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Meditar
con María los misterios de la vida de su
Hijo.
La
espiritualidad cristiana tiene como
característica el deber del discípulo
de configurarse cada vez más
plenamente con su Maestro (cf. Rm 8,
29; Flp 3, 10. 21). La efusión del
Espíritu en el Bautismo une al
creyente como el sarmiento a la vid,
que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo
hace miembro de su Cuerpo místico
(cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta
unidad inicial, sin embargo, ha de
corresponder un camino de adhesión
creciente a Él, que oriente cada
vez más el comportamiento del discípulo
según la 'lógica' de Cristo: «Tened
entre vosotros los mismos
sentimientos que Cristo» (Flp
2, 5). Hace falta, según las
palabras del Apóstol, «revestirse
de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga
3, 27).
En el recorrido espiritual
del Rosario, basado en la
contemplación incesante del rostro
de Cristo, en compañía de María, este
exigente ideal de configuración con
Él se consigue a través de una
asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'.
Ésta nos introduce de modo natural
en la vida de Cristo y nos hace como
'respirar' sus sentimientos. Acerca
de esto dice el Beato Bartolomé
Longo: «Como dos amigos,
frecuentándose, suelen parecerse
también en las costumbres, así
nosotros, conversando familiarmente
con Jesús y la Virgen, al meditar
los Misterios del Rosario, y
formando juntos una misma vida de
comunión, podemos llegar a ser, en
la medida de nuestra pequeñez,
parecidos a ellos, y aprender de
estos eminentes ejemplos el vivir
humilde, pobre, escondido, paciente
y perfecto». (I Quindici Sabati
del Santissimo Rosario,27 ed.,
Pompeya 1916, p. 27.)
Además, mediante este proceso
de configuración con Cristo, en el
Rosario nos encomendamos en
particular a la acción materna de
la Virgen Santa. Ella, que es la
madre de Cristo y a la vez miembro
de la Iglesia como «miembro
supereminente y completamente
singular», (Lumen Gentium, 53)
es al mismo tiempo 'Madre de la
Iglesia'. Como tal 'engendra'
continuamente hijos para el Cuerpo místico
del Hijo. Lo hace mediante su
intercesión, implorando para ellos
la efusión inagotable del Espíritu.
Ella es el icono perfecto de la
maternidad de la Iglesia.
El Rosario nos transporta místicamente
junto a María, dedicada a seguir el
crecimiento humano de Cristo en la
casa de Nazaret. Eso le permite
educarnos y modelarnos con la misma
diligencia, hasta que Cristo «sea
formado» plenamente en nosotros
(cf. Ga 4, 19). Esta acción de María,
basada totalmente en la de Cristo y
subordinada radicalmente a ella, «favorece,
y de ninguna manera impide, la unión
inmediata de los creyentes con
Cristo». (Lumen Gentium, 60) Es
el principio iluminador expresado
por el Concilio Vaticano II, que tan
intensamente he experimentado en mi
vida, haciendo de él la base de mi
lema episcopal: Totus tuus.
Un lema, como es sabido,
inspirado en la doctrina de San Luis
María Grignion de Montfort, que
explicó así el papel de María en
el proceso de configuración de cada
uno de nosotros con Cristo: «Como
quiera que toda nuestra perfección
consiste en el ser conformes, unidos
y consagrados a Jesucristo, la más
perfecta de la devociones es, sin
duda alguna, la que nos conforma,
nos une y nos consagra lo más
perfectamente posible a Jesucristo.
Ahora bien, siendo María, de todas
las criaturas, la más conforme a
Jesucristo, se sigue que, de todas
las devociones, la que más consagra
y conforma un alma a Jesucristo es
la devoción a María, su Santísima
Madre, y que cuanto más consagrada
esté un alma a la Santísima Virgen,
tanto más lo estará a Jesucristo».
(Tratado de la verdadera devoción
a la Santísima Virgen, 120). De
verdad, en el Rosario el camino de
Cristo y el de María se encuentran
profundamente unidos. ¡María no
vive más que en Cristo y en función
de Cristo! (JUAN PABLO II .ROSARIUM
VIRGINIS MARIAE, 15).
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INTRODUCCIÓN. DEDICATORIAS

1) Ministros del Altísimo,
predicadores de la verdad, clarines del Evangelio: permítanme
presentarles la rosa blanca de este librito para hacer entrar en su
corazón y en su boca las verdades expuestas en él sencillamente y
sin artificio.
En el corazón, para que Ustedes mismos abracen la práctica del Santo
Rosario y saboreen sus frutos.
En la boca, para que prediquen a los demás la excelencia de esta
santa práctica y los atraigan a la conversión por medio de ella. No
vayan a considerar esta práctica como insignificante y de escasas
consecuencias. Así la miran el vulgo y aun muchos sabios orgullosos.
Pero, en verdad, es grande, sublime y divina. El Cielo nos la ha
dado para convertir a los pecadores más endurecidos y a los herejes
más obstinados. Dios vinculó a esta santa práctica del Santo Rosario
la gracia en esta vida y la gloria del Cielo. Los santos la han
puesto en práctica y los Sumos Pontífices la han autorizado.
¡Qué tal felicidad la del Sacerdote y director de almas a quienes el
Espíritu Santo haya revelado este secreto sólo conocido
superficialmente por los hombres! Si obtienen su conocimiento
práctico, lo recitarán todos los días e impulsarán a otros a
recitarlo. Dios y su Madre Santísima derramarán sobre Ustedes
gracias abundantes a fin de que sean instrumentos de su gloria. Y
Ustedes lograrán más éxito con sus palabras, aunque sencillas, en un
solo mes, que los demás predicadores en muchos años.
2) No nos contentemos, pues, queridos compañeros, con recomendar a
otros el rezo del Rosario. Tenemos que rezarlo nosotros. Podremos
estar intelectualmente convencidos de su excelencia, pero, si no lo
practicamos, poco empeño pondrán los oyentes en aceptar nuestro
consejo, porque nadie da lo que no tiene: «Comenzó Jesús a hacer
y enseñar» [Hech 1,1]. Imitemos a Jesucristo que empezó por hacer lo
que enseñaba. Imitemos al Apóstol, que no conocía ni predicaba sino
a Jesús crucificado.
Es lo que debemos hacer al predicar el Santo Rosario. Que –lo
veremos más adelante– no es sólo una repetición de Padrenuestros y
Avemarías, sino un compendio maravilloso de los misterios de la
vida, pasión, muerte y gloria de Jesús y de María.
Si creyera que la experiencia que Dios me ha dado sobre la eficacia
de la predicación del Santo Rosario para convertir a las almas, les
impulsará a Uds. a predicarlo, no obstante la costumbre contraria de
los predicadores, les contaría las maravillosas conversiones que he
logrado predicándolo. Me contentaré, sin embargo, con relatar en
este compendio algunas historias antiguas y comprobadas. Para
servicio suyo, he incluido también muchos pasajes latinos tomados de
buenos autores, que prueban lo que explico al pueblo en lengua
corriente.

Rosa encarnada
3) A Ustedes,
pobres pecadores, uno más pecador todavía, les ofrece la rosa
enrojecida con la sangre de Jesucristo, a fin de que florezcan y se
salven. Los impíos y pecadores empedernidos gritan a diario:
«Coronémonos de rosas» [Sab 2,8]. Cantemos también nosotros:
«Coronémonos con las rosas del Santo Rosario».
¡Ah! ¡Qué diferentes son sus rosas de las nuestras! Las suyas son
los placeres carnales, los vanos honores y las riquezas perecederas,
que pronto se marchitarán y consumirán. En cambio, las nuestras, es
decir nuestros Padrenuestros y Avemarías bien dichos, unidos a
nuestras buenas obras de penitencia, no se marchitarán ni agotarán
jamás, y su brillo será, de aquí a cien mil años, tan vivo como en
el presente.
Sus pretendidas rosas sólo tienen la apariencia de tales. En
realidad, son solamente punzantes espinas durante su vida, a causa
de los remordimientos de conciencia que los taladrarán a la hora de
la muerte con el arrepentimiento, y los quemarán durante toda la
eternidad a causa de la rabia y desesperación.
Si nuestras rosas tienen espinas, son las espinas de Jesucristo, que
Él convierte en rosas. Nuestras espinas punzan, pero sólo por algún
tiempo y ello para curarnos del pecado y darnos la salvación.
4) Coronémonos a porfía de estas rosas del Paraíso recitando todos
los días un Rosario, es decir las tres series de cinco misterios
cada una o tres pequeñas diademas de flores o coronas:
1o Para honrar las tres coronas de Jesús y de María: * de la
gracia de Jesús en la Encarnación, * su corona de espinas durante la
Pasión y * la de gloria en el Cielo de la Santísima Trinidad.
2o Para recibir de Jesús y María tres coronas: * la primera
de méritos, durante la vida; * la segunda de paz, en la hora de la
muerte, y * la tercera de gloria, en el Cielo.
Créanme que recibirán la corona que no se marchitará jamás
[1 Pe 5,4], si
se mantienen fieles en rezarlo devotamente hasta la muerte, no
obstante la enormidad de sus pecados. Aunque estuvieran ya al borde
del abismo, aunque fueran herejes tan endurecidos y obstinados como
demonios, se convertirán tarde o temprano y se salvarán, siempre
que, lo repito –noten bien las palabras y términos de mi consejo–
recen devotamente, todos los días hasta la muerte el Santo Rosario
con el fin de conocer la verdad y alcanzar la contrición y perdón de
los pecados. En esta obra hallarán muchas historias de pecadores
convertidos por la eficacia del Rosario. ¡Léanlas y medítenlas!

Rosal místico
5) Almas piadosas e iluminadas por el Espíritu
Santo, ciertamente no llevarán a mal que les ofrezca un pequeño
rosal místico bajado del Cielo, para que lo planten en el jardín de
sus almas. En nada perjudicará a las flores olorosas de su
contemplación. Es muy perfumado y totalmente divino. No perturbará
en lo más mínimo el orden de su jardín. Es muy puro y muy ordenado y
todo lo encamina al orden y a la pureza. Alcanza una altura tan
prodigiosa y de tan dilatada extensión, si se le riega y cultiva
todos los días como conviene, que no sólo no estorbará a las demás
devociones, sino que las conserva y perfecciona. ¡Ustedes, que son
almas espirituales, me comprenden claramente! Jesús y María con
su vida, muerte y eternidad constituyen este rosal.
6) Las hojas verdes de este rosal místico representan los misterios
gozosos de Jesús y de María. Las espinas, los dolorosos. Y las
flores, los gloriosos. Los capullos son la infancia de Jesús y de
María, las rosas entreabiertas representan a Jesús y María en sus
dolores. Y las totalmente abiertas muestran a Jesús y María en su
gloria y en su triunfo.
La rosa alegra con su hermosura: ahí están Jesús y María en los
misterios gozosos. Punza con sus espinas: ahí están Jesús y María en
los misterios dolorosos. Regocija con la suavidad de su perfume: ahí
están Jesús y María en los misterios gloriosos.
No desprecien, pues, mi rosal alegre y maravilloso. Siémbrenlo en su
alma, tomando la resolución de rezar el Rosario. Cultívenlo y
riéguenlo, recitándolo fielmente todos los días y obrando el bien.
Contemplarán cómo el grano que ahora parece tan pequeño, se
convertirá con el tiempo en un gran árbol en el que las aves del
Cielo, es decir las almas predestinadas y elevadas en contemplación,
pondrán su nido y morada para guarecerse a la sombra de sus hojas de
los ardores del sol, preservarse en su altura de las fieras de la
tierra y, finalmente, alimentarse con la delicadeza de su fruto, que
no es otro que el adorable Jesús, a quien sea el honor y la gloria
por la eternidad. Amén.

Capullo de Rosa
7) A
Ustedes, queridos niños, les ofrezco un hermoso capullo de rosas: el
granito de su Rosario, que les parece tan insignificante. Pero... ¡Oh!,
¡qué grano tan precioso! ¡Qué capullo tan admirable!; y ¡cómo se
desarrollará, si recitan devotamente el Avemaría! Quizás sea mucho
pedirles que recen un Rosario todos los días. Recen, por lo menos,
una tercera parte, con devoción. Será una linda diadema de rosas que
colocarán en las sienes de Jesús y de María. ¡Créanmelo! Escuchen
ahora y recuerden esta hermosa historia:
8) Dos niñitas, hermanas, estaban a la puerta de su casa recitando
el Rosario devotamente. Se les aparece una hermosa Señora, que
acercándose a la más pequeña, de sólo seis años, la toma de la mano
y se la lleva. La hermanita mayor, llena de turbación, la busca y no
habiendo podido hallarla, vuelve a casa llorando y diciendo que se
habían llevado a su hermana. El padre y la madre la buscan
inútilmente durante tres días. Pasado este tiempo, la encuentran en
la casa con el rostro alegre y gozoso. Le preguntan de dónde viene.
Ella responde que la Señora a quien rezaba el Rosario la había
llevado a un lugar hermoso, y le había dado de comer cosas muy
buenas y había colocado en sus brazos un bellísimo Niño a quien
había cubierto de besos. El padre y la madre, recién convertidos a
la fe, llaman al padre jesuita, que les había instruido en ella y en
la devoción del Rosario, y le relatan lo que había pasado. Él mismo
nos lo contó. Ocurrió en el Paraguay [CN, pág. 189-190 .Extractado
de: Antoine Boisseu, s.j.: Le chrétien prédestiné par la devoción
á Marie, Mére de Dieu. Lyon, 1686. Pág. 752)].
Imiten, queridos niños, a esas fervorosas niñas. Recen todos los
días la tercera parte del Rosario, y merecerán ver a Jesús y a
María, si no durante esta vida, sí después de la muerte, durante la
eternidad. Amén.
Así, pues, que sabios e ignorantes, justos y pecadores, grandes y
pequeños, alaben y saluden noche y día a Jesús y María con el Santo
Rosario.
«Saluden a María, que ha trabajado mucho en Ustedes» (Rom
16, 6).

Primera decena

Excelencia
del Santo Rosario manifestada por su origen y su nombre

1a Rosa: Las oraciones del Santo Rosario
9) El
Rosario encierra dos realidades: la oración mental y la vocal. La
oración mental en el Santo Rosario es la meditación de los
principales misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de
su Santísima Madre.
La oración vocal consiste en la recitación de quince decenas de
Avemarías precedidas de un Padrenuestro, unida a la meditación y
contemplación de las quince principales virtudes que Jesús y María
practicaron, conforme a los quince misterios del Santo Rosario.
En la primera parte, que consta de cinco decenas, se honran y
consideran los cinco misterios gozosos; en la segunda, los cinco
dolorosos; y en la tercera los cinco misterios gloriosos.
De este modo, el Rosario constituye un conjunto sagrado de oración
mental y vocal para honrar e imitar los misterios y virtudes de la
vida, muerte, pasión y gloria de Jesucristo y de María.

2a Rosa:
Origen del Santo Rosario
10) El Santo Rosario,
compuesto fundamental y sustancialmente por la oración de
Jesucristo (el Padrenuestro), la salutación angélica (el Avemaría)
y la meditación de los misterios de Jesús y María, constituye,
sin duda, la primera plegaria y la primera devoción de los
creyentes. Desde los tiempos de los apóstoles y discípulos ha
estado en uso, siglo tras siglo, hasta nuestros días.
11) Sin embargo, el Santo Rosario, en la forma y método de que hoy
nos servimos en su recitación, sólo fue inspirado a la Iglesia, en
1214, por la Santísima Virgen que lo dio a Santo Domingo para
convertir a los herejes albigenses y a los pecadores. Ocurrió en la
forma siguiente, según lo narra el beato Alano de la Rupe en su
famoso libro titulado “Dignidad del Salterio”.
Viendo Santo Domingo que los crímenes de los hombres obstaculizaban
la conversión de los albigenses, entró a un bosque próximo a
Tolosa y permaneció allí tres días dedicado a la penitencia y a
la oración continua, sin cesar de gemir, llorar y mortificar su
cuerpo con disciplina para calmar la cólera divina, hasta que cayó
medio muerto. La Santísima Virgen se le apareció en compañía de
tres princesas celestiales, y le dijo: «¿Sabes, querido
Domingo, de qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para
reformar el mundo?». «Señora, Tú lo sabes mejor que yo
–respondió él–, porque, después de Jesucristo, Tú fuiste el
principal instrumento de nuestra salvación». «Pues la
principal pieza de combate ha sido el salterio angélico, que es el
fundamento del Nuevo Testamento. Por ello, si quieres ganar para
Dios esos corazones endurecidos, predica mi Salterio».
Se levantó el Santo muy consolado. Inflamado de celo por la salvación
de aquellas gentes, entró en la catedral. Al momento repicaron las
campanas para reunir a los habitantes. Al comenzar él su predicación,
se desencadenó una horrible tormenta, tembló la tierra, se
oscureció el sol, truenos y relámpagos repetidos hicieron
palidecer y temblar a los oyentes. El terror de éstos aumentó
cuando vieron que una imagen de la Santísima Virgen expuesta en
lugar prominente, levantaba los brazos al cielo tres veces para
pedir a Dios venganza contra ellos, si no se convertían y recurrían
a la protección de la Santa Madre de Dios.
Quería el cielo con estos prodigios promover esta nueva devoción
del Santo Rosario y hacer que se la conociera más.
Gracias a la oración de Santo Domingo, se calmó finalmente la
tormenta. Prosiguió él su predicación, explicando con tanto
fervor y entusiasmo la excelencia del Santo Rosario, que casi todos
los habitantes de Tolosa lo aceptaron, renunciando a sus errores. En
poco tiempo se experimentó un gran cambio de vida y costumbres en
la ciudad.

3a Rosa: El
Santo Rosario y Santo Domingo
12)
El establecimiento del Santo Rosario en forma tan milagrosa, guarda
cierta semejanza con la manera de que se sirvió Dios para promulgar
su Ley en el Monte Sinaí, y manifiesta claramente la excelencia de
esta maravillosa práctica.
Santo Domingo, iluminado por el Espíritu Santo e instruido por la
Santísima Virgen y por su propia experiencia, dedicó el resto de
su vida a predicar el Santo Rosario con su ejemplo y su palabra, en
las ciudades y los campos, ante grandes y pequeños, sabios e
ignorantes, católicos y herejes. El Santo Rosario, que rezaba todos
los días, constituía su preparación antes de predicar y su acción
de gracias después de la predicación.
13) Se preparaba el Santo, detrás del altar mayor de Nuestra Señora
de París, con el rezo del Santo Rosario, para predicar en las
fiestas de San Juan Evangelista, cuando se le apareció la Santísima
Virgen y le dijo: «Aunque lo que tienes preparado para
predicar sea bueno, ¡aquí te traigo un sermón mejor!» El
Santo recibe de las manos de María el escrito que contiene el sermón,
lo lee, lo saborea, lo comprende y da gracias por él a la Santísima
Virgen. Llegada la hora del sermón, sube al púlpito y, después de
haber recordado en alabanza de San Juan, tan sólo que había sido
el guardián de la Reina de los Cielos, dijo a la asamblea de nobles
y doctores que habían venido a escucharlo y estaban acostumbrados a
oír sólo discursos artificiosos y floridos, que no les hablaría
con palabras elocuentes de la sabiduría humana, sino con la
sencillez y fuerza del Espíritu Santo.
Les predicó el Santo Rosario, explicándoles palabra por palabra,
como a los niños, la salutación angélica, sirviéndose de
comparaciones muy sencillas, leídas en el escrito que le diera la
Santísima Virgen.
14) Aquí están las palabras del Sabio Cartagena que él tomó, en
parte, del libro del Beato Alano de la Rupe, “Dignidad del
Salterio”: Afirma el Beato Alano que su padre, Santo Domingo, le
dijo un día en una revelación: ¡Hijo mío!, tú predicas. Pero,
para que no busques la alabanza humana sino la salvación de las
almas, escucha lo que me sucedió en París. Debía predicar en la
Iglesia Mayor de Santa María y quería hacerlo ingeniosamente, no
por jactancia, sino a causa de la nobleza y dignidad de los
asistentes. Mientras oraba, según mi costumbre, casi durante una
hora, mediante la recitación de mi Salterio (es decir el Rosario)
antes del sermón, tuve un éxtasis. Veía a mi amada Señora, la
Virgen María, que ofreciéndome un libro me decía: «¡Por
bueno que sea el sermón que vas a predicar, aquí traigo uno mejor!»
Muy contento, tomé el libro, lo leí todo y, como María lo había
dicho, encontré lo que debía predicar. Se lo agradecí de todo
corazón.
Llegada la hora del sermón, subí a la cátedra sagrada. Era la
fiesta de San Juan, pero sólo dije del Apóstol que mereció ser
escogido para guardián de la Reina del Cielo. En seguida hablé así
a mi auditorio: «¡Señores e ilustres Maestros! Uds. están
acostumbrados a oír sermones sabios y elegantes. Pero no quiero
dirigirles doctas palabras de sabiduría humana, sino mostrarles el
espíritu de Dios y su virtud». Entonces –añade Cartagena
siguiendo al Beato Alano– Santo Domingo les explicó la salutación
angélica mediante comparaciones y semejanzas muy sencillas
(Alano de la Rupe, De Dignitate Psalterii; c. 18; Cartagena, De
Sacris Arcanis Deiparae; L. 16, h. 1; CN, pág. 187-188)
15) El Beato Alano, como dice el mismo Cartagena, relata muchas
otras apariciones del Señor y de la Santísima Virgen a Santo
Domingo para instarle y animarle más y más a predicar el Santo
Rosario a fin de combatir el pecado y convertir a los pecadores
herejes. Oigamos este pasaje: «El Beato Alano refiere que la Santísima
Virgen le reveló que Jesucristo, su Hijo, se había aparecido después
de Ella a Santo Domingo y le había dicho: "Domingo, me
alegro de que no te apoyes en tu sabiduría y de que trabajes con
humildad en la salvación de las almas sin preocuparte por complacer
la vanidad humana. Muchos predicadores quieren desde el comienzo
tronar contra los pecados más graves, olvidando que, antes de dar
un remedio penoso, es necesario preparar al enfermo para que lo
reciba y aproveche. Por ello deben exhortar antes al auditorio al
amor a la oración y, especialmente, a mi salterio angélico. Porque
si todos comienzan a rezarlo, no hay duda de que la clemencia divina
será propicia con los que perseveran. Predica, pues, mi Rosario»
(Alano de la Rupe,
De D.P., c. 17; Cartagena, De S.A.D., L. 16, h. 1; CN. pág. 156.).
16) En otro lugar dice: Todos los predicadores hacen rezar a los
cristianos la salutación angélica al comenzar sus sermones, para
obtener la gracia divina. La razón de ello es la revelación de la
Santísima Virgen a Santo Domingo: «Hijo mío no te
sorprendas de no lograr éxito con tus predicaciones. Porque
trabajas en una tierra que no ha sido regada por la lluvia. Recuerda
que cuando Dios quiso renovar el mundo, envió primero la lluvia de
la salutación angélica. Así se renovó el mundo. Exhorta, pues, a
las gentes en tus sermones a rezar el Rosario y recogerás grandes
frutos para las almas." Lo hizo así el Santo
constantemente y obtuvo notable éxito con sus predicaciones.
Puedes leer esto en: a) El
Libro de los Milagros del Santo Rosario, escrito en italiano; y b) En
el discurso 243 de Justino.
17) Me he complacido en citarte palabra por palabra los pasajes de
estos serios autores, en favor de los predicadores y personas
eruditas que pudieran dudar de la maravillosa eficacia del Santo
Rosario. Mientras los predicadores, siguiendo el ejemplo de Santo
Domingo, enseñaron la devoción del Santo Rosario, florecían la
piedad y el fervor en las Órdenes Religiosas que lo practicaban y
en el mundo cristiano, pero cuando se empezó a descuidar este
regalo venido del Cielo, sólo vemos pecados y desórdenes por todas
partes.

4a Rosa: El Santo Rosario y el
beato Alano
18) Todas las cosas,
inclusive las más santas, en la medida en que dependen de la
voluntad humana, están sujetas a cambio. No hay, pues, por qué
extrañarse de que la Cofradía del Santo Rosario no haya subsistido
en su primitivo fervor sino hasta unos cien años después de su
fundación. Después estuvo casi sumida en el olvido.
Además la malicia y
envidia del demonio han contribuido seguramente para que se
descuidara el Santo Rosario, a fin de detener los torrentes de
gracia divina que esta devoción atrae al mundo. Efectivamente la
justicia divina afligió todos los reinos europeos en el año 1384
con la peste más temible que se haya visto jamás. Ésta se extendió
desde Oriente por Italia, Alemania, Francia, Polonia, Hungría,
devastando casi todos estos territorios, ya que de cada cien
hombres sólo quedaba uno vivo. Las ciudades, los pueblos, las
aldeas y los monasterios quedaron casi desiertos durante los tres
años que duró la epidemia.
19) Después de que,
por la misericordia divina, cesaron estas calamidades, la
Santísima Virgen ordenó al Beato Alano de la Rupe, célebre doctor
y famoso predicador de la Orden de Santo Domingo del convento de
Dinán en Bretaña, renovar la antigua Cofradía del Santo Rosario, a
fin de que un Religioso del mismo lugar tuviera el honor de
restaurarla. Este bienaventurado Padre comenzó a trabajar en tan
noble empresa en el año 1460, sobre todo después de que el Señor,
como lo cuenta él mismo, le dijo cierto día desde la Sagrada
Hostia, mientras celebraba la Santa Misa, a fin de impulsarlo a
predicar el Santo Rosario: «¿Por qué me crucificas de nuevo?».
«¿Cómo Señor?», respondió sorprendido el Beato Alano. «Tus
pecados me crucifican –respondió Jesucristo–. Aunque preferiría
ser crucificado de nuevo, a ver a mi Padre ofendido por los
pecados que has cometido. Tú me sigues crucificando, porque tienes
la ciencia y cuanto es necesario para predicar el Rosario de mi
Madre e instruir y alejar del pecado a muchas almas... Podrías
salvarlas y evitar grandes males. Pero al no hacerlo, eres
culpable de sus pecados». Tan terribles reproches hicieron que
el Beato Alano se decidiera a predicar intensamente el Rosario.
20) La Santísima
Virgen le dijo también cierto día, para animarlo más todavía a
predicar el Santo Rosario: «Fuiste un gran pecador en tu
juventud. Pero yo te alcancé de mi Hijo la conversión. He pedido
por ti y deseado, si fuera posible toda clase de trabajos por
salvarte, ya que los pecadores convertidos constituyen mi gloria,
y hacerte digno de predicar por todas partes mi Rosario».
Santo Domingo,
describiéndole los grandes frutos que había conseguido entre las
gentes por esta hermosa devoción que él predicaba continuamente le
decía: «Mira los frutos que he alcanzado con la predicación del
Santo Rosario. Que hagan lo mismo tú y cuantos aman a la Santísima
Virgen, para atraer, mediante el Santo ejercicio del Rosario, a
todos los pueblos a la ciencia verdadera de la virtud».
Esto es, en resumen,
lo que la historia nos enseña acerca del establecimiento del Santo
Rosario por Santo Domingo y su restauración por el Beato Alano de
la Rupe.
5a Rosa: La Cofradía del Santo
Rosario
21) Estrictamente
hablando, no hay sino una Cofradía del Rosario, compuesto de
ciento cincuenta Avemarías. Pero en relación a las personas que lo
practican, podemos distinguir tres clases: el Rosario común u
Ordinario, el Rosario Perpetuo y el Rosario Cotidiano.
La Cofradía del
Rosario Ordinario sólo exige recitarlo una vez por semana. La del
Rosario Perpetuo, una vez al año. La del Rosario Cotidiano, en
cambio, rezarlo completo, es decir, las ciento cincuenta
Avemarías, todos los días. Ninguna de estas Cofradías implica
obligación bajo pecado, ni siquiera venial, si no lo rezamos.
Porque el compromiso de rezarlo es totalmente voluntario y de
supererogación. Pero no debe alistarse en la Cofradía quien no
tenga voluntad decidida de rezarlo, conforme lo exige la Cofradía
y siempre que pueda sin faltar a las obligaciones del propio
estado. De suerte que, cuando el rezo del Rosario coincide con una
obligación de estado, hay que preferir ésta al Rosario, por santo
que éste sea. Cuando, a causa de enfermedad, no se le pueda
recitar todo o en parte sin agravar el padecimiento, no obliga. Y
cuando, por legítima obediencia, olvido involuntario o necesidad
apremiante, no fue posible rezarlo, no hay pecado ninguno, ni
siquiera venial. Y no por ello dejas de participar en las gracias
y méritos de los cofrades del Santo Rosario que lo rezan en todo
el mundo.
Y si dejas de rezarlo
por pura negligencia, pero sin desprecio formal, absolutamente
hablando, tampoco pecas. Pero pierdes la participación en las
oraciones, buenas obras y méritos de la Cofradía. Y por tu
negligencia en cosas pequeñas y de supererogación, caerás
insensiblemente en la infidelidad a las cosas grandes y de
obligación esencial: «Quien desprecia lo pequeño, poco a poco
se precipita» (Eclo 19,1).
.
6a Rosa: El Salterio o Rosario
de la Santísima Virgen María
22) Desde que Santo
Domingo estableció esta devoción, hasta el año 1460, en que el
Beato Alano la restauró por orden del Cielo, se la denominó el
“Salterio de Jesús y de la Santísima Virgen”. Porque contiene
tantas Avemarías como salmos tiene el Salterio de David y porque
los sencillos e ignorantes que no pueden rezar el Salterio
davídico sacan de la recitación de Santo Rosario tanto o mayor
fruto que el que se consigue con la recitación de los salmos de
David:
1º. Porque el Salterio
Angélico tiene un fruto más noble, a saber, el Verbo encarnado, a
quien el salterio davídico solamente predice;
2º. Porque así como la
realidad supera a la imagen y el cuerpo a la sombra, del mismo
modo el Salterio de la Santísima Virgen sobrepasa al de David, que
sólo fue sombra y figura de aquél;
3º. Porque la
Santísima Trinidad compuso directamente el Salterio de la
Santísima Virgen, es decir, el Rosario, compuesto de Padrenuestros
y Avemarías.
El sabio Cartagena
refiere al respecto: «El sapientísimo de Aix-la-Chapelle (J.
Beyssel) en su libro sobre la Corona de Rosas, dedicado al
Emperador Maximiliano, dice: «No puede afirmarse que la salutación
mariana sea una invención reciente. Se extendió con la Iglesia,
los fieles más instruidos celebraban las alabanzas divinas con la
triple cincuentena de salmos davídicos. Entre los más humildes,
que encontraban diversas dificultades en el rezo del Oficio
Divino, surgió una santa emulación. Pensaron, y con razón, que en
el celestial elogio (el Rosario) se incluyen todos los secretos
divinos de los salmos. Sobre todo porque los salmos cantaban al
que debía venir, mientras que esta fórmula de plegaria se dirige
al que ha venido ya. Por eso comenzaron a llamar “Salterio
Mariano” a las tres series de cincuenta oraciones, anteponiendo a
cada decena la oración dominical como habían visto hacer a quienes
recitaban los salmos».
23) El Salterio o
Rosario de la Santísima Virgen se compone de tres Coronas de cinco
decenas cada una, con el fin de:
1º. Honrar a las
personas de la Santísima Trinidad;
2º. Honrar la vida,
muerte y gloria de Jesucristo;
3º. Imitar a la
Iglesia triunfante, ayudar a la peregrinante y aliviar a la
paciente;
4º. Imitar las tres
partes del salterio, la primera de las cuales mira a la vía
purgativa; la segunda, a la vía iluminativa; la tercera, a la vía
unitiva;
5º. Colmarnos de
gracia durante la vida, de paz en la hora de la muerte, y de
gloria en la eternidad.

7a Rosa: El
Santo Rosario: Corona de rosas
24) Desde cuando el
Beato Alano de la Rupe restauró esta devoción, la voz del pueblo
que es la voz de Dios, la llamó ROSARIO, es decir, corona de
rosas, lo cual significa que cuantas veces se recita el Rosario
como es debido, colocamos en la cabeza de Jesús y de María una
corona de ciento cincuenta y tres rosas blancas y dieciséis rosas
encarnadas del Paraíso, que no perderán jamás su belleza ni
esplendor.
La Santísima Virgen
aprobó y confirmó el nombre de Rosario, revelando a varias
personas, que le presentaban tantas rosas agradables cuantas
Avemarías recitaban en su honor y tantas coronas de rosas como
Rosarios.
25) El Hermano Alfonso
Rodríguez, jesuita, rezaba con tanto fervor, que veía con
frecuencia salir de su boca una rosa encarnada a cada Padrenuestro
y una rosa blanca a cada Avemaría: iguales ambas en belleza y
fragancia y sólo diferentes en el color.
Cuentan las crónicas
de San Francisco que un joven religioso tenía la laudable
costumbre de rezar todos los días antes de la comida la Corona de
la Santísima Virgen. Cierto día, no se sabe por qué, faltó a
ella. Cuando sonó la campana para la comida, rogó al Superior le
permitiera rezar la Corona antes de sentarse a la mesa. Obteniendo
el permiso, se retiró a su celda. Pero, como tardase mucho en
volver, el Superior envió a un Religioso a llamarlo. Éste
lo encontró en su celda, iluminado de celestiales resplandores.
La Santísima Virgen y dos Ángeles estaban al lado de él. A cada
Avemaría salía de la boca del Religioso una bellísima rosa. Los
Ángeles recogían las rosas, una tras otra, y las colocaban sobre
la cabeza de la Santísima Virgen que se mostraba evidentemente
complacida de ello.
Otros Religiosos,
enviados para saber la causa de la demora de sus compañeros,
vieron el mismo prodigio. La Santísima Virgen no desapareció
hasta que terminó el rezo de la Corona.
El Rosario es, pues,
una gran corona, y el de cinco decenas una diadema o guirnalda de
rosas celestiales que se coloca en la cabeza de Jesús y de María.
La rosa es la reina de las flores. El Rosario, a su vez, es la
rosa y la primera de las devociones.
8a Rosa:
Maravillas del Santo Rosario
26) No es posible
expresar cuánto prefiere la Santísima Virgen el Rosario a las
demás devociones, cuán benigna se muestra para recompensar a
quienes trabajan en predicarlo, establecerlo y cultivarlo y cuán
terrible, por el contrario, contra quienes se oponen a rezo del
Santo Rosario.
Santo Domingo no
puso en nada tanto empeño durante su vida como en alabar a la
Santísima Virgen, predicar sus grandezas y animar a todo el
mundo a honrarla con el Rosario. La poderosa Reina del Cielo, a
su vez, no cesó de derramar sobre el Santo bendiciones a manos
llenas. Ella coronó sus trabajos con mil prodigios y milagros y
él alcanzó de Dios cuanto pidió por intercesión de la Santísima
Virgen. Para colmo de favores, le concedió la victoria sobre
los albigenses y le hizo padre y patriarca de su gran Orden.
27) Y ¿qué decir
del Beato Alano de la Rupe, restaurador de esta devoción? La
Santísima Virgen lo honró varias veces con su visita para
ilustrarlo acerca de los medios de alcanzar la salvación,
convertirse en buen Sacerdote, perfecto Religioso e imitador de
Jesucristo.
Durante las
tentaciones y horribles persecuciones del demonio que lo
llevaban a una extrema tristeza y casi a la desesperación, Ella
lo consolaba, disipando, con su dulce presencia, tantas nubes y
tinieblas. Le enseñó el modo de rezar el Rosario, lo instruyó
acerca de sus frutos y excelencias, lo favoreció con la
gloriosa cualidad de esposo suyo y, como arras de su casto amor,
le colocó el anillo en el dedo y al cuello un collar hecho con
sus cabellos, dándole también un Rosario. El Abad Tritemio, el
sabio Cartagena, el doctor Martín Navarro y otros hablan de él
elogiosamente. Después de atraer a la Cofradía del Rosario a más
de cien mil personas, murió en Zwolle, Flandes, el 8 de
setiembre de 1475.
28) Envidioso el
demonio de los grandes frutos que el Beato Tomás de San Juan, célebre
predicador del Santo Rosario, lograba con esta práctica, lo
redujo con duros tratos a una larga y penosa enfermedad en la
que fue desahuciado por los médicos. Una noche creyéndose a
punto de morir, se le apareció el demonio, bajo una espantosa
figura. Pero él levantó los ojos y el corazón hacia una
imagen de la Santísima Virgen que se hallaba cerca de su lecho
y gritó con todas sus fuerzas: «¡Ayúdame! ¡Socórreme! ¡Dulcísima
Madre mía!».
Tan pronto como
pronunció estas palabras, la imagen de la Santísima Virgen le
tendió la mano y agarrándole por el brazo le dijo: «¡No
tengas miedo, Tomás, hijo mío! ¡Aquí estoy para ayudarte! ¡Levántate
y sigue predicando la devoción de mi Rosario, como habías
empezado a hacerlo! ¡Yo te defenderé contra todos tus enemigos!».
A estas palabras de la Santísima Virgen huyó el demonio. El
enfermo se levantó perfectamente curado, dio gracias a su
bondadosa Madre con abundantes lágrimas y continuó predicando
el Rosario con éxito maravilloso.
29) La Santísima
Virgen no favorece solamente a quienes predican el Rosario, sino
que recompensa también gloriosamente a quienes con su ejemplo
atraen a los demás a esta devoción.
Alfonso IX
(1188-1230), rey de León y de Galicia, deseando que todos sus
criados honraran a la Santísima Virgen con el Rosario, resolvió,
para animarlos con su ejemplo, llevar ostensiblemente un gran
rosario, aunque sin rezarlo. Bastó esto para obligar a toda la
corte a rezarlo devotamente.
El rey cayó enfermo
de gravedad. Ya lo creían muerto, cuando, arrebatado en espíritu
ante el tribunal de Jesucristo, vio a los demonios que le
acusaban de todos los crímenes que había cometido. Cuando el
divino Juez lo iba ya a condenar a las penas eternas, intervino
en favor suyo la Santísima Virgen. Trajeron, entonces, una
balanza: en un platillo de la misma colocaron los pecados del
rey. La Santísima Virgen colocó en el otro el rosario que
Alfonso había llevado para honrarla y los que, gracias a su
ejemplo, habían recitado otras personas. Esto pesó más que
los pecados del rey. La Virgen le dijo luego, mirándole
benignamente: «Para recompensarte por el pequeño
servicio que me hiciste al llevar mi Rosario, te he alcanzado de
mi Hijo la prolongación de tu vida por algunos años. ¡Empléalos
bien y haz penitencia!»
Volviendo en sí el
rey exclamó: «Oh bendito Rosario de la Santísima Virgen, que
me libró de la condenación eterna!» Y después de recobrar la
salud, fue siempre devoto del Rosario y lo recitó todos los días.
Que los devotos de
la Santísima Virgen traten de ganar el mayor número de fieles
para la Cofradía del Santo Rosario, a ejemplo de estos santos y
de este rey. Así conseguirán en la tierra la protección de
María y luego la vida eterna: «Los que me den a conocer,
alcanzarán la vida eterna» (Eclo 24,31).
9a Rosa:
Lo enemigos del Santo Rosario
30) Veamos
ahora cuán injusto es impedir el progreso de la Cofradía del
Santo Rosario y cuales son los castigos que Dios inflige a los
infelices que la han despreciado o intentado destruirla.
Aunque la devoción
del Santo Rosario ha sido autorizada por el Cielo con muchos
milagros y ha recibido la aprobación de la Iglesia mediante
Bulas pontificias, no faltan hoy libertinos, impíos y gentes
orgullosas que se atreven a difamar la Cofradía del Santo
Rosario o alejar de ella a los fieles. Es fácil reconocer que
sus lenguas están infectadas con el veneno del infierno y que
se mueven a impulso del maligno. Nadie, en efecto, podría
desaprobar la devoción del Santo Rosario sin condenar al mismo
tiempo lo más piadoso que existe en la religión cristiana, a
saber: la oración dominical, la salutación angélica, los
misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de su Santísima
Madre. Estos orgullosos no pueden soportar que se rece el
Rosario y caen con frecuencia, inconscientemente, en el criterio
reprobable de los herejes que detestan el Rosario y la Corona.
Aborrecer las Cofradías
es alejarse de Dios y de la auténtica piedad, dado que
Jesucristo asegura que se halla entre quienes se reúnen en su
nombre. Ni es ser buen católico despreciar tantas y tan grandes
indulgencias como la Iglesia concede a la Cofradía. Finalmente,
disuadir a los fieles de que pertenezcan a la Cofradía del
Santo Rosario, es obrar como enemigo de la salvación de las
almas, ya que por medio de ella abandonan el pecado para abrazar
la piedad. San Buenaventura afirma con razón en su Salterio (Psalterium,
lect. 4), que quien desprecia a la Santísima Virgen morirá en
pecado y se condenará. ¡Qué castigos no deben esperar quienes
alejan a los demás de la devoción hacia Ella!
10a Rosa:
Los milagros del Santo Rosario
31) Mientras Santo
Domingo predicaba esta devoción en Carcasona, un hereje se
dedicó a ridiculizar los milagros y los quince misterios del
Santo Rosario. Impedía así la conversión de los herejes.
Dios permitió, para castigo de este impío, que 15.000
demonios se apoderaran de su cuerpo. Sus padres lo condujeron
entonces al Santo para que lo librara de los espíritus
malignos. Se puso Santo Domingo en oración y exhortó a la
multitud a rezar con él en alta voz el Rosario. Y he aquí
que a cada Avemaría la Santísima Virgen hacía salir cien
demonios del cuerpo del hereje, en forma de carbones
encendidos. Una vez liberado, el hereje abjuró de sus errores,
se convirtió y se hizo inscribir en la Cofradía del Rosario,
con muchos otros correligionarios suyos, conmovidos ante este
castigo y la fuerza del Rosario.
32) El sabio
Cartagena, franciscano, y otros autores refieren que en el año
1482, cuando el venerable Padre Diego Sprenger y sus
Religiosos trabajaban con gran celo por el restablecimiento de
la devoción y Cofradía del Santo Rosario en la ciudad de
Colonia, dos célebres predicadores, envidiosos de los frutos
maravillosos que los primeros obtenían mediante esta práctica,
intentaban desacreditarla en sus propios sermones. Gracias al
talento y fama que gozaban, apartaban a muchos de inscribirse
en la Cofradía. Para conseguir mejor sus perniciosos intentos,
uno de ellos preparó expresamente un sermón para el domingo
siguiente.
Llega la hora de
la predicación, pero el predicador no aparece. Se le espera.
Se le busca, y finalmente lo encuentran muerto, sin que
hubiera podido ser auxiliado por nadie. Persuadido el otro
predicador de que se trataba de un accidente natural, resuelve
reemplazar a su compañero en la triste empresa de abolir la
Cofradía del Rosario. Llegan el día y la hora del sermón.
Pero Dios lo castigó con una parálisis que le quitó el
movimiento y la palabra. Reconociendo su falta y la de su
compañero, recurrió de corazón a la Santísima Virgen,
prometiéndole predicar por todas partes el Rosario con tanto
empeño como aquel con que lo había combatido. Le suplicó
que para ello le devolviera la salud y la palabra. La Santísima
Virgen accedió a su petición. Sintiéndose repentinamente
curado, se levantó como otro Saulo, cambiado de perseguidor
en defensor del Santo Rosario. Reparó públicamente su culpa
y predicó con gran celo y elocuencia las excelencias del
Santo Rosario.
33) No dudo de que
las gentes críticas y orgullosas de hoy, al leer estas
historias, pongan en duda su autenticidad, como han hecho
siempre. Yo sólo las he transcrito de muy buenos autores
contemporáneos, y en parte, de un libro reciente del P.
Antonino Thomas, dominico, titulado El Rosal Místico.
Todo el mundo sabe,
por otra parte, que hay tres clases de fe para las diferentes
historias. A los acontecimientos narrados en la Sagrada
Escritura debemos una fe divina. A los relatos profanos, que
no repugnan la razón y han sido escritos por serios autores,
una fe humana. A las historias piadosas referidas por buenos
autores y no contrarias a la razón, la fe o las buenas
costumbres, aunque a veces sean extraordinarias, una fe
piadosa.
Confieso que no
debemos ser ni muy crédulos ni muy críticos, sino optar
siempre por el justo medio para descubrir dónde se hallan la
verdad y la virtud. Pero estoy convencido igualmente que así
como la caridad cree fácilmente cuanto no es contrario a la
fe ni a las buenas costumbres –«La caridad todo lo cree»
(1 Cor 13,7)–, del mismo modo, el orgullo lleva a negar casi
todas las historias bien fundadas, so pretexto de que no se
encuentran en la Sagrada Escritura.
En la trampa
tendida por satanás, en la que cayeron los herejes que
negaban la Tradición. Trampa en la que caen, sin darse cuenta,
los críticos de hoy, que no creen lo que no comprenden o no
les agrada, sin más motivo que su orgullo y autosuficiencia.

Segunda decena

Excelencia
del Santo Rosario por las oraciones de que está compuesto.
11a Rosa: El Credo

34) El Credo o símbolo
de los Apóstoles, que se reza sobre el Crucifijo del Rosario, es
una plegaria de gran mérito, por ser un sagrado compendio y
resumen de las verdades cristianas.
La fe, en efecto, es
la base, fundamento y principio de todas las virtudes cristianas,
de todas las verdades eternas y de todas las plegarias agradables
a Dios. «Quien se acerca a Dios ha de comenzar por creer»
(Heb 11,6). Sí, quien se acerca a Dios en la oración debe comenzar
con un acto de fe y cuanto mayor sea su fe, más eficaz y meritorio
para él y más gloriosa para Dios será su plegaria.
No me detendré a
explicar las palabras del símbolo de los Apóstoles. Pero no puedo
menos de aclarar las primeras palabras: «Creo en Dios».
Éstas encierran los
actos de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la
caridad. Tienen una eficacia maravillosa para santificarnos y
derrotar al demonio. Muchos santos vencieron con estas palabras
las tentaciones, especialmente las contrarias a la fe, la
esperanza o la caridad, durante su vida y a la hora de la muerte.
Fueron las últimas palabras que escribió San Pedro mártir con el
dedo, lo mejor que pudo y sobre la arena, cuando, con la cabeza
cortada por el sablazo de un hereje, se hallaba próximo a expirar.
35) La fe es la única
clave que permite entrar en todos los misterios de Jesús y de
María, contenidos en el Santo Rosario. Por esto es necesario
comenzar el Rosario rezando el Credo con gran atención y devoción.
Y cuanto más viva y robusta sea la fe, más meritorio será nuestro
Rosario. Es preciso que sea viva y animada por la caridad, es
decir, que para recitar bien el Santo Rosario, debes estar en
gracia de Dios o en busca de ella. Es necesario, además, que la fe
sea robusta y constante, es decir, que no has de buscar en el rezo
del Santo Rosario solamente el gusto sensible y la consolación
espiritual. En otras palabras, no debes dejarlo cuando te salten
las distracciones involuntarias en la mente, un incomprensible
tedio en el alma, un fastidio o sopor casi continuo en el cuerpo.
Para rezar bien el Rosario no son necesarios ni gusto ni consuelo
ni suspiros ni fervor y lágrimas, ni aplicación prolongada de la
imaginación. Bastan la fe pura y la recta intención. «Basta
sólo la fe» (Cuarta estrofa del himno “Pange lingua”.)
12a Rosa: El Padrenuestro (I)

36) El Padrenuestro
u oración dominical saca toda su excelencia de su Autor, que no
es hombre ni Ángel, sino el Rey de los Ángeles y de los hombres,
Jesucristo. «Era necesario –dice San Cipriano (PL 4, 537)–
que quien venía como Salvador a darnos la vida de la gracia, nos
enseñara también, como celestial Maestro, el modo de orar».
La sabiduría del
divino Maestro se manifiesta claramente en el orden, dulzura y
fuerza de esta divina plegaria. Es corta, pero rica en
enseñanzas. Es accesible a los ignorantes, pero llena de
misterios para los sabios.
El Padrenuestro
encierra todos los deberes que tenemos para con Dios, los actos
de todas las virtudes y la petición para todas nuestras
necesidades espirituales y materiales. «Es el compendio del
Evangelio», dice Tertuliano (PL 1, 1255). «Aventaja a los
deseos de los santos» dice Tomás de Kempis (Enchiridium
Monachorum, c.3). Compendia todas las dulces expresiones
de los salmos y cantos, implora cuanto necesitamos, alaba a Dios
de manera excelente, eleva el alma de la tierra al Cielo y la
une íntimamente con Él.
37) Debemos recitar la
oración dominical con la certeza de que el Padre Eterno la
escuchará por ser la oración de su Hijo, a quien Él escucha
siempre (Jn 11, 42 y Heb 5,7) y cuyos miembros somos (Ef 5, 30).
¿Podría acaso un Padre tan bueno rechazar una súplica tan bien
fundada, apoyada como ésta, en los méritos e intercesión de Hijo
tan digno?
Asegura San Agustín
(PL 41, 748) que el Padrenuestro bien rezado borra los pecados
veniales. El justo cae siete veces por día (Prov 24, 16), pero
con las siete peticiones del Padrenuestro puede remediar sus
caídas y fortificarse contra sus enemigos. Es oración corta y
fácil, a fin de que, frágiles como somos y sometidos como
estamos a tantas miserias, recibamos auxilio más rápidamente,
rezándola con mayor frecuencia y devoción.
38) Desengáñate,
pues, alma piadosa, que desprecias la oración compuesta y
ordenada por el Hijo mismo de Dios a todos los creyentes. Tú que
aprecias solamente las oraciones compuestas por los hombres,
¡como si el hombre, por esclarecido que sea, supiera mejor que
Jesús cómo debemos orar! Tú que buscas en libros humanos el
método de alabar y orar a Dios, como si te avergonzaras de
utilizar el que su Hijo nos ha prescrito, y vives persuadida de
que las oraciones contenidas en los libros son para los sabios y
ricos, mientras que el Rosario es bueno solamente para las
mujeres, los niños y la gente del pueblo, como si las alabanzas
y oraciones que lees en tu devocionario fueran más bellas y
agradables a Dios que la oración dominical. ¡Dejar de lado la
oración recomendada por Jesucristo para apegarnos a las
compuestas por los hombres es una tentación peligrosa!
No desaprobamos con
esto las oraciones compuestas por los santos para excitar a los
fieles a alabar a Dios. Pero no podemos admitir que haya quienes
las prefieran a la que brotó de los labios de la Sabiduría
encarnada, dejen el manantial para correr tras los arroyos y
desdeñen el agua viva para ir a beber la turbia. Porque, al fin
y al cabo, el Rosario, compuesto de la oración dominical y de la
salutación angélica, es el agua limpia y eterna que mana de la
fuente de la gracia. Mientras que las demás oraciones, que
buscas y rebuscas en los libros, no son más que arroyos que
derivan de ella.
39) ¡Dichoso quien
recita la plegaria enseñada (Mt 6, 9-13) por el Señor, meditando
atentamente cada palabra! Encuentra en ella cuanto necesita y
puede desear.
Cuando rezamos esta
admirable plegaria, cautivamos desde el primer momento el
corazón de Dios, invocándolo con el dulce nombre de Padre.
«Padre
nuestro». El más tierno de todos los padres, omnipotente
en la creación, admirable en la conservación de las creaturas,
sumamente amable en su providencia e infinitamente bueno en la
obra de la Redención. ¡Dios es nuestro Padre! ¡Entonces, todos
somos hermanos y el Cielo es nuestra patria y nuestra herencia!
¿No bastará esto para inspirarnos, a la vez, amor a Dios y al
prójimo, y desapego de todas las cosas de la tierra?
Amemos, pues, a un
Padre como éste y digámosle millares de veces: «Padre
nuestro que estás en los Cielos». Tú, que llenas el
Cielo y la tierra con la inmensidad de tu esencia y estás
presente en todas partes. Tú, que moras en los santos con tu
gloria, en los condenados con tu justicia, en los justos por tu
gracia, en los pecadores por tu paciencia comprensiva: haz que
recordemos siempre nuestro origen celestial, vivamos como
verdaderos hijos tuyos y avancemos siempre hacia Ti solo, con
todo el ardor de nuestros anhelos.
«Santificado
sea tu Nombre». El Nombre del Señor es santo y terrible,
dice el profeta rey (Sal 98, 3), el Cielo resuena con las
alabanzas incesantes de los serafines a la santidad del Señor
Dios de los ejércitos –exclama Isaías (Is 6, 3.)–. Con estas
palabras pedimos que toda la tierra reconozca y adore los
atributos de un Dios tan grande y santo. Que sea conocido, amado
y adorado por los paganos, los turcos, los hebreos, los bárbaros
y todos los infieles. Que todos los hombres le sirvan y
glorifiquen con fe viva, con esperanza firme, con caridad
ardiente, renunciando a todos los errores: en una palabra que
todos los hombres sean santos porque Él mismo lo es (Lev
11,44-45 y 1 Pe 1, 16).
«Venga a
nosotros tu Reino». Es decir, reina, Señor en nuestras
almas con tu gracia en esta vida a fin de que merezcamos reinar
contigo después de la muerte, en tu reino que es la suprema
felicidad, en la cual creemos, esperamos y la cual deseamos.
Felicidad que la bondad del Padre nos ha prometido, los méritos
del Hijo nos han adquirido, y la luz del Espíritu Santo nos ha
revelado.
«Hágase tu
voluntad en la tierra como en el cielo». Cuando pedimos que se haga su voluntad
es porque aceptamos humildemente
cuanto ha querido ordenar respecto a nosotros. Y que cumplamos
siempre y todo su santísima voluntad, manifestada en sus
mandamientos, con la misma prontitud, amor y constancia con las
que los Ángeles y santos le obedecen en el Cielo.
40) «Danos hoy
nuestro pan de cada día». Jesucristo nos enseña a pedir
a Dios lo necesario para la vida del cuerpo y del alma. Con
estas palabras, confesamos humildemente nuestra miseria y
rendimos homenaje a la Providencia, declarando que creemos y
queremos recibir de su bondad todos los bienes temporales. Con
la palabra “pan”, pedimos a Dios lo estrictamente necesario para
la vida: excluimos lo superfluo. Este pan lo pedimos “hoy” es
decir, limitamos al presente nuestras solicitudes, confiando a
la Providencia el mañana. Pedimos el pan “de cada día”,
confesando así nuestras necesidades siempre renovadas y
proclamamos la continua dependencia en que nos hallamos de la
protección y socorros divinos.
«Perdona
nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos
ofenden». Nuestros pecados –dicen San Agustín y
Tertuliano– son deudas que contraemos con Dios, y su
justificación exige el pago hasta el último céntimo. Y ¡todos
tenemos esas tristes deudas! Pero, no obstante nuestras
numerosas culpas, acerquémonos a Él confiadamente, y digámosle
con verdadero arrepentimiento: «Padre nuestro, que estás
en los cielos», perdona los pecados de nuestro corazón y
nuestra boca, los pecados de acción y omisión, que nos hacen
infinitamente culpables a los ojos de la justicia. Porque, como
hijos de un Padre tan clemente y misericordioso, perdonamos por
obediencia y caridad a cuantos nos han ofendido.
«No nos dejes
–por infidelidad a tu gracia– caer en la
tentación» del mundo y de la carne.
«Y líbranos
del mal» que es el pecado, del mal de la pena temporal y
eterna que hemos merecido.
«¡Amén!»
Expresión muy consoladora –dice San Jerónimo–. Es como el sello
que Dios pone al final de nuestra súplica para asegurarnos que
nos ha escuchado. Es como si nos respondiera: “¡Amén!” Sí,
hágase como han pedido; lo han conseguido. Porque esto es lo que
significa el término: “Amén”.
13a Rosa: El Padrenuestro (II)

41) Al recitar cada
una de las palabras de la oración dominical, honramos las
perfecciones divinas. Honramos su fecundidad llamándolo
«Padre»: Padre que desde la eternidad engendras un Hijo
igual que tú, eterno y consustancial, que es una misma esencia,
una misma potencia, una misma bondad, una misma sabiduría contigo.
Padre e Hijo que al amarse producen al Espíritu Santo, que es Dios
como Uds. ¡Tres adorables personas que son un solo Dios!
«¡Padre
nuestro!». Es decir, Padre de los hombres por la creación,
la conservación y la redención. Padre misericordioso de los
pecadores; Padre amigo de los justos; Padre magnífico de los
bienaventurados.
«Que estás».
Con estas palabras admiramos la inmensidad, la grandeza y plenitud
de la esencia divina, que se llama con verdad EL QUE ES (Ex 3,14),
es decir, el que existe esencial, necesaria y eternamente, que es
el Ser de los seres, la Causa de todo ser. Que contiene en sí
mismo, forma eminente, las perfecciones de todos los seres. Que
está en todos con su esencia, presencia y potencia sin ser por
ellos abarcado.
Honramos su
sublimidad, gloria y majestad con las palabras que estás en los
Cielos, es decir, como sentado en su trono para ejercer justicia
sobre todos los hombres.
Adoramos su santidad,
al desear que su Nombre sea santificado. Reconocemos su soberanía
y la justicia de sus leyes, anhelando la llegada de su reino, y
ansiando que le obedezcan los hombres en la tierra como le
obedecen los Ángeles en el Cielo. Pidiéndole que nos dé el pan de
cada día, creemos en su Providencia. Al rogarle que no nos deje
caer en la tentación, reconocemos su poder. Esperando que
nos libre del mal, nos confiamos a su bondad.
El Hijo de Dios
glorificó siempre al Padre con sus obras y vino al mundo para
enseñar a los hombres a glorificarlo. Y les ha enseñado la forma
de honrarlo con esta oración que se dignó dictarles. Debemos,
pues, rezarla con frecuencia y atención, y con el mismo espíritu
con que Él la compuso.
14a Rosa: El Padrenuestro (III)

42) Cuando rezamos
devotamente esta divina oración, realizamos tantos actos de las
más nobles virtudes cristianas como palabras pronunciamos.
Al decir «Padre
nuestro que estás en los Cielos», hacemos actos de fe,
adoración y humildad.
Al desear que su
Nombre sea santificado y glorificado, manifestamos celo ardiente
por su gloria.
Al pedir la posesión
de su reino, hacemos un acto de esperanza.
Al desear que se
cumpla su voluntad en la tierra como en el Cielo, mostramos
espíritu de perfecta obediencia.
Pidiéndole que nos dé
el pan de cada día, practicamos la pobreza según el espíritu
y el desapego de los bienes de la tierra.
Al rogarle que perdone
nuestros pecados, hacemos un acto de contrición.
Al perdonar a quienes
nos han ofendido, ejercitamos la misericordia en la más alta
perfección.
Al implorar ayuda en
la tentación, hacemos actos de humildad, prudencia, fortaleza.
Al implorar que nos
libre del mal, practicamos la paciencia.
Finalmente, al pedir
todo esto no sólo para nosotros, sino también para el prójimo y
para todos los miembros de la Iglesia, nos comportamos como
verdaderos hijos de Dios, lo imitamos en la caridad que abraza a
todos los hombres y cumplimos el mandamiento de amar al prójimo.
43) Detestamos,
además, todos los pecados y practicamos los mandamientos de Dios,
cuando al rezar esta oración, nuestro corazón sintoniza con la
lengua y no mantenemos intenciones contrarias a estas divinas
palabras. Puesto que, cuando reflexionamos en que Dios está en el
Cielo, es decir, infinitamente por encima de nosotros por la
grandeza de su majestad, entramos en los sentimientos del más
profundo respeto en su presencia y, sobrecogidos de temor, huimos
del orgullo y nos abatimos hasta el anonadamiento. Al pronunciar
el nombre de Padre, recordamos que de Dios hemos recibido la
existencia por medio de nuestros padres y la instrucción por medio
de nuestros maestros. Todos los cuales representan para nosotros a
Dios, cuya viva imagen constituyen. Por ello nos sentimos
obligados a honrarlos, o mejor dicho, a honrar a Dios en sus
personas y nos guardamos mucho de despreciarlos y afligirlos.
Cuando deseamos que
el Santo Nombre de Dios sea glorificado, estamos bien lejos de
profanarlo. Cuando consideramos el reino de Dios como nuestra
herencia, renunciamos a todo apego desordenado a los bienes de
este mundo. Cuando pedimos con sinceridad para nuestro prójimo los
bienes que deseamos para nosotros, renunciamos al odio, la
disensión y la envidia.
Al pedir a Dios el
pan de cada día, detestamos la gula y la voluptuosidad, que se
nutren en la abundancia.
Al rogar a Dios con
sinceridad que nos perdone, como también nosotros perdonamos a los
que nos ofenden, reprimimos la cólera y la venganza, devolvemos
bien por mal y amamos a nuestros enemigos.
Al pedir a Dios que
no nos deje caer en el pecado en el momento de la tentación,
manifestamos huir de la pereza y buscar los medios para combatir
los vicios y salvarnos.
Al rogar a Dios que
nos libre del mal, tenemos su justicia y nos alegramos porque el
temor de Dios es el principio de la sabiduría (Sal 100, 10; Prov
1, 7); el temor de Dios hace que el hombre evite el pecado (Prov
15,27; Eclo 1,27).
15a Rosa: El Avemaría. Sus excelencias

44) La salutación
angélica es tan sublime y elevada, que el Beato Alano de la Rupe
ha creído que ninguna creatura puede comprenderla y que solamente
Jesucristo, Hijo de María, puede explicarla.
Deriva su excelencia:
de la Santísima Virgen, a quien fue dirigida; de la finalidad de
la Encarnación del Verbo, para la cual fue traída del Cielo; y del
Arcángel San Gabriel, que fue el primero en pronunciarla (Lc
1,28.42).
El Avemaría resume, en
la más concisa síntesis, toda la teología cristiana sobre la
Santísima Virgen. En el Avemaría encontramos una alabanza y una
invocación. La alabanza contiene cuanto constituye la
verdadera grandeza de María. La invocación contiene cuanto
debemos pedirle y cuanto podemos alcanzar de su bondad.
La Santísima Trinidad
reveló la primera parte, Santa Isabel, iluminada por el Espíritu
Santo, añadió la segunda. Y la Iglesia ordenó que se invocase a la
Santísima Virgen bajo este glorioso título, con estas palabras:
«Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte».
45) La Santísima
Virgen recibió esta divina salutación en orden a llevar a feliz
término el asunto más sublime e importante del mundo, a saber, la
Encarnación del Verbo Eterno, la reconciliación entre Dios y los
hombres y la redención del género humano. Embajador de esta buena
noticia fue el Arcángel San Gabriel, uno de los primeros príncipes
de la Corte Celestial.
La salutación angélica
contiene la fe y esperanza de los patriarcas, de los profetas y de
los Apóstoles. Es la constancia y fortaleza de los mártires, la
ciencia de los doctores, la perseverancia de los confesores y la
vida de los Religiosos. Es el cántico nuevo de la ley de la
gracia, la alegría de los Ángeles y de los hombres y el terror y
confusión de los demonios.
Por la salutación,
Dios se hizo hombre, una virgen se convirtió en Madre de Dios, las
almas de los justos fueron liberadas, se repararon las ruinas del
Cielo y los tronos vacíos fueron de nuevo ocupados, el pecado fue
perdonado, se nos devolvió la gracia, se curaron las enfermedades,
los muertos resucitaron, se llamó a los desterrados, se aplacó la
Santísima Trinidad, y los hombres obtuvieron la vida eterna.
Finalmente, la
salutación angélica es el arco iris, la señal de la clemencia y de
la gracia dadas al mundo por Dios.
16a Rosa: El Avemaría. Su belleza

46)
Aunque no hay nada tan excelso como la Majestad divina ni tan
abyecto como el hombre considerado como pecador, con todo la Augusta
Majestad no desdeña nuestros homenajes y se siente honrada cuando
cantamos sus alabanzas. Ahora bien, la salutación angélica es uno de
los cánticos más bellos que podamos entonar a la gloria del
Altísimo: «Te cantaré un cántico nuevo» (Sal 143,9).
La salutación angélica es precisamente el cántico nuevo que David
predijo se cantaría en la venida del Mesías.
Hay
un cántico antiguo y un cántico nuevo.
El
cántico antiguo es el que cantaron los israelitas en acción de
gracias por la creación, la conservación, la liberación de la
esclavitud, el paso del Mar Rojo, el maná y todos los demás favores
celestiales.
El
cántico nuevo es el que entonan los cristianos en acción de
gracias por la Encarnación y la Redención. Dado que estos
prodigios se realizaron por el saludo del Ángel, repetimos esta
salutación para agradecer a la Santísima Trinidad por tan
inestimables beneficios.
Alabamos a Dios Padre por haber amado tanto al mundo que le dio
su Unigénito para salvarlo.
Bendecimos a Dios Hijo por haber descendido del Cielo a la
tierra, por haberse hecho hombre y habernos salvado.
Glorificamos al Espíritu Santo por haber formado en el seno de
la Virgen María ese cuerpo purísimo que fue víctima de nuestros
pecados.
Con
estos sentimientos de gratitud, debemos rezar la salutación
angélica, acompañándola de actos de fe, esperanza, caridad y acción
de gracias por el beneficio de nuestra salvación.
47)
Aunque este cántico nuevo se dirige directamente a la Madre de Dios
y contiene sus elogios, es, no obstante, muy glorioso para la
Santísima Trinidad, porque todo el honor que tributamos a la
Santísima Virgen vuelve a Dios, causa de todas sus perfecciones y
virtudes. Con este cántico nuevo glorificamos a Dios Padre
porque honramos a la más perfecta de sus criaturas; glorificamos
al Hijo, porque alabamos a su Purísima Madre; glorificamos al
Espíritu Santo, porque admiramos las gracias con que colmó a su
Esposa.
Del mismo modo que la Santísima Virgen con su hermoso cántico, el
Magnificat, dirige a Dios las alabanzas y bendiciones que le tributó
Santa Isabel por su eminente dignidad de Madre del Señor, así dirige
inmediatamente a Dios los elogios y bendiciones que le presentamos
mediante la salutación angélica.
48)
Si la salutación angélica glorifica a la Santísima Trinidad, también
constituye la más perfecta alabanza que podamos dirigir a María.
Deseaba Santa Matilde saber cuál era el mejor medio para testimoniar
su tierna devoción a la Madre de Dios. Un día, arrebatada en
éxtasis, vio a la Santísima Virgen que llevaba sobre el pecho la
salutación angélica en letras de oro y le dijo:
«Hija mía, nadie puede honrarme con saludo más agradable que el que
me ofreció la Santísima Trinidad. Por él me elevó a la dignidad de
Madre de Dios.
"La
palabra AVE me hizo saber que Dios en su omnipotencia me había
preservado de toda mancha de pecado y de las calamidades a que
estuvo sometida la primera mujer».
«El nombre de “María”, que significa “Señora de la luz”, como astro
brillante, para iluminar los Cielos y la tierra».
«Las palabras “llena de gracia”, me recuerdan que el Espíritu Santo
me colmó de tantas gracias, que puedo comunicarlas con abundancia a
quienes las piden por mediación mía».
«Diciendo “el Señor es contigo”, siento renovarse la inefable
alegría que experimenté cuando el Verbo eterno se encarnó en mi
seno».
«Cuando me dicen “bendita Tú eres entre todas las mujeres”, tributo
alabanzas a la Misericordia divina que se dignó elevarme a tan alto
grado de felicidad».
«Ante las palabras “bendito es el fruto de tu vientre Jesús”, todo
el Cielo se alegra conmigo al ver a Jesús, mi Hijo, adorado y
glorificado por haber salvado al hombre».
17a Rosa: El Avemaría. Sus maravillosos frutos

49) Entre las cosas
admirables que la Santísima Virgen reveló al Beato Alano de la
Rupe, y sabemos que este gran devoto de María confirmó con
juramento sus revelaciones, hay tres de mayor importancia:
La primera, que la
negligencia, tedio y aversión a la salutación angélica, que
restauró al mundo, son señal probable e inmediata de reprobación
eterna.
La segunda, que
quienes tienen devoción a esta divina salutación poseen una gran
señal de predestinación.
La tercera, que
quienes han recibido de Dios la gracia de amar a la Santísima
Virgen y servirla por amor deben esmerarse con el mayor empeño
para continuar amándola y sirviéndola hasta que Ella los coloque
en el Cielo, por medio de su Hijo, en el grado de gloria que
conviene a sus méritos (Beato Alano, de D.P., c. 11).
50) Todos los herejes,
que son hijos de satanás y llevan señales evidentes de
reprobación, tienen horror al Avemaría. Quizás aprenden el
Padrenuestro, pero no el Avemaría. Preferirían llevar sobre sí una
serpiente antes que un Rosario.
Entre los católicos,
aquellos que llevan la marca de la reprobación apenas si se
interesan por el Rosario, son negligentes en rezarlo o lo recitan
tibia y precipitadamente.
Aunque yo no aceptara
con fe piadosa lo revelado al Beato Alano, me basta la experiencia
personal para convencerme de esta terrible y a la vez consoladora
verdad. No sé ni veo con claridad cómo una devoción tan pequeña
pueda ser señal infalible de eterna salvación, y su defecto, señal
de reprobación. No obstante, nada hay más cierto. Vemos, en
efecto, que quienes en nuestros días profesan novedosas doctrinas
condenadas por la Iglesia, a pesar de su aparente piedad,
descuidan en demasía la devoción del Rosario y frecuentemente lo
arrancan del corazón de quienes les rodean, con los pretextos más
hermosos del mundo. Evitan con cuidado condenar abiertamente el
Rosario y el Escapulario. Pero su proceder es tanto más pernicioso
cuanto más sutil. Hablaremos de ello más adelante.
51) Mi Avemaría, mi
Rosario o mi Corona son mi oración preferida y mi piedra de
toque segurísima para distinguir a quienes son conducidos por el
Espíritu de Dios, de quienes se hallan bajo la ilusión del
espíritu maligno. He conocido almas que parecían volar como
águilas hasta las nubes, por la sublimidad de su contemplación.
Eran, sin embargo, miserablemente engañadas por el demonio. Sólo
llegué a descubrir sus ilusiones, al ver que rechazaban el
Avemaría y el Rosario como indignos de su estima.
El Avemaría es un
rocío celestial y divino, que al caer en el alma de un
predestinado le comunica una fecundidad maravillosa para producir
toda clase de virtudes. Cuanto más regada esté el alma por
esta oración, tanto más se le ilumina el espíritu, más se le
abrasa el corazón y más se fortalece contra sus enemigos.
El Avemaría es una
flecha inflamada y penetrante, que unida por un predicador a
la palabra divina que anuncia, le da la fuerza de traspasar y
convertir los corazones más endurecidos, aunque el orador no tenga
talento natural extraordinario para la predicación.
El Avemaría fue el
arma secreta que, como dije antes (Rosa 2a. y 4a), sugirió la
Santísima Virgen a Santo Domingo y al Beato Alano para convertir a
los herejes y pecadores.
De aquí surgió la
costumbre de los predicadores de rezar un Avemaría al comenzar la
predicación –como afirma San Antonio–.
18a Rosa: El Avemaría. Sus bendiciones

52) Esta divina
salutación atrae sobre nosotros la copiosa bendición de Jesús y de
María. Efectivamente, es principio infalible que Jesús y María
recompensan magnánimamente a quienes les glorifican, y vuelven
centuplicadas las bendiciones que se les tributan: «Quiero a
los que me quieren... para enriquecer a los que me aman y para
llenar sus bodegas» (Prov 8.17.21). Es lo que proclaman a voz
en cuello Jesús y María: «Amamos a quienes nos aman, los
enriquecemos y llenamos sus tesoros». «Quien siembra
generosamente, generosas cosechas tendrá» (2 Cor 9,6).
Ahora bien, ¿no es
amar, bendecir y glorificar a Jesús y a María el recitar
devotamente la salutación angélica? En cada Avemaría tributamos a
Jesús y a María una doble bendición: Bendita Tú eres entre
todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
En cada Avemaría tributamos a María el mismo honor que Dios le
hizo al saludarla mediante el Arcángel San Gabriel.
¿Quién podrá pensar
siquiera que Jesús y María, que tantas veces hacen el bien a
quienes les maldicen, vayan a responder con maldiciones a quienes
los honran y bendicen con el Avemaría?
La Reina del Cielo
–dice San Bernardo y San Buenaventura– no es menos agradecida y
cortés que las personas nobles y bien educadas de este mundo. Las
aventaja en esta virtud como en las demás perfecciones, y no
permitirá que la honremos con respeto sin devolvernos el ciento
por uno. «María nos saluda con la gracia, siempre que la
saludemos con el Avemaría» (San Buenaventura,
Psalterium, lect. 4; VD 144-181).
¿Quién podrá
comprender las gracias y bendiciones que el saludo y mirada
benigna de María atraen sobre nosotros?
En el momento en que
Santa Isabel oyó el saludo que le dirigía la Madre de Dios, quedó
llena del Espíritu Santo y el niño que llevaba en su seno saltó de
alegría. Si nos hacemos dignos del saludo y bendición recíprocos
de la Santísima Virgen, seremos, sin duda, colmados de gracias, y
un torrente de consuelos espirituales inundará nuestras almas.
19a Rosa: El Avemaría. Feliz intercambio

53) Está escrito:
«Den y se les dará» (Lc 6,38). Recordemos la
comparación del Beato Alano: «Si te doy cada día ciento
cincuenta diamantes, ¿no me perdonarías aunque fuese enemigo tuyo?
Y si eres mi amigo, ¿no me otorgarás todos los favores posibles?
¿Quieres enriquecerte con todos los bienes de la gracia y de la
gloria? ¡Saluda a la Santísima Virgen, honra a tu bondadosa
Madre!»
«El que da
gloria a su madre se prepara un tesoro» [Eclo 3,5).
Preséntale, al menos, cincuenta Avemarías diariamente, cada una de
ellas contiene quince piedras preciosas que agradan más a María
que todas las riquezas de la tierra. ¿Qué no podrás, entonces,
esperar de su generosidad? Ella es nuestra Madre y amiga. Es la
Emperatriz del universo y nos ama más de lo que todas las madres y
reinas juntas amaron a algún mortal. Porque –dice San Agustín– la
caridad de la Santísima Virgen aventaja a todo el amor natural de
todos los hombres y de todos los Ángeles.
54) El Señor se
apareció un día a Santa Gertrudis, contando monedas de oro. Se
atrevió ella a preguntarle qué estaba contando. Le respondió
Jesucristo: «Cuento tus Avemarías: son la moneda con
que se compra el Paraíso».
El docto y piadoso
Suárez, jesuita, estimaba tanto la salutación angélica que solía
decir: «¡Daría con gusto toda mi ciencia por el valor de un
Avemaría bien dicha!» (Poiré, La Triple Couronne, París, 1639;
3,13.69)
55) El Beato Alano de
la Rupe se dirige así a la Santísima Virgen: (Cartagena, en CN,
pág. 14-157).
Quien te ama, oh
excelsa María, escuche esto y llénese de gozo:
El Cielo exulta de
dicha,
la tierra, de
admiración,
cuando digo:
¡Avemaría!
Mientras que el
mundo se aterra,
poseo el amor de
Dios,
cuando digo:
¡Avemaría!
Mis temores me
disipan,
mis pasiones se
apaciguan,
cuando digo:
¡Avemaría!
Mi devoción se
acrecienta
y alcanzo la
contrición,
cuando digo:
¡Avemaría!
Se confirma mi
esperanza,
se acrecienta mi
consuelo,
cuando digo:
¡Avemaría!
Salta de gozo mi
espíritu,
se disipa mi
tristeza,
cuando digo:
¡Avemaría!
Porque la dulzura
de esta suavísima salutación es tan grande que no hay términos
adecuados para explicarla debidamente y, después de haber dicho de
ella maravillas, resulta todavía tan escondida y profunda, que es
imposible descubrirla. Es corta en palabras, pero grande en
misterios. Es más dulce que la miel y más preciosa que el oro. Hay
que tenerla frecuentemente en el corazón para meditarla y en la
boca para recitarla y repetirla devotamente
Refiere el mismo Beato
Alano, en el capítulo 69 de su Salterio (CN, pág. 187), que una
Religiosa muy devota del Rosario se apareció después de muerta a
una de sus Hermanas y le dijo: «Si pudiera regresar a mi cuerpo
para recitar solamente un Avemaría, aunque sin mucho fervor,
volvería a sufrir gustosamente todos los dolores que padecí antes
de morir, con tal de alcanzar el mérito de esta oración». Hay
que recordar que había sufrido crueles dolores durante varios
años.
56) Miguel de Lisle,
Obispo de Salubre, discípulo y compañero del Beato Alano de la
Rupe en el restablecimiento del Santo Rosario, dice que la
salutación angélica es el remedio de todos los males que nos
afligen, con tal que la recemos devotamente en honor de la
Santísima Virgen.
20a Rosa: El Avemaría. Conclusión

57) ¿Te debates en
la miseria del pecado? Invoca a la excelsa María y dile: ¡Ave!
Que quiere decir: «¡Te saludo con profundo respeto a Ti que eres
sin pecado ni desgracia!» Ella te librará de la desgracia de tus
pecados.
¿Te envuelven las tinieblas de la
ignorancia o del error? Recurre a María y dile: ¡Ave María! Es
decir: «Iluminada con los rayos del Sol de justicia». Ella te
comunicará sus luces.
¿Caminas extraviado, fuera de la senda
del Cielo? Invoca a María, que quiere decir: «Estrella del mar y
Estrella polar, que guía nuestro peregrinar por este mundo». Ella
te conducirá al puerto de salvación.
¿Estás afligido? Acude a María, que
quiere decir «mar amargo», pues fue llena de amarguras en este
mundo, y actualmente en el Cielo se ha convertido en mar de
purísimas dulzuras. Ella convertirá tu tristeza en gozo y tus
aflicciones en consuelo.
¿Has perdido la gracia? Honra la
abundancia de gracias de que Dios llenó a la Santísima Virgen y
dile: «Llena de gracia y de todos los dones del Espíritu Santo».
Ella te dará sus gracias.
¿Te sientes solo y abandonado de Dios?
Dirígete a María y dile: «El Señor es contigo más noble y está más
íntimamente que en los justos y los santos, porque eres con Él una
misma cosa, pues siendo Él tu Hijo, su carne es carne tuya. Y dado
que eres su Madre, estás con el Señor y en semejanza perfecta y
mutua caridad». Dile finalmente: «Toda la Santísima Trinidad está
contigo, pues eres su precioso Templo». Ella te colocará bajo la
protección y salvaguardia del Señor.
¿Estás hambriento del pan de la gracia
y del pan de la vida? Acércate a quien llevó el pan vivo
descendido del Cielo. Dile: «Bendito es el fruto de tu vientre, el
que concebiste sin detrimento de tu virginidad, que llevaste sin
trabajo y diste a luz sin dolor. Bendito Jesús, que rescató al
mundo esclavizado, curó al mundo enfermo, resucitó al hombre
muerto, hizo volver al hombre desterrado, justificó al hombre
criminal y salvó al hombre condenado. Ciertamente tu alma será
saciada del pan de la gracia en esta vida y de la vida eterna en
la otra. Amén».
58) Concluye tu
plegaria con la Iglesia y dile:
«Santa María, santa en
cuerpo y alma, santa por tu singular y eterna abnegación en el
servicio de Dios, santa en tu calidad de Madre de Dios que te dio
una santidad eminente como convenía a esta infinita dignidad».
«Madre de Dios y también madre
nuestra, Abogada y Mediadora nuestra, Tesorera y Dispensadora de
las gracias de Dios: alcánzanos pronto el perdón de nuestros
pecados y la reconciliación con la divina Majestad».
«Ruega por nosotros, pecadores: pues
tienes tanta compasión de los miserables, que no desprecias ni
rechazas a los pecadores, sin los cuales no serías la Madre del
Salvador. Ruega por nosotros ahora, durante el tiempo de nuestra
vida corta, frágil y miserable. Ahora, porque sólo nos pertenece
el momento presente. Ahora, cuando somos acometidos y estamos
rodeados, noche y día, de poderosos y crueles enemigos».
«Y en la hora de nuestra muerte, tan
terrible y peligrosa, cuando se agoten nuestras fuerzas, cuando
nuestro cuerpo y espíritu estarán abatidos por el dolor y el
espanto. En la hora de nuestra muerte, cuando satanás redoblará
sus esfuerzos a fin de arruinarnos para siempre. En esa hora en
que se decidirá nuestra suerte para toda una eternidad, dichosa o
infeliz. Ven en ayuda de tus pobres hijos, Madre compasiva,
Abogada y Refugio de los pecadores. Aleja de nosotros en la hora
de la muerte a los demonios, enemigos nuestros, cuyo
horroroso aspecto nos espanta. Ven a iluminarnos en las tinieblas
de nuestra muerte. Guíanos y acompáñanos ante el tribunal de
nuestro Juez, que es Hijo tuyo. Intercede por nosotros para que
nos perdone y reciba en la mansión de
la gloria eterna. ¡Amén: que así sea!»
59) ¿Habrá quien no
admire la excelencia del Santo Rosario compuesto de partes tan
excelentes como la oración dominical (el Padrenuestro) y la
salutación angélica (el Avemaría)?
¿Existe acaso oración más grata a Dios
y a la Santísima Virgen, y más fácil, dulce y saludable para los
hombres? Llevémosla continuamente en el corazón y en la boca para
honrar a la Santísima Trinidad, a Jesucristo nuestro Salvador y a
su Madre Santísima.
Además, al fin de cada decena es
conveniente añadir el: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu
Santo: como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos
de los siglos. Amén.

Tercera decena

Excelencia del Santo Rosario, manifestada por la meditación de la
Vida y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
21a Rosa: Los Misterios del Santo Rosario

60) Misterio
significa realidad sagrada y difícil de comprender. Las obras de
Jesucristo son todas sagradas y divinas, porque Él es Dios y
hombre al mismo tiempo. Las de la Virgen María son santísimas,
por ser Ella la más perfecta de las criaturas. Con razón se da
el nombre de misterios a las obras de Jesucristo y de su
Santísima Madre. Están, en efecto, colmadas de maravillas,
perfecciones e instrucciones profundas y sublimes que el
Espíritu Santo revela a los humildes y sencillos que los honran.
Las obras de Jesús y de María pueden también llamarse flores
admirables. Flores cuyo perfume y hermosura sólo conocen quienes
se acercan a ellas, aspiran su fragancia y abren su corola,
mediante una atenta y seria meditación.
61) Santo Domingo
distribuyó las vidas de Jesucristo y de la Santísima Virgen en
quince misterios, que nos representan sus virtudes y
principales acciones. Son quince cuadros, cuyas escenas
deben servirnos de normas y ejemplo para orientar nuestra vida.
Quince antorchas que guían nuestros pasos en este mundo.
Quince espejos luminosos que nos permiten conocer a Jesús
y María, conocernos a nosotros mismos y encender el fuego de su
amor en nuestros corazones. Quince hogueras en cuyas
llamas podemos incendiarnos totalmente.
La Santísima Virgen
enseñó a Santo Domingo este excelente método de orar y le ordenó
predicarlo para despertar la piedad de los cristianos y hacer
revivir el amor de Jesucristo en sus corazones. Lo enseñó
también al Beato Alano de la Rupe: «El rezo de ciento
cincuenta Avemarías es una oración muy útil, es un obsequio que
me agrada mucho. Y lo es aún más y harán mucho mejor quienes las
reciten meditando la Vida, Pasión y Gloria de Jesucristo. Porque
esta meditación es el alma de tales oraciones».
En efecto, el
Rosario sin la meditación de los sagrados misterios de nuestra
salvación sería como un cuerpo sin alma, una excelente materia
sin su forma que es la meditación, la cual distingue al Rosario
de las demás devociones.

62) La primera parte
del Rosario contiene cinco misterios:
1o El de la
Anunciación del Arcángel Gabriel a la Santísima Virgen.
2o El de la
Visitación de la Santísima Virgen a Santa Isabel.
3o El del Nacimiento
de Jesucristo.
4o El de la
Presentación de Jesús en el Templo y Purificación de la
Santísima Virgen.
5o El del Hallazgo
de Jesús en el Templo entre los doctores.
Y se llaman
misterios gozosos a causa de la alegría que proporcionaron a
todo el universo. En efecto:
* La Santísima
Virgen y los Ángeles quedaron inundados de gozo en el dichoso
momento de la Encarnación.
* Santa Isabel y su
hijo se colmaron de alegría con la visita de Jesús y de María.
* El Cielo y la
tierra se alegraron con el nacimiento del Salvador.
* Simeón quedó
consolado y lleno de alegría al recibir a Jesús en sus brazos.
* Los doctores
estaban embelesados al oír las respuestas de Jesús.
Y, ¿quién podrá
expresar el gozo de María y José al encontrar a Jesús después de
tres días de ausencia?

63) La segunda parte
del Rosario se compone también de cinco misterios, llamados
misterios dolorosos porque nos presentan a Jesucristo abrumado
por la tristeza, cubierto de llagas, cargado de oprobios,
dolores y tormentos.
1o El de la oración
de Jesús y su Agonía en el Huerto de los Olivos.
2o El de su
Flagelación.
3o El de su
Coronación de espinas.
4o El de la Cruz a
cuestas.
5o El de la
Crucifixión y muerte en el Calvario.

64) La tercera parte
del Rosario contiene otros cinco misterios, llamados gloriosos
porque en ellos contemplamos a Jesús y María en el triunfo y en
la gloria.
1o El de la
Resurrección de Jesucristo.
2o El de su
Ascensión.
3o El de la Venida
del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.
4o El de la gloriosa
Asunción de la Virgen María.
5o El de su
Coronación.
Éstas son las
quince flores olorosas del rosal místico, en las cuales se
posan, como abejas diligentes, las almas piadosas para recoger
el néctar maravilloso, y producir la miel de una sólida
devoción.
22a Rosa: La meditación de los Misterios nos conforma a
Jesucristo

65) La tarea
principal del cristiano es caminar hacia la perfección.
«Como hijos amadísimos de Dios, esfuércense por imitarlo»
(Ef 5,1), nos dice el gran Apóstol. Es una obligación
contenida en el decreto eterno de nuestra predestinación. Y
constituye el único medio, ordenado para llegar a la gloria
eterna.
San Gregorio de Nisa
dice con gracia que somos como pintores: nuestra alma es el
lienzo sobre el cual debemos aplicar el pincel: las virtudes son
los colores que deben hacer resaltar la belleza del original,
que es Jesucristo, imagen viva y representación perfecta del
Padre del Cielo. Un pintor para hacer un retrato al natural,
pone el original ante sus ojos y a cada pincelada vuelve a
mirarlo. Del mismo modo, el cristiano debe tener siempre ante
los ojos la vida y virtudes de Jesucristo para hacer, decir y
pensar solamente lo que sea conforme a ellas.
66) Para ayudarnos
en la obra importante de nuestra predestinación, la Santísima
Virgen ordenó exponer a los fieles que rezan el Rosario los
sagrados misterios de la vida de Jesucristo, no sólo para que
adoren y glorifiquen al Señor, sino también, y sobre todo, para
que regulen su vida y acciones por las virtudes de Jesús.
Ahora bien, así como
los niños imitan a sus padres, viéndolos y conversando con
ellos, y aprenden su lengua oyéndolos hablar, y como un aprendiz
domina su arte al ver trabajar a su maestro, del mismo modo los
fieles que rezan el Santo Rosario se hacen semejantes a su
divino Maestro, con el auxilio de su gracia y por la intercesión
de la Virgen María, al considerar atenta y devotamente las
virtudes de Jesucristo en los quince misterios de su vida.
67) Moisés ordenó al
pueblo hebreo, de parte de Dios mismo, que no olvidara jamás los
beneficios de que había sido objeto. El Hijo de Dios puede
con mayor razón mandarnos que grabemos en nuestro corazón y
tengamos incesantemente ante los ojos los misterios de su vida,
pasión y gloria, ya que con ellos quiso favorecernos y
mostrarnos el exceso de su amor para salvarnos.
«Todos Ustedes, que
pasan por el camino, miren y observen si hay dolor semejante al
que me atormenta por amor suyo» (Lam 1,12). «Acuérdense de mi
pobreza y vida errante, del ajenjo y amargor que sufrí por Uds.
en mi Pasión» (Lam 3,19.).
Estas palabras y
muchas otras que se podrían recordar, nos convencen sobradamente
de la obligación que tenemos de no contentarnos con rezar
vocalmente el Rosario en honor de Jesucristo.
23a Rosa:
El Santo Rosario: Memorial de la Vida y
Muerte de Jesucristo

68) Jesucristo,
divino Esposo de nuestras almas, nuestro amigo dulcísimo, desea
que recordemos sus beneficios, y los apreciemos más que todas
las cosas. Experimenta una gloria accidental, lo mismo que la
Santísima Virgen y los santos del Cielo, cuando meditamos con
amor y devoción los sacrosantos misterios del Rosario, que
constituyen los más visibles efectos de su amor hacia nosotros,
y los más ricos presentes que pudo hacernos. Pues, la Santísima
Virgen y todos los santos gozan por ellos de la gloria.
La Beata Ángela de
Foligno pidió un día al Señor que le indicara con qué ejercicio
podía honrarlo más. Se le apareció Él en la cruz y le dijo:
«Hija mía, ¡contempla mis llagas!» Así aprendió del Salvador
amabilísimo que nada le es más agradable que la meditación de
sus sufrimientos. Jesús le mostró después las heridas de su
cabeza y varias circunstancias de sus tormentos y le dijo:
«He sufrido todo esto por tu salvación, ¿qué puedes hacer que
iguale el amor que te tengo?».
69) El sacrificio
de la Santa Misa honra infinitamente a la Santísima Trinidad,
porque representa la pasión de Jesucristo, y por él ofrecemos
los méritos de su obediencia, sufrimientos y sangre. Toda la
corte celestial recibe con la santa Misa una gloria accidental.
Varios doctores, entre ellos Santo Tomás, nos dice, por la misma
razón, que el Cielo se alegra de la Comunión que reciben los
fieles, porque el Santísimo Sacramento es un memorial de la
Pasión y Muerte de Jesucristo, y mediante él participan los
hombres en sus frutos, y avanza en el camino de la salvación.
Ahora bien, el Santo
Rosario, recitado con la meditación de los sagrados misterios,
es un sacrificio de alabanza a Dios por el beneficio de nuestra
redención y un devoto recuerdo de los sufrimientos, muerte y
gloria de Jesucristo.
Por tanto, es verdad
que el Rosario procura una gloria y gozos accidentales a
Jesucristo, a la Santísima Virgen y a los demás bienaventurados,
quienes no desean nada tan importante para nuestra dicha eterna,
como vernos ocupados en un ejercicio tan glorioso al Señor y
saludable para nosotros.
70) El Evangelio nos
asegura que un pecador que se convierte y hace penitencia,
alegra a todos los Ángeles. Si para alegrar a los Ángeles basta
que un pecador abandone sus pecados y haga penitencia, ¿qué
gloria no será para el mismo Jesucristo el vernos meditar devota
y amorosamente en este mundo sus humillaciones, tormentos y
muerte cruel e ignominiosa? ¿Habrá algo más eficaz para
conmovernos y llevarnos a sincera penitencia?
El cristiano que no
medita los misterios del Rosario demuestra gran ingratitud hacia
Jesucristo y la poca estima que tiene a cuanto sufrió el divino
Salvador para redimir al hombre. Su conducta parece decir que
desconoce la vida de Jesucristo y que se preocupa poco o nada
por conocer lo que Jesús ha hecho y sufrido para salvarnos. Y
puede temer que, no habiendo conocido a Jesucristo o habiéndolo
olvidado, sea rechazado el día del juicio con este reproche:
«En verdad, ¡no les conozco!» (Mt 25,12.)
Meditemos, pues, la
vida y sufrimientos del Salvador mediante el Santo Rosario.
Aprendamos a conocerlo bien y a reconocer sus beneficios, para
que Él nos reconozca como hijos y amigos suyos en el día del
juicio.
24a Rosa:
El Santo Rosario:
La meditación de sus
misterios es un medio eficaz de perfección

71) Los santos
tenían como objeto principal de estudio la vida de Jesucristo,
cuyas virtudes y sufrimientos meditaban. Por este medio
llegaron a la perfección cristiana. San Bernardo comenzó por
este ejercicio y perseveró siempre en él. «Desde el
principio de mi conversión hice un ramillete de mirra, formado
por los dolores de mi Salvador, y los coloqué sobre mi
corazón, pensando en los azotes, espinas y clavos de la pasión
y aplicándome con toda mi alma a meditar cada día estos
misterios».
Era también éste
el ejercicio de los santos mártires. Nos admira la forma cómo
triunfaron de los más crueles tormentos. ¿De dónde podría
venir aquella admirable constancia de los mártires –añade
San Bernardo–, sino de las llagas de Jesucristo en las que
meditaban frecuentemente? ¿Dónde se hallaba el alma de
estos generosos atletas, mientras su sangre corría y sus
cuerpos eran triturados por los suplicios? ¡Estaban en las
llagas de Jesucristo y éstas los hacían invencibles!
72) La Madre
Santísima del Salvador dedicó toda su vida a meditar las
virtudes y sufrimientos de su Hijo. Cuando oyó a los Ángeles
cantar himnos de alabanza en su nacimiento, cuando vio a los
pastores adorarlo en el establo, se llenó de admiración y
meditaba en tantas maravillas. Comparaba las grandezas del
Verbo encarnado, con su profundo abatimiento. Las pajas y el
pesebre, con su trono y el seno del Padre. El poder de un
Dios, con la debilidad de un niño. Su sabiduría, con su
sencillez.
Las Santísima
Virgen dijo un día a Santa Brígida: «Cuando contemplaba
la belleza, modestia y sabiduría de mi Hijo, me sentía
transportada de gozo. Cuando consideraba que sus manos y sus
pies habían de ser atravesados con clavos, vertía torrentes de
lágrimas y el corazón se me partía de dolor y tristeza».
73) Después de la
Ascensión, la Santísima Virgen dedicó el resto de su vida a
visitar los lugares que el divino Salvador había santificado
con su presencia y tormentos. Meditaba allí sobre el exceso de
su caridad y los rigores de su Pasión.
Éste era también
el ejercicio de María Magdalena durante los treinta años que
vivió en San Baume. Dice también San Jerónimo que ésa era la
devoción de los primeros cristianos. Acudían de todos los
países del mundo a Tierra Santa para grabar más profundamente
en sus corazones el amor y el recuerdo del Salvador de los
hombres, con la vista de los objetos y lugares consagrados por
Él con su nacimiento, trabajos, sufrimientos y muerte.
74) Todos los
cristianos tienen una sola fe, adoran a un solo Dios, esperan
una sola felicidad en el Cielo, reconocen a un solo Mediador,
Jesucristo. Deben todos imitar a este divino modelo y
considerar para ello los misterios de su vida, sus virtudes y
su gloria.
Es un error
imaginar que la meditación de las verdades de la fe y de los
misterios de la vida de Jesucristo es solo para los
Sacerdotes, Religiosos y cuantos se han alejado de los
estorbos del mundo. Si los Religiosos y eclesiásticos están
obligados a meditar las grandes verdades de nuestra sacrosanta
religión a fin de responder dignamente a su vocación, los
laicos lo están igualmente a causa de los peligros en medio de
los cuales se encuentran diariamente. Deben armarse, por
tanto, con el recuerdo frecuente de la vida, virtudes y
sufrimientos del Salvador, que los quince misterios del
Rosario nos representan.
25a Rosa:
El Santo Rosario:
Tesoro de santificación
que encierran las oraciones y la meditación de sus misterios

75) ¡Nadie podrá
comprender jamás el tesoro de santificación que encierran las
oraciones y misterios del Santo Rosario! La meditación de
los misterios de la vida y muerte del Señor constituye, para
cuantos la practican, una fuente de los frutos más
maravillosos. Hoy se quieren cosas que impacten, conmuevan
y produzcan en el alma impresiones profundas. Ahora bien,
¿habrá en el mundo algo más conmovedor que la historia
maravillosa del Redentor desplegada en quince cuadros que nos
recuerdan las grandes escenas de la vida, muerte y gloria del
Salvador del mundo? ¿Hay oraciones más excelentes y sublimes
que la oración dominical y la salutación angélica? ¡Ellas
encierran cuanto deseamos y podemos necesitar!
76) La meditación
de los misterios y oraciones del Rosario es la más fácil de
todas las oraciones, porque la diversidad de las virtudes y
estados de Jesucristo, –sobre los cuales se reflexiona– recrea
y fortifica maravillosamente el espíritu e impide las
distracciones. Los sabios encuentran en estas fórmulas la
doctrina más profunda, y los ignorantes, las instrucciones más
sencillas. Es preciso pasar por esa meditación sencilla antes
de elevarse al grado más sublime de contemplación. Tal es la
opinión de Santo Tomás de Aquino. Y tal es el consejo que nos
da, cuando nos dice que es necesario ejercitarnos de antemano,
como en un campo de batalla, en la adquisición de todas las
virtudes, de las que son modelos perfectos los misterios del
Rosario.
Porque ahí –dice
el sabio Cayetano– podremos adquirir la íntima unión con Dios,
sin la cual la contemplación es sólo una ilusión capaz de
seducir a las almas.
77) Si los falsos
iluminados de nuestro siglo, o sea los quietistas, hubieran
seguido este consejo, no hubieran caído tan vergonzosamente ni
causado tantos escándalos en cuestiones de devoción. Pretender
que se pueden componer oraciones más sublimes que el
Padrenuestro y el Avemaría, y abandonar estas divinas
oraciones que son el sostén, fuerza y salvaguardia del alma,
es una engañosa ilusión del demonio.
Estoy de acuerdo
en que no es necesario recitarlas siempre vocalmente, y que la
oración mental es, en cierto sentido, más perfecta que la
vocal. ¡Pero te aseguro que es peligroso, por no decir
perjudicial, abandonar voluntariamente el rezo del Rosario, so
pretexto de una unión más íntima con Dios! El alma, sutilmente
orgullosa, engañada por el demonio meridiano (Sal 90, 6 - 2
Cor 11, 14), hace interiormente cuanto puede para elevarse al
grado más sublime de la oración de los santos: desprecia y
abandona para ellos sus métodos antiguos de orar, que juzga
buenos sólo para almas ordinarias. Cierra por sí misma el oído
a la oración compuesta, practicada y prescrita por Dios:
«Oren así: Padre nuestro...» (Mt 6,9.) Y así va
cayendo de ilusión en ilusión y de precipicio en precipicio.
78) ¡Créeme,
querido amigo del Santo Rosario! ¿Quieres llegar a altos
grados de contemplación sin menoscabo de la oración y sin caer
en las ilusiones del demonio, tan frecuentes en personas de
oración? Recita, si puedes, todos los días, el Santo Rosario
o, por lo menos, la tercera parte de él. Quizás hayas llegado
ya a esos grados, por gracia de Dios. Si quieres permanecer en
ellos y crecer en humildad, persevera con fidelidad en la
práctica del Santo Rosario. Porque una persona que recite su
Rosario cada día, no caerá jamás formalmente en la herejía ni
será engañada por el demonio. ¡Con mi sangre rubricaría esta
afirmación! Si Dios, no obstante, en su infinita bondad, te
atrae tan poderosamente durante el Rosario como a algunos
santos, déjate conducir por su atracción, deja a Dios actuar y
orar en ti, y recitar el Rosario a su manera. Y que esto te
baste en ese día.
Pero, si hasta
ahora te hallas en la contemplación activa o en la oración
ordinaria, de quietud, de presencia de Dios y de afecto,
tienes aún menos razón para dejar tu Rosario, ya que, muy
lejos de retroceder en la virtud y la oración, el recitarlo te
servirá más bien de ayuda maravillosa y será la verdadera
escala de Jacob (Gén 25,12), con quince escalones, por los
cuales irás subiendo de virtud en virtud y de luz en luz,
hasta llegar fácilmente y sin engaño a la perfección en
Jesucristo.
26a Rosa:
El Santo Rosario:
Oración sublime

79) Evita
cuidadosamente el imitar la obstinación de aquella devota de
Roma, de quien tanto hablan «Las maravillas del Rosario» . Era
persona tan piadosa y ferviente que con su vida santa
confundía a los Religiosos más austeros de la Iglesia de Dios.
Quiso consultar a
Santo Domingo. Se confesó con él. Le impuso el Santo como
penitencia rezar un Rosario y le aconsejó que lo rezara todos
los días. Se excusó ella diciendo que tenía todos sus
ejercicios ya organizados: Cada día ganaba las indulgencias de
las estaciones de Roma, llevaba cilicios, tomaba disciplina
varias veces por semana, y hacía tantos ayunos y mil otras
penitencias. El Santo la volvió a exhortar a seguir su
consejo. Pero ella se negó a ello y salió del confesionario
casi escandalizada por el proceder del nuevo director que
quería hacerle aceptar una devoción contraria a su gusto.
Hallándose cierto
día en oración y arrebatada en éxtasis, vio su alma obligada a
comparecer ante el Juez Supremo. San Miguel colocó en un
platillo de la balanza todas sus penitencias y oraciones, y en
el otro sus pecados e imperfecciones.
El platillo de las
buenas obras subía y subía sin lograr equilibrar al otro.
Alarmada, imploró misericordia. Se dirigió a la Santísima
Virgen, abogada suya, quien dejó caer en el platillo de las
buenas obras el único Rosario que por penitencia había rezado.
Este pesó tanto, que equilibró el peso de los pecados y las
buenas obras. La Santísima Virgen la reprendió, al mismo
tiempo, por no haber seguido el consejo de su servidor
Domingo, de rezar el Santo Rosario todos los días. Al volver
en sí, corrió a arrojarse a los pies de Santo Domingo. Le
contó lo ocurrido, le pidió perdón de su incredulidad,
prometió rezar todos los días el Santo Rosario, y llegó por
este medio a la perfección de cristiana y a la gloria eterna.
Alma piadosa,
¡aprende, pues, cuál es la eficacia, valor e importancia de la
devoción del Santo Rosario y la meditación de sus misterios!
80) ¡Quién más
elevado en oración que Santa Magdalena, que era transportada
siete veces[86]cada día al Cielo por los Ángeles! ¡Y había
estado en la escuela de Jesucristo y de su Santísima Madre!
Sin embargo, cuando pidió a Dios un medio eficaz para
adelantar su amor y llegar a la más alta perfección, el
Arcángel San Miguel vino a decirle de parte de Dios que no
conocía ninguno distinto, que considerar, ante una cruz que
colocó a la entrada de su cueva, los misterios dolorosos que
ella había contemplado con sus propios ojos.
¡Que el ejemplo de
San Francisco de Sales, ese gran director de almas
espirituales en su tiempo, te estimule a incorporarte en una
cofradía tan Santa como la del Rosario! Pues, no obstante ser
Santo, hizo voto de rezar el Rosario completo todos los días
de su vida.
San Carlos
Borromeo lo recitaba igualmente todos los días, y lo
recomendaba con insistencia a sus sacerdotes, a sus
seminaristas y a todo su pueblo.
San Pío V, uno de
los Papas más eminentes de la Iglesia, rezaba todos los días
el Rosario, Santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia,
San Ignacio, San Francisco Javier, San Francisco de Borja,
Santa Teresa, San Felipe Neri y muchos otros grandes hombres
que no menciono, se distinguieron por esta devoción. ¡Sigue
sus ejemplos! Tus directores quedarán satisfechos, y si los
informas de los frutos que puedes sacar del rezo del Rosario,
se apresurarán a animarte a su recitación.
27a Rosa:
El Santo Rosario:
Sus beneficios

81) Para animarte
aún más a abrazar esta devoción de las grandes almas, añado
que el Rosario, recitado con la meditación de los misterios:
1) nos eleva
insensiblemente al perfecto conocimiento de Jesucristo;
2) nos purifica
del pecado;
3) nos da la
victoria sobre nuestros enemigos;
4) nos facilita la
práctica de las virtudes;
5) nos inflama en
el amor a Jesucristo;
6) nos enriquece
con gracias y méritos;
7) nos da los
medios para cancelar con Dios y con los hombres todas nuestras
deudas;
8) nos obtiene
toda clase de gracias.
82) El
conocimiento de Jesucristo es la ciencia de los cristianos y
de la salvación. Supera –dice San Pablo (Filp 3, 8)– a todas
las ciencias humanas en precio y excelencia:
1) gracias a la
dignidad de su objeto, que es un Hombre-Dios, en cuya
presencia todo el universo no es más que una gota de rocío o
grano de arena:
2) por su
utilidad, ya que las ciencias humanas sólo nos llenan de
vanidad y de orgullo;
3) por su
necesidad, pues no es posible salvarnos, si no conocemos a
Jesucristo. El que ignore todas las ciencias se salvará, con
tal que esté iluminado por la ciencia de Jesucristo.
¡Dichoso Rosario
que nos da la ciencia y conocimiento de Jesucristo, al
permitirnos meditar su vida, su muerte, pasión y gloria!
La reina de Saba,
admirada ante la sabiduría de Salomón, exclamó: «¡Felices
tus gentes! ¡Felices tus servidores, que están siempre junto a
ti y escuchan tus santas palabras!» (1 Re 10,8) Pero más
dichosos son los fieles que meditan atentamente la vida,
virtudes, sufrimientos y gloria del Salvador, porque, gracias
a este medio, adquieren la ciencia perfecta en la que consiste
la vida eterna (Jn 17,3).
83) La Santísima
Virgen reveló al Beato Alano que tan pronto como Santo Domingo
empezó a predicar el Rosario, los pecadores empedernidos se
convirtieron y lloraron amargamente sus crímenes. Hasta los
niños hicieron penitencias increíbles. Dondequiera que
predicaba el Rosario, fue tal el fervor, que los pecadores
cambiaron de vida y edificaron al mundo con sus penitencias y
enmienda de vida.
Si sientes la
conciencia cargada de pecados, toma el rosario y medita una
parte del mismo en honor de algunos misterios de la vida,
pasión y gloria de Jesucristo. Y convéncete de que, mientras
meditas y honras estos misterios, Él en el cielo mostrará al
Padre sus llagas sacrosantas, intercederá por ti y te
alcanzará la contrición y el perdón de tus pecados.
El Señor dijo
cierto día al Beato Alano: «¡Si los hombres pecadores
rezaran frecuentemente mi Rosario, participarían de los
misterios de mi Pasión, y Yo, como Abogado suyo, aplacaría la
justicia divina!»
84) Nuestra vida
es de guerra y tentación continuas (Job 7,1). Tenemos que
luchar no contra enemigos de carne y sangre, sino contra las
mismas potestades infernales (Ef 6, 12). ¿Qué mejores armas
podemos empuñar para combatirlos, que la oración dominical
enseñada por nuestro propio capitán, y la salutación angélica,
que ahuyentó a los demonios, destruyó el pecado y renovó el
mundo? ¿Las habrán mejores que la meditación de la vida y
pasión de Jesucristo, pensamientos que debemos tener
habitualmente presentes –como lo ordena San Pedro (1 Pe 4, 1)–
para defendernos de los mismos enemigos que Él ha vencido y
que nos atacan todos los días?
«Desde que el
demonio –dice el Cardenal Hugo– fue vencido por la humanidad y
pasión de Jesucristo, apenas si se atreve a atacar a una
persona que medita estos misterios o, si la ataca, es vencido
por ella ignominiosamente». «Protéjanse con toda la
armadura que Dios les ha dado» (Ef 6,11).
85) ¡Empuña el
arma de Dios, que es el Santo Rosario! ¡Con ella
destrozarás la cabeza del demonio y podrás resistir todas las
tentaciones. De aquí proviene que aún el rosario material sea
tan terrible al diablo, y que los santos se han servido de él
para encadenarlo y arrojarlo del cuerpo de los posesos, como
atestiguan tantas historias.
86) Cierto hombre
–refiere el Beato Alano– había ensayado inútilmente toda
suerte de devociones para librarse del espíritu maligno, que
había tomado posesión de él. Resolvió ponerse al cuello el
rosario. Y con esto se alivió. Pero cuando se lo quitaba, el
demonio volvía a atormentarlo cruelmente. Decidió, entonces,
llevarlo al cuello noche y día. Así logró arrojar para siempre
al demonio, que no podía soportar tan terrible cadena. El
Beato Alano atestigua que libró a muchos posesos, poniéndoles
al cuello el rosario.
87) El R.P. Juan
Amat, de la Orden de Santo Domingo, predicaba la cuaresma en
una comarca del reino de Aragón. Le presentaron cierto día una
muchacha posesa. Intentó él varias veces exorcizarla, pero
inútilmente. Al ponerle al cuello el rosario, ella empezó a
gritar y aullar espantosamente, diciendo: «¡Quítenme!
¡Quítenme esos granos que me atormentan!» El sacerdote por
compasión con la pobre joven, le quitó del cuello el rosario.
La noche
siguiente, mientras el Padre descansaba en su lecho, los
mismos demonios que poseían a la muchacha se arrojaron
rabiosamente contra él para apoderarse de su persona, pero,
con el rosario que tenía en la mano, no obstante los esfuerzos
que hicieron para quitárselo, azotó y echó fuera a los
demonios, diciendo: «¡Santa María, Virgen del Rosario,
socórreme!»
Cuando, a la
mañana siguiente, se dirigía el Sacerdote a la iglesia,
encontró a la joven aún posesa. Uno de los demonios empezó a
gritar burlándose de él: «Hermano, si no hubieras tenido tu
rosario, ya hubiéramos acabado contigo!» Entonces el Padre
arrojó de nuevo el rosario al cuello de la joven, diciendo:
«Por los nombres sacratísimos de Jesús y María, su Madre
Santísima, y por la virtud del Santísimo Rosario, ¡les
conjuro, espíritus malignos, a que salgan inmediatamente de
este cuerpo!» Los diablos tuvieron que obedecer y la joven
quedó libre.
Estos hechos ponen
de relieve cuál es la fuerza del Santo Rosario para vencer
toda clase de tentaciones diabólicas y toda suerte de pecados,
porque las cuentas benditas del rosario los ponen en fuga.
28a Rosa:
Saludables
efectos que producen el meditar la Pasión

88) Afirma San
Agustín (PL 40,1273-1274) que no hay ejercicio tan fructuoso y
útil para la salvación, como pensar con frecuencia en los
sufrimientos del Señor.
San Alberto Magno,
maestro de Santo Tomás, supo por revelación que el simple
recuerdo o la meditación de la pasión de Jesucristo es más
meritorio para el cristiano que ayunar durante todo un año a
pan y agua todos los viernes o disciplinarse sangrientamente
cada semana o rezar el Salterio todos los días. ¿Cuál no será,
entonces, el mérito del Rosario, que conmemora toda la vida y
pasión del Señor?
La Santísima
Virgen reveló un día al Beato Alano de la Rupe, que después
del santo sacrificio de la Misa, primera y más viva memoria de
la pasión de Jesucristo, no hay oración más excelente ni
meritoria, que el Rosario, segunda memoria y representación de
la vida y pasión del Señor.
89) El R.P.
Dorland refiere (Chronica, 7.2) que la misma Santísima Virgen
dijo cierto día al Venerable Domingo, cartujo, devoto del
Santo Rosario, residente en Tréveris, en el año 1431:
«Cuantas veces rezan los fieles el Rosario, en estado de
gracia, meditando los misterios de la Vida y Pasión de
Jesucristo, obtienen plena y completa remisión de sus
pecados».
La Santísima
Virgen dijo también al Beato Alano: «Ten por cierto que,
aunque ya son muchas las indulgencias concedidas a mi Rosario,
yo añadiré muchas más por cada tercera parte de él a quienes
lo recen en estado de gracia, de rodillas y devotamente. Y a
quienes perseveren en su devoción, en tales condiciones y
meditaciones, les obtendré al final de su vida, como
recompensa por este servicio, la remisión total de la pena y
de la culpa por todos sus pecados».
«Y que esto
no parezca imposible: es fácil para mí, pues soy la Madre del
Rey del Cielo, que me llamó “llena de gracia”. Y como tal haré
también amplia efusión de ella a mis queridos hijos».
90) Santo Domingo
estaba tan convencido de la eficacia y méritos del Santo
Rosario, que no imponía casi nunca penitencia distinta del
rezo del Rosario a quienes se confesaban con él, como vimos en
la historia de la dama romana a quien impuso por penitencia un
solo Rosario.
Los confesores
deberían también, para seguir el ejemplo de este gran Santo,
imponer a sus penitentes la recitación del Rosario con la
meditación de los sagrados misterios, en lugar de otras
penitencias de menor mérito y no tan agradables a Dios ni tan
eficaces para adelantar en el camino de la virtud e impedir la
caída en el pecado. Además, al rezar el Rosario, ganas muchas
indulgencias que no están concedidas a otras devociones.
91) «Ciertamente
–dice el Abad Blosio– el Rosario, unido a la meditación de
la vida y pasión del Señor, resulta agradabilísimo a
Jesucristo y a la Santísima Virgen, y muy eficaz para
obtener cuanto deseas. Podemos recitarlo por nosotros
mismos, por quienes se han encomendado a nosotros y por la
Iglesia» (...) «Recurramos, pues, a la devoción del Santo
Rosario en todas nuestras necesidades, y obtendremos
infaliblemente cuanto pidamos a Dios para nuestra
salvación».
29a Rosa:
El Santo Rosario:
Instrumento de salvación

92) Nada más
divino –según San Dionisio–, nada más noble ni agradable a
Dios que cooperar a la salvación de las almas y a derrumbar
los planes que el demonio pone en juego para perderlas. Para
ello descendió a la tierra el Hijo de Dios, que con la
fundación de la Iglesia destruyó el dominio de Satanás. Pero
el tirano rehizo sus fuerzas y esclavizó con cruel violencia a
las gentes mediante la herejía de los albigenses, los odios,
disensiones y vicios abominables que durante el siglo XI hizo
reinar en el mundo.
¿Cuál sería el
remedio para tan graves males? ¿Cómo derribar las fuerzas de
Satanás? La Virgen Santísima, protectora de la Iglesia,
ofreció la Cofradía del Rosario como el medio más eficaz para
apaciguar la cólera de su Hijo, extirpar la herejía y reformar
las costumbres de los cristianos. Los hechos lo comprobaron:
se reavivó la caridad, se volvió a la frecuencia de los
sacramentos como en los primeros siglos de oro de la Iglesia,
y se reformaron las costumbres de los cristianos.
93) El Papa León X
dice en su Bula (4 de Octubre de 1520) que esta Cofradía fue
fundada para honrar a Dios y la Santísima Virgen, y como un
baluarte para contener las desgracias que iban a caer sobre la
Iglesia. Gregorio XIII añade que el Rosario fue ofrecido por
el Cielo como medio para aplacar la cólera divina e implorar
la intercesión de la Santísima Virgen.
Julio III afirma
que el rosario fue inspirado para abrirnos más fácilmente el
Cielo, gracias a la intervención de la Santísima Virgen.
Pablo III y San
Pío V (17 de septiembre de 1569) declaran que el Rosario fue
establecido y dado a los creyentes para que pudieran obtener
en forma más eficaz la paz y el consuelo espirituales.
¿Quién podrá,
entonces, descuidar el inscribirse en una Cofradía instituida
con tan nobles fines?
94) El P. Domingo,
cartujo, devotísimo del Rosario vio un día el Cielo abierto y
toda la corte celestial ordenada admirablemente. Oyó cantar el
Rosario con arrobadora melodía, honrando en cada decena un
misterio de la vida, pasión o gloria de Jesucristo y de la
Santísima Virgen. Y advirtió que cuando los bienaventurados
pronunciaban el santo nombre de María, hacían inclinación de
cabeza, y al nombre de Jesús, una genuflexión (Filp 2,10), y
daban gracias a Dios por los grandes beneficios concedidos al
Cielo y a la tierra mediante el Santo Rosario. Vio igualmente
a la Santísima Virgen y a los Santos que presentaban a Dios
los Rosarios que los cofrades recitaban en la tierra, y que
rogaban por cuantos practicaban esta devoción. Vio también
innumerables coronas de bellísimas y perfumadas flores
preparadas para los que rezan devotamente el Rosario, y que
cuantas veces lo rezan, hacen una corona con la que serán
adornados en el Cielo.
La visión de este
devoto cartujo armoniza con la visión del discípulo amado,
cuando vio una multitud incontable de Ángeles y santos, que
alababan y bendecían a Jesucristo por cuanto hizo y sufrió en
el mundo para salvarnos (Ap 5,9-11). Ahora, ¿no es esto lo que
hacen los cofrades del Rosario?
95) No te imagines
que el Rosario sea solamente para las mujeres, los niños y los
ignorantes. Es también para los hombres, para los más grandes
hombres.
Tan pronto como
Santo Domingo dio cuenta al Papa Inocencio III de la orden
recibida del Cielo de establecer la Cofradía, el Santo Padre
la aprobó, exhortó a Santo Domingo a predicarla y quiso formar
parte de ella. Los mismos Cardenales la abrazaron con gran
fervor, de suerte que López no dudó en escribir: «Ningún sexo,
edad ni condición social pudo sustraerse a la oración del
Rosario».
Efectivamente, en
la Cofradía se han inscrito toda clase de personas: duques,
príncipes, reyes, prelados, cardenales y Soberanos Pontífices.
Larga sería su enumeración en este resumen.
Y si tú, lector
amado, entras en la Cofradía, tendrás parte en su devoción y
sus gracias sobre la tierra, y en su gloria en el Cielo:
asociado con ellos en la devoción, lo estarás también en la
dignidad.
30a Rosa:
El Santo Rosario:
Sus indulgencias

96) Si los
privilegios, gracias e indulgencias hacen recomendable una
Cofradía, es preciso afirmar que la del Rosario es la más
recomendable que tiene la Iglesia. En efecto, es la más
favorecida y enriquecida con indulgencias. Desde su fundación,
apenas si ha habido un Papa que no haya abierto los tesoros de
la Iglesia para enriquecerla. Pero, como el ejemplo persuade
más que las palabras y los beneficios, los Papas no han podido
manifestar mejor la estima que tenían de la Cofradía que
inscribiéndose en ella. Aquí tiene su resumen de las
indulgencias concedidas por los Soberanos Pontífices.
97) Indulgencia
plenaria, si se reza en una iglesia u oratorio público, o en
familia, o en Comunidad Religiosa, o en asociación piadosa; en
los demás casos, indulgencia parcial.
«Es el rosario
cierta forma de oración, que consta de quince decenas de
Avemarías, separadas por un Padrenuestro, y en cada decena se
meditan otros tantos misterios de nuestra redención»
(Liturgia de las Horas).
«Sin embargo,
acostúmbrase llamar “Rosario” aun la tercera parte del mismo»
«En cuanto a la
indulgencia plenaria, se establece.
1) Basta el rezo
de la tercera parte. Pero las cinco decenas deben rezarse
seguidas.
2) A la oración
vocal se ha de añadir la piadosa meditación de los misterios.
3) En el rezo
público, deben enunciarse los misterios según la costumbre
aprobada del lugar; en el rezo privado basta que el fiel, una
la meditación de los misterios a la oración vocal».
Nota: Todas las indulgencias plenarias y parciales de las que se
habla en este parte del libro, actualmente se obtienen sin que
uno se inscriba en ninguna Cofradía, sin que use las cuentas de
ningún rosario (por ejemplo uno puede contar las 10 Avemarías de
cada decena con los 10 dedos de las manos), y sin que uno rece
el Rosario de rodillas (aunque San Luis M. de Montfort en SAR
129 lo aconseje).

Cuarta decena

Excelencia del Santo Rosario manifestada por las maravillas que Dios
ha realizado en favor suyo
31a Rosa:
Blanca de Castilla y
Alfonso VIII

98) Fue Santo Domingo a visitar a
Blanca, reina de Francia, que después de doce años de casada no
tenía hijos y estaba afligida sobremanera por ello. Le aconsejó el
Santo que rezara el Rosario todos los días para alcanzar del Cielo
la gracia de tener descendencia. Ella lo hizo y su petición fue
escuchada en el año 1213, en que nació su primogénito a quien
llamó Felipe.
Pero, antes de que el niño abandonara
la cuna, la muerte lo arrebató. La piadosa reina acudió más que
nunca a la Santísima Virgen. Hizo distribuir gran cantidad de
rosarios en la corte y en varias ciudades del reino para que Dios
le concediera una bendición completa. Lo que sucedió, ya que en el
año 1215 vino al mundo San Luis, gloria de Francia y modelo de
reyes cristianos.
99) Alfonso VIII, rey de León y de
Castilla, fue castigado por Dios de diferentes maneras a causa de
sus pecados, viéndose obligado a retirarse a una ciudad de uno de
sus aliados. El día de Navidad predicó allí Santo Domingo, según
su costumbre, sobre el Santo Rosario y las gracias que se obtienen
de Dios por esta devoción. Dijo entre otras cosas que cuantos lo
rezan alcanzan de Dios el triunfo sobre sus enemigos y recobran
todo lo perdido. Impactado por estas palabras, hizo el rey llamar
a Santo Domingo y le preguntó si era verdad cuanto había dicho
acerca del Santo Rosario. Le respondió el Santo que no debía
abrigar duda alguna, y le prometió que, si quería practicar esta
devoción e inscribirse en la Cofradía, experimentaría sus
saludables efectos.
Decidió el rey recitar todos los días
el Rosario. Práctica en la que perseveró durante un año. Terminado
el cual, el mismo día de Navidad, después de recitar él su
Rosario, se le apareció la Virgen Santísima y le dijo: «Alfonso,
hace un año que me honras recitando devotamente mi Rosario.
¡Quiero recompensarte! He alcanzado de mi Hijo el perdón de tus
pecados. Aquí tienes este rosario ¡Te lo regalo! ¡Llévalo siempre
contigo y ninguno de tus enemigos podrá hacerte daño!» Y
desapareció. El rey quedó muy consolado. Regresó a su casa,
llevando en sus manos el rosario. Encontró a la reina y le contó,
lleno de gozo, el favor que acababa de recibir de la Santísima
Virgen. Le tocó los ojos con el rosario, y la reina recobró la
vista que había perdido.
Algún tiempo después, reunió el rey
algunas tropas, y con la ayuda de sus aliados atacó resueltamente
a sus enemigos. Los obligó a devolverle sus tierras y reparar los
daños inferidos. Los arrojó totalmente de sus dominios y fue tan
afortunado en la guerra, que de todas partes venían soldados a
combatir bajo sus banderas, porque las victorias parecían
acompañar por todas partes sus batallas. No hay por qué
maravillarse de ello, pues no entraba nunca en batalla sin haber
rezado antes su Rosario de rodillas. Había hecho inscribir en la
Cofradía del Santo Rosario a toda su corte, y exhortaba a sus
oficiales y familiares a ser devotos del mismo. La reina se
comprometió también a ello. Y los dos perseveraron en el servicio
de la Santísima Virgen, viviendo piadosamente.
32a Rosa:
El Señor Pèrez

100) Tenía Santo Domingo un primo
llamado el Señor Pérez o Don Pedro, que llevaba una vida muy
disoluta. Oyó éste que el Santo predicaba las maravillas del
Rosario, y que muchos se convertían y cambiaban de vida por este
medio y se dijo: «Había perdido la esperanza de salvarme. Pero
empiezo a recobrar la confianza. ¡Es preciso que acuda a escuchar
a este hombre de Dios!» Asistió, pues, un día al sermón del
Santo. Quien al verlo, redobló su ardor en atacar los vicios, y
rogó a Dios fervorosamente que abriese los ojos de su primo y le
hiciera conocer el estado miserable de su alma.
El Señor Pérez se asustó, desde
luego, pero no se decidió a convertirse. Volvió, sin embargo, a
la predicación del Santo. Cuando éste lo vio, comprendiendo que
este corazón endurecido no se convertiría sino ante un golpe
extraordinario, gritó en alta voz: «Señor Jesucristo, ¡haz ver
a todo este auditorio el estado en que se halla la persona que
acaba de entrar en tu templo!»
Toda la concurrencia vio entonces a
Don Pedro rodeado de una multitud de demonios en figura de bestias
espantosas, que lo tenían atado con cadenas de hierro. Llenos de
espanto, huyeron todos desordenadamente, con inmensa confusión de
Don Pedro, aterrado y avergonzado al verse convertido en objeto de
horror para todo el mundo. Santo Domingo hizo que se detuvieran y
dijo a Don Pedro: «Reconoce, infeliz, el deplorable estado en que
te encuentras y arrójate a los pies de la Santísima Virgen! ¡Toma
este rosario! ¡Rézalo con devoción y arrepentimiento de tus
pecados, y resuélvete a cambiar de vida!»
Don Pedro se puso de rodillas, rezó
el Rosario y se sintió impulsado a confesarse. Lo que hizo con
gran contrición. El Santo le ordenó rezar todos los días el
Rosario. Prometió él hacerlo y se inscribió en la Cofradía. Su
rostro, que había asustado a todos, parecía tan brillante como
el de un Ángel, cuando salió de la iglesia. Perseveró en la
devoción del Rosario, llevó una vida ordenada y murió
dichosamente (Ros. Myst. 7a. ed., cap. 1.)
33a Rosa:
Un albigense poseso

101) Mientras Santo Domingo
predicaba cerca de Carcasona, le presentaron un albigense
poseído del demonio. Lo exorcizó el Santo en presencia de una
gran muchedumbre. Se cree que estaban presentes más de doce mil
hombres. Los demonios que poseían a este infeliz fueron
obligados a responder, a pesar suyo, a las preguntas del Santo y
confesaron:
1) que eran quince mil los que
poseían el cuerpo de aquel miserable, porque había combatido
los quince misterios del Rosario;
2) que con el Rosario que Santo
Domingo predicaba causaba terror y espanto a todo el infierno, y
que era el hombre más odiado por ellos a causa de las almas que
les arrebataba con la devoción del Rosario;
3) revelaron, además, muchos otros
particulares.
Santo Domingo arrojó su rosario al
cuello del poseso y les preguntó que de todos los santos del
Cielo a quién temían más, y a quién debían amar y honrar
más los mortales.
A esta pregunta, los demonios
prorrumpieron en alaridos tan espantosos, que la mayor parte de
los oyentes cayó en tierra, sobrecogidos de espanto. Los
espíritus malignos, para no responder, comenzaron a llorar y
lamentarse en forma tan lastimera y conmovedora, que muchos de
los presentes empezaron también a llorar movidos por natural
compasión. Y decían con voz dolorida por boca del poseso:
«¡Domingo! ¡Domingo! ¡Ten piedad de nosotros! ¡Te
prometemos no hacerte daño! ¡Tú que tienes tanta santa
compasión de los pecadores y miserables, ten piedad de nosotros!
¡Mira cuánto padecemos! ¿Por qué te complaces en aumentar
nuestras penas? ¡Conténtate con las que ya padecemos! ¡Misericordia!
¡Misericordia! ¡Misericordia!».
102) El Santo, sin inmutarse ante
las dolientes palabras de los espíritus, les respondió que no
dejaría de atormentarlos hasta que hubieran respondido a sus
preguntas. Le dijeron los demonios, que responderían, pero en
secreto y al oído, no ante todo el mundo. Insistió el Santo y
les ordenó que hablaran en voz alta. Pero su insistencia fue
inútil: los diablos no quisieron decir palabra. Entonces el
Santo se puso de rodillas y elevó a la Santísima Virgen esta
plegaria: «¡Oh poderosísima Virgen María! ¡Por virtud de tu
Salterio y Rosario, ordena a estos enemigos del género humano
que respondan a mi pregunta!» Hecha esta oración, salió una
llama ardiente de las orejas, nariz y boca del poseso. Los
presentes temblaban de espanto, pero ninguno sufrió daño. Los
diablos gritaron entonces: «Domingo, te rogamos por la pasión
de Jesucristo y los méritos de su Santísima Madre y de todos
los santos, que nos permitas salir de este cuerpo sin decir
palabra. Los Ángeles, cuando tú lo quieras, te lo revelarán.
¿Por qué darnos crédito? No nos atormentes más. ¡Ten piedad
de nosotros!»
«¡Infelices, son indignos de ser
oídos!» –respondió Santo Domingo–. Y arrodillándose
elevó esta plegaria a la Santísima Virgen: «Madre dignísima
de la Sabiduría, te ruego en favor del pueblo aquí presente,
instruido ya sobre la forma de recitar bien la salutación
angélica. ¡Obliga a estos enemigos tuyos a confesar la plena y
auténtica verdad al respecto!».
Había apenas terminado esta
oración, cuando vio a su lado a la Santísima Virgen, rodeada
de multitud de Ángeles, que con una varilla de oro en la mano,
golpeaba al poseso y le decía: «¡Responde a Domingo, mi
servidor!» Nótese que nadie veía ni oía a la Santísima
Virgen, fuera de Santo Domingo.
103) Entonces los demonios
comenzaron a gritar: «¡Oh enemiga nuestra! ¡Oh ruina y
confusión nuestra! ¿Por qué viniste del Cielo a atormentarnos
en forma tan cruel? ¿Será preciso que por Ti, oh Abogada de
los pecadores a quienes sacas del infierno, oh Camino seguro del
Cielo, seamos obligados, a pesar nuestro, a confesar delante de
todos lo que es causa de nuestra confusión y ruina? ¡Ay de
nosotros! ¡Maldición a nuestros príncipes de las tinieblas!»
«¡Oigan, pues, cristianos! Esta
Madre de Cristo es omnipotente, y puede impedir que sus siervos
caigan en el infierno. Ella, como un sol, disipa las tinieblas
de nuestras astutas maquinaciones. Descubre nuestras tentaciones.
Nos vemos obligados a confesar que ninguno que persevere en su
servicio se condena con nosotros.
Un solo suspiro que Ella presente a
la Santísima Trinidad vale más que todas las oraciones, votos
y deseos de todos los santos. Le tememos más que a todos los
bienaventurados juntos, y nada podemos contra sus fieles
servidores».
104) «Tengan también en
cuenta que muchos cristianos que la invocan al morir, y que
deberían condenarse según las leyes ordinarias, se salvan,
gracias a su intercesión.
¡Ah! Si esta Mariucha –así la
llamaban en su furia– no se hubiera opuesto a nuestros
designios y esfuerzos, ¡hace tiempo habríamos derribado y
destruido a la Iglesia, y precipitado en el error y la
infidelidad a todas sus jerarquías! Tenemos que añadir, con
mayor claridad y precisión, obligados por la violencia que nos
hacen, que nadie que persevere en el rezo del Rosario, se
condenará. Porque Ella obtiene para sus fieles devotos la
verdadera contrición de los pecados, para que los confiesen y
alcancen el perdón e indulgencia de ellos».
Entonces Santo Domingo hizo rezar el
Rosario a todos los asistentes, muy lenta y devotamente. Y a
cada Avemaría que recitaban –¡cosa sorprendente!–, salían
del cuerpo del poseso gran multitud de demonios, en forma de
carbones encendidos. Cuando salieron todos los demonios, y el
hereje quedó completamente liberado, la Santísima Virgen dio
su bendición, aunque invisiblemente gran alegría. Este milagro
fue causa de la conversión de muchos herejes, que llegaron a
ingresar en la Cofradía del Santo Rosario.
34a
Rosa: Simón de Montfort,
Alano de Lanvallay, Otero[

105) ¿Quién podrá contar las victorias que Simón, conde
de Montfort, logró sobre los albigenses, gracias a la
protección de Ntra. Sra. del Rosario? Fueron tan famosas,
que jamás se ha visto cosa parecida. Con 500 hombres derrotó,
una vez, a un ejército de diez mil herejes. En otra ocasión,
con treinta venció a tres mil. En otra, con ochocientos
hombres de caballería y mil de infantería, despedazó al
ejército del rey de Aragón, compuesto de cien mil hombres,
perdiendo solamente un soldado de caballería y ocho de
infantería.
106) ¡De cuántos peligros libró la Santísima Virgen a
Alano de Lanvallay, caballero bretón, que combatía en
favor de la fe contra los albigenses! Mientras se hallaba
cierto día rodeado de enemigos por todas partes, la Santísima
Virgen lanzó contra ellos ciento cincuenta piedras, y lo
libró de sus manos.
Otro día, en que su navío había naufragado, y estaba ya
próximo a sumergirse, esta bondadosa Madre hizo emerger de
las aguas ciento cincuenta colinas, por encima de la cuales
llegó a Bretaña. Él, como memorial de los milagros que en
su favor había hecho la Santísima Virgen en recompensa del
Rosario que le rezaba cada día, hizo edificar un convento
en Dinán para los Religiosos de la nueva Orden de Santo
Domingo. Después se hizo Religioso y murió santamente en
Orleans.
107) Igualmente, Otero, soldado bretón de Vaucouleurs, hizo
huir muchas veces compañías enteras de herejes y ladrones
con su Rosario y espada al brazo. Sus enemigos, después de
las derrotas sufridas, le aseguraron que habían visto su
espada resplandeciente y, algunas veces, un escudo en su
brazo en el cual estaban grabadas las imágenes de
Jesucristo, la Santísima Virgen y los santos, que le hacían
invencible y le daban fuerza en la batalla.
Cierta vez, con diez compañías, venció a veinte mil
herejes, sin perder uno solo de sus soldados. Hecho que
impresionó tanto al general del ejército enemigo, que fue
en busca de Otero, abjuró de la herejía y declaró que lo
había visto cubierto de armas de fuego durante el combate.
35a Rosa:
El Cardenal Pedro

108) Refiere el Beato Alano que un
cardenal de nombre Pedro, del título de Santa María del Tíber,
instruido por Santo Domingo, íntimo amigo suyo, en la devoción
del Santo Rosario, se interesó tanto por ella que se convirtió
en su panegirista y la inculcaba a cuantos podía. Enviado
como legado a Tierra Santa, entre los cristianos que combatían
a los sarracenos, persuadió tan maravillosamente al ejército
cristiano acerca de la eficacia del Rosario, que practicando
todos esta devoción para implorar la ayuda del Cielo en un
combate, con solo tres mil triunfaron sobre cinco mil.
Los demonios –ya lo hemos visto–
temen infinitamente al Rosario. Dice San Bernardo que la
salutación angélica los echa fuera y hace temblar a todo el
infierno. El Beato Alano asegura haber visto a varias personas
que se habían entregado al diablo en cuerpo y alma, y habían
renunciado al Bautismo y a Jesucristo y que, tras abrazar la
devoción del Santo Rosario, fueron liberadas de su esclavitud
a Satanás.
36a Rosa:
Una mujer de Amberes,
liberada de las cadenas del demonio

109) En el año 1578, una mujer de Amberes se entregó al
demonio, firmándole el compromiso con su sangre. Algún
tiempo después se arrepintió y, deseando reparar el mal
que había hecho, buscó un confesor prudente y caritativo
para encontrar el medio de liberarse del poder de Satanás.
Encontró un Sacerdote sabio y virtuoso, que le aconsejó
buscar al P. Enrique, Religioso del convento de Santo
Domingo y director de la Cofradía del Rosario, confesarse
con él y pedirle la inscribiera en la Cofradía. Fue ella a
buscarlo, pero, en lugar del Sacerdote, encontró al demonio
bajo la forma de un Religioso, que la reprendió severamente
y le dijo que no podía esperar de Dios ninguna gracia ni
había medio de revocar lo que había firmado. Esto la
afligió profundamente. Más, no por ello perdió totalmente
la esperanza en la misericordia de Dios, y volvió a buscar
al Sacerdote. Encontró nuevamente al diablo, que la rechazó
como en la vez anterior. Pero, repitiendo por tercera vez el
intento, permitió el Señor que encontrara al P. Enrique a
quien buscaba, y que la recibió con caridad y la exhortó a
confiar en la misericordia divina y hacer una buena confesión.
La recibió en la Cofradía y le ordenó que rezara con
frecuencia el Santo Rosario. Cierto día, durante la Misa
que el P. Enrique celebraba a intenciones de la susodicha
mujer, la Santísima Virgen obligó al diablo a devolver el
compromiso firmado. Y así quedó ella liberada por la
autoridad de María y la devoción del Santo Rosario.
37a
Rosa: El Rosario transforma a
un monasterio

110) Un noble caballero tenía muchos hijos. Había colocado
a una de sus hijas en un monasterio totalmente relajado: las
Religiosas sólo respiraban vanidad y frivolidad. El
Confesor, hombre fervoroso y devoto del Santo Rosario,
deseando dirigir a esta joven Religiosa por los senderos de
la santidad, le ordenó rezar todos los días el Rosario en
honor de la Santísima Virgen, meditando la vida, pasión y
gloria de Jesucristo. Le agradó mucho a ella esta devoción,
y poco a poco fue detestando la relajación de sus Hermanas.
Empezó a gustar del silencio y la oración no obstante el
desprecio y burlas de las Religiosas que interpretaban su
fervor como santurronería.
En aquellos días, un santo Abad llegó de visita al
monasterio y, mientras oraba, tuvo una extraña visión. Le
parecía ver a una Religiosa que oraba en su celda ante una
Señora de extraordinaria belleza, y a quien acompañaban
numerosos Ángeles. Estos, con flechas encendidas, alejaban
la multitud de demonios que intentaban entrar en la celda.
Los espíritus malignos corrían, en forma de animales
inmundos, a refugiarse en las celdas de las otras Religiosas,
excitándolas al pecado, en el cual caían muchas de ellas.
Comprendió el Abad por esta visión, el mal espíritu de
aquel monasterio y creyó morir de tristeza. Llamó a la
joven Religiosa y la exhortó a perseverar. Reflexionando
luego sobre la excelencia del Rosario, decidió reformar el
monasterio con esta devoción. Adquirió para ello hermosos
rosarios, los distribuyó entre las Religiosas, les aconsejó
que recitaran el Rosario todos los días, y prometió que,
si aceptan su consejo, no las obligaría a aceptar la
reforma. Recibieron complacidas los rosarios y prometieron
con aquella condición. Y, ¡cosa admirable!, poco a poco
dejaron las vanidades, se dedicaron al silencio y al
recogimiento, y en menos de un año pidieron ellas mismas la
reforma. El Rosario había obrado en sus corazones más de
cuanto hubiera podido el Abad con sus exhortaciones y
autoridad.
38a
Rosa: Devoción de un
Obispo español al Santo Rosario

111) Una condesa española, instruida por Santo Domingo en la
devoción del Rosario, lo rezaba a diario con maravilloso
adelanto en la virtud. Nada deseaba tanto como vivir para la
perfección. Pidió a un Obispo y célebre predicador, algunas
prácticas de perfección. Le dijo él que antes era necesario
le declarase el estado de su alma y sus ejercicios de piedad.
Contestó ella que el principal de éstos era el Rosario, que
rezaba todos los días, meditando los misterios gozosos,
dolorosos y gloriosos con gran provecho espiritual. El Obispo
entusiasmado al oír explicar las maravillosas enseñanzas
contenidas en los misterios, le dijo: «Hace veinte años que
soy doctor en teología. He leído acerca de muchas excelentes
prácticas de devoción. Pero no he conocido nada más fructífero
ni conforme al cristianismo que ésta. Quiero imitarte. ¡Predicaré
el Rosario!»
Lo hizo así, y con tal éxito que al poco tiempo contempló
un favorable cambio de costumbres en toda su Diócesis: muchas
conversiones, restituciones y reconciliaciones. Cesaron el
libertinaje, el lujo y el juego, y en las familias
reflorecieron la paz, la devoción y la caridad. Cambio tanto
más admirable que este Obispo había trabajado esforzadamente
para reformar su Diócesis pero con escasísimo fruto.
Para inculcar mejor la devoción del Santo Rosario, llevaba
siempre uno muy bello consigo y lo mostraba a sus oyentes
diciendo: «Sepan, hermanos, que el Rosario de la Santísima
Virgen es tan excelente que yo con ser su Obispo, doctor en
teología y en ambos derechos, me glorío de llevarlo siempre
conmigo, como el distintivo más glorioso de mi episcopado y
doctorado».
39a
Rosa: Santificación de una
parroquia mediante el Rosario

112) El rector de una parroquia danesa contaba frecuentemente,
para mayor gloria de Dios y con gran gozo de su alma, que había
obtenido en su parroquia un resultado análogo al de este
Obispo en su Diócesis.
«Había predicado –decía– todas las más atrayentes y
provechosas materias, sin ningún resultado. Al no ver cambio
alguno en mi parroquia, me resolví a predicar el Rosario,
explicando su excelencia y práctica, y puedo asegurar que
después de haber hecho gustar a mi pueblo esta devoción, noté
un cambio patente en sólo seis meses. En verdad, esta divina
oración tiene especial eficacia para mover los corazones e
inspirarles el horror al pecado y el amor a la virtud».
La Santísima Virgen dijo un día al Beato Alano: «Dios
escogió la salutación angélica para la Encarnación de su
Palabra y la Redención del hombre. Del mismo modo, quienes
desean reformar las costumbres de las gentes y regenerarlas en
Jesucristo, deben honrarme y dirigirme el mismo saludo. Yo soy
el Camino por el cual vino Dios a los hombres [116] y es
preciso que, por mediación mía obtengan de Jesucristo la
gracia y las virtudes».
113) En cuanto a mí, que esto escribo, aprendí por
experiencia personal la eficacia de esta oración para
convertir los corazones más endurecidos. He encontrado
personas a quienes no conmovía la predicación de las
verdades más tremendas, realizada durante la Misión. Por
consejo mío adquirieron la costumbre de rezar diariamente el
Santo Rosario y así se convirtieron y consagraron totalmente
a Dios.
He podido, además constatar una enorme diferencia de
costumbres entre las poblaciones donde di Misiones: unas, por
haber abandonado la práctica del Rosario, volvieron a caer en
las malas costumbres; otras, gracias a haber perseverado en
rezarlo, se mantuvieron en gracia de Dios y crecieron día a día
en la virtud.
40a
Rosa: Efectos
admirables del Rosario

[114] El Beato Alano de la Rupe, los
Padres Juan Dumont y Thomas, las Crónicas del Santo Rosario, y
otros autores, muchas veces testigos oculares, refieren
numerosas conversiones excepcionales de pecadores, a quienes
durante veinte, treinta o cuarenta años, pasados en el mayor
desorden, nada había podido convertir. No obstante, gracias a
la maravillosa plegaria que es el Rosario, alcanzaron la
conversión. Por temor a extenderme más de lo justo, no las
narraré. Tampoco referiré las que yo mismo he visto. Las omito
por diversas razones.
Lector amado, si pones en práctica
y predicas esta devoción, aprenderás por experiencia propia
mejor que en libro alguno, y comprobarás felizmente el efecto
maravilloso de las promesas hechas por la Santísima Virgen a
Santo Domingo, al Beato Alano de la Rupe y a cuantos hagan
florecer esta devoción que le es tan grata. Devoción que educa
a los pueblos en las virtudes de su Hijo y en las suyas propias,
los conduce a la oración mental, a la imitación de Jesucristo,
a la frecuencia de los Sacramentos, a la sólida práctica de
las virtudes y toda clase de buenas obras, y a ganar tan
valiosas indulgencias que las gentes ignoran porque los
predicadores de esta devoción no hablan de ellas casi nunca,
contentándose con hacer sobre el Rosario un sermón a la moda,
que muchas veces sólo causa admiración, pero no instruye.
115) Para abreviar, me contento con
decirte, con el Beato Alano, que el Rosario es un manantial y
depósito de toda clase de bienes:
1o
P
Procura el perdón a los pecadores;
2o
S
Sacia a las almas sedientas;
3o
A
A los encadenados rompe las cadenas;
4o
L
La alegría devuelve a los que lloran;
5o
T
Tranquilidad ofrece a los tentados;
6o
E
El pobre es socorrido;
7o
R
Reforma los Institutos Religiosos;
8o
I
Inteligencia da a los ignorantes;
9o
V
Vencen la vanidad los que están vivos;
10o
M
Mediante sus sufragios son aliviados los muertos[117].
Dijo un día la Santísima Virgen al
Beato Alano: «Quiero que los devotos de mi Rosario obtengan
la gracia y bendición de mi Hijo durante su vida, en la hora de
la muerte y después de ella. Quiero que se vean libres de todas
las esclavitudes y sean reyes verdaderos, con la corona en la
cabeza y el cetro en la mano y alcancen la vida eterna. Amén».
Quinta decena

Como rezar el Santo Rosario
41a
Rosa: Pureza del alma

[116] El fervor de nuestra plegaria
y no precisamente su longitud agrada a Dios y le gana el
corazón. Una sola Avemaría bien dicha es más meritoria que
ciento cincuenta mal dichas. Casi todos los católicos rezan el
Rosario o al menos una tercera parte del mismo o algunas decenas
de Avemarías. ¿Por qué, entonces, hay tan pocas personas que se
corrigen de sus pecados y adelantan de veras en la virtud?
¡Porque no rezan como se debe!
[117] Veamos, pues, cómo se debe
rezar el Rosario para agradar a Dios y hacernos santos.
1o Quien reza el Rosario debe
hallarse en estado de gracia o estar al menos resuelto a salir
del pecado. Efectivamente, la teología nos enseña que las buenas
obras y plegarias realizadas en pecado mortal, son obras muertas
que no logran agradar a Dios ni merecer la vida eterna. En este
sentido dice la Escritura: «No, corresponde a los pecadores
alabar»[118].
Ni la alabanza, ni la salutación
angélica, ni la misma oración de Jesucristo pueden agradar a
Dios cuando salen de la boca de un pecador impenitente: «Este
pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de
mí»[119].
Esas personas que ingresan en mis
Cofradías –dice Jesucristo–, que recitan todos los días el
Rosario o parte de él, pero sin contrición alguna de sus
pecados, me honran con los labios, aunque su corazón está lejos
de mí.
2o He dicho: «O estar, al menos,
resuelto a salir del pecado»:
1) porque, si fuera necesario estar
en gracia de Dios para orar en forma que le agrade, la
consecuencia sería que quienes están en pecado mortal no
deberían orar, no obstante tener más necesidad de ello que los
justos y, por el Rosario o parte del mismo, porque le sería
inútil. Lo cual es un error condenado por la Iglesia;
2) porque, si te inscribes en alguna
Cofradía de la Santísima Virgen, rezas el Rosario o parte de él
u otra oración, con voluntad de permanecer en el pecado o sin
intención de salir de él, pasarías a ser el número de los falsos
devotos de la Santísima Virgen[120], y de los devotos
presuntuosos e impenitentes que bajo el manto de María, el
escapulario sobre el pecho y el Rosario en la mano, van
gritando: «Santa y bondadosa Virgen, yo te saludo, ¡oh María!» Y
entre tanto, crucifican y desgarran cruelmente a Jesucristo con
sus pecados y, desde las más santas Cofradías de Nuestra Señora,
caen lastimosamente en las llamas de infierno[121].
[118] Aconsejamos el Rosario a todo
el mundo: a los justos, para que perseveren y crezcan en gracia
de Dios; a los pecadores, para que salgan de sus pecados.
Pero no agrada ni puede agradar a
Dios el que exhortemos a un pecador a hacer del manto protector
de la Santísima Virgen, un manto de condenación para ocultar sus
crímenes y cambiar el Rosario, que es remedio de todos los
males, en veneno mortal y funesto. ¡La corrupción de lo mejor es
la peor!
El sabio Cardenal Hugo afirma: «Es
necesario ser Ángeles de pureza para acercarse a la Santísima
Virgen y rezar la salutación angélica».
La Virgen María mostró un día
hermosos frutos en una bandeja llena de inmundicias, a un
impúdico que recitaba constantemente el Rosario todos los días.
El se quedó horrorizado. La Virgen le explicó: «¡Tú me sirves
así! ¡Me presentas bellísimas rosas en un vaso sucio y
contaminado! ¡Juzga tú mismo, si me agradarán!»

Ad Iesum per Mariam (A Jesús por
María)
MAGNIFICAT (Lc 1, 46-55)
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en
Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el
Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su
misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los
hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo
había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su
descendencia por siempre. Gloria al Padre.
Oraciones a Jesús y a María
66) Dejadme, amabilísimo Jesús mío, que me dirija a Vos, para
atestiguaros mi reconocimiento por la merced que me habéis hecho
con la devoción de la esclavitud, dándome a vuestra Santísima
Madre para que sea Ella mi abogada delante de vuestra Majestad, y en
mi grandísima miseria mi universal suplemento. ¡Ay, Señor! tan
miserable soy, que sin esta buena Madre, infaliblemente me hubiera
perdido.
Sí, que a mí me hace falta María, delante de Vos y en
todas partes; me hace falta para calmar vuestra justa cólera, pues
tanto os he ofendido y todos los días os ofendo; me hace falta para
detener los eternos y merecidos castigos con que vuestra justicia me
amenaza, para miraros, para hablaros, para pediros, para acercarme a
Vos y para daros gusto; me hace falta para salvar mi alma y la de
otros; me hace falta, en una palabra, para hacer siempre vuestra
voluntad, buscar en todo vuestra mayor gloria.
¡Ah, si pudiera yo publicar por todo el universo esta misericordia
que habéis tenido conmigo! ¡Si pudiera hacer que conociera todo el
mundo que si no fuera por María estaría yo condenado! ¡Si yo
pudiera dignamente daros las gracias por tan grande beneficio! María
está en mí. Haec facta est mihi. ¡Oh, qué tesoro! ¡Oh, qué
consuelo! Y, de ahora en adelante, ¿no seré todo para Ella? ¡Oh,
qué ingratitud! Antes la muerte. Salvador mío queridísimo, no
permitáis tal desgracia, que mejor quiero morir que vivir sin ser
todo de María.
Mil y mil veces, con San Juan al pie de la Cruz,
la he tomado en vez de todas mis cosas. ¡Cuántas veces me he
entregado a Ella! Pero si todavía no he hecho esta entrega a
vuestro gusto, la hago ahora, mi Jesús querido, como Vos queréis
la haga. Y si en mi alma o en mi cuerpo veis alguna cosa que no
pertenezca a tu Bienaventurada Madre, arrancadla, os ruego, arrojadla
lejos de mí; que no siendo de María, indigna es de Vos.
67) ¡Oh, Espíritu Santo! Concededme todas las gracias, plantad,
regad y cultivad en mi alma el Árbol de la Vida verdadero, que es
la amabilísima María, para que crezca y florezca y dé con
abundancia el fruto de vida. ¡Oh, Espíritu Santo! Dadme mucha
devoción a María, vuestra Inmaculada Esposa; que me
apoye mucho en su seno maternal y recurra de continuo a su
misericordia, para que en Ella forméis dentro de mí a Jesucristo,
al natural, grande y poderoso, hasta la plenitud de su edad
perfecta. Amén.
68) Te saludo,
María, Hija predilecta del Padre eterno. Te saludo, María, Madre
admirable del Hijo. Te saludo María, Esposa fidelísima del Espíritu
Santo.
Te saludo, María, mi amada Madre, mi amable Señora, mi poderosa
Soberana. Te saludo, mi gozo, mi gloria, mi corazón y mi alma. Vos sois
toda mía por misericordia, y yo soy todo vuestro por justicia. Pero
todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a Vos todo entero
en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada ni para mí, ni para
otros.
Si algo veis en mí que todavía no sea vuestro, tomadlo en seguida,
os lo suplico, y haceos dueña absoluta de todos mis haberes para
destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrade a
Dios y plantad, levantad y producid todo lo que os guste.
La luz de vuestra fe disipe las tinieblas de mi espíritu; vuestra
humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; vuestra contemplación
sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; vuestra
continua vista de Dios llene de Su presencia mi memoria, la caridad de vuestro
Corazón abrase la tibieza y frialdad del mío;
cedan el sitio a vuestras virtudes mis pecados; vuestros méritos
sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y
amadísima Madre, haced, si es posible, que no tenga yo más espíritu
que el vuestro para conocer a Jesucristo y su divina voluntad; que
no tenga más alma que la vuestra para alabar y glorificar al Señor;
que no tenga más corazón que el vuestro para amar a Dios con amor
puro y con amor ardiente como Vos.
69) No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni
aun espirituales. Para Vos el ver claro, sin tinieblas; para Vos el
gustar por entero sin amargura; para Vos el triunfar gloriosa a la
diestra de vuestro Hijo, sin humillación; para Vos el mandar a los
ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y
el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios.
Esta es, Bienaventurada Virgen María, la mejor parte que se os ha concedido, y que
jamás se os quitará, que es para mí grandísimo gozo. Para mí y
mientras viva no quiero otro, sino el experimentar el que Vos
tuvisteis: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría,
sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y
sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Vos, sin interés,
como el más vil de los esclavos. La sola gracia, que por pura
misericordia os pido, es que en todos los días y en todos los
momentos de mi vida diga tres amenes: amén a todo lo que
hicisteis sobre la tierra cuando vivíais; amén a todo lo que hacéis
al presente en el cielo; amén a todo lo que hacéis en mi alma,
para que en ella no haya nada más que Vos, para glorificar
plenamente a Jesús en mí, en el tiempo y en la eternidad. Amén.
Ave, maris stella,
Dei Mater alma,
Atque semper Virgo,
Felix caeli porta.
Sumens illud Ave
Gabrielis ore,
Funda nos in pace,
Mutans Evae nomen.
Solve vincla reis,
Profer lumen caecis,
Mala nostra pelle,
Bona cuncta posce.
Monstra te esse matrem,
Sumat per te preces
Qui pro nobis natus
Tulit esse tuus.
Virgo singularis,
Inter omnes mitis,
Nos culpis solutos
Mites fac et castos.
Vitam praesta puram,
Iter para tutum,
Ut videntes Iesum
Semper collaetemur.
Sit laus Deo Patri,
Summo Christo decus,
Spiritui Sancto,
Tribus honor unus.
Salve, Estrella del mar,
Madre santa de Dios
y siempre Virgen,
feliz puerta del cielo.
Aceptando aquel «Ave»
de la boca de Gabriel,
afiánzanos en la paz
al trocar el nombre de Eva.
Desata las ataduras de los reos,
da luz a quienes no ven,
ahuyenta nuestros males,
pide para nosotros todos los bienes.
Muestra que eres nuestra Madre,
que por ti acoja nuestras súplicas
Quien nació por nosotros,
tomando el ser de ti.
Virgen singular,
dulce como ninguna,
líbranos de la culpa,
haznos dóciles y castos.
Facilítanos una vida pura,
prepáranos un camino seguro,
para que viendo a Jesús,
nos podamos alegrar para siempre contigo.
Alabemos a Dios Padre,
glorifiquemos a Cristo soberano
y al Espíritu Santo,
y demos a las Tres personas un mismo honor.
Amén.
Veni, Creator Spiritus,
Mentes tuorum visita,
Imple superna gratia
Quae tu creasti pectora.
Qui diceris Paraclitus,
Altissimi donum Dei,
Fons vivus, ignis, caritas,
Et spiritalis unctio.
Tu septiformis munere,
Digitus paternae dexterae,
Tu rite promissum Patris,
Sermone ditans guttura.
Accende lumen sensibus,
Infunde amorem cordibus,
Infirma nostri corporis
Virtute firmans perpeti.
Hostem repellas longius,
Pacemque dones protinus,
Ductore sic te praevio
Vitemus onme noxium.
Per Te sciamus da Patrem,
Noscamus atque Filium,
Teque utriusque Spiritum
Credamus omni tempore.
Deo Patri sit gloria,
Et Filio, qui a mortuis
Surrexit, ac Paraclito,
In saeculorum saecula.
Ven Espíritu
Creador
Ven, Espíritu
Creador,
visita las almas de tus fieles
y llena de la divina gracia los corazones,
que Tú mismo creaste.
Tú eres nuestro Consolador,
don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego, caridad
y espiritual unción.
Tú derramas sobre nosotros los siete dones;
Tu, el dedo de la mano de Dios;
Tú, el prometido del Padre;
Tú, que pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra.
Enciende con tu luz nuestros sentidos;
infunde tu amor en nuestros corazones;
y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece nuestra débil carne.
Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz,
sé Tú mismo nuestro guía,
y puestos bajo tu dirección, evitaremos todo lo nocivo.
Por Ti conozcamos al Padre,
y también al Hijo;
y que en Ti, Espíritu de entrambos,
creamos en todo tiempo.
Gloria a Dios Padre,
y al Hijo que resucitó,
y al Espíritu Consolador,
por los siglos infinitos. Amén.
V.
Envía tu Espíritu y serán creados.
R. Y renovarás
la faz de la tierra.
Oremos.
Oh Dios, que
has iluminado los corazones de tus hijos con la luz del Espíritu
Santo; haznos dóciles a tu Espíritu para gustar siempre el bien
y gozar de su consuelo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
CARTA DEL SIERVO DE DIOS EL PAPA JUAN
PABLO II
A LA FAMILIA MONFORTANA
A los religiosos y a las
religiosas
de la familia monfortana
Un texto clásico de la espiritualidad mariana
1. Hace ciento sesenta años se publicaba una obra destinada a
convertirse en un clásico de la espiritualidad mariana. San Luis
María Grignion de Montfort compuso el Tratado de la verdadera
devoción a la santísima Virgen a comienzos del año 1700, pero el
manuscrito permaneció prácticamente desconocido durante más de un
siglo. Finalmente, en 1824 fue descubierto casi por casualidad, y en
1843, cuando se publicó, tuvo un éxito inmediato, revelándose como
una obra de extraordinaria eficacia en la difusión de la "Verdadera
Devoción" a la Virgen Santísima. A mí personalmente, en los años de
mi juventud, me ayudó mucho la lectura de este libro, en el que
"encontré la respuesta a mis dudas", debidas al temor de que el
culto a María, "si se hace excesivo, acaba por comprometer la
supremacía del culto debido a Cristo" (Don y misterio).
Bajo la guía sabia de San Luis María comprendí que, si
se vive el misterio de María en Cristo, ese peligro no existe. En
efecto, el pensamiento mariológico de este santo "está basado en el
misterio trinitario y en la verdad de la encarnación del Verbo de
Dios" (ib.).
La Iglesia, desde sus orígenes, y especialmente en los momentos más
difíciles, ha contemplado con particular intensidad uno de los
acontecimientos de la Pasión de Jesucristo referido por San Juan:
"Junto a la Cruz de Jesús estaban su Madre y la hermana de su
Madre,
María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre
y junto a Ella al discípulo a quien amaba, dijo a su Madre: "Mujer,
ahí tienes a tu hijo". Luego dijo al discípulo: "Ahí tienes a tu
Madre". Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa"
(Jn
19, 25-27). A lo largo de su historia, el pueblo de Dios ha
experimentado este don hecho por Jesús crucificado: el don de su
Madre. María Santísima es verdaderamente Madre nuestra, que nos
acompaña en nuestra peregrinación de fe, esperanza y caridad hacia
la unión cada vez más intensa con Cristo, único salvador y mediador
de la salvación (cf.
Lumen gentium,
60 y 62).
Como es sabido, en mi escudo episcopal, que es ilustración simbólica
del texto evangélico recién citado, el lema Totus tuus se
inspira en la doctrina de San Luis María Grignion de Montfort (Don y misterio;
Rosarium Virginis Mariae,
15). Estas dos palabras expresan la pertenencia total a Jesús por
medio de María: "Tuus totus ego sum, et omnia mea, tua sunt",
escribe San Luis María; y traduce: "Soy todo vuestro, y todo lo que
tengo os pertenece, ¡oh mi amable Jesús!, por María vuestra
Santísima Madre" (Tratado de la verdadera devoción a la
Santísima
Virgen, 233).
La
doctrina de este santo ha ejercido un profundo influjo en la
devoción mariana de muchos fieles y también en mi vida. Se trata de
una doctrina vivida, de notable profundidad ascética y
mística, expresada con un estilo vivo y ardiente, que utiliza a
menudo imágenes y símbolos. Sin embargo, desde el tiempo en que
vivió San Luis María en adelante, la teología mariana se ha
desarrollado mucho, sobre todo gracias a la decisiva contribución
del concilio Vaticano II. Por tanto, a la luz del Concilio se debe
releer e interpretar hoy la doctrina monfortana, que, no obstante,
conserva su valor fundamental.
En esta carta quisiera compartir con vosotros, religiosos y
religiosas de la familia monfortana, la meditación de algunos
pasajes de los escritos de san Luis María, que en estos momentos
difíciles nos ayuden a alimentar nuestra confianza en la mediación
materna de la Madre del Señor.
"Ad Iesum per Mariam"
2. San Luis María propone con singular eficacia la contemplación
amorosa del misterio de la Encarnación. La verdadera devoción
mariana es Cristocéntrica. En efecto, como recordó el Concilio
Vaticano II, "la Iglesia, meditando sobre ella (María) con amor y
contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración,
penetra más íntimamente en el misterio supremo de la Encarnación" (Lumen
gentium, 65).
El amor a Dios mediante la unión con Jesucristo es la finalidad de
toda devoción auténtica, porque -como escribe san Luis María- Cristo
"es el único Maestro que debe enseñarnos, es nuestro único Señor de
quien debemos depender, nuestro único Jefe a quien debemos
pertenecer, nuestro único Modelo al que debemos conformarnos,
nuestro único Médico que nos debe sanar, nuestro único Pastor que
debe alimentarnos, nuestro único Camino por donde debemos andar,
nuestra única Verdad que debemos creer, nuestra única Vida
que debe
vivificarnos, y nuestro único Todo en todas las cosas que debe
bastarnos" (Tratado de la verdadera devoción,
61).
3. La devoción a la Santísima Virgen es un medio privilegiado
"para
hallar a Jesucristo perfectamente, para amarle tiernamente
y servirle fielmente" (Tratado de la verdadera devoción,
62). Este
deseo central de "amar tiernamente" se dilata enseguida en una
ardiente oración a Jesús, pidiendo la gracia de participar en la
indecible comunión de amor que existe entre Él y su Madre.
La
orientación total de María a Cristo, y en Él a la Santísima
Trinidad, se experimenta ante todo en esta observación:
"Porque no
pensaréis jamás en María sin que María, por vosotros, piense en
Dios; no alabaréis ni honraréis jamás a María, sin que María alabe y
honre a Dios. María es toda relativa a Dios, y me atrevo a llamarla la relación de Dios, pues sólo existe con respecto a
Él, o
el eco de Dios, ya que no dice ni repite otra cosa más que Dios.
Si dices María, Ella dice Dios. Santa Isabel alabó a María y la
llamó Bienaventurada por haber creído, y María, el eco fiel de Dios,
exclamó: Mi alma glorifica al Señor. Lo que en esta ocasión
hizo María, lo hace todos los días; cuando la alabamos, la amamos,
la honramos o nos damos a Ella, alabamos a Dios, amamos a Dios,
honramos a Dios, nos damos a Dios por María y en María"
((Tratado de la verdadera devoción,
226).
También en la oración a la Madre del Señor San Luis María expresa la
dimensión trinitaria de su relación con Dios: "Te saludo, María,
hija predilecta del Padre eterno. Te saludo, María, Madre admirable
del Hijo. Te saludo María, Esposa fidelísima del Espíritu Santo"
(El
Secreto de María, 68). Esta expresión tradicional, que ya usó
san Francisco de Asís (cf. Fuentes franciscanas, 281), aunque
contiene niveles heterogéneos de analogía, es sin duda eficaz para
expresar de algún modo la especial participación de la Virgen en la
vida de la Santísima Trinidad.
4. San Luis María contempla todos los misterios a partir de la
Encarnación, que se realizó en el momento de la Anunciación.
Así, en el
Tratado de la verdadera devoción,
María aparece
como "el verdadero paraíso terrenal del nuevo Adán", la
"tierra
virgen e inmaculada" de la que él fue modelado (n. 261). Ella es
también la nueva Eva, asociada al nuevo Adán en la
obediencia que repara la desobediencia original del hombre y de la
mujer (cf. ib., 53; San Ireneo, Adversus haereses, III,
21, 10-22, 4). Por medio de esta obediencia, el Hijo de Dios entra
en el mundo. Incluso la Cruz ya está misteriosamente presente en el
instante de la Encarnación, en el momento de la Concepción de Jesús
en el seno de María. En efecto, el ecce venio de la carta a
los Hebreos (cf. Hb 10, 5-9) es el acto primordial de
obediencia del Hijo al Padre, con el que aceptaba su sacrificio
redentor "ya cuando entró en el mundo".
"Toda (...) nuestra perfección -escribe san Luis María Grignion de
Montfort- consiste en estar conformes, unidos y consagrados a
Jesucristo; la más perfecta de todas las devociones es sin duda
alguna la que nos conforma, une y consagra más perfectamente a este
acabado modelo de toda santidad; y pues que María es entre todas las
criaturas la más conforme a Jesucristo, es consiguiente que, entre
todas las devociones, la que consagra y conforma más un alma a
nuestro Señor es la devoción a la Santísima Virgen, su Santa Madre,
y cuanto más se consagre un alma a María, más se unirá con
Jesucristo" (Tratado de la verdadera devoción, 120, o.c.,
p. 83).
San Luis María, dirigiéndose a Jesús, expresa cuán
admirable es la unión entre el Hijo y la Madre: "de tal modo está
Ella transformada en vos por la gracia, que no vive, no existe, sino
que sólo Vos, mi Jesús, vivís y reináis en ella... ¡Oh! si fuere
conocida la gloria y el amor que recibisteis, Señor, en esta
admirable criatura... María os está tan íntimamente unida...; porque
Ella os ama más ardientemente y os glorifica más perfectamente que
todas vuestras criaturas juntas" (Tratado de la verdadera devoción,
63.
María, miembro eminente del Cuerpo místico y Madre de la
Iglesia
5. Como dice el Concilio Vaticano II, María "es también saludada
como miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia y como
su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y en el amor" (Lumen
gentium, 53). La Madre del
Redentor también ha sido redimida por Él, de modo único en su
Inmaculada Concepción, y nos ha precedido en la escucha creyente y
amorosa de la palabra de Dios que nos hace felices (cf. ib., 58).
También por eso María "está íntimamente unida a la Iglesia"
La Madre de Dios es figura (typus) de la Iglesia, como ya
enseñaba San Ambrosio: en el orden de la fe, del amor y de la
unión perfecta con Cristo. Ciertamente, en el misterio de la
Iglesia, que también es llamada con razón Madre y Virgen, la
Santísima Virgen María fue por delante mostrando en forma
eminente y singular el modelo de Virgen y Madre" (ib., 63).
El mismo Concilio contempla a María como Madre de los miembros de
Cristo (cf. ib., 53, 62), y así Pablo VI la proclamó
Madre de la Iglesia. La doctrina del Cuerpo místico, que expresa
del modo más fuerte la unión de Cristo con la Iglesia, es también el
fundamento bíblico de esta afirmación. "La cabeza y los miembros
nacen de una misma madre" (Tratado de la verdadera devoción,
32), nos recuerda San Luis María. En este
sentido, decimos que, por obra del Espíritu Santo, los miembros
están unidos y son configurados con Cristo Cabeza, Hijo del Padre y
de María, de modo que "todo hijo verdadero de la Iglesia debe tener
a Dios por Padre y a María por Madre" (El Secreto de María,
11).
En Cristo, Hijo unigénito, somos realmente hijos del Padre y, al
mismo tiempo, hijos de María y de la Iglesia. En el nacimiento
virginal de Jesús, renace de algún modo toda la humanidad. A la
Madre del Señor "se le pueden aplicar, con más verdad que a
San
Pablo estas palabras: "¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo
dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros" (Ga 4, 19).
Yo doy a luz todos los días hijos de Dios, para que Jesucristo, mi
Hijo, se forme en ellos en la plenitud de su edad" (Tratado de la verdadera devoción, 33).
Esta doctrina tiene
su expresión más bella en la oración: "¡Oh, Espíritu
Santo! Dadme mucha devoción a María, vuestra Inmaculada Esposa; que
me apoye mucho en su seno maternal y recurra de continuo a su
misericordia, para que en Ella forméis dentro de mí a Jesucristo, al
natural, grande y poderoso, hasta la plenitud de su edad perfecta.
Amén." (El Secreto de María, 67).
Una de las expresiones más altas de la espiritualidad de San Luis
María Grignion de Montfort se refiere a la identificación del fiel
con María en su amor a Jesús, en su servicio a Jesús. Meditando en
el conocido texto de san Ambrosio: "Que el alma de María esté en
cada uno para glorificar al Señor; que el espíritu de María esté en
cada uno para exultar en Dios" (Expos. in Luc., 12, 26:
PL 15, 1561), escribe: "¡Qué dichosa es un alma, cuando... está
del todo poseída y gobernada por el espíritu de María, que es un
espíritu suave y fuerte, celoso y prudente, humilde e intrépido,
puro y fecundo!" (Tratado de la verdadera devoción,
258).
La identificación mística con María está
totalmente orientada a Jesús, como se expresa en la oración: "Por
último, mi queridísima y amadísima Madre, haz que, si es posible, no
tenga yo otro espíritu que el tuyo para conocer a Jesucristo y sus
divinos designios; que no tenga otra alma que la tuya para alabar y
glorificar al Señor; que no tenga otro corazón que el tuyo para amar
a Dios con caridad pura y ardiente como Tú" (El Secreto de María,
68).
La santidad, perfección de la caridad
6. La constitución
Lumen gentium
afirma también: "La Iglesia en la
Santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27). En cambio, los creyentes se esfuerzan todavía en
vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus
ojos a María, que resplandece ante toda la comunidad de los creyentes
como modelo de todas las virtudes" (n. 65). La santidad es
perfección de la caridad, del amor a Dios y al prójimo, que es
el objeto del principal mandamiento de Jesús (cf. Mt 22, 38),
y es también el don más grande del Espíritu Santo (cf. 1 Co
13, 13). Así, en sus Cánticos, San Luis María presenta
sucesivamente a los fieles la excelencia de la caridad (Cántico
5), la luz de la fe (Cántico 6) y la firmeza de la esperanza
(Cántico 7).
En la espiritualidad monfortana, el dinamismo de la caridad se
expresa especialmente a través del símbolo de la esclavitud de
amor a Jesús, según el ejemplo y con la ayuda materna de María.
Se trata de la comunión plena en la kénosis de Cristo;
comunión vivida con María, íntimamente presente en los misterios de
la vida del Hijo: "No hay, asimismo, nada entre los cristianos que
nos haga pertenecer tanto a Jesucristo y a su santa Madre como la
esclavitud voluntaria, según el ejemplo del mismo Jesucristo, que
"tomó la forma de esclavo" (Flp 2, 7) por nuestro amor, y el
de la Santísima Virgen, que se llamó esclava del Señor. El
apóstol se llama por altísima honra "siervo de Cristo" (Ga 1,
10). Los cristianos son llamados muchas veces en la Escritura
sagrada, servi Christi" (Tratado de la verdadera devoción,
72).
En efecto, el Hijo de Dios, que por obediencia al Padre vino al
mundo en la Encarnación (cf. Hb 10, 7), se humilló después
haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de Cruz (cf. Flp
2, 7-8). María correspondió a la voluntad de Dios con la entrega
total de Sí misma, en cuerpo y alma, para siempre, desde la
Anunciación hasta la Cruz, y desde la Cruz hasta la Asunción.
Ciertamente, entre la obediencia de Cristo y la obediencia de María
hay una asimetría determinada por la diferencia ontológica
entre la Persona divina del Hijo y la persona humana de María, de la
que se sigue también la exclusividad de la eficacia salvífica
de la obediencia de Cristo, de la cual su misma Madre recibió la
gracia de poder obedecer de modo total a Dios y colaborar así con la
misión de su Hijo.
Por tanto, la esclavitud de amor debe interpretarse a la luz
del admirable intercambio entre Dios y la humanidad en el misterio
del Verbo encarnado. Es un verdadero intercambio de amor entre Dios
y su criatura en la reciprocidad de la entrega total de sí. "El
espíritu de esta devoción... consiste en hacer que el alma sea
interiormente dependiente y esclava de la Santísima Virgen y de
Jesús por medio de Ella" (El Secreto de María, 44).
Paradójicamente, este "vínculo de caridad", esta
"esclavitud de
amor", hace al hombre plenamente libre, con la verdadera libertad de
los hijos de Dios (cf.
Tratado de la verdadera devoción,
169). Se trata de entregarse totalmente a Jesús, respondiendo al
amor con el que Él nos ha amado primero. Todo el que viva en este
amor puede decir como san Pablo: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo
quien vive en mí" (Ga 2, 20).
La "peregrinación de la fe"
7. En la Carta Apostólica
Novo millennio ineunte
escribí que "a Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe"
(n. 19). Precisamente este fue el camino que siguió María durante
toda su vida terrena, y es el camino de la Iglesia peregrinante
hasta el fin de los tiempos. El concilio Vaticano II insistió mucho
en la fe de María, misteriosamente compartida por la Iglesia,
poniendo de relieve el itinerario de la Virgen desde el momento de
la Anunciación hasta el de la Pasión Redentora (cf.
Lumen gentium,
57 y 67;
Redemptoris Mater,
25-27).
En los escritos de San Luis María encontramos el mismo énfasis en la
fe que vivió la Madre de Jesús a lo largo de un camino que va desde
la Encarnación hasta la Cruz, una fe en la que María es modelo y
"tipo" de la Iglesia. San Luis María lo expresa con una gran riqueza
de matices cuando expone a su lector los "efectos maravillosos" de
la perfecta devoción mariana:
"Cuanto más ganéis la benevolencia de
esta augusta Princesa y Virgen fiel, más fe verdadera tendréis en
toda vuestra conducta; una fe pura, que hará que no os inquietéis de
lo sensible y de lo extraordinario; una fe viva y animada por la
caridad, que hará que no obréis sino por motivos de puro amor; una
fe firme e inquebrantable como una roca, que os mantendrá firmes y
constantes en medio de las tempestades y las tormentas; una fe
activa y penetrante que, como un divino salvoconducto, proporcionará
entrada en todos los misterios de Jesucristo, en los fines últimos
del hombre, y en el corazón de Dios mismo; una fe animosa que os
animará e inducirá a emprender y llevar a cabo, sin titubear,
grandes cosas por la gloria de Dios, y para la salud de las almas;
en fin, una fe que será vuestra lumbrera ardiente, vuestra vida
divina, vuestro tesoro escondido y rico de la divina sabiduría, y
vuestra poderosísima arma, de la que os serviréis para iluminar a
los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, para
abrasar a los tibios y a los que tienen necesidad de la caridad,
para dar vida a los que están muertos por el pecado, para conmover y
convertir por vuestras dulces y poderosas palabras los corazones de
mármol y arrancar los cedros del Líbano, y en fin, para resistir al
demonio y a todos los enemigos de la salvación"
(Tratado
de la verdadera devoción,
214).
Como San Juan de la Cruz, san Luis María insiste sobre todo en la
pureza de la fe, y en su esencial y a menudo dolorosa oscuridad (cf.
El Secreto de María,
51-52). Es la fe contemplativa la que,
renunciando a las cosas sensibles o extraordinarias, penetra en las
misteriosas profundidades de Cristo. Así, en su oración, san Luis
María se dirige a la Madre del Señor, diciendo: "No te pido
visiones o revelaciones, ni gustos o delicias, aunque fueran
espirituales... Aquí en la tierra no quiero para mí otro don, fuera
del que Tú recibiste, es decir, creer con fe pura, sin gustar ni ver
nada" (El Secreto de María, 69). La
Cruz es el momento culminante de la fe de
María, como escribí en la encíclica
Redemptoris Mater: "Por medio de esta fe María está unida perfectamente a Cristo en su
despojamiento... Es esta tal vez la más profunda kénosis de
la fe en la historia de la humanidad" (n. 18).
Signo de esperanza cierta
8. El Espíritu Santo invita a María a "reproducirse" en sus
hijos, extendiendo en ellos las raíces de su "fe invencible",
pero también de su "firme esperanza" (cf.
Tratado de la verdadera devoción,
34). Lo recordó el concilio Vaticano II:
"La Madre de
Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y
comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro.
También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla
ante el pueblo de Dios en marcha como señal de esperanza cierta y de
consuelo" (Lumen
gentium, 68). San Luis María
contempla esta dimensión escatológica especialmente cuando habla de
los "santos de los últimos tiempos", formados por la
Santísima
Virgen para dar a la Iglesia la victoria de Cristo sobre las fuerzas
del mal (cf.
Tratado de la verdadera devoción, 49-59). No se
trata, en absoluto, de una forma de "milenarismo", sino del sentido
profundo de la índole escatológica de la Iglesia, vinculada a la
unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo. La Iglesia espera
la venida gloriosa de Jesús al final de los tiempos. Como María y
con María, los santos están en la Iglesia y para la Iglesia, a fin
de hacer resplandecer su santidad y extender hasta los confines del
mundo y hasta el final de los tiempos la obra de Cristo, único
Salvador.
En la antífona Salve Regina, la Iglesia llama a la Madre de
Dios "Esperanza nuestra". San Luis María usa esa misma expresión a
partir de un texto de san Juan Damasceno, que aplica a María el
símbolo bíblico del ancla (cf. Hom. I in Dorm. B.V.M., 14:
PG 96, 719): "Unimos (...) las almas a vuestras esperanzas,
como a un ancla firme. Los santos se han salvado porque han sido los
más unidos a ella, y han servido a los demás para perseverar en la
virtud. Dichosos, pues; mil veces dichosos los cristianos que ahora
se unen fiel y enteramente a María como a un ancla firme y segura" (Tratado
de la verdadera devoción,
175). A través de
la devoción a María, Jesús mismo "escuda el corazón con una firme
confianza en Dios, haciéndole mirar a Dios como su Padre; le inspira
un amor tierno y filial" (Tratado
de la verdadera devoción,
169).
Junto con la Santísima Virgen, con el mismo corazón de madre, la
Iglesia ora, espera e intercede por la salvación de todos los
hombres. Son las últimas palabras de la constitución
Lumen gentium:
"Todos los cristianos han de ofrecer insistentes súplicas a la Madre
de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que estuvo presente
en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones, también ahora en
el cielo, exaltada sobre todos los bienaventurados y los ángeles, en
comunión con todos los santos, interceda ante su Hijo, hasta el
momento en que todos los pueblos, los que se honran con el nombre de
cristianos, así como los que todavía no conocen a su Salvador,
puedan verse felizmente reunidos en paz y concordia en el único
pueblo de Dios para gloria de la santísima e indivisible Trinidad"
(n. 69).
Haciendo nuevamente mío este deseo, que juntamente con los demás
padres conciliares expresé hace casi cuarenta años, envío a toda la
familia monfortana una especial bendición apostólica.
Vaticano, 8 de diciembre de 2003, Solemnidad de la Inmaculada
Concepción de la Virgen María


DIRECTORIO SOBRE LA PIEDAD POPULAR Y LA
LITURGIA
PRINCIPIOS Y
ORIENTACIONES
LA CONSAGRACIÓN-ENTREGA A MARÍA
204 .
A lo largo de la historia de la piedad aparecen diversas
experiencias, personales y colectivas, de
"consagración-entrega-dedicación a la Virgen" (oblatio,
servitus, commendatio, dedicatio). Estas fórmulas aparecen en
los devocionarios y en los estatutos de asociaciones marianas, en
los cuales encontramos fórmulas de "consagración" y oraciones para
la misma o en recuerdo de ella.
Respecto a la práctica piadosa de la "consagración a María"
no son infrecuentes las expresiones de aprecio de los Romanos
Pontífices y son conocidas las fórmulas que ellos han recitado
públicamente.
Un
conocido maestro de la espiritualidad que presenta dicha práctica es
San Luis María Grignion de Montfort, "el cual proponía a
los cristianos la consagración a Cristo por manos de María, como
medio eficaz para vivir fielmente el compromiso del bautismo".
A la
luz del testamento de Cristo (cfr. Jn 19,25-27), el acto de
consagración es el reconocimiento consciente del puesto singular que
ocupa María de Nazaret en el Misterio de Cristo y de la Iglesia, del
valor ejemplar y universal de su testimonio evangélico, de la
confianza en su intercesión y la eficacia de su patrocinio, de la
multiforme función materna que desempeña, como verdadera madre en el
orden de la gracia, a favor de todos y de cada uno de sus hijos.
Hay
que notar, sin embargo, que el término "consagración" se usa
con cierta amplitud e impropiedad: "se dice, por ejemplo "consagrar
los niños a la Virgen", cuando en realidad sólo se pretende poner a
los pequeños bajo la protección de la Virgen y pedir para ellos su
bendición maternal". Se entiende así la sugerencia de bastantes, de
sustituir el término "consagración" por otros, como "entrega",
"donación". De hecho, en nuestros días, los avances de la teología
litúrgica y la exigencia consiguiente de un uso riguroso de los
términos, sugieren que se reserve el término consagración a la
ofrenda de uno mismo que tiene como término a Dios, como
características la totalidad y la perpetuidad, como garantía la
intervención de la Iglesia, como fundamento los sacramentos del
Bautismo y de la Confirmación.
En
cualquier caso, con respecto a esta práctica es necesario instruir a
los fieles sobre su naturaleza. Aunque tenga las características de
una ofrenda total y perenne: es sólo analógica respecto a la
"consagración a Dios"; debe ser fruto no de una emoción
pasajera, sino una decisión personal, libre, madurada en el ámbito
de una visión precisa del dinamismo de la gracia; se debe expresar
de modo correcto, en una línea, por así decir, litúrgica: al
Padre por Cristo en el Espíritu Santo, implorando la intercesión
gloriosa de María, a la cual se confía totalmente, para guardar con
fidelidad los compromisos bautismales y vivir en una actitud filial
con respecto a Ella; se debe realizar fuera del Sacrificio
eucarístico, pues se trata de un acto de devoción que no se puede
asimilar a la Liturgia: la entrega a María se distingue
sustancialmente de otras formas de consagración litúrgica.
ORACIÓN
PARA IMPLORAR FAVORES
POR
INTERCESIÓN DEL SIERVO DE DIOS EL PAPA JUAN PABLO II
Oh Trinidad Santa,
te damos gracias por haber concedido a la Iglesia al
Papa Juan Pablo II y porque en él has reflejado la
ternura de Tu paternidad, la gloria de la Cruz de Cristo y el esplendor del
Espíritu de amor. El, confiando totalmente en tu infinita misericordia y en
la maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús
Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana
ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna Contigo.
Concédenos, por su intercesión, y si es Tu voluntad, el favor que
imploramos, con la esperanza de que sea pronto incluido en el número de tus
santos.
Padrenuestro. Avemaría. Gloria.
Con aprobación eclesiástica

CARD. CAMILLO RUINI
Vicario General de Su Santidad
para la Diócesis de Roma
Se ruega a quienes obtengan gracias por
intercesión del Siervo de Dios Juan Pablo II, las comuniquen al Postulador
de la Causa, Monseñor Slawomir Oder. Vicariato di Roma. Piazza San Giovanni
in Laterano 6/A 00184 ROMA . También puede enviar su testimonio por correo
electrónico a la siguiente dirección:
postulazione.giovannipaoloii@vicariatusurbis.org
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Libro de Visitas de Juan Pablo Magno
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