46) Aunque no hay nada tan excelso
como la Majestad divina ni tan abyecto
como el hombre considerado como
pecador, con todo la Augusta Majestad
no desdeña nuestros homenajes y se
siente honrada cuando cantamos sus
alabanzas. Ahora bien, la salutación
angélica es uno de los cánticos más
bellos que podamos entonar a la gloria
del Altísimo: «Te cantaré un
cántico nuevo» (Sal 143,9). La
salutación angélica es precisamente el
cántico nuevo que David predijo se
cantaría en la venida del Mesías.Hay
un cántico antiguo y un
cántico nuevo.
El cántico antiguo es el que
cantaron los israelitas en acción de
gracias por la creación, la
conservación, la liberación de la
esclavitud, el paso del Mar Rojo, el
maná y todos los demás favores
celestiales.
El cántico nuevo es el que
entonan los cristianos en acción de
gracias por la Encarnación y la
Redención. Dado que estos
prodigios se realizaron por el saludo
del Ángel, repetimos esta
salutación para agradecer a la
Santísima Trinidad por tan
inestimables beneficios.
Alabamos a Dios Padre por haber
amado tanto al mundo que le dio su
Unigénito para salvarlo. Bendecimos
a Dios Hijo por haber descendido
del Cielo a la tierra, por haberse
hecho hombre y habernos salvado.
Glorificamos al Espíritu Santo por
haber formado en el seno de la Virgen
María ese cuerpo purísimo que fue
víctima de nuestros pecados.Con estos
sentimientos de gratitud, debemos
rezar la salutación angélica,
acompañándola de actos de fe,
esperanza, caridad y acción de gracias
por el beneficio de nuestra salvación.
47) Aunque este cántico nuevo se
dirige directamente a la Madre de Dios
y contiene sus elogios, es, no
obstante, muy glorioso para la
Santísima Trinidad, porque todo el
honor que tributamos a la Santísima
Virgen vuelve a Dios, causa de todas
sus perfecciones y virtudes. Con
este cántico nuevo glorificamos a
Dios Padre porque honramos a la
más perfecta de sus criaturas;
glorificamos al Hijo, porque
alabamos a su Purísima Madre;
glorificamos al Espíritu Santo,
porque admiramos las gracias con que
colmó a su Esposa.
Del mismo modo que la Santísima Virgen
con su hermoso cántico, el Magnificat,
dirige a Dios las alabanzas y
bendiciones que le tributó Santa
Isabel por su eminente dignidad de
Madre del Señor, así dirige
inmediatamente a Dios los elogios y
bendiciones que le presentamos
mediante la salutación angélica.
51) El Avemaría es un rocío
celestial y divino, que
al caer en el alma de un creyente le
comunica una fecundidad maravillosa
para producir toda clase de
virtudes. Cuanto más regada esté el
alma por esta oración, tanto
más se le ilumina el espíritu, más
se le abrasa el corazón y más se
fortalece contra sus enemigos.
El Avemaría es una flecha
inflamada y penetrante, que
unida por un predicador a la palabra
divina que anuncia, le da la fuerza
de traspasar y convertir los
corazones más endurecidos, aunque el
orador no tenga talento natural
extraordinario para la predicación.
52) Esta divina salutación atrae
sobre nosotros la copiosa bendición
de Jesús y de María.
Efectivamente, es principio
infalible que Jesús y María
recompensan magnánimamente a quienes
les glorifican, y vuelven
centuplicadas las bendiciones que se
les tributan: «Quiero a los que
me quieren... para enriquecer a los
que me aman y para llenar sus
bodegas» (Prov 8.17.21). Es lo
que proclaman a voz en cuello Jesús
y María: «Amamos a quienes nos
aman, los enriquecemos y llenamos
sus tesoros». «Quien siembra
generosamente, generosas cosechas
tendrá» (2 Cor 9,6).
Ahora bien, ¿no es amar, bendecir y
glorificar a Jesús y a María el
recitar devotamente la salutación
angélica? En cada Avemaría
tributamos a Jesús y a María una
doble bendición: Bendita Tú eres
entre todas las mujeres y bendito es
el fruto de tu vientre, Jesús.
En cada Avemaría tributamos a María
el mismo honor que Dios le hizo al
saludarla mediante el Arcángel San
Gabriel.
La Reina del Cielo –dice San
Bernardo y San Buenaventura– no es
menos agradecida y cortés que las
personas nobles y bien educadas de
este mundo. Las aventaja en esta
virtud como en las demás
perfecciones, y no permitirá que la
honremos con respeto sin devolvernos
el ciento por uno. «María nos
saluda con la gracia, siempre que la
saludemos con el Avemaría» (San
Buenaventura, Psalterium,
lect. 4; VD 144-181).
¿Quién podrá comprender las gracias
y bendiciones que el saludo y mirada
benigna de María atraen sobre
nosotros?
En el momento en que Santa Isabel
oyó el saludo que le dirigía la
Madre de Dios, quedó llena del
Espíritu Santo y el niño que
llevaba en su seno saltó de alegría.
Si nos hacemos dignos del saludo y
bendición recíprocos de la Santísima
Virgen, seremos, sin duda, colmados
de gracias, y un torrente de
consuelos espirituales inundará
nuestras almas.
53) Está escrito: «Den y se
les dará» (Lc 6,38), y
también «El que da gloria a su
madre se prepara un tesoro»
[Eclo 3,5). Preséntale, al menos,
cincuenta Avemarías diariamente,
cada una de ellas contiene quince
piedras preciosas que agradan más a
María que todas las riquezas de la
tierra. ¿Qué no podrás,
entonces, esperar de su generosidad?
Ella es nuestra Madre y amiga. Es la
Emperatriz del universo y nos ama
más de lo que todas las madres y
reinas juntas amaron a algún mortal.
Porque –dice San Agustín– la caridad
de la Santísima Virgen aventaja a
todo el amor natural de todos los
hombres y de todos los Ángeles.
55) El Beato Alano de la Rupe se
dirige así a la Santísima Virgen:
(Cartagena, en CN, pág. 14-157).
Quien te ama, oh excelsa María,
escuche esto y llénese de gozo:
El Cielo exulta de dicha,
la tierra, de admiración,
cuando digo: ¡Avemaría!
Mientras
que el mundo se aterra,
poseo el amor de Dios,
cuando digo: ¡Avemaría!
Mis temores me disipan,
mis pasiones se apaciguan,
cuando digo: ¡Avemaría!
Mi devoción se acrecienta
y alcanzo la contrición,
cuando digo: ¡Avemaría!
Se
confirma mi esperanza,
se acrecienta mi consuelo,
cuando digo: ¡Avemaría!
Salta de gozo mi espíritu,
se disipa mi tristeza,
cuando digo: ¡Avemaría!
Porque la dulzura de esta suavísima
salutación es tan grande que no hay
términos adecuados para explicarla
debidamente y, después de haber
dicho de ella maravillas, resulta
todavía tan escondida y profunda,
que es imposible descubrirla. Es
corta en palabras, pero grande en
misterios. Es más dulce que la miel
y más preciosa que el oro. Hay que
tenerla frecuentemente en el corazón
para meditarla y en la boca para
recitarla y repetirla devotamente
57) ¿Te debates en la miseria del
pecado? Invoca a la excelsa
María y dile: ¡Ave! Que quiere
decir: «¡Te saludo con profundo
respeto a Ti que eres sin pecado ni
desgracia!» Ella te librará de la
desgracia de tus pecados.
¿Te envuelven las tinieblas de la
ignorancia o del error? Recurre
a María y dile: ¡Ave María! Es
decir: «Iluminada con los rayos del
Sol de justicia». Ella te comunicará
sus luces.
¿Caminas extraviado, fuera de la
senda del Cielo? Invoca a María,
que quiere decir: «Estrella del mar
y Estrella polar, que guía nuestro
peregrinar por este mundo». Ella te
conducirá al puerto de salvación.
¿Estás afligido? Acude a
María, que quiere decir «mar
amargo», pues fue llena de amarguras
en este mundo, y actualmente en el
Cielo se ha convertido en mar de
purísimas dulzuras. Ella convertirá
tu tristeza en gozo y tus
aflicciones en consuelo.
¿Has perdido la gracia? Honra
la abundancia de gracias de que Dios
llenó a la Santísima Virgen y dile:
«Llena de gracia y de todos los
dones del Espíritu Santo». Ella te
dará sus gracias.
¿Te sientes solo y abandonado de
Dios? Dirígete a María y dile:
«El Señor es contigo más noble y
está más íntimamente que en los
justos y los santos, porque eres con
Él una misma cosa, pues siendo Él tu
Hijo, su carne es carne tuya. Y dado
que eres su Madre, estás con el
Señor y en semejanza perfecta y
mutua caridad». Dile finalmente:
«Toda la Santísima Trinidad está
contigo, pues eres su precioso
Templo». Ella te colocará bajo la
protección y salvaguardia del Señor.
¿Estás hambriento del pan de la
gracia y del pan de la vida?
Acércate a quien llevó el pan vivo
descendido del Cielo. Dile: «Bendito
es el fruto de tu vientre, el que
concebiste sin detrimento de tu
virginidad, que llevaste sin trabajo
y diste a luz sin dolor. Bendito
Jesús, que rescató al mundo
esclavizado, curó al mundo enfermo,
resucitó al hombre muerto, hizo
volver al hombre desterrado,
justificó al hombre criminal y salvó
al hombre condenado. Ciertamente tu
alma será saciada del pan de la
gracia en esta vida y de la vida
eterna en la otra. Amén».
58) Concluye tu plegaria con la
Iglesia y dile:
«Santa María, santa en cuerpo y
alma, santa por tu singular y eterna
abnegación en el servicio de Dios,
santa en tu calidad de Madre de Dios
que te dio una santidad eminente
como convenía a esta infinita
dignidad».
«Madre de Dios y también madre
nuestra, Abogada y Mediadora
nuestra, Tesorera y Dispensadora de
las gracias de Dios: alcánzanos
pronto el perdón de nuestros pecados
y la reconciliación con la divina
Majestad».
«Ruega por nosotros, pecadores: pues
tienes tanta compasión de los
hombres, que no desprecias ni
rechazas a los pecadores. Ruega por nosotros ahora,
durante el tiempo de nuestra vida
corta, frágil y miserable. Ahora,
porque sólo nos pertenece el momento
presente. Ahora, cuando somos
acometidos y estamos rodeados, noche
y día, de poderosos y crueles
enemigos».
«Y en la hora de nuestra muerte, cuando se
agoten nuestras fuerzas, cuando
nuestro cuerpo y espíritu estarán
abatidos por el dolor.
En la hora de nuestra muerte, cuando satanás redoblará sus esfuerzos a
fin de arruinarnos para siempre. En
esa hora en que se decidirá nuestra
suerte para toda una eternidad,
dichosa o infeliz. Ven en ayuda de
tus pobres hijos, Madre compasiva,
Abogada y Refugio de los pecadores.
Aleja de nosotros en la hora de la
muerte a los demonios, enemigos
nuestros. Ven a iluminarnos en las
tinieblas de nuestra muerte. Guíanos
y acompáñanos ante el tribunal de
nuestro Juez, que es Hijo tuyo.
Intercede por nosotros para que nos
perdone y reciba en la mansión de la
gloria eterna. ¡Amén: que así sea!»
59) ¿Habrá quien no admire la
excelencia del Santo Rosario
compuesto de partes tan excelentes
como la oración dominical (el
Padrenuestro) y la salutación
angélica (el Avemaría)?
¿Existe acaso oración más grata a
Dios y a la Santísima Virgen, y más
fácil, dulce y saludable para los
hombres? Llevémosla continuamente en
el corazón y en la boca para honrar
a la Santísima Trinidad, a
Jesucristo nuestro Salvador y a su
Madre Santísima.
Además, al fin de cada decena es
conveniente añadir el: Gloria al
Padre y al Hijo y al Espíritu Santo:
como era en el principio, ahora y
siempre y por los siglos de los
siglos. Amén.