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HOMILIA: "POR MARIA, HACIA JESUS" San Josemaría Escrivá Homilía pronunciada el 4-V-1957. Libro "Es Cristo que pasa" Una mirada al mundo, una mirada al Pueblo de Dios [418] , en este mes de mayo que comienza, nos hace contemplar el espectáculo de esa devoción mariana que se manifiesta en tantas costumbres, antiguas o nuevas, pero vividas con un mismo espíritu de amor.
Da alegría comprobar que la devoción a la Virgen está
siempre viva, despertando en las almas cristianas el
impulso sobrenatural para obrar como domestici Dei, como
miembros de la familia de Dios [419] .
Seguramente también vosotros, al ver en estos días a
tantos cristianos que expresan de mil formas diversas su
cariño a la Virgen Santa María, os sentís más dentro
de la Iglesia, más hermanos de todos esos hermanos
vuestros. Es como una reunión de familia, cuando los
hijos mayores, que la vida ha separado, vuelven a
encontrarse junto a su madre, con ocasión de alguna
fiesta. Y, si alguna vez han discutido entre sí y se
han tratado mal, aquel día no; aquel día se sienten
unidos, se reconocen todos en el afecto común.
María edifica continuamente la Iglesia, la aúna, la
mantiene compacta. Es difícil tener una auténtica
devoción a la Virgen, y no sentirse más vinculados a
los demás miembros del Cuerpo Místico, más unidos
también a su cabeza visible, el Papa. Por eso me gusta
repetir: omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, ¡todos,
con Pedro, a Jesús por María! Y, al reconocernos parte
de la Iglesia e invitados a sentirnos hermanos en la fe,
descubrimos con mayor hondura la fraternidad que nos une
a la humanidad entera: porque la Iglesia ha sido enviada
por Cristo a todas las gentes y a todos los pueblos
[420] .
Esto que acabo de decir es algo que hemos experimentado
todos, puesto que no nos han faltado ocasiones de
comprobar los efectos sobrenaturales de una sincera
devoción a la Virgen. Cada uno de vosotros podría
contar muchas cosas. Y yo también. Viene ahora a mi
memoria una romería que hice en 1935 a una ermita de la
Virgen, en tierra castellana: a Sonsoles.
No era una romería tal como se entiende habitualmente.
No era ruidosa ni masiva: ibamos tres personas. Respeto
y amo esas otras manifestaciones públicas de piedad,
pero personalmente prefiero intentar ofrecer a María el
mismo cariño y el mismo entusiasmo, con visitas
personales, o en pequeños grupos, con sabor de
intimidad.
En aquella romería a Sonsoles conocí el origen de esta
advocación de la Virgen. Un detalle sin mucha
importancia, pero que es una manifestación filial de la
gente de aquella tierra. La imagen de Nuestra Señora
que se venera en aquel lugar, estuvo escondida durante
algún tiempo, en la época de las luchas entre
cristianos y musulmanes en España. Al cabo de algunos años,
la estatua fue encontrada por unos pastores que –según
cuenta la tradición–, al verla comentaron: ¡Qué
ojos tan hermosos! ¡Son soles!
Madre de Cristo, Madre de los cristianos
Desde aquel año de 1933, en numerosas y habituales
visitas a Santuarios de Nuestra Señora, he tenido ocasión
de reflexionar y de meditar sobre esta realidad del cariño
de tantos cristianos a la Madre de Jesús. Y he pensado
siempre que ese cariño es una correspondencia de amor,
una muestra de agradecimiento filial. Porque María está
muy unida a esa manifestación máxima del amor de Dios:
la Encarnación del Verbo, que se hizo hombre como
nosotros y cargó con nuestras miserias y pecados. María,
fiel a la misión divina para la que fue criada, se ha
prodigado y se prodiga continuamente en servicio de los
hombres, llamados todos a ser hermanos de su Hijo Jesús.
Y la Madre de Dios es también realmente, ahora, la
Madre de los hombres.
Así es, porque así lo quiso el Señor. Y el Espíritu
Santo dispuso que quedase escrito, para que constase por
todas las generaciones: Estaban junto a la cruz de Jesús,
su madre, y la hermana de su madre, María, mujer de
Cleofás, y María Magdalena. Habiendo mirado, pues, Jesús
a su madre, y al discípulo que él amaba, que estaba
allí, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Después, dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y
desde aquel punto el discípulo la tuvo por Madre [421]
.
Juan, el discípulo amado de Jesús, recibe a María, la
introduce en su casa, en su vida. Los autores
espirituales han visto en esas palabras, que relata el
Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los
cristianos para que pongamos también a María en
nuestras vidas. En cierto sentido, resulta casi
superflua esa aclaración. María quiere ciertamente que
la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza,
que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se
manifieste como nuestra Madre [422] .
Pero es una madre que no se hace rogar, que incluso se
adelanta a nuestras súplicas, porque conoce nuestras
necesidades y viene prontamente en nuestra ayuda,
demostrando con obras que se acuerda constantemente de
sus hijos. Cada uno de nosotros, al evocar su propia
vida y ver cómo en ella se manifiesta la misericordia
de Dios, puede descubrir mil motivos para sentirse de un
modo muy especial hijo de María.
Los textos de las Sagradas Escrituras que nos hablan de
Nuestra Señora, hacen ver precisamente cómo la Madre
de Jesús acompaña a su Hijo paso a paso, asociándose
a su misión redentora, alegrándose y sufriendo con El,
amando a los que Jesús ama, ocupándose con solicitud
maternal de todos aquellos que están a su lado.
Pensemos, por ejemplo, en el relato de las bodas de Caná.
Entre tantos invitados de una de esas ruidosas bodas
campesinas, a las que acuden personas de varios poblados,
María advierte que falta el vino [423] . Se da cuenta
Ella sola, y en seguida. ¡Qué familiares nos resultan
las escenas de la vida de Cristo! Porque la grandeza de
Dios, convive con lo ordinario, con lo corriente. Es
propio de una mujer, y de un ama de casa atenta,
advertir un descuido, estar en esos detalles pequeños
que hacen agradable la existencia humana: y así actuó
María.
Fijaos también en que es Juan quien cuenta la escena de
Caná: es el único evangelista que ha recogido este
rasgo de solicitud materna. San Juan nos quiere recordar
que María ha estado presente en el comienzo de la vida
pública del Señor. Esto nos demuestra que ha sabido
profundizar en la importancia de esa presencia de la Señora.
Jesús sabía a quién confiaba su Madre: a un discípulo
que la había amado, que había aprendido a quererla
como a su propia madre y era capaz de entenderla.
Pensemos ahora en aquellos días que siguieron a la
Ascensión, en espera de la Pentecostés. Los discípulos,
llenos de fe por el triunfo de Cristo resucitado y
anhelantes ante la promesa del Espíritu Santo, quieren
sentirse unidos, y los encontramos cum María matre Iesu,
con Maria, la madre de Jesús [424] . La oración de los
discípulos acompaña a la oración de María: era la
oración de una familia unida.
Esta vez quien nos transmite ese dato es San Lucas, el
evangelista que ha narrado con más extensión la
infancia de Jesús. Parece como si quisiera darnos a
entender que, así como María tuvo un papel de primer
plano en la Encarnación del Verbo, de una manera análoga
estuvo presente también en los orígenes de la Iglesia,
que es el Cuerpo de Cristo.
Desde el primer momento de la vida de la Iglesia, todos
los cristianos que han buscado el amor de Dios, ese amor
que se nos revela y se hace carne en Jesucristo, se han
encontrado con la Virgen, y han experimentado de maneras
muy diversas su maternal solicitud. La Virgen Santísima
puede llamarse con verdad madre de todos los cristianos.
San Agustín lo decía con palabras claras: cooperó con
su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles,
miembros de aquella cabeza, de la que es efectivamente
madre según el cuerpo [425] .
No es pues extraño que uno de los testimonios más
antiguos de la devoción a María sea precisamente una
oración llena de confianza. Me refiero a esa antífona
que, compuesta hace siglos, continuamos repitiendo aún
hoy día: Nos acogemos bajo tu protección, Santa Madre
de Dios: no desprecies las súplicas que te dirigimos en
nuestra necesidad, antes bien sálvanos siempre de todos
los peligros, Virgen gloriosa y bendita [426] .
Tratar a María
De una manera espontánea, natural, surge en nosotros el
deseo de tratar a la Madre de Dios, que es también
Madre nuestra. De tratarla como se trata a una persona
viva: porque sobre Ella no ha triunfado la muerte, sino
que está en cuerpo y alma junto a Dios Padre, junto a
su Hijo, junto al Espíritu Santo.
Para comprender el papel que María desempeña en la
vida cristiana, para sentirnos atraídos hacia Ella,
para buscar su amable compañía con filial afecto, no
hacen falta grandes disquisiciones, aunque el misterio
de la Maternidad divina tiene una riqueza de contenido
sobre el que nunca reflexionaremos bastante.
La fe católica ha sabido reconocer en María un signo
privilegiado del amor de Dios: Dios nos llama ya ahora
sus amigos, su gracia obra en nosotros, nos regenera del
pecado, nos da las fuerzas para que, entre las
debilidades propias de quien aún es polvo y miseria,
podamos reflejar de algún modo el rostro de Cristo. No
somos sólo náufragos a los que Dios ha prometido
salvar, sino que esa salvación obra ya en nosotros.
Nuestro trato con Dios no es el de un ciego que ansía
la luz pero que gime entre las angustias de la
obscuridad, sino el de un hijo que se sabe amado por su
Padre.
De esa cordialidad, de esa confianza, de esa seguridad,
nos habla María. Por eso su nombre llega tan derecho al
corazón. La relación de cada uno de nosotros con
nuestra propia madre, puede servirnos de modelo y de
pauta para nuestro trato con la Señora del Dulce Nombre,
María. Hemos de amar a Dios con el mismo corazón con
el que queremos a nuestros padres, a nuestros hermanos,
a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros
amigos o amigas: no tenemos otro corazón. Y con
ese mismo corazón hemos de tratar a María.
¿Cómo se comportan un hijo o una hija normales con su
madre? De mil maneras, pero siempre con cariño y con
confianza. Con un cariño que discurrirá en cada caso
por cauces determinados, nacidos de la vida misma, que
no son nunca algo frío, sino costumbres entrañables de
hogar, pequeños detalles diarios, que el hijo necesita
tener con su madre y que la madre echa de menos si el
hijo alguna vez los olvida: un beso o una caricia al
salir o al volver a casa, un pequeño obsequio, unas
palabras expresivas.
En nuestras relaciones con Nuestra Madre del Cielo hay
también esas normas de piedad filial, que son el cauce
de nuestro comportamiento habitual con Ella. Muchos
cristianos hacen propia la costumbre antigua del
escapulario; o han adquirido el hábito de saludar –no
hace falta la palabra, el pensamiento basta– las imágenes
de María que hay en todo hogar cristiano o que adornan
las calles de tantas ciudades; o viven esa oración
maravillosa que es el santo rosario, en el que el alma
no se cansa de decir siempre las mismas cosas, como no
se cansan los enamorados cuando se quieren, y en el que
se aprende a revivir los momentos centrales de la vida
del Señor; o acostumbran dedicar a la Señora un día
de la semana –precisamente este mismo en que estamos
ahora reunidos: el sábado–, ofreciéndole alguna
pequeña delicadeza y meditando más especialmente en su
maternidad.
Hay muchas otras devociones marianas que no es necesario
recordar aquí ahora. No tienen por qué estar
incorporadas todas a la vida de cada cristiano –crecer
en vida sobrenatural es algo muy distinto del mero ir
amontonando devociones–, pero debo afirmar al mismo
tiempo que no posee la plenitud de la fe quien no vive
alguna de ellas, quien no manifiesta de algún modo su
amor a María.
Los que consideran superadas las devociones a la Virgen
Santísima, dan señales de que han perdido el hondo
sentido cristiano que encierran, de que han olvidado la
fuente de donde nacen: la fe en la voluntad salvadora de
Dios Padre, el amor a Dios Hijo que se hizo realmente
hombre y nació de una mujer, la confianza en Dios Espíritu
Santo que nos santifica con su gracia. Es Dios quien nos
ha dado a María, y no tenemos derecho a rechazarla,
sino que hemos de acudir a Ella con amor y con alegría
de hijos.
Hacerse niños en el Amor a Dios
Consideremos atentamente este punto, porque nos puede
ayudar a comprender cosas muy importantes, ya que el
misterio de María nos hacer ver que, para acercarnos a
Dios, hay que hacerse pequeños. En verdad os digo –exclamó
el Señor dirigiéndose a sus discípulos–, que si no
os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis
en el reino de los cielos [427] .
Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la
autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada
podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de
nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para
perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse
como se abandonan los niños, creer como creen los niños,
pedir como piden los niños.
Y todo eso lo aprendemos tratando a María. La devoción
a la Virgen no es algo blando o poco recio: es consuelo
y júbilo que llena el alma, precisamente en la medida
en que supone un ejercicio hondo y entero de la fe, que
nos hace salir de nosotros mismos y colocar nuestra
esperanza en el Señor. Es Yavé mi pastor –canta uno
de los salmos–, de nada careceré. Me hace descansar
en frondosas praderas, junto a aguas sabrosas me
conduce; me devuelve la vida, y me guía por caminos
derechos, en virtud de su nombre. Aunque yo ande por
valles tenebrosos, ningún mal temeré, porque tú estás
conmigo [428] .
Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser
hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos,
sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar
sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada
puede destruir nuestra esperanza. El principio del
camino que lleva a la locura del amor de Dios es un
confiado amor a María Santísima. Así lo escribí hace
ya muchos años, en el prólogo a unos comentarios al
santo rosario, y desde entonces he vuelto a comprobar
muchas veces la verdad de esas palabras. No voy a hacer
aquí muchos razonamiento, con el fin de glosar esa
idea: os invito más bien a que hagáis la experiencia,
a que lo descubráis por vosotros mismos, tratando
amorosamente a María, abriéndole vuestro corazón,
confiándole vuestras alegrías y vuestra penas, pidiéndole
que os ayude a conocer y a seguir a Jesús.
Si buscáis a María, encontraréis a Jesús. Y aprenderéis
a entender un poco lo que hay en ese corazón de Dios
que se anonada, que renuncia a manifestar su poder y su
majestad, para presentarse en forma de esclavo [429] .
Hablando a lo humano, podríamos decir que Dios se
excede, pues no se limita a lo que sería esencial o
imprescindible para salvarnos, sino que va más allá.
La única norma o medida que nos permite comprender de
algún modo esa manera de obrar de Dios es darnos cuenta
de que carece de medida: ver que nace de una locura de
amor, que le lleva a tomar nuestra carne y a cargar con
el peso de nuestros pecados.
¿Cómo es posible darnos cuenta de eso, advertir que
Dios nos ama, y no volvernos también nosotros locos de
amor? Es necesario dejar que esas verdades de nuestra fe
vayan calando en el alma, hasta cambiar toda nuestra
vida. ¡Dios nos ama!: el Omnipotente, el Todopoderoso,
el que ha hecho cielos y tierra.
Dios se interesa hasta de las pequeñas cosas de sus
criaturas: de las vuestras y de las mías, y nos llama
uno a uno por nuestro propio nombre [430] . Esa certeza
que nos da la fe hace que miremos lo que nos rodea con
una luz nueva, y que, permaneciendo todo igual,
advirtamos que todo es distinto, porque todo es expresión
del amor de Dios.
Nuestra vida se convierte así en una continua oración,
en un buen humor y en una paz que nunca se acaban, en un
acto de acción de gracias desgranado a través de las
horas. Mi alma glorifica al Señor –cantó la Virgen
María– y mi espíritu está transportado de gozo en
el Dios salvador mío; porque ha puesto los ojos en la
bajeza de de su esclava, por tanto ya desde ahora me
llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque
ha hecho en mí cosas grandes aquel que es todopoderoso,
cuyo nombre es santo [431] .
Nuestra oración puede acompañar e imitar esa oración
de María. Como Ella, sentiremos el deseo de cantar, de
proclamar las maravillas de Dios, para que la humanidad
entera y los seres todos participen de la felicidad
nuestra.
María nos hacer sentirnos hermanos
No se puede tratar filialmente a María y pensar sólo
en nosotros mismos, en nuestros propios problemas. No se
puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas
personales. María lleva a Jesús, y Jesús es
primogenitus in multis fratribus, primogénito entre
muchos hermanos [432] . Conocer a Jesús, por tanto, es
darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con
otro sentido que con el de entregarnos al servicio de
los demás. Un cristiano no puede detenerse sólo en
problemas personales, ya que ha de vivir de cara a la
Iglesia universal, pensando en al salvación de todas
las almas.
De este modo, hasta esas facetas que podrían
considerarse más privadas e íntimas –la preocupación
por el propio mejoramiento interior– no son en
realidad personales: puesto que la santificación forma
una sola cosa con el apostolado. Nos hemos de esforzar,
por tanto, en nuestra vida interior y en el desarrollo
de las virtudes cristianas, pensando en el bien de toda
la Iglesia, ya que no podríamos hacer el bien y dar a
conocer a Cristo, si en nosotros no hubiera un empeño
sincero por hacer realidad práctica las enseñanzas del
Evangelio.
Impregnados de este espíritu, nuestros rezos, aun
cuando comiencen por temas y propósitos en apariencia
personales, acaban siempre discurriendo por los cauces
del servicio a los demás. Y si caminamos de la mano de
la Virgen Santísima, Ella hará que nos sintamos
hermanos de todos los hombres: porque todos somos hijos
de ese Dios del que Ella es Hija, Esposa y Madre.
Los problemas de nuestros prójimos han de ser nuestros
problemas. La fraternidad cristiana debe encontrarse muy
metida en lo hondo del alma, de manera que ninguna
persona nos sea indiferente. María, Madre de Jesús,
que lo crió, lo educó y lo acompañó durante su vida
terrena y que ahora está junto a El en los cielos, nos
ayudará a reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado,
que se nos hace presente en las necesidades de nuestros
hermanos los hombres.
En aquella romería de que os hablaba al principio,
mientras caminábamos hacia la ermita de Sonsoles,
pasamos junto a unos campos de trigo. Las mieses
brillaban al sol, mecidas por el viento. Vino entonces a
mi memoria un texto del Evangelio, unas palabras que el
Señor dirigió al grupo de sus discípulos: ¿No decís
vosotros: ea, dentro de cuatro meses estaremos ya en la
siega? Pues ahora yo os digo: alzad vuestros ojos,
tended la vista por los campos y ved ya las mieses
blancas y a punto de segarse [433] . Pensé una vez más
que el Señor quería meter en nuestros corazones el
mismo afán, el mismo fuego que dominaba el suyo. Y,
apartándome un poco del camino, recogí unas espigas
para que me sirvieran de recordatorio.
Hay que abrir los ojos, hay que saber mirar a nuestro
alrededor y reconocer esas llamadas que Dios nos dirige
a través de quienes nos rodean. No podemos vivir de
espaldas a la muchedumbre, encerrados en nuestro pequeño
mundo. No fue así como vivió Jesús. Los Evangelios
nos hablan muchas veces de su misericordia, de su
capacidad de participar en el dolor y en las necesidades
de los demás: se compadece de la viuda de Naím [434] ,
llora por la muerte de Lázaro [435] , se preocupa de
las multitudes que le siguen y que no tienen qué comer
[436] , se compadece también sobre todo de los
pecadores, de los que caminan por el mundo sin conocer
la luz ni la verdad: desembarcando vio Jesús una gran
muchedumbre, y enterneciéronsele con tal vista las
entrañas, porque andaban como ovejas sin pastor, y se
puso a instruirlos en muchas cosas [437] .
Cuando somos de verdad hijos de María comprendemos esa
actitud del Señor, de modo que se agranda nuestro corazón
y tenemos entrañas de misericordia. Nos duelen entonces
los sufrimientos, las miserias, las equivocaciones, la
soledad, la angustia, el dolor de los otros hombres
nuestros hermanos. Y sentimos la urgencia de ayudarles
en sus necesidades, y de hablarles de Dios para que
sepan tratarle como hijos y puedan conocer las
delicadezas maternales de María.
Ser apóstol de apóstoles
Llenar de luz el mundo, ser sal y luz [438] : así ha
descrito el Señor la misión de sus discípulos. Llevar
hasta los últimos confines de la tierra la buena nueva
del amor de Dios. A eso debemos dedicar nuestras vidas,
de una manera o de otra, todos los cristianos.
Diré más. Hemos de sentir la ilusión de no permanecer
solos, debemos animar a otros a que contribuyan a esa
misión divina de llevar el gozo y la paz a los
corazones de los hombres. En la medida en que progresáis,
atraed a los demás con vosotros, escribe San Gregorio
Magno; desead tener compañeros en el camino hacia el Señor
[439] .
Pero tened presente que, cum dormirent homines, mientras
dormían los hombres, vino el sembrador de la cizaña,
dice el Señor en una parábola [440] . Los hombres
estamos expuestos a dejarnos llevar del sueño del egoísmo,
de la superficialidad, desperdigando el corazón en mil
experiencias pasajeras, evitando profundizar en el
verdadero sentido de las realidades terrenas. ¡Mala
cosa ese sueño, que sofoca la dignidad del hombre y le
hace esclavo de la tristeza!
Hay un caso que nos debe doler sobre manera: el de
aquellos cristianos que podrían dar más y no se
deciden; que podrían entregarse del todo, viviendo
todas las consecuencias de su vocación de hijos de Dios,
pero se resisten a ser generosos. Nos debe doler porque
la gracia de la fe no se nos ha dado para que esté
oculta, sino para que brille ante los hombres [441] ;
porque, además, está en juego la felicidad temporal y
la eterna de quienes así obran. La vida cristiana es
una maravilla divina, con promesas inmediatas de
satisfacción y de serenidad, pero a condición de que
sepamos apreciar el don de Dios [442] , siendo generosos
sin tasa.
Es necesario, pues, despertar a quienes hayan podido
caer en ese mal sueño: recordarles que la vida no es
cosa de juego, sino tesoro divino, que hay que hacer
fructificar. Es necesario también enseñar el camino, a
quienes tienen buena voluntad y buenos deseos, pero no
saben cómo llevarlos a la práctica. Cristo nos urge.
Cada uno de vosotros ha de ser no sólo apóstol, sino
apóstol de apóstoles, que arrastre a otros, que mueva
a los demás para que también ellos den a conocer a
Jesucristo.
Quizás alguno se pregunte cómo, de qué manera puede
dar este conocimiento a las gentes. Y os respondo: con
naturalidad, con sencillez, viviendo como vivís en
medio del mundo, entregados a vuestro trabajo
profesional y al cuidado de vuestra familia,
participando en los afanes nobles de los hombres,
respetando la legítima libertad de cada uno.
Desde hace casi treinta años ha puesto Dios en mi corazón
el ansia de hace comprender a personas de cualquier
estado, de cualquier condición u oficio, esta doctrina:
que la vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios,
que el Señor nos llama a santificar la tarea corriente,
porque ahí está también la perfección cristiana.
Considerémoslo una vez más, contemplando la vida de
María.
No olvidemos que la casi totalidad de los días que
Nuestra Señora pasó en la tierra transcurrieron de una
manera muy parecida a las jornadas de otros millones de
mujeres, ocupadas en cuidar de su familia, en educar a
sus hijos, en sacar adelante las tareas del hogar. María
santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente
como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día,
los detalles de atención hacia las personas queridas,
las conversaciones y las visitas con motivo de
parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede
estar llena de tanto amor de Dios!
Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor.
Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido
completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la
quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina.
Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no
sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de
contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros
ejemplo y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en
las circunstancias concretas en las que Dios ha querido
que vivamos.
Actuando así daremos a quienes nos rodean el testimonio
de una vida sencilla y normal, con las limitaciones y
con los defectos propios de nuestra condición humana,
pero coherente. Y, al vernos iguales a ellos en todas
las cosas, se sentirán los demás invitados a
preguntarnos: ¿cómo se explica vuestra alegría?, ¿de
dónde sacáis las fuerzas para vencer el egoísmo y la
comodidad?, ¿quién os enseña a vivir la comprensión,
la limpia convivencia y la entrega, el servicio a los
demás?
Es entonces el momento de descubrirles el secreto divino
de la existencia cristiana: de hablarles de Dios, de
Cristo, del Espíritu Santo, de María. El momento de
procurar transmitir, a través de las pobres palabras
nuestras, esa locura del amor de Dios que la gracia ha
derramado en nuestros corazones.
San Juan conserva en su Evangelio una frase maravillosa
de la Virgen, en una escena que ya antes considerábamos:
la de las bodas de Caná. Nos narra el evangelista que,
dirigiéndose a los sirvientes, María les dijo: Haced
lo que El os dirá [443] . De eso se trata; de llevar a
las almas a que se sitúen frente a Jesús y le
pregunten: Domine, quid me vis facere?, Señor, ¿qué
quieres que yo haga? [444] .
El apostolado cristiano –y me refiero ahora en
concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o
la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales–
es una gran catequesis, en la que, a través del trato
personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta
en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a
descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con
sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida,
con la palabra amable pero llena de la fuerza de la
verdad divina.
Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, Regina
apostolorum. Y Nuestra Señora, sin dejar de comportarse
como Madre, sabe colocar a sus hijos delante de sus
precisas responsabilidades. María, a quienes se acercan
a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso
favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a
frente al ejemplo del Hijo de Dios. Y en ese
enfrentamiento, donde se decide la vida cristiana, María
intercede para que nuestra conducta culmine con una
reconciliación del hermano menor –tú y yo– con el
Hijo primogénito del Padre.
Muchas conversiones, muchas decisiones de entrega al
servicio de Dios han sido precedidas de un encuentro con
María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda,
ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha
hecho aspirar a un cambio, a una vida nueva. Y así el
haced lo que El os dirá se ha convertido en realidades
de amoroso entregamiento, en vocación cristiana que
ilumina desde entonces toda nuestra vida personal.
Este rato de conversión delante del Señor, en el que
hemos meditado sobre la devoción y el cariño a la
Madre suya y nuestra, puede, pues, terminar reavivando
nuestra fe. Está comenzando el mes de mayo. El Señor
quiere de nosotros que no desaprovechemos esta ocasión
de crecer en su Amor a través del trato con su Madre.
Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de
hijos –cosas pequeñas, atenciones delicadas–, que
se van haciendo grandes realidades de santidad personal
y de apostolado, es decir, de empeño constante por
contribuir a la salvación que Cristo ha venido a traer
al mundo.
Sancta Maria, spes nostra, ancilla Domini, sedes
sapientiae, ora por nobis! Santa María, esperanza
nuestra, esclava del Señor, asiento de la Sabiduría,
¡ruega por nosotros!
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[418] Cfr. I Pet II, 10.
[419] Eph II, 19.
[420] Cfr. Mt XXVIII, 19.
[421] Ioh XIX, 25–27.
[422] Monstra te esse Matrem
(Himno litúrgico Ave maris stella).
[423] Cfr. Ioh II, 3.
[424] Cfr. Act I, 14.
[425] S. Agustín, De sancta
virginitate, 6 (PL 40, 399).
[426] Sub tuum praesidium
confugimus, Sancta Dei Genetrix: nostras deprecationes
ne despicias in necessitatibus, sed a periculis cunctis
libera nos semper, Virgo gloriosa et benedicta.
[427] Mt XVIII, 3.
[428] Ps XXII, 1-4.
[429] Cfr. Phil II, 6-7.
[430] Cfr. Is XLIII, 1.
[431] Lc I, 46-49.
[432] Rom VIII, 29.
[433] Ioh IV, 35.
[434] Cfr. Lc VII, 11-17.
[435] Cfr. Ioh XI, 35.
[436] Cfr. Mt XV, 32.
[437] Mc VI, 34.
[438] Cfr. Mt V, 13-14.
[439] S. Gregorio Magno, In
Evangelia homiliae, 6, 6 (PL 76, 1098).
[440] Mt XIII, 25.
[441] Cfr. Mt V, 15-16.
[442] Cfr. Ioh IV, 10.
[443] Ioh II, 5.
[444] Act IX, 6.
Homilía extraída del sitio http://www.escrivaworks.org |