36) El Padrenuestro u oración
dominical saca toda su
excelencia de su Autor, que no es hombre
ni Ángel, sino el Rey de los Ángeles y
de los hombres, Jesucristo. «Era
necesario –dice San Cipriano (PL 4,
537)– que quien venía como Salvador a
darnos la vida de la gracia, nos
enseñara también, como celestial
Maestro, el modo de orar».
La sabiduría del divino Maestro se
manifiesta claramente en el orden,
dulzura y fuerza de esta divina
plegaria. Es corta, pero rica en
enseñanzas. Es accesible a los
ignorantes, pero llena de misterios para
los sabios.
El Padrenuestro encierra
todos los deberes que tenemos para con
Dios, los actos de todas las virtudes y
la petición para todas nuestras
necesidades espirituales y materiales.
«Es el compendio del Evangelio»,
dice Tertuliano (PL 1, 1255).
«Aventaja a los deseos de los santos»
dice Tomás de Kempis (Enchiridium
Monachorum, c.3). Compendia todas
las dulces expresiones de los salmos y
cantos, implora cuanto necesitamos,
alaba a Dios de manera excelente, eleva
el alma de la tierra al Cielo y la une
íntimamente con Él.
37) Debemos recitar la oración
dominical con la certeza de que el Padre
Eterno la escuchará por ser la oración
de su Hijo, a quien Él escucha siempre
(Jn 11, 42 y Heb 5,7) y cuyos miembros
somos (Ef 5, 30). ¿Podría acaso un Padre
tan bueno rechazar una súplica tan bien
fundada, apoyada como ésta, en los
méritos e intercesión de Hijo tan digno?
Asegura San Agustín (PL 41, 748) que el
Padrenuestro bien rezado borra los
pecados veniales. El justo cae siete
veces por día (Prov 24, 16), pero con
las siete peticiones del Padrenuestro
puede remediar sus caídas y fortificarse
contra sus enemigos. Es oración corta y
fácil, a fin de que, frágiles como somos
y sometidos como estamos a tantas
miserias, recibamos auxilio más
rápidamente, rezándola con mayor
frecuencia y devoción.
38) Desengáñate, pues, alma piadosa, que
desprecias la oración compuesta y
ordenada por el Hijo mismo de Dios a
todos los creyentes. Tú que aprecias
solamente las oraciones compuestas por
los hombres, ¡como si el hombre, por
esclarecido que sea, supiera mejor que
Jesús cómo debemos orar! Tú que buscas
en libros humanos el método de alabar y
orar a Dios, como si te avergonzaras de
utilizar el que su Hijo nos ha
prescrito, y vives persuadida de que las
oraciones contenidas en los libros son
para los sabios y ricos, mientras que el
Rosario es bueno solamente para las
mujeres, los niños y la gente del
pueblo, como si las alabanzas y
oraciones que lees en tu devocionario
fueran más bellas y agradables a Dios
que la oración dominical. ¡Dejar de lado
la oración recomendada por Jesucristo
para apegarnos a las compuestas por los
hombres es una tentación peligrosa!
No desaprobamos con esto las oraciones
compuestas por los santos para excitar a
los fieles a alabar a Dios. Pero no
podemos admitir que haya quienes las
prefieran a la que brotó de los labios
de la Sabiduría encarnada, dejen el
manantial para correr tras los arroyos y
desdeñen el agua viva para ir a beber la
turbia. Porque, al fin y al cabo, el
Rosario, compuesto de la oración
dominical y de la salutación angélica,
es el agua limpia y eterna que mana de
la fuente de la gracia. Mientras que las
demás oraciones, que buscas y rebuscas
en los libros, no son más que arroyos
que derivan de ella.
39) ¡Dichoso quien recita la plegaria
enseñada (Mt 6, 9-13) por el Señor,
meditando atentamente cada palabra!
Encuentra en ella cuanto necesita y
puede desear.
Cuando rezamos esta admirable plegaria,
cautivamos desde el primer momento el
corazón de Dios, invocándolo con el
dulce nombre de Padre.
«Padre nuestro». El
más tierno de todos los padres,
omnipotente en la creación, admirable en
la conservación de las creaturas,
sumamente amable en su providencia e
infinitamente bueno en la obra de la
Redención. ¡Dios es nuestro Padre!
¡Entonces, todos somos hermanos y el
Cielo es nuestra patria y nuestra
herencia! ¿No bastará esto para
inspirarnos, a la vez, amor a Dios y al
prójimo, y desapego de todas las cosas
de la tierra?
Amemos, pues, a un Padre como éste y
digámosle millares de veces:
«Padre nuestro que estás en los Cielos».
Tú, que llenas el Cielo y la tierra con
la inmensidad de tu esencia y estás
presente en todas partes. Tú, que moras
en los santos con tu gloria, en los
condenados con tu justicia, en los
justos por tu gracia, en los pecadores
por tu paciencia comprensiva: haz que
recordemos siempre nuestro origen
celestial, vivamos como verdaderos hijos
tuyos y avancemos siempre hacia Ti solo,
con todo el ardor de nuestros anhelos.
«Santificado sea tu Nombre».
El Nombre del Señor es santo y terrible,
dice el profeta rey (Sal 98, 3), el
Cielo resuena con las alabanzas
incesantes de los serafines a la
santidad del Señor Dios de los ejércitos
–exclama Isaías (Is 6, 3.)–. Con estas
palabras pedimos que toda la tierra
reconozca y adore los atributos de un
Dios tan grande y santo. Que sea
conocido, amado y adorado por los
paganos, los turcos, los hebreos, los
bárbaros y todos los infieles. Que todos
los hombres le sirvan y glorifiquen con
fe viva, con esperanza firme, con
caridad ardiente, renunciando a todos
los errores: en una palabra que todos
los hombres sean santos porque Él mismo
lo es (Lev 11,44-45 y 1 Pe 1, 16).
«Venga a nosotros tu Reino».
Es decir, reina, Señor en nuestras almas
con tu gracia en esta vida a fin de que
merezcamos reinar contigo después de la
muerte, en tu reino que es la suprema
felicidad, en la cual creemos, esperamos
y la cual deseamos. Felicidad que la
bondad del Padre nos ha prometido, los
méritos del Hijo nos han adquirido, y la
luz del Espíritu Santo nos ha revelado.
«Hágase tu voluntad en la
tierra como en el cielo».
Cuando pedimos que se haga su voluntad
es porque aceptamos humildemente cuanto
ha querido ordenar respecto a nosotros.
Y que cumplamos siempre y todo su
santísima voluntad, manifestada en sus
mandamientos, con la misma prontitud,
amor y constancia con las que los
Ángeles y santos le obedecen en el
Cielo.
40) «Danos hoy nuestro pan de
cada día». Jesucristo nos
enseña a pedir a Dios lo necesario para
la vida del cuerpo y del alma. Con estas
palabras, confesamos humildemente
nuestra miseria y rendimos homenaje a la
Providencia, declarando que creemos y
queremos recibir de su bondad todos los
bienes temporales. Con la palabra “pan”,
pedimos a Dios lo estrictamente
necesario para la vida: excluimos lo
superfluo. Este pan lo pedimos “hoy”
es decir, limitamos al presente nuestras
solicitudes, confiando a la Providencia
el mañana. Pedimos el pan “de cada
día”,confesando así nuestras necesidades
siempre renovadas y proclamamos la
continua dependencia en que nos hallamos
de la protección y socorros divinos.
«Perdona nuestras ofensas, como
también nosotros perdonamos a los que
nos ofenden». Nuestros
pecados –dicen San Agustín y Tertuliano–
son deudas que contraemos con Dios, y su
justificación exige el pago hasta el
último céntimo. Y ¡todos tenemos esas
tristes deudas! Pero, no obstante
nuestras numerosas culpas, acerquémonos
a Él confiadamente, y digámosle con
verdadero arrepentimiento: «Padre
nuestro, que estás en los cielos»,
perdona los pecados de nuestro corazón y
nuestra boca, los pecados de acción y
omisión, que nos hacen infinitamente
culpables a los ojos de la justicia.
Porque, como hijos de un Padre tan
clemente y misericordioso, perdonamos
por obediencia y caridad a cuantos nos
han ofendido.
«No nos dejes –por
infidelidad a tu gracia– caer
en la tentación» del mundo y
de la carne.
«Y líbranos del mal»
que es el pecado, del mal de la pena
temporal y eterna que hemos merecido.
«¡Amén!» Expresión
muy consoladora –dice San Jerónimo–. Es
como el sello que Dios pone al final de
nuestra súplica para asegurarnos que nos
ha escuchado. Es como si nos
respondiera: “¡Amén!” Sí, hágase como
han pedido; lo han conseguido. Porque
esto es lo que significa el término:
“Amén”.
41) Al recitar cada una de las palabras
de la oración dominical, honramos las
perfecciones divinas. Honramos su
fecundidad llamándolo «Padre»:
Padre que desde la eternidad engendras
un Hijo igual que tú, eterno y
consustancial, que es una misma esencia,
una misma potencia, una misma bondad,
una misma sabiduría contigo. Padre e
Hijo que al amarse producen al Espíritu
Santo, que es Dios como Uds. ¡Tres
adorables personas que son un solo Dios!
«¡Padre nuestro!».
Es decir, Padre de los hombres por la
creación, la conservación y la
redención. Padre misericordioso de los
pecadores; Padre amigo de los justos;
Padre magnífico de los bienaventurados.
«Que estás». Con
estas palabras admiramos la inmensidad,
la grandeza y plenitud de la esencia
divina, que se llama con verdad EL QUE
ES (Ex 3,14), es decir, el que existe
esencial, necesaria y eternamente, que
es el Ser de los seres, la Causa de todo
ser. Que contiene en sí mismo, forma
eminente, las perfecciones de todos los
seres. Que está en todos con su esencia,
presencia y potencia sin ser por ellos
abarcado.
Honramos su sublimidad, gloria y
majestad con las palabras que estás
en los Cielos, es decir, como sentado en
su trono para ejercer justicia sobre
todos los hombres.
Adoramos su santidad, al desear que
su Nombre sea santificado.
Reconocemos su soberanía y la justicia
de sus leyes, anhelando la llegada de su
reino, y ansiando que le obedezcan los
hombres en la tierra como le obedecen
los Ángeles en el Cielo. Pidiéndole que
nos dé el pan de cada día, creemos en su
Providencia. Al rogarle que no nos deje
caer en la tentación, reconocemos su
poder. Esperando que nos libre del
mal, nos confiamos a su bondad.
El Hijo de Dios glorificó siempre al
Padre con sus obras y vino al mundo para
enseñar a los hombres a glorificarlo. Y
les ha enseñado la forma de honrarlo con
esta oración que se dignó dictarles.
Debemos, pues, rezarla con frecuencia y
atención, y con el mismo espíritu con
que Él la compuso.
42) Cuando rezamos devotamente esta
divina oración, realizamos tantos actos
de las más nobles virtudes cristianas
como palabras pronunciamos.
Al decir «Padre nuestro que estás
en los Cielos», hacemos actos
de fe, adoración y humildad.
Al desear que su Nombre sea santificado
y glorificado, manifestamos celo
ardiente por su gloria.
Al pedir la posesión de su reino,
hacemos un acto de esperanza.
Al desear que se cumpla su voluntad en
la tierra como en el Cielo, mostramos
espíritu de perfecta obediencia.
Pidiéndole que nos dé el pan de cada
día, practicamos la pobreza según el
espíritu y el desapego de los bienes
de la tierra.
Al rogarle que perdone nuestros pecados,
hacemos un acto de contrición.
Al perdonar a quienes nos han ofendido,
ejercitamos la misericordia en la más
alta perfección.
Al implorar ayuda en la tentación,
hacemos actos de humildad, prudencia,
fortaleza.
Al implorar que nos libre del mal,
practicamos la paciencia.
Finalmente, al pedir todo esto no sólo
para nosotros, sino también para el
prójimo y para todos los miembros de la
Iglesia, nos comportamos como
verdaderos hijos de Dios, lo imitamos en
la caridad que abraza a todos los
hombres y cumplimos el mandamiento de
amar al prójimo.
43) Cuando deseamos que el Santo
Nombre de Dios sea glorificado, estamos
bien lejos de profanarlo. Cuando
consideramos el reino de Dios como
nuestra herencia, renunciamos a todo
apego desordenado a los bienes de este
mundo. Cuando pedimos con sinceridad
para nuestro prójimo los bienes que
deseamos para nosotros, renunciamos al
odio, la disensión y la envidia.
Al pedir a Dios el pan de cada día,
detestamos la gula y la
voluptuosidad, que se nutren en la
abundancia.
Al rogar a Dios con sinceridad que
nos perdone, como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden,
reprimimos la cólera y la venganza,
devolvemos bien por mal y amamos a
nuestros enemigos.
Al pedir a Dios que no nos deje caer
en el pecado en el momento de la
tentación, manifestamos huir de la
pereza y buscar los medios para combatir
los vicios y salvarnos.
Al rogar a Dios que nos libre del mal,
tenemos su justicia y nos alegramos
porque el temor de Dios es el principio
de la sabiduría (Sal 100, 10; Prov 1,
7); el temor de Dios hace que el hombre
evite el pecado (Prov 15,27; Eclo 1,27).