Introducción
La Iglesia entera reconoce en San José a su protector y
patrono. A lo largo de los siglos se ha hablado de él,
subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente
fiel a la misión que Dios le había confiado. Por eso,
desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título
entrañable: Nuestro Padre y Señor.
San José es realmente Padre y Señor, que protege y
acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como
protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía
hombre. Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es,
además, Maestro de vida interior: porque nos enseña a
conocer a Jesús, a convivir con El, a sabernos parte de la
familia de Dios. San José nos da esas lecciones siendo,
como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un
trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus
manos. Y ese hecho tiene también, para nosotros, un
significado que es motivo de reflexión y de alegría.
Al celebrar hoy su fiesta, quiero evocar su figura,
trayendo a la memoria lo que de él nos dice el Evangelio,
para poder así descubrir mejor lo que, a través de la vida
sencilla del Esposo de Santa María, nos transmite Dios.
39.
La figura de San José en el Evangelio
Tanto San Mateo como San Lucas nos
hablan de San José como de un varón que descendía de una
estirpe ilustre: la de David y Salomón, reyes de Israel.
Los detalles de esta ascendencia son históricamente algo
confusos: no sabemos cuál de las dos genealogías, que
traen los evangelistas, corresponde a María -Madre de
Jesús según la carne- y cuál a San José, que era su padre
según la ley judía. Ni sabemos si la ciudad natal de San
José fue Belén, a donde se dirigió a empadronarse, o
Nazaret, donde vivía y trabajaba.
Sabemos, en cambio, que no era una persona rica: era un
trabajador, como millones de otros hombres en todo el
mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que Dios había
escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir
treinta años como uno más entre nosotros.
La Sagrada Escritura dice que José era artesano. Varios
Padres añaden que fue carpintero. San Justino, hablando de
la vida de trabajo de Jesús, afirma que hacía arados y
yugos ; quizá, basándose en esas palabras, San Isidoro de
Sevilla concluye que José era herrero. En todo caso, un
obrero que trabajaba en servicio de sus conciudadanos, que
tenía una habilidad manual, fruto de años de esfuerzo y de
sudor.
De las narraciones evangélicas se desprende la gran
personalidad humana de José: en ningún momento se nos
aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al
contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir
adelante en las situaciones difíciles, asumir con
responsabilidad e iniciativa las tareas que se le
encomiendan.
No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a
San José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con
la buena intención de destacar la perpetua virginidad de
María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos
años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la
edad y de la energía humana.
Para vivir la virtud de la castidad, no hay que esperar a
ser viejo o a carecer de vigor. La pureza nace del amor y,
para el amor limpio, no son obstáculos la robustez y la
alegría de la juventud. Joven era el corazón y el cuerpo
de San José cuando contrajo matrimonio con María, cuando
supo del misterio de su Maternidad divina, cuando vivió
junto a Ella respetando la integridad que Dios quería
legar al mundo, como una señal más de su venida entre las
criaturas. Quien no sea capaz de entender un amor así,
sabe muy poco de lo que es el verdadero amor, y desconoce
por entero el sentido cristiano de la castidad.
Era José, decíamos, un artesano de Galilea, un hombre como
tantos otros. Y ¿qué puede esperar de la vida un habitante
de una aldea perdida, como era Nazaret? Sólo trabajo,
todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al
acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer
las fuerzas y recomenzar al día siguiente la tarea.
Pero el nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá.
Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su
voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que
da su valor a todo, lo divino. Dios, a la vida humilde y
santa de José, añadió -si se me permite hablar así- la
vida de la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro. Dios
no se deja nunca ganar en generosidad. José podía hacer
suyas las palabras que pronunció Santa María, su esposa:
Quia fecit mihi magna qui potens est, ha hecho en mi cosas
grandes Aquel que es todopoderoso, quia respexit
humilitatem, porque se fijó en mi pequeñez .
José era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios
se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como
el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos
que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba
a José, afirmando que era justo . Y, en el lenguaje
hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable
de Dios, cumplidor de la voluntad divina ; otras veces
significa bueno y caritativo con el prójimo . En una
palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese
amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su
vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres.
40.
La fe, el amor y la esperanza de José
No está la justicia en la mera sumisión
a una regla: la rectitud debe nacer de dentro, debe ser
honda, vital, porque el justo vive de la fe . Vivir de la
fe: esas palabras que fueron luego tantas veces tema de
meditación para el apóstol Pablo, se ven realizadas con
creces en San José. Su cumplimiento de la voluntad de Dios
no es rutinario ni formalista, sino espontáneo y profundo.
La ley que vivía todo judío practicante no fue para él un
simple código ni una recopilación fría de preceptos, sino
expresión de la voluntad de Dios vivo. Por eso supo
reconocer la voz del Señor cuando se le manifestó
inesperada, sorprendente.
Porque la historia del Santo Patriarca fue una vida
sencilla, pero no una vida fácil. Después de momentos
angustiosos, sabe que el Hijo de María ha sido concebido
por obra del Espíritu Santo. Y ese Niño, Hijo de Dios,
descendiente de David según la carne, nace en una cueva.
Ángeles celebran su nacimiento y personalidades de tierras
lejanas vienen a adorarle, pero el Rey de Judea desea su
muerte y se hace necesario huir. El hijo de Dios es, en la
apariencia, un niño indefenso, que vivirá en Egipto.
41.
Al narrar estas escenas en su Evangelio, San Mateo pone
constantemente de relieve la fidelidad de José, que cumple
los mandatos de Dios sin vacilaciones, aunque a veces el
sentido de esos mandatos le pudiera parecer oscuro o se le
ocultara su conexión con el resto de los planes divinos.
En muchas ocasiones los Padres de la Iglesia y los autores
espirituales hacen resaltar esta firmeza de la fe de San
José. Refiriéndose a las palabras del Ángel que le ordena
huir de Herodes y refugiarse en Egipto , el Crisóstomo
comenta: Al oír esto, José no se escandalizó ni dijo: eso
parece un enigma. Tú mismo hacías saber no ha mucho que El
salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a
sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender
un viaje y sufrir un largo desplazamiento: eso es
contrario a tu promesa. José no discurre de este modo,
porque es un varón fiel. Tampoco pregunta por el tiempo de
la vuelta, a pesar de que el Ángel lo había dejado
indeterminado, puesto que le había dicho: está allí -en
Egipto- hasta que yo te diga. Sin embargo, no por eso se
crea dificultades, sino que obedece y cree y soporta todas
las pruebas alegremente .
La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta
y rápida. Para comprender mejor esta lección que nos da
aquí el Santo Patriarca, es bueno que consideremos que su
fe es activa, y que su docilidad no presenta la actitud de
la obediencia de quien se deja arrastrar por los
acontecimientos. Porque la fe cristiana es lo más opuesto
al conformismo, o a la falta de actividad y de energía
interiores.
José se abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero
nunca rehusó reflexionar sobre los acontecimientos, y así
pudo alcanzar del Señor ese grado de inteligencia de las
obras de Dios, que es la verdadera sabiduría. De este
modo, aprendió poco a poco que los designios
sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a
veces en contradicción con los planes humanos.
En las diversas circunstancias de su vida, el Patriarca no
renuncia a pensar, ni hace dejación de su responsabilidad.
Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su
experiencia humana. Cuando vuelve de Egipto oyendo que
Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes,
temió ir allá . Ha aprendido a moverse dentro del plan
divino y, como confirmación de que efectivamente Dios
quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de
retirarse a Galilea.
Así fue la fe de San José: plena, confiada, íntegra,
manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios,
en una obediencia inteligente. Y, con la fe, la caridad,
el amor. Su fe se funde con el Amor: con el amor de Dios
que estaba cumpliendo las promesas hechas a Abraham, a
Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y
con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la
esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también
de él -un carpintero de Galilea-, estaba iniciando en el
mundo: le redención de los hombres.
42.
Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida de San
José y los de toda vida cristiana. La entrega de San José
aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe
amorosa, de esperanza confiada. Su fiesta es, por eso, un
buen momento para que todos renovemos nuestra entrega a la
vocación de cristianos, que a cada uno de nosotros ha
concedido el Señor.
Cuando se desea sinceramente vivir de fe, de amor y de
esperanza, la renovación de la entrega no es volver a
tomar algo que estaba en desuso. Cuando hay fe, amor y
esperanza, renovarse es -a pesar de los errores
personales, de las caídas, de las debilidades- mantenerse
en las manos de Dios: confirmar un camino de fidelidad.
Renovar la entrega es renovar, repito, la fidelidad a lo
que el Señor quiere de nosotros: amar con obras.
El amor tiene necesariamente sus características
manifestaciones. Algunas veces se habla del amor como si
fuera un impulso hacia la propia satisfacción, o un mero
recurso para completar egoístamente la propia
personalidad. Y no es así: amor verdadero es salir de sí
mismo, entregarse. El amor trae consigo la alegría, pero
es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz.
Mientras estemos en la tierra y no hayamos llegado a la
plenitud de la vida futura, no puede haber amor verdadero
sin experiencia del sacrificio, del dolor. Un dolor que se
paladea, que es amable, que es fuente de íntimo gozo, pero
dolor real, porque supone vencer el propio egoísmo, y
tomar el Amor como regla de todas y de cada una de
nuestras acciones.
43.
Las obras del Amor son siempre grandes, aunque se trate de
cosas pequeñas en apariencia. Dios se ha acercado a los
hombres, pobres criaturas, y nos ha dicho que nos ama:
Deliciae meae esse cum filiis hominum , mis delicias son
estar entre los hijos de los hombres. El Señor nos da a
conocer que todo tiene importancia: las acciones que, con
ojos humanos, consideramos extraordinarias; esas otras
que, en cambio, calificamos de poca categoría. Nada se
pierde. Ningún hombre es despreciado por Dios. Todos,
siguiendo cada uno su propia vocación -en su hogar, en su
profesión u oficio, en el cumplimiento de las obligaciones
que le corresponden por su estado, en sus deberes de
ciudadano, en el ejercicio de sus derechos-, estamos
llamados a participar del reino de los cielos.
Eso nos enseña la vida de San José: sencilla, normal y
ordinaria, hecha de años de trabajo siempre igual, de días
humanamente monótonos, que se suceden los unos a los
otros. Lo he pensado muchas veces, al meditar sobre la
figura de San José, y ésta es una de las razones que hace
que sienta por él una devoción especial.
Cuando en su discurso de clausura de la primera sesión del
concilio Vaticano II, el pasado 8 de diciembre, el Santo
Padre Juan XXIII anunció que en el canon de la misa se
haría mención del nombre de San José, una altísima
personalidad eclesiástica me llamó en seguida por teléfono
para decirme: Rallegramenti! ¡Felicidades!: al escuchar
ese anuncio pensé en seguida en usted, en la alegría que
le habría producido. Y así era: porque en la asamblea
conciliar, que representa a la Iglesia entera reunida en
el Espíritu Santo, se proclama el inmenso valor
sobrenatural de la vida de San José, el valor de una vida
sencilla de trabajo cara a Dios, en total cumplimiento de
la divina voluntad.
44.
Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo,
santificar con el trabajo
Describiendo el espíritu de la
asociación a la que he dedicado mi vida, el Opus Dei, he
dicho que se apoya, como en su quicio, en el trabajo
ordinario, en el trabajo profesional ejercido en medio del
mundo. La vocación divina nos da una misión, nos invita a
participar en la tarea única de la Iglesia, para ser así
testimonio de Cristo ante nuestros iguales los hombres y
llevar todas las cosas hacia Dios.
La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el
sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el
resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad
terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que
vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes
no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos
ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere
conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por
ese encargo que se nos confía.
Dios nos saca de las tinieblas de nuestra ignorancia, de
nuestro caminar incierto entre las incidencias de la
historia, y nos llama con voz fuerte, como un día lo hizo
con Pedro y con Andrés: Venite post me, et faciam vos
fieri piscatores hominum , seguidme y yo os haré
pescadores de hombres, cualquiera que sea el puesto que en
el mundo ocupemos.
El que vive de fe puede encontrar la dificultad y la
lucha, el dolor y hasta la amargura, pero nunca el
desánimo ni la angustia porque sabe que su vida sirve,
sabe para qué ha venido a esta tierra. Ego sum lux mundi
-exclamó Cristo-; qui sequitur me non ambulat in tenebris,
sed habebit lumen vitae . Yo soy la luz del mundo; el que
me sigue no camina a oscuras, sino que poseerá la luz de
la vida.
Para merecer esa luz de Dios hace falta amar, tener la
humildad de reconocer nuestra necesidad de ser salvados, y
decir con Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú guardas
palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y
conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios . Si
actuamos de verdad así, si dejamos entrar en nuestro
corazón la llamada de Dios, podremos repetir también con
verdad que no caminamos en tinieblas, pues por encima de
nuestras miserias y de nuestros defectos personales,
brilla la luz de Dios, como el sol brilla sobre la
tempestad.
45.
La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra
existencia, y no sólo a una parte. Las relaciones con Dios
son necesariamente relaciones de entrega, y asumen un
sentido de totalidad. La actitud del hombre de fe es mirar
la vida, con todas sus dimensiones, desde una perspectiva
nueva: la que nos da Dios.
Vosotros, que celebráis hoy conmigo esta fiesta de San
José, sois todos hombres dedicados al trabajo en diversas
profesiones humanas, formáis diversos hogares, pertenecéis
a tan distintas naciones, razas y lenguas. Os habéis
educado en aulas de centros docentes o en talleres y
oficinas, habéis ejercido durante años vuestra profesión,
habéis entablado relaciones profesionales y personales con
vuestros compañeros, habéis participado en la solución de
los problemas colectivos de vuestras empresas y de vuestra
sociedad.
Pues bien: os recuerdo, una vez más, que todo eso no es
ajeno a los planes divinos. Vuestra vocación humana es
parte, y parte importante, de vuestra vocación divina.
Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar,
contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los
demás, de vuestros iguales, precisamente santificando
vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio
que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a
vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de
estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa
nación, en la que habéis nacido y a la que amáis.
46.
El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre
sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga,
el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que
forman parte de nuestra existencia humana actual, y que
son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de
la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena,
ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han
leído bien la Escritura Santa.
Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el
trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido
dividir a los hombres en diversas categorías según los
tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que
otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la
dignidad del hombre, de su domino sobre la creación. Es
ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es
vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos
para sostener a la propia familia; medio de contribuir a
la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso
de toda la Humanidad.
Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se
amplían. Porque el trabajo aparece como participación en
la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo
bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la
tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en
las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la
tierra . Porque, además, al haber sido asumido por Cristo,
el trabajo se nos presenta como realidad redimida y
redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive,
sino medio y camino de santidad, realidad santificable y
santificadora.
47.
Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del
trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del
hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo
transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú
y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos
abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de
su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a
Tú, cara a cara.
Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a
construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el
amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el
espectáculo de la naturaleza, sino también en la
experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo.
El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos
sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él,
herederos de sus promesas. Es justo que se nos diga: ora
comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo
todo a gloria de Dios .
48.
El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de
entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y
llevarles hacia Dios Padre, consecuencia de la caridad que
el Espíritu Santo derrama en las almas. Entre las
indicaciones, que San Pablo hace a los de Efeso, sobre
cómo debe manifestarse el cambio que ha supuesto en ellos
su conversión, su llamada al cristianismo, encontramos
ésta: el que hurtaba, no hurte ya, antes bien trabaje,
ocupándose con sus manos en alguna tarea honesta, para
tener con qué ayudar a quien tiene necesidad . Los hombres
tienen necesidad del pan de la tierra que sostenga sus
vidas, y también del pan del cielo que ilumine y dé calor
a sus corazones. Con vuestro trabajo mismo, con las
iniciativas que se promuevan a partir de esa tarea, en
vuestras conversaciones, en vuestro trato, podéis y debéis
concretar ese precepto apostólico.
Si trabajamos con este espíritu, nuestra vida, en medio de
las limitaciones propias de la condición terrena, será un
anticipo de la gloria del cielo, de esa comunidad con Dios
y con los santos, en la que sólo reinará el amor, la
entrega, la fidelidad, la amistad, la alegría. En vuestra
ocupación profesional, ordinaria y corriente, encontraréis
la materia -real, consistente, valiosa- para realizar toda
la vida cristiana, para actualizar la gracia que nos viene
de Cristo.
En esa tarea profesional vuestra, hecha cara a Dios, se
pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad. Sus
incidencias, las relaciones y problemas que trae consigo
vuestra labor, alimentarán vuestra oración. El esfuerzo
para sacar adelante la propia ocupación ordinaria, será
ocasión de vivir esa Cruz que es esencial para el
cristiano. La experiencia de vuestra debilidad, los
fracasos que existen siempre en todo esfuerzo humano, os
darán más realismo, más humildad, más comprensión con los
demás. Los éxitos y las alegrías os invitarán a dar
gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos,
sino para el servicio de los demás y de Dios.
49.
Para servir, servir
Para comportarse así, para santificar
la profesión, hace falta ante todo trabajar bien, con
seriedad humana y sobrenatural. Quiero recordar ahora, por
contraste, lo que cuenta uno de esos antiguos relatos de
los evangelios apócrifos: El padre de Jesús, que era
carpintero, hacía arados y yugos. Una vez -continúa la
narración- le fue encargado un lecho, por cierta persona
de buena posición. Pero resultó que uno de los varales era
más corto que el otro, por lo que José no sabía qué
hacerse. Entonces el Niño Jesús dijo a su padre: pon en
tierra los dos palos e iguálalos por un extremo. Así lo
hizo José. Jesús se puso a la otra parte, tomó el varal
más corto y lo estiró, dejándolo tan largo como el otro.
José, su padre, se llenó de admiración al ver el prodigio,
y colmó al Niño de abrazos y de besos, diciendo: dichoso
de mí, porque Dios me ha dado este Niño .
José no daría gracias a Dios por estos motivos; su trabajo
no podía ser de ese modo. San José no es el hombre de las
soluciones fáciles y milagreras, sino el hombre de la
perseverancia, del esfuerzo y -cuando hace falta- del
ingenio. El cristiano sabe que Dios hace milagros: que los
realizó hace siglos, que los continuó haciendo después y
que los sigue haciendo ahora, porque non est abbreviata
manus Domini , no ha disminuido el poder de Dios.
Pero los milagros son una manifestación de la omnipotencia
salvadora de Dios, y no un expediente para resolver las
consecuencias de la ineptitud o para facilitar nuestra
comodidad. El milagro que os pide el Señor es la
perseverancia en vuestra vocación cristiana y divina, la
santificación del trabajo de cada día: el milagro de
convertir la prosa diaria en endecasílabos, en verso
heroico, por el amor que ponéis en vuestra ocupación
habitual. Ahí os espera Dios, de tal manera que seáis
almas con sentido de responsabilidad, con afán apostólico,
con competencia profesional.
Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar
éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para
realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en
la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr
la competencia necesaria, con el fin de cumplir
debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta
querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y,
si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño
por poner los medios adecuados para dejar las cosas
acabadas, con humana perfección.
50.
Pero también ese servir humano, esa capacidad que
podríamos llamar técnica, ese saber realizar el propio
oficio, ha de estar informado por un rasgo que fue
fundamental en el trabajo de San José y debería ser
fundamental en todo cristiano: el espíritu de servicio, el
deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás
hombres. El trabajo de José no fue una labor que mirase
hacia la autoafirmación, aunque la dedicación a una vida
operativa haya forjado en él una personalidad madura, bien
dibujada. El Patriarca trabajaba con la conciencia de
cumplir la voluntad de Dios, pensando en el bien de los
suyos, Jesús y María, y teniendo presente el bien de todos
los habitantes de la pequeña Nazaret.
En Nazaret, José sería uno de los pocos artesanos, si es
que no era el único. Carpintero, posiblemente. Pero, como
suele suceder en los pueblos pequeños, también sería capaz
de hacer otras cosas: poner de nuevo en marcha el molino,
que no funcionaba, o arreglar antes del invierno las
grietas de un techo. José sacaba de apuros a muchos, sin
duda, con un trabajo bien acabado. Era su labor
profesional una ocupación orientada hacia el servicio,
para hacer agradable la vida a las demás familias de la
aldea, y acompañada de una sonrisa, de una palabra amable,
de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve
la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas.
51.
A veces, cuando se tratara de personas más pobres que él,
José trabajaría aceptando algo de poco valor, que dejara a
la otra persona con la satisfacción de pensar que había
pagado. Normalmente José cobraría lo que fuera razonable,
ni más ni menos. Sabría exigir lo que, en justicia, le era
debido, ya que la fidelidad a Dios no puede suponer la
renuncia a derechos que en realidad son deberes: San José
tenía que exigir lo justo, porque con la recompensa de ese
trabajo debía sostener a la Familia que Dios le había
encomendado.
La exigencia del propio derecho no ha de ser fruto de un
egoísmo individualista. No se ama la justicia, si no se
ama verla cumplida con relación a los demás. Como tampoco
es lícito encerrarse en una religiosidad cómoda, olvidando
las necesidades de los otros. El que desea ser justo a los
ojos de Dios se esfuerza también en hacer que la justicia
se realice de hecho entre los hombres. Y no sólo por el
buen motivo de que no sea injuriado el nombre de Dios,
sino porque ser cristiano significa recoger todas las
instancias nobles que hay en lo humano. Parafraseando un
conocido texto del apóstol San Juan , se puede decir que
quien afirma que es justo con Dios pero no es justo con
los demás hombres, miente: y la verdad no habita en él.
Como todos los cristianos que vivimos aquel momento,
recibí también con emoción y alegría la decisión de
celebrar la fiesta litúrgica de San José Obrero. Esa
fiesta, que es una canonización del valor divino del
trabajo, muestra cómo la Iglesia, en su vida colectiva y
pública, se hace eco de las verdades centrales del
Evangelio, que Dios quiere que sean especialmente
meditadas en esta época nuestra.
52.
Ya hemos hablado mucho de este tema en otras ocasiones,
pero permitidme insistir de nuevo en la naturalidad y en
la sencillez de la vida de San José, que no se distanciaba
de sus convecinos ni levantaba barreras innecesarias.
Por eso, aunque quizá sea conveniente en algunos momentos
o en algunas situaciones, de ordinario no me gusta hablar
de obreros católicos, de ingenieros católicos, de médicos
católicos, etc., como si se tratara de una especie dentro
de un género, como si los católicos formaran un grupito
separado de los demás, creando así la sensación de que hay
un foso entre los cristianos y el resto de la Humanidad.
Respeto la opinión opuesta, pero pienso que es mucho más
propio hablar de obreros que son católicos, o de católicos
que son obreros; de ingenieros que son católicos, o de
católicos que son ingenieros. Porque el hombre que tiene
fe y ejerce una profesión intelectual, técnica o manual,
es y se siente unido a los demás, igual a los demás, con
los mismos derechos y obligaciones, con el mismo deseo de
mejorar, con el mismo afán de enfrentarse con los
problemas comunes y de encontrarles solución.
El católico, asumiendo todo eso, sabrá hacer de su vida
diaria un testimonio de fe, de esperanza y de caridad;
testimonio sencillo, normal, sin necesidad de
manifestaciones aparatosas, poniendo de relieve -con la
coherencia de su vida- la constante presencia de la
Iglesia en el mundo, ya que todos los católicos son ellos
mismos Iglesia, pues son miembros con pleno derecho del
único Pueblo de Dios.
53.
El trato de José con Jesús
Desde hace tiempo me gusta recitar una conmovedora
invocación a San José, que la Iglesia misma nos propone,
entre las oraciones preparatorias de la misa: José, varón
bienaventurado y feliz, al que fue concedido ver y oír al
Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y oír, y no
oyeron ni vieron. Y no sólo verle y oírle, sino llevarlo
en brazos, besarlo, vestirlo y custodiarlo: ruega por
nosotros. Esta oración nos servirá para entrar en el
última tema que voy a tocar hoy: el trato entrañable de
José con Jesús.
Para San José, la vida de Jesús fue un continuo
descubrimiento de la propia vocación. Recordábamos antes
aquellos primeros años llenos de circunstancias en
aparente contraste: glorificación y huida, majestuosidad
de los Magos y pobreza del portal, canto de los Ángeles y
silencio de los hombres. Cuando llega el momento de
presentar al Niño en el Templo, José, que lleva la ofrenda
modesta de un par de tórtolas, ve cómo Simeón y Ana
proclaman que Jesús es el Mesías. Su padre y su madre
escuchaban con admiración , dice San Lucas. Más tarde,
cuando el Niño se queda en el Templo sin que María y José
lo sepan, al encontrarlo de nuevo después de tres días de
búsqueda, el mismo evangelista narra que se maravillaron .
José se sorprende, José se admira. Dios le va revelando
sus designios y él se esfuerza por entenderlos. Como toda
alma que quiera seguir de cerca a Jesús, descubre en
seguida que no es posible andar con paso cansino, que no
cabe la rutina. Porque Dios no se conforma con la
estabilidad en un nivel conseguido, con el descanso en lo
que ya se tiene. Dios exige continuamente más, y sus
caminos no son nuestros humanos caminos. San José, como
ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús
a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a
tener el alma y el corazón abiertos.
54.
Pero si José ha aprendido de Jesús a vivir de un modo
divino, me atrevería a decir que, en lo humano, ha
enseñado muchas cosas al Hijo de Dios. Hay algo que no me
acaba de gustar en el título de padre putativo, con el que
a veces se designa a José, porque tiene el peligro de
hacer pensar que las relaciones entre José y Jesús eran
frías y exteriores. Ciertamente nuestra fe nos dice que no
era padre según la carne, pero no es ésa la única
paternidad.
A José -leemos en un sermón de San Agustín- no sólo se le
debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a
otro alguno. Y luego añade: ¿cómo era padre? Tanto más
profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad.
Algunos pensaban que era padre de Nuestro Señor
Jesucristo, de la misma forma que son padres los demás,
que engendran según la carne, y no sólo reciben a sus
hijos como fruto de su afecto espiritual. Por eso dice San
Lucas: se pensaba que era padre de Jesús. ¿Por qué dice
sólo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos
se refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el
Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la
piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la
Virgen María, que era Hijo de Dios .
José amó a Jesús como un padre ama a su hijo, le trató
dándole todo lo mejor que tenía. José, cuidando de aquel
Niño, como le había sido ordenado, hizo de Jesús un
artesano: le transmitió su oficio. Por eso los vecinos de
Nazaret hablarán de Jesús, llamándole indistintamente
faber y fabri filius : artesano e hijo del artesano. Jesús
trabajó en el taller de José y junto a José. ¿Cómo sería
José, cómo habría obrado en él la gracia, para ser capaz
de llevar a cabo la tarea de sacar adelante en lo humano
al Hijo de Dios?
Porque Jesús debía parecerse a José: en el modo de
trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de
hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de
observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir
el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera
concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida
ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la
juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José.
No es posible desconocer la sublimidad del misterio. Ese
Jesús que es hombre, que habla con el acento de una región
determinada de Israel, que se parece a un artesano llamado
José, ése es el Hijo de Dios. Y ¿quién puede enseñar algo
a Dios? Pero es realmente hombre, y vive normalmente:
primero como niño, luego como muchacho, que ayuda en el
taller de José; finalmente como un hombre maduro, en la
plenitud de su edad. Jesús crecía en sabiduría, en edad y
en gracia delante de Dios y de los hombres .
55.
José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha
tratado diariamente, con cariño delicado, y ha cuidado de
El con abnegación alegre. ¿No será ésta una buena razón
para que consideremos a este varón justo, a este Santo
Patriarca en quien culmina la fe de la Antigua Alianza,
como Maestro de vida interior? La vida interior no es otra
cosa que el trato asiduo e íntimo con Cristo, para
identificarnos con El. Y José sabrá decirnos muchas cosas
sobre Jesús. Por eso, no dejéis nunca su devoción, ite ad
Ioseph, como ha dicho la tradición cristiana con una frase
tomada del Antiguo Testamento .
Maestro de vida interior, trabajador empeñado en su tarea,
servidor fiel de Dios en relación continua con Jesús: éste
es José. Ite ad Ioseph. Con San José, el cristiano aprende
lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los
hombres, santificando el mundo. Tratad a José y
encontraréis a Jesús. Tratad a José y encontraréis a
María, que llenó siempre de paz el amable taller de Nazaret.