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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS
MARIAE
DEL SIERVO DE DIOS, EL
PAPA
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS
FIELES
SOBRE EL SANTO ROSARIO
EL SANTO ROSARIO, UN TESORO PARA
RECUPERAR
«Rosario bendito de María, cadena
dulce que nos unes con Dios». Lo que se ha
dicho hasta aquí expresa ampliamente la riqueza de esta
oración tradicional, que tiene la sencillez de una oración
popular, pero también la profundidad teológica de una
oración adecuada para quien siente la exigencia de una
contemplación más intensa.
La Iglesia ha visto siempre en esta
oración una particular eficacia, confiando las causas más
difíciles a su recitación comunitaria y a su práctica
constante. En momentos en los que la cristiandad misma
estaba amenazada, se atribuyó a la fuerza de esta oración
la liberación del peligro y la Virgen del Rosario fue
considerada como propiciadora de la salvación.
Hoy deseo confiar a la eficacia de esta
oración –lo he señalado al principio– la causa de la paz
en el mundo y la de la familia.
La paz. Las dificultades
que presenta el panorama mundial en este comienzo del
nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una
intervención de lo Alto, capaz de orientar los corazones
de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes
dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar
en un futuro menos oscuro.
El Rosario es una oración orientada
por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de
que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz»
(Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo
–y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el
secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida.
Además, debido a su carácter meditativo, con la serena
sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el
orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y
experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a
su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del
Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21).
Es además oración por la paz por la
caridad que promueve. Si se recita bien, como verdadera
oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro
con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de
Cristo en los hermanos, especialmente en los que más
sufren. ¿Cómo se podría considerar, en los misterios
gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir
el deseo de acoger, defender y promover la vida,
haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las
partes del mundo? ¿Cómo podrían seguirse los pasos del
Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin
proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la
vida de cada día? Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado con
la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse
sus «cireneos» en cada hermano aquejado por el dolor u
oprimido por la desesperación? ¿Cómo se podría, en fin,
contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María
coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este
mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de
Dios?
En definitiva, mientras nos hace
contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también
constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de
petición insistente y comunitaria, en sintonía con la
invitación de Cristo a «orar siempre sin desfallecer» (Lc
18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer
también una 'batalla' tan difícil como la de la paz. De
este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los
problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera
responsable y generosa, y nos concede la fuerza de
afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el
firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la
caridad, «que es el vínculo de la perfección» (Col
3, 14).
La familia: los padres...
Además de oración por la paz, el Rosario es también,
desde siempre, una oración de la familia y por la
familia. Antes esta oración era apreciada
particularmente por las familias cristianas, y ciertamente
favorecía su comunión. Conviene no descuidar esta preciosa
herencia. Se ha de volver a rezar en familia y a rogar por
las familias, utilizando todavía esta forma de plegaria.
Si en la Carta apostólica
Novo millennio ineunte
he alentado la celebración de la Liturgia de las Horas
por parte de los laicos en la vida ordinaria de las
comunidades parroquiales y de los diversos grupos
cristianos,[39]
deseo hacerlo igualmente con el Rosario. Se trata de dos
caminos no alternativos, sino complementarios, de la
contemplación cristiana. Pido, por tanto, a cuantos se
dedican a la pastoral de las familias que recomienden con
convicción el rezo del Rosario.
La familia que reza unida, permanece
unida. El Santo Rosario, por antigua tradición, es una
oración que se presta particularmente para reunir a la
familia. Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros
recupera también la capacidad de volverse a mirar a los
ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse
recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor
renovado por el Espíritu de Dios.
Muchos problemas de las familias
contemporáneas, especialmente en las sociedades
económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente
dificultad para comunicarse. No se consigue estar juntos y
a veces los raros momentos de reunión quedan absorbidos
por las imágenes de un televisor. Volver a rezar el
Rosario en familia significa introducir en la vida
cotidiana otras imágenes muy distintas, las del misterio
que salva: la imagen del Redentor, la imagen de su Madre
santísima. La familia que reza unida el Rosario reproduce
un poco el clima de la casa de Nazaret: Jesús está en el
centro, se comparten con él alegrías y dolores, se ponen
en sus manos las necesidades y proyectos, se obtienen de
él la esperanza y la fuerza para el camino.
... y los hijos. Es
hermoso y fructuoso confiar también a esta oración el
proceso de crecimiento de los hijos. ¿No es acaso, el
Rosario, el itinerario de la vida de Cristo, desde su
concepción a la muerte, hasta la resurrección y la gloria?
Hoy resulta cada vez más difícil para los padres seguir a
los hijos en las diversas etapas de su vida. En la
sociedad de la tecnología avanzada, de los medios de
comunicación social y de la globalización, todo se ha
acelerado, y cada día es mayor la distancia cultural entre
las generaciones. Los mensajes de todo tipo y las
experiencias más imprevisibles hacen mella pronto en la
vida de los chicos y los adolescentes, y a veces es
angustioso para los padres afrontar los peligros que
corren los hijos. Con frecuencia se encuentran ante
desilusiones fuertes, al constatar los fracasos de los
hijos ante la seducción de la droga, los atractivos de un
hedonismo desenfrenado, las tentaciones de la violencia o
las formas tan diferentes del sinsentido y la
desesperación.
Rezar con el Rosario por los hijos,
y mejor aún, con los hijos, educándolos desde su
tierna edad para este momento cotidiano de «intervalo de
oración» de la familia, no es ciertamente la solución de
todos los problemas, pero es una ayuda espiritual que no
se debe minimizar. Se puede objetar que el Rosario parece
una oración poco adecuada para los gustos de los chicos y
los jóvenes de hoy. Pero quizás esta objeción se basa en
un modo poco esmerado de rezarlo. Por otra parte, salvando
su estructura fundamental, nada impide que, para ellos, el
rezo del Rosario –tanto en familia como en los grupos– se
enriquezca con oportunas aportaciones simbólicas y
prácticas, que favorezcan su comprensión y valorización.
¿Por qué no probarlo? Una pastoral juvenil no derrotista,
apasionada y creativa –¡las Jornadas Mundiales de la
Juventud han dado buena prueba de ello!– es capaz de dar,
con la ayuda de Dios, pasos verdaderamente significativos.
Si el Rosario se presenta bien, estoy seguro de que los
jóvenes mismos serán capaces de sorprender una vez más a
los adultos, haciendo propia esta oración y recitándola
con el entusiasmo típico de su edad.
El Santo Rosario, un tesoro que
recuperar. Queridos hermanos y hermanas: Una
oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de
veras ser recuperada por la comunidad cristiana. Hagámoslo
sobre todo en este año, asumiendo esta propuesta como una
consolidación de la línea trazada en la Carta apostólica
Novo millennio ineunte,
en la cual se han inspirado los planes pastorales de
muchas Iglesias particulares al programar los objetivos
para el próximo futuro.
Me dirijo en particular a vosotros,
queridos Hermanos en el Episcopado, sacerdotes y diáconos,
y a vosotros, agentes pastorales en los diversos
ministerios, para que, teniendo la experiencia personal de
la belleza del Rosario, os convirtáis en sus diligentes
promotores.
Confío también en vosotros, teólogos,
para que, realizando una reflexión a la vez rigurosa y
sabia, basada en la Palabra de Dios y sensible a la
vivencia del pueblo cristiano, ayudéis a descubrir los
fundamentos bíblicos, las riquezas espirituales y la
validez pastoral de esta oración tradicional.
Cuento con vosotros, consagrados y
consagradas, llamados de manera particular a contemplar el
rostro de Cristo siguiendo el ejemplo de María.
Pienso en todos vosotros, hermanos y
hermanas de toda condición, en vosotras, familias
cristianas, en vosotros, enfermos y ancianos, en vosotros,
jóvenes: tomad con confianza entre las manos el rosario,
descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura, en
armonía con la Liturgia y en el contexto de la vida
cotidiana.
¡Qué este llamamiento mío no sea en
balde! Al inicio del vigésimo quinto año de
Pontificado, pongo esta Carta apostólica en las manos de
la Virgen María, postrándome espiritualmente ante su
imagen en su espléndido Santuario edificado por el Beato
Bartolomé Longo, apóstol del Rosario. Hago mías con
gusto las palabras conmovedoras con las que él termina la
célebre Súplica a la Reina del Santo Rosario: «Oh
Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con
Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de
salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro
en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás
nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti el
último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro
de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del
Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio
de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes.
Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra
y en el cielo».
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Estimado(a)
%FullName% .
En este
quinto mensaje le enviamos el capítulo final de la Carta
Apostólica ROSARIUM VIRGINIS MARIAE, para
que lo pueda leer y meditar en compañia de María, Maestra
de Contemplación.
Invite(n) a sus amigos y conocidos a inscribirse gratuitamente en
el e-Curso CONTEMPLAR A CRISTO CON LOS OJOS DE MARÍA.
Deben llenar
el formulario con su nombre y su correo electrónico desde la
siguiente dirección:
http://www.JuanPabloMagno.org/formulario2.htm
%FullName%, Que María,
«Reina del Santo Rosario», nos ayude a meditar en
nuestro corazón y a comprender con nuestra inteligencia, los
distintos textos sobre el Santo Rosario que forman parte
de este e-Curso. Al respecto nuestro querido y recordado Juan
Pablo II, expresaba lo siguiente en algunos párrafos de su
meditación durante el rezo del Ángelus del domingo 6 de noviembre
de 1983:
En los misterios gloriosos del
Rosario reviven las esperanzas
del cristiano
En los misterios gloriosos
del Rosario reviven las
esperanzas del cristiano:
las esperanzas de la vida
eterna que comprometen la
omnipotencia de Dios y las
expectativas del tiempo
presente que obligan a los
hombres a colaborar con
Dios. En Cristo
resucitado resurge el mundo
entero y se inauguran los
cielos nuevos y la tierra
nueva que llegarán a
cumplimiento a su vuelta
gloriosa, cuando «la
muerte no existirá más, ni
habrá duelo, ni gritos, ni
trabajo, porque todo esto es
ya pasado» (Ap 21, 4).
Al ascender Cristo al
cielo, en El se exalta a la
naturaleza humana que se
sienta a la diestra de Dios,
y se da a los discípulos la
consigna de evangelizar al
mundo; además, al subir
Cristo al cielo, no se
eclipsa de la tierra, sino
que se oculta en el rostro
de cada hombre,
especialmente de los más
desgraciados: los pobres,
los enfermos, los
marginados, los
perseguidos...
Al infundir el Espíritu
Santo en Pentecostés, dio a
los discípulos la fuerza de
amar y difundir la verdad,
pidió comunión en la
construcción de un mundo
digno del hombre redimido y
concedió capacidad de
santificar todas las cosas
con la obediencia a la
voluntad del Padre
celestial. De este modo
encendió de nuevo el gozo de
donar en el ánimo de quien
da, y la certeza de ser
amado en el corazón del
desgraciado.
En la gloria de la Virgen
elevada al Cielo,
contemplamos entre otras
cosas la sublimación real de
los vínculos de la sangre y
los afectos familiares, pues
Cristo glorificó a María no
sólo por ser inmaculada y
arca de la presencia divina,
sino también por honrar a su
Madre como Hijo. No se
rompen en el cielo los
vínculos santos de la
tierra; por el contrario, en
los cuidados de la Virgen
Madre elevada para ser
abogada y protectora nuestra
y tipo de la Iglesia
victoriosa, descubrimos
también el modelo inspirador
del amor solícito de
nuestros queridos difuntos
hacia nosotros, amor que la
muerte no destruye, sino que
acrecienta a la luz de Dios.
Y, finalmente, en la
visión de María ensalzada
por todas las criaturas,
celebramos el misterio
escatológico de una
humanidad rehecha en Cristo
en unidad perfecta, sin
divisiones ya ni otra
rivalidad que no sea la de
aventajarse en amor uno a
otro. Porque Dios es amor.
Así es que en los misterios
del Santo Rosario
contemplamos y revivimos los
gozos, dolores y gloria de
Cristo y su Madre Santa, que
pasan a ser gozos, dolores y
esperanzas del hombre.

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Marisa y Eduardo

ORACIÓN PARA
IMPLORAR FAVORES POR INTERCESIÓN DEL SIERVO DE DIOS EL PAPA
JUAN PABLO II
Oh
Trinidad Santa, te
damos gracias por haber concedido a la Iglesia al
Papa Juan Pablo II y porque en él
has reflejado la ternura de Tu paternidad, la gloria de la
Cruz de Cristo y el esplendor del Espíritu de amor. El,
confiando totalmente en tu infinita misericordia y en la
maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen
viva de Jesús Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto
grado de la vida cristiana ordinaria, como camino para
alcanzar la comunión eterna Contigo.
Concédenos, por su intercesión, y si es Tu voluntad,
el favor que imploramos, con la esperanza de que sea pronto
incluido en el número de tus santos.
Padrenuestro.
Avemaría. Gloria.
Con
aprobación eclesiástica

CARD. CAMILLO RUINI
Vicario General de Su Santidad
para la Diócesis de Roma
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