EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO

San Luis María Grignion de Montfort

Excelencia del Santo Rosario por las oraciones de que está compuesto.

EL CREDO

34) El Credo o símbolo de los Apóstoles, que se reza sobre el Crucifijo del Rosario, es una plegaria de gran mérito, por ser un sagrado compendio y resumen de las verdades cristianas.
La fe, en efecto, es la base, fundamento y principio de todas las virtudes cristianas, de todas las verdades eternas y de todas las plegarias agradables a Dios. «Quien se acerca a Dios ha de comenzar por creer» (Heb 11,6). Sí, quien se acerca a Dios en la oración debe comenzar con un acto de fe y cuanto mayor sea su fe, más eficaz y meritorio para él y más gloriosa para Dios será su plegaria.
No me detendré a explicar las palabras del símbolo de los Apóstoles. Pero no puedo menos de aclarar las primeras palabras: «Creo en Dios».
Éstas encierran los actos de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Tienen una eficacia maravillosa para santificarnos y derrotar al demonio. Muchos santos vencieron con estas palabras las tentaciones, especialmente las contrarias a la fe, la esperanza o la caridad, durante su vida y a la hora de la muerte. Fueron las últimas palabras que escribió San Pedro mártir con el dedo, lo mejor que pudo y sobre la arena, cuando, con la cabeza cortada por el sablazo de un hereje, se hallaba próximo a expirar.
 
35) La fe es la única clave que permite entrar en todos los misterios de Jesús y de María, contenidos en el Santo Rosario. Por esto es necesario comenzar el Rosario rezando el Credo con gran atención y devoción. Y cuanto más viva y robusta sea la fe, más meritorio será nuestro Rosario. Es preciso que sea viva y animada por la caridad, es decir, que para recitar bien el Santo Rosario, debes estar en gracia de Dios o en busca de ella. Es necesario, además, que la fe sea robusta y constante, es decir, que no has de buscar en el rezo del Santo Rosario solamente el gusto sensible y la consolación espiritual. En otras palabras, no debes dejarlo cuando te salten las distracciones involuntarias en la mente, un incomprensible tedio en el alma, un fastidio o sopor casi continuo en el cuerpo. Para rezar bien el Rosario no son necesarios ni gusto ni consuelo ni suspiros ni fervor y lágrimas, ni aplicación prolongada de la imaginación. Bastan la fe pura y la recta intención. «Basta sólo la fe» (Cuarta estrofa del himno “Pange lingua”.)

EL PADRENUESTRO

36) El Padrenuestro u oración dominical saca toda su excelencia de su Autor, que no es hombre ni Ángel, sino el Rey de los Ángeles y de los hombres, Jesucristo. «Era necesario –dice San Cipriano (PL 4, 537)– que quien venía como Salvador a darnos la vida de la gracia, nos enseñara también, como celestial Maestro, el modo de orar».
La sabiduría del divino Maestro se manifiesta claramente en el orden, dulzura y fuerza de esta divina plegaria. Es corta, pero rica en enseñanzas. Es accesible a los ignorantes, pero llena de misterios para los sabios.
El Padrenuestro encierra todos los deberes que tenemos para con Dios, los actos de todas las virtudes y la petición para todas nuestras necesidades espirituales y materiales. «Es el compendio del Evangelio», dice Tertuliano (PL 1, 1255). «Aventaja a los deseos de los santos» dice Tomás de Kempis (Enchiridium Monachorum, c.3). Compendia todas las dulces expresiones de los salmos y cantos, implora cuanto necesitamos, alaba a Dios de manera excelente, eleva el alma de la tierra al Cielo y la une íntimamente con Él.
 
37) Debemos recitar la oración dominical con la certeza de que el Padre Eterno la escuchará por ser la oración de su Hijo, a quien Él escucha siempre (Jn 11, 42 y Heb 5,7) y cuyos miembros somos (Ef 5, 30). ¿Podría acaso un Padre tan bueno rechazar una súplica tan bien fundada, apoyada como ésta, en los méritos e intercesión de Hijo tan digno?
Asegura San Agustín (PL 41, 748) que el Padrenuestro bien rezado borra los pecados veniales. El justo cae siete veces por día (Prov 24, 16), pero con las siete peticiones del Padrenuestro puede remediar sus caídas y fortificarse contra sus enemigos. Es oración corta y fácil, a fin de que, frágiles como somos y sometidos como estamos a tantas miserias, recibamos auxilio más rápidamente, rezándola con mayor frecuencia y devoción.
 
38) Desengáñate, pues, alma piadosa, que desprecias la oración compuesta y ordenada por el Hijo mismo de Dios a todos los creyentes. Tú que aprecias solamente las oraciones compuestas por los hombres, ¡como si el hombre, por esclarecido que sea, supiera mejor que Jesús cómo debemos orar! Tú que buscas en libros humanos el método de alabar y orar a Dios, como si te avergonzaras de utilizar el que su Hijo nos ha prescrito, y vives persuadida de que las oraciones contenidas en los libros son para los sabios y ricos, mientras que el Rosario es bueno solamente para las mujeres, los niños y la gente del pueblo, como si las alabanzas y oraciones que lees en tu devocionario fueran más bellas y agradables a Dios que la oración dominical. ¡Dejar de lado la oración recomendada por Jesucristo para apegarnos a las compuestas por los hombres es una tentación peligrosa!
 
No desaprobamos con esto las oraciones compuestas por los santos para excitar a los fieles a alabar a Dios. Pero no podemos admitir que haya quienes las prefieran a la que brotó de los labios de la Sabiduría encarnada, dejen el manantial para correr tras los arroyos y desdeñen el agua viva para ir a beber la turbia. Porque, al fin y al cabo, el Rosario, compuesto de la oración dominical y de la salutación angélica, es el agua limpia y eterna que mana de la fuente de la gracia. Mientras que las demás oraciones, que buscas y rebuscas en los libros, no son más que arroyos que derivan de ella.
 
39) ¡Dichoso quien recita la plegaria enseñada (Mt 6, 9-13) por el Señor, meditando atentamente cada palabra! Encuentra en ella cuanto necesita y puede desear.
Cuando rezamos esta admirable plegaria, cautivamos desde el primer momento el corazón de Dios, invocándolo con el dulce nombre de Padre.
«Padre nuestro». El más tierno de todos los padres, omnipotente en la creación, admirable en la conservación de las creaturas, sumamente amable en su providencia e infinitamente bueno en la obra de la Redención. ¡Dios es nuestro Padre! ¡Entonces, todos somos hermanos y el Cielo es nuestra patria y nuestra herencia! ¿No bastará esto para inspirarnos, a la vez, amor a Dios y al prójimo, y desapego de todas las cosas de la tierra?
Amemos, pues, a un Padre como éste y digámosle millares de veces: «Padre nuestro que estás en los Cielos». Tú, que llenas el Cielo y la tierra con la inmensidad de tu esencia y estás presente en todas partes. Tú, que moras en los santos con tu gloria, en los condenados con tu justicia, en los justos por tu gracia, en los pecadores por tu paciencia comprensiva: haz que recordemos siempre nuestro origen celestial, vivamos como verdaderos hijos tuyos y avancemos siempre hacia Ti solo, con todo el ardor de nuestros anhelos.
«Santificado sea tu Nombre». El Nombre del Señor es santo y terrible, dice el profeta rey (Sal 98, 3), el Cielo resuena con las alabanzas incesantes de los serafines a la santidad del Señor Dios de los ejércitos –exclama Isaías (Is 6, 3.)–. Con estas palabras pedimos que toda la tierra reconozca y adore los atributos de un Dios tan grande y santo. Que sea conocido, amado y adorado por los paganos, los turcos, los hebreos, los bárbaros y todos los infieles. Que todos los hombres le sirvan y glorifiquen con fe viva, con esperanza firme, con caridad ardiente, renunciando a todos los errores: en una palabra que todos los hombres sean santos porque Él mismo lo es (Lev 11,44-45  y 1 Pe 1, 16).
«Venga a nosotros tu Reino». Es decir, reina, Señor en nuestras almas con tu gracia en esta vida a fin de que merezcamos reinar contigo después de la muerte, en tu reino que es la suprema felicidad, en la cual creemos, esperamos y la cual deseamos. Felicidad que la bondad del Padre nos ha prometido, los méritos del Hijo nos han adquirido, y la luz del Espíritu Santo nos ha revelado.
«Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Cuando pedimos que se haga su voluntad es porque aceptamos humildemente cuanto ha querido ordenar respecto a nosotros. Y que cumplamos siempre y todo su santísima voluntad, manifestada en sus mandamientos, con la misma prontitud, amor y constancia con las que los Ángeles y santos le obedecen en el Cielo.
 
40) «Danos hoy nuestro pan de cada día». Jesucristo nos enseña a pedir a Dios lo necesario para la vida del cuerpo y del alma. Con estas palabras, confesamos humildemente nuestra miseria y rendimos homenaje a la Providencia, declarando que creemos y queremos recibir de su bondad todos los bienes temporales. Con la palabra “pan”, pedimos a Dios lo estrictamente necesario para la vida: excluimos lo superfluo. Este pan lo pedimos “hoy” es decir, limitamos al presente nuestras solicitudes, confiando a la Providencia el mañana. Pedimos el pan “de cada día”,confesando así nuestras necesidades siempre renovadas y proclamamos la continua dependencia en que nos hallamos de la protección y socorros divinos.
«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Nuestros pecados –dicen San Agustín y Tertuliano– son deudas que contraemos con Dios, y su justificación exige el pago hasta el último céntimo. Y ¡todos tenemos esas tristes deudas! Pero, no obstante nuestras numerosas culpas, acerquémonos a Él confiadamente, y digámosle con verdadero arrepentimiento: «Padre nuestro, que estás en los cielos», perdona los pecados de nuestro corazón y nuestra boca, los pecados de acción y omisión, que nos hacen infinitamente culpables a los ojos de la justicia. Porque, como hijos de un Padre tan clemente y misericordioso, perdonamos por obediencia y caridad a cuantos nos han ofendido.
«No nos dejespor infidelidad a tu graciacaer en la tentación» del mundo y de la carne.
«Y líbranos del mal» que es el pecado, del mal de la pena temporal y eterna que hemos merecido.
«¡Amén!» Expresión muy consoladora –dice San Jerónimo–. Es como el sello que Dios pone al final de nuestra súplica para asegurarnos que nos ha escuchado. Es como si nos respondiera: “¡Amén!” Sí, hágase como han pedido; lo han conseguido. Porque esto es lo que significa el término: “Amén”.
 
41) Al recitar cada una de las palabras de la oración dominical, honramos las perfecciones divinas. Honramos su fecundidad llamándolo «Padre»: Padre que desde la eternidad engendras un Hijo igual que tú, eterno y consustancial, que es una misma esencia, una misma potencia, una misma bondad, una misma sabiduría contigo. Padre e Hijo que al amarse producen al Espíritu Santo, que es Dios como Uds. ¡Tres adorables personas que son un solo Dios!
«¡Padre nuestro!». Es decir, Padre de los hombres por la creación, la conservación y la redención. Padre misericordioso de los pecadores; Padre amigo de los justos; Padre magnífico de los bienaventurados.
«Que estás». Con estas palabras admiramos la inmensidad, la grandeza y plenitud de la esencia divina, que se llama con verdad EL QUE ES (Ex 3,14), es decir, el que existe esencial, necesaria y eternamente, que es el Ser de los seres, la Causa de todo ser. Que contiene en sí mismo, forma eminente, las perfecciones de todos los seres. Que está en todos con su esencia, presencia y potencia sin ser por ellos abarcado.
Honramos su sublimidad, gloria y majestad con las palabras que estás en los Cielos, es decir, como sentado en su trono para ejercer justicia sobre todos los hombres.
Adoramos su santidad, al desear que su Nombre sea santificado. Reconocemos su soberanía y la justicia de sus leyes, anhelando la llegada de su reino, y ansiando que le obedezcan los hombres en la tierra como le obedecen los Ángeles en el Cielo. Pidiéndole que nos dé el pan de cada día, creemos en su Providencia. Al rogarle que no nos deje caer en la tentación, reconocemos su poder. Esperando que nos libre del mal, nos confiamos a su bondad.
El Hijo de Dios glorificó siempre al Padre con sus obras y vino al mundo para enseñar a los hombres a glorificarlo. Y les ha enseñado la forma de honrarlo con esta oración que se dignó dictarles. Debemos, pues, rezarla con frecuencia y atención, y con el mismo espíritu con que Él la compuso.
 
42) Cuando rezamos devotamente esta divina oración, realizamos tantos actos de las más nobles virtudes cristianas como palabras pronunciamos.
Al decir «Padre nuestro que estás en los Cielos», hacemos actos de fe, adoración y humildad.
Al desear que su Nombre sea santificado y glorificado, manifestamos celo ardiente por su gloria.
Al pedir la posesión de su reino, hacemos un acto de esperanza.
Al desear que se cumpla su voluntad en la tierra como en el Cielo, mostramos espíritu de perfecta obediencia.
Pidiéndole que nos dé el pan de cada día, practicamos la pobreza según el espíritu y el desapego de los bienes de la tierra.
Al rogarle que perdone nuestros pecados, hacemos un acto de contrición.
Al perdonar a quienes nos han ofendido, ejercitamos la misericordia en la más alta perfección.
Al implorar ayuda en la tentación, hacemos actos de humildad, prudencia, fortaleza.
Al implorar que nos libre del mal, practicamos la paciencia.
Finalmente, al pedir todo esto no sólo para nosotros, sino también para el prójimo y para todos los miembros de la Iglesia, nos comportamos como verdaderos hijos de Dios, lo imitamos en la caridad que abraza a todos los hombres y cumplimos el mandamiento de amar al prójimo.
 
43) Cuando deseamos que el Santo Nombre de Dios sea glorificado, estamos bien lejos de profanarlo. Cuando consideramos el reino de Dios como nuestra herencia, renunciamos a todo apego desordenado a los bienes de este mundo. Cuando pedimos con sinceridad para nuestro prójimo los bienes que deseamos para nosotros, renunciamos al odio, la disensión y la envidia.
Al pedir a Dios el pan de cada día, detestamos la gula y la voluptuosidad, que se nutren en la abundancia.
Al rogar a Dios con sinceridad que nos perdone, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, reprimimos la cólera y la venganza, devolvemos bien por mal y amamos a nuestros enemigos.
Al pedir a Dios que no nos deje caer en el pecado en el momento de la tentación, manifestamos huir de la pereza y buscar los medios para combatir los vicios y salvarnos.
Al rogar a Dios que nos libre del mal, tenemos su justicia y nos alegramos porque el temor de Dios es el principio de la sabiduría (Sal 100, 10; Prov 1, 7);  el temor de Dios hace que el hombre evite el pecado (Prov 15,27; Eclo 1,27).

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En este sexto mensaje le enviamos la primera parte del segundo capítulo del libro EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO, escrito por San Luis María Grignion de Montfort, y que lleva por título Excelencia del Santo Rosario por las oraciones de que está compuesto. para que lo pueda leer y meditar en compañia de María, Maestra de Contemplación.

Respecto de los textos de San Luis María, nuestro querido y recordado Juan Pablo II, expresa en el primer punto de CARTA A LA FAMILIA MONFORTANA del 8 de diciembre de 2003, Solemnidad de la Inmaculada Concepción:

 

Un texto clásico de la espiritualidad mariana

Hace ciento sesenta años se publicaba una obra destinada a convertirse en un clásico de la espiritualidad mariana. San Luis María Grignion de Montfort compuso el Tratado de la verdadera devoción a la santísima Virgen a comienzos del año 1700, pero el manuscrito permaneció prácticamente desconocido durante más de un siglo. Finalmente, en 1824 fue descubierto casi por casualidad, y en 1843, cuando se publicó, tuvo un éxito inmediato, revelándose como una obra de extraordinaria eficacia en la difusión de la "Verdadera Devoción" a la Virgen Santísima. A mí personalmente, en los años de mi juventud, me ayudó mucho la lectura de este libro, en el que "encontré la respuesta a mis dudas", debidas al temor de que el culto a María, "si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo" (Don y misterio). Bajo la guía sabia de San Luis María comprendí que, si se vive el misterio de María en Cristo, ese peligro no existe. En efecto, el pensamiento mariológico de este santo "está basado en el misterio trinitario y en la verdad de la encarnación del Verbo de Dios" (ib.).
 

Invite(n) a sus amigos y conocidos a inscribirse gratuitamente en el e-Curso CONTEMPLAR A CRISTO CON LOS OJOS DE MARÍA. Deben llenar el formulario con su nombre y su correo electrónico desde la siguiente dirección:

http://www.JuanPabloMagno.org/formulario2.htm

%FullName%, Que María, «Reina del Santo Rosario», nos ayude a meditar en nuestro corazón y a comprender con nuestra inteligencia, los distintos textos sobre el Santo Rosario que forman parte de este e-Curso.

Marisa y Eduardo

 

ORACIÓN PARA IMPLORAR FAVORES

POR INTERCESIÓN DEL BEATO JUAN PABLO II

Oh Trinidad Santa, te damos gracias por haber concedido a la Iglesia al Beato Papa Juan Pablo II y porque en él has reflejado la ternura de Tu paternidad, la gloria de la Cruz de Cristo y el esplendor del Espíritu de amor. El, confiando totalmente en tu infinita misericordia y en la maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna Contigo. Concédenos, por su intercesión, y si es Tu voluntad, el favor que imploramos, con la esperanza de que sea pronto incluido en el número de tus santos.

Padrenuestro. Avemaría. Gloria.

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