los secretos
divinos de los salmos. Sobre todo porque los salmos cantaban al
que debía venir, mientras que esta fórmula de plegaria se dirige
al que ha venido ya. Por eso comenzaron a llamar “Salterio
Mariano” a las tres series de cincuenta oraciones, anteponiendo a
cada decena la oración dominical como habían visto hacer a quienes
recitaban los salmos».
23) El Salterio o
Rosario de la Santísima Virgen se compone de tres Coronas de cinco
decenas cada una, con el fin de:
1º. Honrar a las
personas de la Santísima Trinidad;
2º. Honrar la vida,
muerte y gloria de Jesucristo;
3º. Imitar a la
Iglesia triunfante, ayudar a la peregrinante y aliviar a la
paciente;
4º. Imitar las tres
partes del salterio, la primera de las cuales mira a la vía
purgativa; la segunda, a la vía iluminativa; la tercera, a la vía
unitiva;
5º. Colmarnos de
gracia durante la vida, de paz en la hora de la muerte, y de
gloria en la eternidad.

7a Rosa: El
Santo Rosario: Corona de rosas
24) Desde cuando el
Beato Alano de la Rupe restauró esta devoción, la voz del pueblo
que es la voz de Dios, la llamó ROSARIO, es decir, corona de
rosas, lo cual significa que cuantas veces se recita el Rosario
como es debido, colocamos en la cabeza de Jesús y de María una
corona de ciento cincuenta y tres rosas blancas y dieciséis rosas
encarnadas del Paraíso, que no perderán jamás su belleza ni
esplendor.
La Santísima Virgen
aprobó y confirmó el nombre de Rosario, revelando a varias
personas, que le presentaban tantas rosas agradables cuantas
Avemarías recitaban en su honor y tantas coronas de rosas como
Rosarios.
25) El Hermano Alfonso
Rodríguez, jesuita, rezaba con tanto fervor, que veía con
frecuencia salir de su boca una rosa encarnada a cada Padrenuestro
y una rosa blanca a cada Avemaría: iguales ambas en belleza y
fragancia y sólo diferentes en el color.
Cuentan las crónicas
de San Francisco que un joven religioso tenía la laudable
costumbre de rezar todos los días antes de la comida la Corona de
la Santísima Virgen. Cierto día, no se sabe por qué, faltó a
ella. Cuando sonó la campana para la comida, rogó al Superior le
permitiera rezar la Corona antes de sentarse a la mesa. Obteniendo
el permiso, se retiró a su celda. Pero, como tardase mucho en
volver, el Superior envió a un Religioso a llamarlo. Éste
lo encontró en su celda, iluminado de celestiales resplandores.
La Santísima Virgen y dos Ángeles estaban al lado de él. A cada
Avemaría salía de la boca del Religioso una bellísima rosa. Los
Ángeles recogían las rosas, una tras otra, y las colocaban sobre
la cabeza de la Santísima Virgen que se mostraba evidentemente
complacida de ello.
Otros Religiosos,
enviados para saber la causa de la demora de sus compañeros,
vieron el mismo prodigio. La Santísima Virgen no desapareció
hasta que terminó el rezo de la Corona.
El Rosario es, pues,
una gran corona, y el de cinco decenas una diadema o guirnalda de
rosas celestiales que se coloca en la cabeza de Jesús y de María.
La rosa es la reina de las flores. El Rosario, a su vez, es la
rosa y la primera de las devociones.
8a Rosa:
Maravillas del Santo Rosario
26) No es posible
expresar cuánto prefiere la Santísima Virgen el Rosario a las
demás devociones, cuán benigna se muestra para recompensar a
quienes trabajan en predicarlo, establecerlo y cultivarlo y cuán
terrible, por el contrario, contra quienes se oponen a rezo del
Santo Rosario.
Santo Domingo no
puso en nada tanto empeño durante su vida como en alabar a la
Santísima Virgen, predicar sus grandezas y animar a todo el
mundo a honrarla con el Rosario. La poderosa Reina del Cielo, a
su vez, no cesó de derramar sobre el Santo bendiciones a manos
llenas. Ella coronó sus trabajos con mil prodigios y milagros y
él alcanzó de Dios cuanto pidió por intercesión de la Santísima
Virgen. Para colmo de favores, le concedió la victoria sobre
los albigenses y le hizo padre y patriarca de su gran Orden.
27) Y ¿qué decir
del Beato Alano de la Rupe, restaurador de esta devoción? La
Santísima Virgen lo honró varias veces con su visita para
ilustrarlo acerca de los medios de alcanzar la salvación,
convertirse en buen Sacerdote, perfecto Religioso e imitador de
Jesucristo.
Durante las
tentaciones y horribles persecuciones del demonio que lo
llevaban a una extrema tristeza y casi a la desesperación, Ella
lo consolaba, disipando, con su dulce presencia, tantas nubes y
tinieblas. Le enseñó el modo de rezar el Rosario, lo instruyó
acerca de sus frutos y excelencias, lo favoreció con la
gloriosa cualidad de esposo suyo y, como arras de su casto amor,
le colocó el anillo en el dedo y al cuello un collar hecho con
sus cabellos, dándole también un Rosario. El Abad Tritemio, el
sabio Cartagena, el doctor Martín Navarro y otros hablan de él
elogiosamente. Después de atraer a la Cofradía del Rosario a más
de cien mil personas, murió en Zwolle, Flandes, el 8 de
setiembre de 1475.
28) Envidioso el
demonio de los grandes frutos que el Beato Tomás de San Juan, célebre
predicador del Santo Rosario, lograba con esta práctica, lo
redujo con duros tratos a una larga y penosa enfermedad en la
que fue desahuciado por los médicos. Una noche creyéndose a
punto de morir, se le apareció el demonio, bajo una espantosa
figura. Pero él levantó los ojos y el corazón hacia una
imagen de la Santísima Virgen que se hallaba cerca de su lecho
y gritó con todas sus fuerzas: «¡Ayúdame! ¡Socórreme! ¡Dulcísima
Madre mía!».
Tan pronto como
pronunció estas palabras, la imagen de la Santísima Virgen le
tendió la mano y agarrándole por el brazo le dijo: «¡No
tengas miedo, Tomás, hijo mío! ¡Aquí estoy para ayudarte! ¡Levántate
y sigue predicando la devoción de mi Rosario, como habías
empezado a hacerlo! ¡Yo te defenderé contra todos tus enemigos!».
A estas palabras de la Santísima Virgen huyó el demonio. El
enfermo se levantó perfectamente curado, dio gracias a su
bondadosa Madre con abundantes lágrimas y continuó predicando
el Rosario con éxito maravilloso.
29) La Santísima
Virgen no favorece solamente a quienes predican el Rosario, sino
que recompensa también gloriosamente a quienes con su ejemplo
atraen a los demás a esta devoción.
Alfonso IX
(1188-1230), rey de León y de Galicia, deseando que todos sus
criados honraran a la Santísima Virgen con el Rosario, resolvió,
para animarlos con su ejemplo, llevar ostensiblemente un gran
rosario, aunque sin rezarlo. Bastó esto para obligar a toda la
corte a rezarlo devotamente.
El rey cayó enfermo
de gravedad. Ya lo creían muerto, cuando, arrebatado en espíritu
ante el tribunal de Jesucristo, vio a los demonios que le
acusaban de todos los crímenes que había cometido. Cuando el
divino Juez lo iba ya a condenar a las penas eternas, intervino
en favor suyo la Santísima Virgen. Trajeron, entonces, una
balanza: en un platillo de la misma colocaron los pecados del
rey. La Santísima Virgen colocó en el otro el rosario que
Alfonso había llevado para honrarla y los que, gracias a su
ejemplo, habían recitado otras personas. Esto pesó más que
los pecados del rey. La Virgen le dijo luego, mirándole
benignamente: «Para recompensarte por el pequeño
servicio que me hiciste al llevar mi Rosario, te he alcanzado de
mi Hijo la prolongación de tu vida por algunos años. ¡Empléalos
bien y haz penitencia!»
Volviendo en sí el
rey exclamó: «Oh bendito Rosario de la Santísima Virgen, que
me libró de la condenación eterna!» Y después de recobrar la
salud, fue siempre devoto del Rosario y lo recitó todos los días.
Que los devotos de
la Santísima Virgen traten de ganar el mayor número de fieles
para la Cofradía del Santo Rosario, a ejemplo de estos santos y
de este rey. Así conseguirán en la tierra la protección de
María y luego la vida eterna: «Los que me den a conocer,
alcanzarán la vida eterna» (Eclo 24,31).
9a Rosa:
Lo enemigos del Santo Rosario
30) Veamos
ahora cuán injusto es impedir el progreso de la Cofradía del
Santo Rosario y cuales son los castigos que Dios inflige a los
infelices que la han despreciado o intentado destruirla.
Aunque la devoción
del Santo Rosario ha sido autorizada por el Cielo con muchos
milagros y ha recibido la aprobación de la Iglesia mediante
Bulas pontificias, no faltan hoy libertinos, impíos y gentes
orgullosas que se atreven a difamar la Cofradía del Santo
Rosario o alejar de ella a los fieles. Es fácil reconocer que
sus lenguas están infectadas con el veneno del infierno y que
se mueven a impulso del maligno. Nadie, en efecto, podría
desaprobar la devoción del Santo Rosario sin condenar al mismo
tiempo lo más piadoso que existe en la religión cristiana, a
saber: la oración dominical, la salutación angélica, los
misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de su Santísima
Madre. Estos orgullosos no pueden soportar que se rece el
Rosario y caen con frecuencia, inconscientemente, en el criterio
reprobable de los herejes que detestan el Rosario y la Corona.
Aborrecer las Cofradías
es alejarse de Dios y de la auténtica piedad, dado que
Jesucristo asegura que se halla entre quienes se reúnen en su
nombre. Ni es ser buen católico despreciar tantas y tan grandes
indulgencias como la Iglesia concede a la Cofradía. Finalmente,
disuadir a los fieles de que pertenezcan a la Cofradía del
Santo Rosario, es obrar como enemigo de la salvación de las
almas, ya que por medio de ella abandonan el pecado para abrazar
la piedad. San Buenaventura afirma con razón en su Salterio (Psalterium,
lect. 4), que quien desprecia a la Santísima Virgen morirá en
pecado y se condenará. ¡Qué castigos no deben esperar quienes
alejan a los demás de la devoción hacia Ella!
10a Rosa:
Los milagros del Santo Rosario
31) Mientras Santo
Domingo predicaba esta devoción en Carcasona, un hereje se
dedicó a ridiculizar los milagros y los quince misterios del
Santo Rosario. Impedía así la conversión de los herejes.
Dios permitió, para castigo de este impío, que 15.000
demonios se apoderaran de su cuerpo. Sus padres lo condujeron
entonces al Santo para que lo librara de los espíritus
malignos. Se puso Santo Domingo en oración y exhortó a la
multitud a rezar con él en alta voz el Rosario. Y he aquí
que a cada Avemaría la Santísima Virgen hacía salir cien
demonios del cuerpo del hereje, en forma de carbones
encendidos. Una vez liberado, el hereje abjuró de sus errores,
se convirtió y se hizo inscribir en la Cofradía del Rosario,
con muchos otros correligionarios suyos, conmovidos ante este
castigo y la fuerza del Rosario.
32) El sabio
Cartagena, franciscano, y otros autores refieren que en el año
1482, cuando el venerable Padre Diego Sprenger y sus
Religiosos trabajaban con gran celo por el restablecimiento de
la devoción y Cofradía del Santo Rosario en la ciudad de
Colonia, dos célebres predicadores, envidiosos de los frutos
maravillosos que los primeros obtenían mediante esta práctica,
intentaban desacreditarla en sus propios sermones. Gracias al
talento y fama que gozaban, apartaban a muchos de inscribirse
en la Cofradía. Para conseguir mejor sus perniciosos intentos,
uno de ellos preparó expresamente un sermón para el domingo
siguiente.
Llega la hora de
la predicación, pero el predicador no aparece. Se le espera.
Se le busca, y finalmente lo encuentran muerto, sin que
hubiera podido ser auxiliado por nadie. Persuadido el otro
predicador de que se trataba de un accidente natural, resuelve
reemplazar a su compañero en la triste empresa de abolir la
Cofradía del Rosario. Llegan el día y la hora del sermón.
Pero Dios lo castigó con una parálisis que le quitó el
movimiento y la palabra. Reconociendo su falta y la de su
compañero, recurrió de corazón a la Santísima Virgen,
prometiéndole predicar por todas partes el Rosario con tanto
empeño como aquel con que lo había combatido. Le suplicó
que para ello le devolviera la salud y la palabra. La Santísima
Virgen accedió a su petición. Sintiéndose repentinamente
curado, se levantó como otro Saulo, cambiado de perseguidor
en defensor del Santo Rosario. Reparó públicamente su culpa
y predicó con gran celo y elocuencia las excelencias del
Santo Rosario.
33) No dudo de que
las gentes críticas y orgullosas de hoy, al leer estas
historias, pongan en duda su autenticidad, como han hecho
siempre. Yo sólo las he transcrito de muy buenos autores
contemporáneos, y en parte, de un libro reciente del P.
Antonino Thomas, dominico, titulado El Rosal Místico.
Todo el mundo sabe,
por otra parte, que hay tres clases de fe para las diferentes
historias. A los acontecimientos narrados en la Sagrada
Escritura debemos una fe divina. A los relatos profanos, que
no repugnan la razón y han sido escritos por serios autores,
una fe humana. A las historias piadosas referidas por buenos
autores y no contrarias a la razón, la fe o las buenas
costumbres, aunque a veces sean extraordinarias, una fe
piadosa.
Confieso que no
debemos ser ni muy crédulos ni muy críticos, sino optar
siempre por el justo medio para descubrir dónde se hallan la
verdad y la virtud. Pero estoy convencido igualmente que así
como la caridad cree fácilmente cuanto no es contrario a la
fe ni a las buenas costumbres –«La caridad todo lo cree»
(1 Cor 13,7)–, del mismo modo, el orgullo lleva a negar casi
todas las historias bien fundadas, so pretexto de que no se
encuentran en la Sagrada Escritura.
En la trampa
tendida por satanás, en la que cayeron los herejes que
negaban la Tradición. Trampa en la que caen, sin darse cuenta,
los críticos de hoy, que no creen lo que no comprenden o no
les agrada, sin más motivo que su orgullo y autosuficiencia.

Segunda decena

Excelencia
del Santo Rosario por las oraciones de que está compuesto.
11a Rosa: El Credo

34) El Credo o símbolo
de los Apóstoles, que se reza sobre el Crucifijo del Rosario, es
una plegaria de gran mérito, por ser un sagrado compendio y
resumen de las verdades cristianas.
La fe, en efecto, es
la base, fundamento y principio de todas las virtudes cristianas,
de todas las verdades eternas y de todas las plegarias agradables
a Dios. «Quien se acerca a Dios ha de comenzar por creer»
(Heb 11,6). Sí, quien se acerca a Dios en la oración debe comenzar
con un acto de fe y cuanto mayor sea su fe, más eficaz y meritorio
para él y más gloriosa para Dios será su plegaria.
No me detendré a
explicar las palabras del símbolo de los Apóstoles. Pero no puedo
menos de aclarar las primeras palabras: «Creo en Dios».
Éstas encierran los
actos de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la
caridad. Tienen una eficacia maravillosa para santificarnos y
derrotar al demonio. Muchos santos vencieron con estas palabras
las tentaciones, especialmente las contrarias a la fe, la
esperanza o la caridad, durante su vida y a la hora de la muerte.
Fueron las últimas palabras que escribió San Pedro mártir con el
dedo, lo mejor que pudo y sobre la arena, cuando, con la cabeza
cortada por el sablazo de un hereje, se hallaba próximo a expirar.
35) La fe es la única
clave que permite entrar en todos los misterios de Jesús y de
María, contenidos en el Santo Rosario. Por esto es necesario
comenzar el Rosario rezando el Credo con gran atención y devoción.
Y cuanto más viva y robusta sea la fe, más meritorio será nuestro
Rosario. Es preciso que sea viva y animada por la caridad, es
decir, que para recitar bien el Santo Rosario, debes estar en
gracia de Dios o en busca de ella. Es necesario, además, que la fe
sea robusta y constante, es decir, que no has de buscar en el rezo
del Santo Rosario solamente el gusto sensible y la consolación
espiritual. En otras palabras, no debes dejarlo cuando te salten
las distracciones involuntarias en la mente, un incomprensible
tedio en el alma, un fastidio o sopor casi continuo en el cuerpo.
Para rezar bien el Rosario no son necesarios ni gusto ni consuelo
ni suspiros ni fervor y lágrimas, ni aplicación prolongada de la
imaginación. Bastan la fe pura y la recta intención. «Basta
sólo la fe» (Cuarta estrofa del himno “Pange lingua”.)
12a Rosa: El Padrenuestro (I)

36) El Padrenuestro
u oración dominical saca toda su excelencia de su Autor, que no
es hombre ni Ángel, sino el Rey de los Ángeles y de los hombres,
Jesucristo. «Era necesario –dice San Cipriano (PL 4, 537)–
que quien venía como Salvador a darnos la vida de la gracia, nos
enseñara también, como celestial Maestro, el modo de orar».
La sabiduría del
divino Maestro se manifiesta claramente en el orden, dulzura y
fuerza de esta divina plegaria. Es corta, pero rica en
enseñanzas. Es accesible a los ignorantes, pero llena de
misterios para los sabios.
El Padrenuestro
encierra todos los deberes que tenemos para con Dios, los actos
de todas las virtudes y la petición para todas nuestras
necesidades espirituales y materiales. «Es el compendio del
Evangelio», dice Tertuliano (PL 1, 1255). «Aventaja a los
deseos de los santos» dice Tomás de Kempis (Enchiridium
Monachorum, c.3). Compendia todas las dulces expresiones
de los salmos y cantos, implora cuanto necesitamos, alaba a Dios
de manera excelente, eleva el alma de la tierra al Cielo y la
une íntimamente con Él.
37) Debemos recitar la
oración dominical con la certeza de que el Padre Eterno la
escuchará por ser la oración de su Hijo, a quien Él escucha
siempre (Jn 11, 42 y Heb 5,7) y cuyos miembros somos (Ef 5, 30).
¿Podría acaso un Padre tan bueno rechazar una súplica tan bien
fundada, apoyada como ésta, en los méritos e intercesión de Hijo
tan digno?
Asegura San Agustín
(PL 41, 748) que el Padrenuestro bien rezado borra los pecados
veniales. El justo cae siete veces por día (Prov 24, 16), pero
con las siete peticiones del Padrenuestro puede remediar sus
caídas y fortificarse contra sus enemigos. Es oración corta y
fácil, a fin de que, frágiles como somos y sometidos como
estamos a tantas miserias, recibamos auxilio más rápidamente,
rezándola con mayor frecuencia y devoción.
38) Desengáñate,
pues, alma piadosa, que desprecias la oración compuesta y
ordenada por el Hijo mismo de Dios a todos los creyentes. Tú que
aprecias solamente las oraciones compuestas por los hombres,
¡como si el hombre, por esclarecido que sea, supiera mejor que
Jesús cómo debemos orar! Tú que buscas en libros humanos el
método de alabar y orar a Dios, como si te avergonzaras de
utilizar el que su Hijo nos ha prescrito, y vives persuadida de
que las oraciones contenidas en los libros son para los sabios y
ricos, mientras que el Rosario es bueno solamente para las
mujeres, los niños y la gente del pueblo, como si las alabanzas
y oraciones que lees en tu devocionario fueran más bellas y
agradables a Dios que la oración dominical. ¡Dejar de lado la
oración recomendada por Jesucristo para apegarnos a las
compuestas por los hombres es una tentación peligrosa!
No desaprobamos con
esto las oraciones compuestas por los santos para excitar a los
fieles a alabar a Dios. Pero no podemos admitir que haya quienes
las prefieran a la que brotó de los labios de la Sabiduría
encarnada, dejen el manantial para correr tras los arroyos y
desdeñen el agua viva para ir a beber la turbia. Porque, al fin
y al cabo, el Rosario, compuesto de la oración dominical y de la
salutación angélica, es el agua limpia y eterna que mana de la
fuente de la gracia. Mientras que las demás oraciones, que
buscas y rebuscas en los libros, no son más que arroyos que
derivan de ella.
39) ¡Dichoso quien
recita la plegaria enseñada (Mt 6, 9-13) por el Señor, meditando
atentamente cada palabra! Encuentra en ella cuanto necesita y
puede desear.
Cuando rezamos esta
admirable plegaria, cautivamos desde el primer momento el
corazón de Dios, invocándolo con el dulce nombre de Padre.
«Padre
nuestro». El más tierno de todos los padres, omnipotente
en la creación, admirable en la conservación de las creaturas,
sumamente amable en su providencia e infinitamente bueno en la
obra de la Redención. ¡Dios es nuestro Padre! ¡Entonces, todos
somos hermanos y el Cielo es nuestra patria y nuestra herencia!
¿No bastará esto para inspirarnos, a la vez, amor a Dios y al
prójimo, y desapego de todas las cosas de la tierra?
Amemos, pues, a un
Padre como éste y digámosle millares de veces: «Padre
nuestro que estás en los Cielos». Tú, que llenas el
Cielo y la tierra con la inmensidad de tu esencia y estás
presente en todas partes. Tú, que moras en los santos con tu
gloria, en los condenados con tu justicia, en los justos por tu
gracia, en los pecadores por tu paciencia comprensiva: haz que
recordemos siempre nuestro origen celestial, vivamos como
verdaderos hijos tuyos y avancemos siempre hacia Ti solo, con
todo el ardor de nuestros anhelos.
«Santificado
sea tu Nombre». El Nombre del Señor es santo y terrible,
dice el profeta rey (Sal 98, 3), el Cielo resuena con las
alabanzas incesantes de los serafines a la santidad del Señor
Dios de los ejércitos –exclama Isaías (Is 6, 3.)–. Con estas
palabras pedimos que toda la tierra reconozca y adore los
atributos de un Dios tan grande y santo. Que sea conocido, amado
y adorado por los paganos, los turcos, los hebreos, los bárbaros
y todos los infieles. Que todos los hombres le sirvan y
glorifiquen con fe viva, con esperanza firme, con caridad
ardiente, renunciando a todos los errores: en una palabra que
todos los hombres sean santos porque Él mismo lo es (Lev
11,44-45 y 1 Pe 1, 16).
«Venga a
nosotros tu Reino». Es decir, reina, Señor en nuestras
almas con tu gracia en esta vida a fin de que merezcamos reinar
contigo después de la muerte, en tu reino que es la suprema
felicidad, en la cual creemos, esperamos y la cual deseamos.
Felicidad que la bondad del Padre nos ha prometido, los méritos
del Hijo nos han adquirido, y la luz del Espíritu Santo nos ha
revelado.
«Hágase tu
voluntad en la tierra como en el cielo». Cuando pedimos que se haga su voluntad
es porque aceptamos humildemente
cuanto ha querido ordenar respecto a nosotros. Y que cumplamos
siempre y todo su santísima voluntad, manifestada en sus
mandamientos, con la misma prontitud, amor y constancia con las
que los Ángeles y santos le obedecen en el Cielo.
40) «Danos hoy
nuestro pan de cada día». Jesucristo nos enseña a pedir
a Dios lo necesario para la vida del cuerpo y del alma. Con
estas palabras, confesamos humildemente nuestra miseria y
rendimos homenaje a la Providencia, declarando que creemos y
queremos recibir de su bondad todos los bienes temporales. Con
la palabra “pan”, pedimos a Dios lo estrictamente necesario para
la vida: excluimos lo superfluo. Este pan lo pedimos “hoy” es
decir, limitamos al presente nuestras solicitudes, confiando a
la Providencia el mañana. Pedimos el pan “de cada día”,
confesando así nuestras necesidades siempre renovadas y
proclamamos la continua dependencia en que nos hallamos de la
protección y socorros divinos.
«Perdona
nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos
ofenden». Nuestros pecados –dicen San Agustín y
Tertuliano– son deudas que contraemos con Dios, y su
justificación exige el pago hasta el último céntimo. Y ¡todos
tenemos esas tristes deudas! Pero, no obstante nuestras
numerosas culpas, acerquémonos a Él confiadamente, y digámosle
con verdadero arrepentimiento: «Padre nuestro, que estás
en los cielos», perdona los pecados de nuestro corazón y
nuestra boca, los pecados de acción y omisión, que nos hacen
infinitamente culpables a los ojos de la justicia. Porque, como
hijos de un Padre tan clemente y misericordioso, perdonamos por
obediencia y caridad a cuantos nos han ofendido.
«No nos dejes
–por infidelidad a tu gracia– caer en la
tentación» del mundo y de la carne.
«Y líbranos
del mal» que es el pecado, del mal de la pena temporal y
eterna que hemos merecido.
«¡Amén!»
Expresión muy consoladora –dice San Jerónimo–. Es como el sello
que Dios pone al final de nuestra súplica para asegurarnos que
nos ha escuchado. Es como si nos respondiera: “¡Amén!” Sí,
hágase como han pedido; lo han conseguido. Porque esto es lo que
significa el término: “Amén”.
13a Rosa: El Padrenuestro (II)

41) Al recitar cada
una de las palabras de la oración dominical, honramos las
perfecciones divinas. Honramos su fecundidad llamándolo
«Padre»: Padre que desde la eternidad engendras un Hijo
igual que tú, eterno y consustancial, que es una misma esencia,
una misma potencia, una misma bondad, una misma sabiduría contigo.
Padre e Hijo que al amarse producen al Espíritu Santo, que es Dios
como Uds. ¡Tres adorables personas que son un solo Dios!
«¡Padre
nuestro!». Es decir, Padre de los hombres por la creación,
la conservación y la redención. Padre misericordioso de los
pecadores; Padre amigo de los justos; Padre magnífico de los
bienaventurados.
«Que estás».
Con estas palabras admiramos la inmensidad, la grandeza y plenitud
de la esencia divina, que se llama con verdad EL QUE ES (Ex 3,14),
es decir, el que existe esencial, necesaria y eternamente, que es
el Ser de los seres, la Causa de todo ser. Que contiene en sí
mismo, forma eminente, las perfecciones de todos los seres. Que
está en todos con su esencia, presencia y potencia sin ser por
ellos abarcado.
Honramos su
sublimidad, gloria y majestad con las palabras que estás en los
Cielos, es decir, como sentado en su trono para ejercer justicia
sobre todos los hombres.
Adoramos su santidad,
al desear que su Nombre sea santificado. Reconocemos su soberanía
y la justicia de sus leyes, anhelando la llegada de su reino, y
ansiando que le obedezcan los hombres en la tierra como le
obedecen los Ángeles en el Cielo. Pidiéndole que nos dé el pan de
cada día, creemos en su Providencia. Al rogarle que no nos deje
caer en la tentación, reconocemos su poder. Esperando que
nos libre del mal, nos confiamos a su bondad.
El Hijo de Dios
glorificó siempre al Padre con sus obras y vino al mundo para
enseñar a los hombres a glorificarlo. Y les ha enseñado la forma
de honrarlo con esta oración que se dignó dictarles. Debemos,
pues, rezarla con frecuencia y atención, y con el mismo espíritu
con que Él la compuso.
14a Rosa: El Padrenuestro (III)

42) Cuando rezamos
devotamente esta divina oración, realizamos tantos actos de las
más nobles virtudes cristianas como palabras pronunciamos.
Al decir «Padre
nuestro que estás en los Cielos», hacemos actos de fe,
adoración y humildad.
Al desear que su
Nombre sea santificado y glorificado, manifestamos celo ardiente
por su gloria.
Al pedir la posesión
de su reino, hacemos un acto de esperanza.
Al desear que se
cumpla su voluntad en la tierra como en el Cielo, mostramos
espíritu de perfecta obediencia.
Pidiéndole que nos dé
el pan de cada día, practicamos la pobreza según el espíritu
y el desapego de los bienes de la tierra.
Al rogarle que perdone
nuestros pecados, hacemos un acto de contrición.
Al perdonar a quienes
nos han ofendido, ejercitamos la misericordia en la más alta
perfección.
Al implorar ayuda en
la tentación, hacemos actos de humildad, prudencia, fortaleza.
Al implorar que nos
libre del mal, practicamos la paciencia.
Finalmente, al pedir
todo esto no sólo para nosotros, sino también para el prójimo y
para todos los miembros de la Iglesia, nos comportamos como
verdaderos hijos de Dios, lo imitamos en la caridad que abraza a
todos los hombres y cumplimos el mandamiento de amar al prójimo.
43) Detestamos,
además, todos los pecados y practicamos los mandamientos de Dios,
cuando al rezar esta oración, nuestro corazón sintoniza con la
lengua y no mantenemos intenciones contrarias a estas divinas
palabras. Puesto que, cuando reflexionamos en que Dios está en el
Cielo, es decir, infinitamente por encima de nosotros por la
grandeza de su majestad, entramos en los sentimientos del más
profundo respeto en su presencia y, sobrecogidos de temor, huimos
del orgullo y nos abatimos hasta el anonadamiento. Al pronunciar
el nombre de Padre, recordamos que de Dios hemos recibido la
existencia por medio de nuestros padres y la instrucción por medio
de nuestros maestros. Todos los cuales representan para nosotros a
Dios, cuya viva imagen constituyen. Por ello nos sentimos
obligados a honrarlos, o mejor dicho, a honrar a Dios en sus
personas y nos guardamos mucho de despreciarlos y afligirlos.
Cuando deseamos que
el Santo Nombre de Dios sea glorificado, estamos bien lejos de
profanarlo. Cuando consideramos el reino de Dios como nuestra
herencia, renunciamos a todo apego desordenado a los bienes de
este mundo. Cuando pedimos con sinceridad para nuestro prójimo los
bienes que deseamos para nosotros, renunciamos al odio, la
disensión y la envidia.
Al pedir a Dios el
pan de cada día, detestamos la gula y la voluptuosidad, que se
nutren en la abundancia.
Al rogar a Dios con
sinceridad que nos perdone, como también nosotros perdonamos a los
que nos ofenden, reprimimos la cólera y la venganza, devolvemos
bien por mal y amamos a nuestros enemigos.
Al pedir a Dios que
no nos deje caer en el pecado en el momento de la tentación,
manifestamos huir de la pereza y buscar los medios para combatir
los vicios y salvarnos.
Al rogar a Dios que
nos libre del mal, tenemos su justicia y nos alegramos porque el
temor de Dios es el principio de la sabiduría (Sal 100, 10; Prov
1, 7); el temor de Dios hace que el hombre evite el pecado (Prov
15,27; Eclo 1,27).
15a Rosa: El Avemaría. Sus excelencias

44) La salutación
angélica es tan sublime y elevada, que el Beato Alano de la Rupe
ha creído que ninguna creatura puede comprenderla y que solamente
Jesucristo, Hijo de María, puede explicarla.
Deriva su excelencia:
de la Santísima Virgen, a quien fue dirigida; de la finalidad de
la Encarnación del Verbo, para la cual fue traída del Cielo; y del
Arcángel San Gabriel, que fue el primero en pronunciarla (Lc
1,28.42).
El Avemaría resume, en
la más concisa síntesis, toda la teología cristiana sobre la
Santísima Virgen. En el Avemaría encontramos una alabanza y una
invocación. La alabanza contiene cuanto constituye la
verdadera grandeza de María. La invocación contiene cuanto
debemos pedirle y cuanto podemos alcanzar de su bondad.
La Santísima Trinidad
reveló la primera parte, Santa Isabel, iluminada por el Espíritu
Santo, añadió la segunda. Y la Iglesia ordenó que se invocase a la
Santísima Virgen bajo este glorioso título, con estas palabras:
«Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte».
45) La Santísima
Virgen recibió esta divina salutación en orden a llevar a feliz
término el asunto más sublime e importante del mundo, a saber, la
Encarnación del Verbo Eterno, la reconciliación entre Dios y los
hombres y la redención del género humano. Embajador de esta buena
noticia fue el Arcángel San Gabriel, uno de los primeros príncipes
de la Corte Celestial.
La salutación angélica
contiene la fe y esperanza de los patriarcas, de los profetas y de
los Apóstoles. Es la constancia y fortaleza de los mártires, la
ciencia de los doctores, la perseverancia de los confesores y la
vida de los Religiosos. Es el cántico nuevo de la ley de la
gracia, la alegría de los Ángeles y de los hombres y el terror y
confusión de los demonios.
Por la salutación,
Dios se hizo hombre, una virgen se convirtió en Madre de Dios, las
almas de los justos fueron liberadas, se repararon las ruinas del
Cielo y los tronos vacíos fueron de nuevo ocupados, el pecado fue
perdonado, se nos devolvió la gracia, se curaron las enfermedades,
los muertos resucitaron, se llamó a los desterrados, se aplacó la
Santísima Trinidad, y los hombres obtuvieron la vida eterna.
Finalmente, la
salutación angélica es el arco iris, la señal de la clemencia y de
la gracia dadas al mundo por Dios.
16a Rosa: El Avemaría. Su belleza

46)
Aunque no hay nada tan excelso como la Majestad divina ni tan
abyecto como el hombre considerado como pecador, con todo la Augusta
Majestad no desdeña nuestros homenajes y se siente honrada cuando
cantamos sus alabanzas. Ahora bien, la salutación angélica es uno de
los cánticos más bellos que podamos entonar a la gloria del
Altísimo: «Te cantaré un cántico nuevo» (Sal 143,9).
La salutación angélica es precisamente el cántico nuevo que David
predijo se cantaría en la venida del Mesías.
Hay
un cántico antiguo y un cántico nuevo.
El
cántico antiguo es el que cantaron los israelitas en acción de
gracias por la creación, la conservación, la liberación de la
esclavitud, el paso del Mar Rojo, el maná y todos los demás favores
celestiales.
El
cántico nuevo es el que entonan los cristianos en acción de
gracias por la Encarnación y la Redención. Dado que estos
prodigios se realizaron por el saludo del Ángel, repetimos esta
salutación para agradecer a la Santísima Trinidad por tan
inestimables beneficios.
Alabamos a Dios Padre por haber amado tanto al mundo que le dio
su Unigénito para salvarlo.
Bendecimos a Dios Hijo por haber descendido del Cielo a la
tierra, por haberse hecho hombre y habernos salvado.
Glorificamos al Espíritu Santo por haber formado en el seno de
la Virgen María ese cuerpo purísimo que fue víctima de nuestros
pecados.
Con
estos sentimientos de gratitud, debemos rezar la salutación
angélica, acompañándola de actos de fe, esperanza, caridad y acción
de gracias por el beneficio de nuestra salvación.
47)
Aunque este cántico nuevo se dirige directamente a la Madre de Dios
y contiene sus elogios, es, no obstante, muy glorioso para la
Santísima Trinidad, porque todo el honor que tributamos a la
Santísima Virgen vuelve a Dios, causa de todas sus perfecciones y
virtudes. Con este cántico nuevo glorificamos a Dios Padre
porque honramos a la más perfecta de sus criaturas; glorificamos
al Hijo, porque alabamos a su Purísima Madre; glorificamos al
Espíritu Santo, porque admiramos las gracias con que colmó a su
Esposa.
Del mismo modo que la Santísima Virgen con su hermoso cántico, el
Magnificat, dirige a Dios las alabanzas y bendiciones que le tributó
Santa Isabel por su eminente dignidad de Madre del Señor, así dirige
inmediatamente a Dios los elogios y bendiciones que le presentamos
mediante la salutación angélica.
48)
Si la salutación angélica glorifica a la Santísima Trinidad, también
constituye la más perfecta alabanza que podamos dirigir a María.
Deseaba Santa Matilde saber cuál era el mejor medio para testimoniar
su tierna devoción a la Madre de Dios. Un día, arrebatada en
éxtasis, vio a la Santísima Virgen que llevaba sobre el pecho la
salutación angélica en letras de oro y le dijo:
«Hija mía, nadie puede honrarme con saludo más agradable que el que
me ofreció la Santísima Trinidad. Por él me elevó a la dignidad de
Madre de Dios.
"La
palabra AVE me hizo saber que Dios en su omnipotencia me había
preservado de toda mancha de pecado y de las calamidades a que
estuvo sometida la primera mujer».
«El nombre de “María”, que significa “Señora de la luz”, como astro
brillante, para iluminar los Cielos y la tierra».
«Las palabras “llena de gracia”, me recuerdan que el Espíritu Santo
me colmó de tantas gracias, que puedo comunicarlas con abundancia a
quienes las piden por mediación mía».
«Diciendo “el Señor es contigo”, siento renovarse la inefable
alegría que experimenté cuando el Verbo eterno se encarnó en mi
seno».
«Cuando me dicen “bendita Tú eres entre todas las mujeres”, tributo
alabanzas a la Misericordia divina que se dignó elevarme a tan alto
grado de felicidad».
«Ante las palabras “bendito es el fruto de tu vientre Jesús”, todo
el Cielo se alegra conmigo al ver a Jesús, mi Hijo, adorado y
glorificado por haber salvado al hombre».
17a Rosa: El Avemaría. Sus maravillosos frutos

49) Entre las cosas
admirables que la Santísima Virgen reveló al Beato Alano de la
Rupe, y sabemos que este gran devoto de María confirmó con
juramento sus revelaciones, hay tres de mayor importancia:
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