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CARTA
APOSTÓLICA
ROSARIUM VIRGINIS
MARIAE
DEL SIERVO DE DIOS, EL
PAPA
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS
FIELES
SOBRE EL SANTO ROSARIO
CAPÍTULO
III. «PARA
MI LA VIDA ES CRISTO»
El Rosario, camino de asimilación
del misterio. El Rosario propone la meditación de
los misterios de Cristo con un método característico,
adecuado para favorecer su asimilación. Se trata del
método basado en la repetición. Esto vale ante todo
para el Ave Maria, que se repite diez veces en cada
misterio. Si consideramos superficialmente esta
repetición, se podría pensar que el Rosario es una
práctica árida y aburrida. En cambio, se puede hacer otra
consideración sobre el Rosario, si se toma como expresión
del amor que no se cansa de dirigirse a la persona amada
con manifestaciones que, incluso parecidas en su
expresión, son siempre nuevas respecto al sentimiento que
las inspira.
En Cristo, Dios ha asumido
verdaderamente un «corazón de carne». Cristo no solamente
tiene un corazón divino, rico en misericordia y perdón,
sino también un corazón humano, capaz de todas las
expresiones de afecto. A este respecto, si necesitáramos
un testimonio evangélico, no sería difícil encontrarlo en
el conmovedor diálogo de Cristo con Pedro después de la
Resurrección. «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Tres
veces se le hace la pregunta, tres veces Pedro responde:
«Señor, tú lo sabes que te quiero» (cf. Jn 21,
15-17). Más allá del sentido específico del pasaje, tan
importante para la misión de Pedro, a nadie se le escapa
la belleza de esta triple repetición, en la cual la
reiterada pregunta y la respuesta se expresan en términos
bien conocidos por la experiencia universal del amor
humano. Para comprender el Rosario, hace falta entrar en
la dinámica psicológica que es propia del amor.
Una cosa está clara: si la repetición
del Ave Maria se dirige directamente a María, el
acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige a Jesús. La
repetición favorece el deseo de una configuración cada vez
más plena con Cristo, verdadero 'programa' de la vida
cristiana. San Pablo lo ha enunciado con palabras
ardientes: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte una
ganancia» (Flp 1, 21). Y también: «No vivo yo, sino
que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). El
Rosario nos ayuda a crecer en esta configuración hasta la
meta de la santidad.
Un método válido... No
debe extrañarnos que la relación con Cristo se sirva de la
ayuda de un método. Dios se comunica con el hombre
respetando nuestra naturaleza y sus ritmos vitales. Por
esto la espiritualidad cristiana, incluso conociendo las
formas más sublimes del silencio místico, en el que todas
las imágenes, palabras y gestos son como superados por la
intensidad de una unión inefable del hombre con Dios, se
caracteriza normalmente por la implicación de toda la
persona, en su compleja realidad psicofísica y relacional.
Esto aparece de modo evidente en la
Liturgia. Los Sacramentos y los Sacramentales están
estructurados con una serie de ritos relacionados con las
diversas dimensiones de la persona. También la oración no
litúrgica expresa la misma exigencia. Esto se confirma por
el hecho de que, en Oriente, la oración más característica
de la meditación cristológica, la que está centrada en las
palabras «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de
mí, pecador», [34]
está vinculada tradicionalmente con el ritmo de la
respiración, que, mientras favorece la perseverancia en la
invocación, da como una consistencia física al deseo de
que Cristo se convierta en el aliento, el alma y el 'todo'
de la vida.
... que, no obstante, se puede
mejorar. En la Carta apostólica
Novo millennio ineunte
he recordado que en Occidente existe hoy también una
renovada exigencia de meditación, que encuentra a
veces en otras religiones modalidades bastante atractivas.[35]
Hay cristianos que, al conocer poco la tradición
contemplativa cristiana, se dejan atraer por tales
propuestas. Sin embargo, aunque éstas tengan elementos
positivos y a veces compaginables con la experiencia
cristiana, a menudo esconden un fondo ideológico
inaceptable. En dichas experiencias abunda también una
metodología que, pretendiendo alcanzar una alta
concentración espiritual, usa técnicas de tipo
psicofísico, repetitivas y simbólicas. El Rosario forma
parte de este cuadro universal de la fenomenología
religiosa, pero tiene características propias, que
responden a las exigencias específicas de la vida
cristiana.
En efecto, el Rosario es un método
para contemplar. Como método, debe ser utilizado en
relación al fin y no puede ser un fin en sí mismo. Pero
tampoco debe infravalorarse, dado que es fruto de una
experiencia secular. La experiencia de innumerables Santos
aboga en su favor. Lo cual no impide que pueda ser
mejorado. Precisamente a esto se orienta la incorporación,
en el ciclo de los misterios, de la nueva serie de los
mysteria lucis, junto con algunas sugerencias sobre el
rezo del Rosario que propongo en esta Carta. Con ello,
aunque respetando la estructura firmemente consolidada de
esta oración, quiero ayudar a los fieles a comprenderla en
sus aspectos simbólicos, en sintonía con las exigencias de
la vida cotidiana. De otro modo, existe el riesgo de que
esta oración no sólo no produzca los efectos espirituales
deseados, sino que el rosario mismo con el que suele
recitarse, acabe por considerarse como un amuleto o un
objeto mágico, con una radical distorsión de su sentido y
su cometido
El enunciado del misterio.
Enunciar el misterio, y tener tal vez la oportunidad
de contemplar al mismo tiempo una imagen que lo
represente, es como abrir un escenario en el cual
concentrar la atención. Las palabras conducen la
imaginación y el espíritu a aquel determinado episodio o
momento de la vida de Cristo. En la espiritualidad que se
ha desarrollado en la Iglesia, tanto a través de la
veneración de imágenes que enriquecen muchas devociones
con elementos sensibles, como también del método propuesto
por san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales,
se ha recurrido al elemento visual e imaginativo (la
compositio loci) considerándolo de gran ayuda para
favorecer la concentración del espíritu en el misterio.
Por lo demás, es una metodología que se corresponde con
la lógica misma de la Encarnación: Dios ha querido
asumir, en Jesús, rasgos humanos. Por medio de su realidad
corpórea, entramos en contacto con su misterio divino.
El enunciado de los varios misterios
del Rosario se corresponde también con esta exigencia de
concreción. Es cierto que no sustituyen al Evangelio ni
tampoco se refieren a todas sus páginas. El Rosario, por
tanto, no reemplaza la lectio divina, sino que, por
el contrario, la supone y la promueve. Pero si los
misterios considerados en el Rosario, aun con el
complemento de los mysteria lucis, se limita a las
líneas fundamentales de la vida de Cristo, a partir de
ellos la atención se puede extender fácilmente al resto
del Evangelio, sobre todo cuando el Rosario se recita en
momentos especiales de prolongado recogimiento.
La escucha de la Palabra de Dios.
Para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a
la meditación, es útil que al enunciado del misterio siga
la proclamación del pasaje bíblico correspondiente,
que puede ser más o menos largo según las circunstancias.
En efecto, otras palabras nunca tienen la eficacia de la
palabra inspirada. Ésta debe ser escuchada con la certeza
de que es Palabra de Dios, pronunciada para hoy y «para
mí».
Acogida de este modo, la Palabra entra
en la metodología de la repetición del Rosario sin el
aburrimiento que produciría la simple reiteración de una
información ya conocida. No, no se trata de recordar una
información, sino de dejar 'hablar' a Dios. En
alguna ocasión solemne y comunitaria, esta palabra se
puede ilustrar con algún breve comentario.
El silencio. La escucha y la
meditación se alimentan del silencio. Es conveniente
que, después de enunciar el misterio y proclamar la
Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la
oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio
meditado. El redescubrimiento del valor del silencio es
uno de los secretos para la práctica de la contemplación y
la meditación. Uno de los límites de una sociedad tan
condicionada por la tecnología y los medios de
comunicación social es que el silencio se hace cada vez
más difícil. Así como en la Liturgia se recomienda que
haya momentos de silencio, en el rezo del Rosario es
también oportuno hacer una breve pausa después de escuchar
la Palabra de Dios, concentrando el espíritu en el
contenido de un determinado misterio.
El «Padrenuestro» .
Después de haber escuchado la Palabra y centrado la
atención en el misterio, es natural que el ánimo se
eleve hacia el Padre. Jesús, en cada uno de sus
misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual Él se
dirige continuamente, porque descansa en su 'seno' (cf
Jn 1, 18). Él nos quiere introducir en la intimidad
del Padre para que digamos con Él: «¡Abbá, Padre!» (Rm
8, 15; Ga 4, 6). En esta relación con el Padre
nos hace hermanos suyos y entre nosotros, comunicándonos
el Espíritu, que es a la vez suyo y del Padre. El
«Padrenuestro», puesto como fundamento de la meditación
cristológico-mariana que se desarrolla mediante la
repetición del Ave Maria, hace que la meditación
del misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una
experiencia eclesial.
Las diez «Ave Maria».
Este es el elemento más extenso del Rosario y que a la vez
lo convierte en una oración mariana por excelencia. Pero
precisamente a la luz del Ave Maria, bien
entendida, es donde se nota con claridad que el carácter
mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo
subraya y lo exalta. En efecto, la primera parte del
Ave Maria, tomada de las palabras dirigidas a María
por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación
adorante del misterio que se realiza en la Virgen de
Nazaret. Expresan, por así decir, la admiración del cielo
y de la tierra y, en cierto sentido, dejan entrever la
complacencia de Dios mismo al ver su obra maestra –la
encarnación del Hijo en el seno virginal de María–,
análogamente a la mirada de aprobación del Génesis (cf.
Gn 1, 31), aquel «pathos con el que Dios, en el
alba de la creación, contempló la obra de sus manos». [36]
Repetir en el Rosario el Ave Maria nos acerca a la
complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento
del milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento
dela profecía de María: «Desde ahora todas las
generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc1, 48).
El centro del Ave Maria, casi
como engarce entre la primera y la segunda parte, es el
nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se
percibe este aspecto central y tampoco la relación con el
misterio de Cristo que se está contemplando. Pero es
precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a
su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y
fructuosa del Rosario. Ya Pablo VI recordó en la
Exhortación apostólica
Marialis cultus
la costumbre, practicada en algunas regiones, de realzar
el nombre de Cristo añadiéndole una cláusula evocadora del
misterio que se está meditando.[37]
Es una costumbre loable, especialmente en la plegaria
pública. Expresa con intensidad la fe cristológica,
aplicada a los diversos momentos de la vida del Redentor.
Es profesión de fe y, al mismo tiempo, ayuda a
mantener atenta la meditación, permitiendo vivir la
función asimiladora, innata en la repetición del Ave
Maria, respecto al misterio de Cristo. Repetir el
nombre de Jesús –el único nombre del cual podemos esperar
la salvación (cf. Hch 4, 12)– junto con el de su
Madre Santísima, y como dejando que Ella misma nos lo
sugiera, es un modo de asimilación, que aspira a hacernos
entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo.
De la especial relación con Cristo, que
hace de María la Madre de Dios, la Theotòkos,
deriva, además, la fuerza de la súplica con la que nos
dirigimos a Ella en la segunda parte de la oración,
confiando a su materna intercesión nuestra vida y la hora
de nuestra muerte.
El «Gloria». La doxología
trinitaria es la meta de la contemplación cristiana. En
efecto, Cristo es el camino que nos conduce al Padre en el
Espíritu. Si recorremos este camino hasta el final, nos
encontramos continuamente ante el misterio de las tres
Personas divinas que se han de alabar, adorar y agradecer.
Es importante que el Gloria, culmen de la
contemplación, sea bien resaltado en el Rosario. En el
rezo público podría ser cantado, para dar mayor énfasis a
esta perspectiva estructural y característica de toda
plegaria cristiana.
En la medida en que la meditación del
misterio haya sido atenta, profunda, fortalecida –de
Ave en Ave – por el amor a Cristo y a María, la
glorificación trinitaria en cada decena, en vez de
reducirse a una rápida conclusión, adquiere su justo tono
contemplativo, como para levantar el espíritu a la altura
del Paraíso y hacer revivir, de algún modo, la experiencia
del Tabor, anticipación de la contemplación futura: «Bueno
es estarnos aquí» (Lc 9, 33).
La jaculatoria final.
Habitualmente, en el rezo del Rosario, después de la
doxología trinitaria sigue una jaculatoria, que varía
según las costumbres. Sin quitar valor a tales
invocaciones, parece oportuno señalar que la contemplación
de los misterios puede expresar mejor toda su fecundidad
si se procura que cada misterio concluya con una
oración dirigida a alcanzar los frutos específicos de la
meditación del misterio. De este modo, el Rosario
puede expresar con mayor eficacia su relación con la vida
cristiana. Lo sugiere una bella oración litúrgica, que nos
invita a pedir que, meditando los misterios del Rosario,
lleguemos a «imitar lo que contienen y a conseguir lo que
prometen». [38]
Como ya se hace,
dicha oración final puede expresarse en varias forma
legítimas. El Rosario adquiere así también una fisonomía
más adecuada a las diversas tradiciones espirituales y a
las distintas comunidades cristianas. En esta perspectiva,
es de desear que se difundan, con el debido discernimiento
pastoral, las propuestas más significativas,
experimentadas tal vez en centros y santuarios marianos
que cultivan particularmente la práctica del Rosario, de
modo que el Pueblo de Dios pueda acceder a toda auténtica
riqueza espiritual, encontrando así una ayuda para la
propia contemplación.
El 'rosario'. Instrumento
tradicional para rezarlo es el rosario. En la práctica más
superficial, a menudo termina por ser un simple
instrumento para contar la sucesión de las Ave Maria.
Pero sirve también para expresar un simbolismo, que puede
dar ulterior densidad a la contemplación.
A este propósito, lo primero que debe
tenerse presente es que el rosario está centrado en el
Crucifijo, que abre y cierra el proceso mismo de la
oración. En Cristo se centra la vida y la oración de los
creyentes. Todo parte de Él, todo tiende hacia Él, todo, a
través de Él, en el Espíritu Santo, llega al Padre.
En cuanto medio para contar, que marca
el avanzar de la oración, el rosario evoca el camino
incesante de la contemplación y de la perfección
cristiana. El Beato Bartolomé Longo lo consideraba también
como una 'cadena' que nos une a Dios. Cadena, sí, pero
cadena dulce; así se manifiesta la relación con Dios, que
es Padre. Cadena 'filial', que nos pone en sintonía con
María, la «sierva del Señor» (Lc 1, 38) y, en
definitiva, con el propio Cristo, que, aun siendo Dios, se
hizo «siervo» por amor nuestro (Flp 2, 7).
Es también hermoso ampliar el
significado simbólico del rosario a nuestra relación
recíproca, recordando de ese modo el vínculo de comunión y
fraternidad que nos une a todos en Cristo.
Inicio y conclusión. En
la práctica corriente, hay varios modos de comenzar el
Rosario, según los diversos contextos eclesiales. En
algunas regiones se suele iniciar con la invocación del
Salmo 69: «Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en
socorrerme», como para alimentar en el orante la humilde
conciencia de su propia indigencia; en otras, se comienza
recitando el Credo, como haciendo de la profesión
de fe el fundamento del camino contemplativo que se
emprende. Éstos y otros modos similares, en la medida que
disponen el ánimo para la contemplación, son usos
igualmente legítimos. La plegaria se concluye rezando por
las intenciones del Papa, para elevar la mirada de quien
reza hacia el vasto horizonte de las necesidades
eclesiales. Precisamente para fomentar esta proyección
eclesial del Rosario, la Iglesia ha querido enriquecerlo
con santas indulgencias para quien lo recita con las
debidas disposiciones.
En efecto, si se hace así, el Rosario
es realmente un itinerario espiritual en el que María se
hace madre, maestra, guía, y sostiene al fiel con su
poderosa intercesión. ¿Cómo asombrarse, pues, si al final
de esta oración en la cual se ha experimentado íntimamente
la maternidad de María, el espíritu siente necesidad de
dedicar una alabanza a la Santísima Virgen, bien con la
espléndida oración de la Salve Regina, bien con las
Letanías lauretanas? Es como coronar un camino
interior, que ha llevado al fiel al contacto vivo con el
misterio de Cristo y de su Madre Santísima.
La distribución en el tiempo.
El Rosario puede recitarse entero cada día, y hay
quienes así lo hacen de manera laudable. De ese modo, el
Rosario impregna de oración los días de muchos
contemplativos, o sirve de compañía a enfermos y ancianos
que tienen mucho tiempo disponible. Pero es obvio –y eso
vale, con mayor razón, si se añade el nuevo ciclo de los
mysteria lucis– que muchos no podrán recitar más que
una parte, según un determinado orden semanal. Esta
distribución semanal da a los días de la semana un cierto
'color' espiritual, análogamente a lo que hace la Liturgia
con las diversas fases del año litúrgico.
Según la praxis corriente, el lunes y
el jueves están dedicados a los «misterios gozosos», el
martes y el viernes a los «dolorosos», el miércoles, el
sábado y el domingo a los «gloriosos». ¿Dónde introducir
los «misterios de la luz»? Considerando que los misterios
gloriosos se proponen seguidos el sábado y el domingo, y
que el sábado es tradicionalmente un día de marcado
carácter mariano, parece aconsejable trasladar al sábado
la segunda meditación semanal de los misterios gozosos, en
los cuales la presencia de María es más destacada. Queda
así libre el jueves para la meditación de los misterios de
la luz.
No obstante, esta indicación no
pretende limitar una conveniente libertad en la meditación
personal y comunitaria, según las exigencias espirituales
y pastorales y, sobre todo, las coincidencias litúrgicas
que pueden sugerir oportunas adaptaciones. Lo
verdaderamente importante es que el Rosario se comprenda y
se experimente cada vez más como un itinerario
contemplativo. Por medio de él, de manera complementaria a
cuanto se realiza en la Liturgia, la semana del cristiano,
centrada en el domingo, día de la resurrección, se
convierte en un camino a través de los misterios de la
vida de Cristo, y Él se consolida en la vida de sus
discípulos como Señor del tiempo y de la historia.
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