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 “La etapa de la conversión personal”

Homilía del prelado del Opus Dei en la última misa de acción de gracias por la canonización de Josemaría Escriva. La ceremonia tuvo lugar en la basílica romana de san Eugenio la tarde del 10 de octubre.

10 de octubre de 2002

Mons. Echevarría
durante la homilía.

Basílica de san Eugenio, Roma, 10-X-2002

Están a punto de concluir las inolvidables jornadas de la canonización de san Josemaría Escrivá. Dentro de unos momentos, sus venerados restos mortales serán trasladados de nuevo a la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, después de que han sido expuestos a la veneración de los fieles durante ocho días en esta basílica de San Eugenio. Enseguida comenzará la diáspora —ya dio inicio, para muchos, inmediatamente después de la canonización—, y todos volveremos a nuestros quehaceres habituales: a la vida ordinaria, que es la palestra de nuestra lucha por alcanzar la santidad.

Preguntémonos: ¿qué propósito podemos sacar de estos días transcurridos en Roma, en los que hemos experimentado la maravilla de la universalidad de la Iglesia, y de esta partecica de la Iglesia que es el Opus Dei? ¿Cómo ha de discurrir mi vida, de ahora en adelante? ¿Qué puedo decir de parte de san Josemaría a los que no han podido asistir a la canonización, aunque han estado bien presentes espiritualmente durante estos días?

Si fuera yo quien les hablara, les recordaría aquella consideración que nos ofreció el queridísimo don Álvaro hace diez años, en una de las últimas misas de acción de gracias por la beatificación de nuestro Padre. Comentaba entonces, y yo hago mías sus palabras, que comenzaba «una nueva etapa en la vida del Opus Dei (...), en la vida de cada uno de sus miembros. Una etapa de un amor más profundo a Dios, de un empeño apostólico más constante, de un servicio más generoso a la Iglesia y a toda la humanidad. Una etapa, en definitiva, de fidelidad más plena al espíritu de santificación en medio del mundo que nuestro Fundador nos ha dejado en herencia» (Homilía en la Misa de acción de gracias por la beatificación de Josemaría Escrivá, 21-V-1992). En otras palabras: buscar a diario la conversión personal.

Querría glosar brevemente estos tres puntos. Pido al Señor que los grabe hondamente en nuestros corazones y nos ayude a ponerlos en práctica.

Amor más profundo a Dios. Durante varios meses, como preparación para este acontecimiento, nos hemos esforzado por convertirnos cada jornada. ¡Cuántas veces habremos suplicado esta gracia por intercesión de san Josemaría Escrivá! Somos conscientes de que el camino de la santidad se encuentra constelado de sucesivas mudanzas. La conversión, en efecto, no consiste sólo en abrazar la verdadera fe, ni en rechazar el pecado para dar cabida a la gracia. Ciertamente, moverse habitualmente en la amistad de Dios es requisito indispensable para acceder a su intimidad. Pero eso sólo no basta: se requiere crecer —como hizo nuestro Padre— en esa intimidad, identificándose progresivamente con Cristo, hasta que llegue el momento en que cada uno de nosotros pueda exclamar con san Pablo: vivo autem, iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20), no vivo yo, sino que Cristo vive en mí, porque trato de seguir con fidelidad, en todo momento, las huellas que el Señor ha dejado a su paso por la tierra. «No te contentes nunca con lo que eres —te recuerdo con palabras de san Agustín—, si quieres llegar a lo que todavía no eres. Porque allí donde te consideraste satisfecho, allí te paraste. Si dijeres: "¡Ya basta!", pereciste. Crece siempre, progresa siempre, avanza siempre» (Sermón 169, 18).

En la peregrinación hacia el Cielo, resulta imprescindible ese esfuerzo por adelantar cada día, colaborando con el Espíritu Santo en la tarea de la santificación. Y esto se logra a base de una conversión, y de otra, y de otra, en puntos quizá pequeños, pero concretos y constantes, que son como pasos del alma en su constante acercamiento a Dios.

Resulta por eso conveniente que, como fruto de estos días, renovemos a fondo el afán de poner en práctica las enseñanzas de quien el Señor constituyó —al hacerle ver el Opus Dei— en heraldo y maestro de la llamada universal a la santidad y al apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria. Pidamos a Dios Padre, por la intercesión de este santo sacerdote, como la Iglesia nos invita a hacer en la colecta de la Misa, para que, realizando fielmente el trabajo cotidiano según el Espíritu de Cristo, seamos configurados a tu Hijo (Misa de san Josemaría, Colecta). Te rogamos, Señor, que todos los cristianos ahondemos en el sentido de la filiación divina, con el ímpetu y la eficacia con que lo intentó San Josemaría, en fiel respuesta a los impulsos del Paráclito.

Aunque cada uno de nosotros es muy poquita cosa, nuestra esperanza aparece segura: Dios Padre está empeñado en llevarnos a la perfección de la caridad, en Cristo, por el Espíritu Santo. En efecto, “los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abbá, Padre!». Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con Él también glorificados” (Rm 8, 14-17).

El propósito de amar más a Dios, de identificaros plenamente con Jesucristo, de corresponder a la acción del Espíritu Santo, se ha de traducir en un empeño apostólico más constante, como nos sugiere la liturgia al invitarnos a pedir que, en unión con la Santísima Virgen María, sirvamos con ardiente amor a la obra de la Redención (Misa de san Josemaría Escrivá, Colecta).

Estáis a punto de emprender el regreso a vuestros países, a vuestros hogares, a vuestros trabajos. Hacedlo decididos a ser los instrumentos que el Señor desea utilizar para extender su palabra y su gracia sobre la tierra. Echad una ojeada a vuestro alrededor, al círculo profesional, social o familiar en el que os movéis, y descubriréis a tantas personas, ¡hijas e hijos de Dios!, que no valoran suficientemente la excelsa dignidad a que las elevó el Bautismo, ni la grandiosa vocación con la que el Señor las llama a participar de su misma Vida. Quizá nadie les ha hablado de Dios, o no les ha comunicado de modo convincente la noticia de que están destinadas a la Felicidad con mayúscula, a esa felicidad eterna a la que aspiran todas las criaturas humanas, y que las cosas de aquí abajo no pueden dar.

Hemos de despertarles de su sopor, abrirles los ojos con la elocuencia de nuestra vida y el entusiasmo de nuestras palabras, y así conducirles hacia Jesús. Contamos con la ayuda poderosa de la Virgen y de san José, de los ángeles custodios, de san Josemaría y de todos los santos y santas de Dios. No somos mejores que ellos, pero el Señor, en su Amor infinito, nos ha buscado y nos invita a recorrer todos los caminos y las encrucijadas del mundo al encuentro de nuestros hermanos, los hombres y mujeres que nos rodean.

Se repetirá una vez más el milagro que nos relata la página del Evangelio de hoy, cuando los apóstoles, fieles al mandato de Cristo, recogieron gran cantidad de peces: tantos, que las redes se rompían (Lc 5, 6). Con palabras del Fundador del Opus Dei, también nosotros, «recordando la miseria de que estamos hechos, teniendo en cuenta tantos fracasos por nuestra soberbia; ante la majestad de ese Dios, de Cristo pescador, hemos de confesar lo mismo que san Pedro: Señor, yo soy un pobre pecador (cfr. Lc 5, 8). Y entonces, ahora a ti y a mí, como antes a Simón Pedro, Jesucristo nos repetirá lo que nos sugirió hace tanto tiempo: desde ahora serás pescador de hombres (Lc 5, 10), por mandato divino, con misión divina, con eficacia divina» (Apuntes tomados en una meditación, 3-XI-1955).

Nuestro empeño por ser santos y hacer apostolado tiene una sola finalidad: la gloria de Dios, la salvación de las almas: un servicio más generoso a la Iglesia y a toda la humanidad, como se expresaba don Álvaro hace diez años. Pero no olvidemos que no sabremos servir a quienes nos esperan, si cotidianamente no ponemos este afán de atender a los que con nosotros conviven. Durante su existencia terrena, san Josemaría Escrivá no tuvo otra mira que servir a Dios, a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Seguía el ejemplo del Maestro, que no ha venido a ser servido, sino a servir, y dar su vida en redención de muchos (Mt 20, 28). Quiso este santo sacerdote a las almas, porque se ejercitó en una caridad fina con quienes estaban a su alrededor.

Siendo servidor de todos, nuestro Padre se gozaba especialmente en el servicio filial a la Iglesia y al Papa. «Pensad siempre —escribió— que después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Papa. Por eso, mucha veces digo: gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón» (Carta 9-I-1932, n. 20).

Procuremos imitar este amor y esta veneración al Papa. Su dignidad de Vicario de Cristo, de dolce Cristo in terra, constituye título más que suficiente para que nos sintamos unidos al Romano Pontífice de todo corazón, como consecuencia de un verdadero y propio deber filial. Pero, además, resulta lógico que deseemos manifestar nuestra gratitud a Juan Pablo II, por haber sido el instrumento de Dios para la canonización de nuestro Fundador, y que ofrezcamos por su Persona y sus intenciones una oración intensa, una mortificación generosa, una tarea profesional realizada con perfección sobrenatural y humana.

Tened presente al Papa —os digo con nuestro Padre— sobre todo «cuando la dureza del trabajo os haga recordar quizá que estáis sirviendo, porque servir por Amor es una cosa deliciosa, que llena de paz el alma, aunque no falten sinsabores» (Carta 31-V-1943, n. 11). Si seguimos estas recomendaciones, recorreremos con seguridad y con alegría el camino de nuestra vocación (Misa de san Josemaría, Oración después de la Comunión).

Confiemos estos propósitos a la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia. Ella, con la colaboración de su Esposo san José, a quien tanto veneramos, de los santos Ángeles Custodios, de todos los santos y, de modo especial, de san Josemaría Escrivá, presentará esos deseos ante la Trinidad Beatísima, que los acogerá benignamente, los confirmará y nos concederá la gracia de cumplirlos fielmente. Así sea.


 

Un patrimonio de toda la Iglesia

Entrevista con mons. Javier Echevarría tres meses después de la canonización de san Josemaría.

Paulina Lo Celso (Argentina)
06 de enero de 2003
 

A tres meses de distancia, ¿qué diagnóstico haría de la canonización de Josemaría Escrivá, en relación a la Iglesia y al mundo?

Un cardenal alemán ha declarado que la canonización supone la "desprivatización" del fundador del Opus Dei, afirmando así que ahora su enseñanza y su ejemplo se extienden a toda la Iglesia, no sólo a los fieles de la Prelatura. Me parece una imagen acertada. A la vez, se podría decir que esa realidad se remonta a los primeros años de la actividad sacerdotal de Josemaría Escrivá: desde entonces movió a muchísimas personas a tomarse en serio la vida cristiana, a entregarse a Dios por entero, a servir a la Iglesia.

Evidentemente, a partir de ahora este fenómeno adquiere perfiles nuevos. Lo han señalado numerosos comentaristas: las enseñanzas de san Josemaría sobre la santificación del trabajo y de la vida ordinaria constituyen ya un patrimonio de toda la Iglesia. La presencia de cientos de miles de personas en la Plaza de San Pedro; los muchos millones de ciudadanos de los más diversos países que han seguido la ceremonia por radio, televisión o internet; el interés de los medios de comunicación; las declaraciones de numerosas personalidades: son señales que confirman que la santidad no es un concepto olvidado, que la Iglesia tiene y tendrá siempre —no cabe otra posibilidad— un mensaje significativo para el mundo.

Durante los últimos siglos se ha producido un proceso de secularización, que propugna un estilo de conducta sin dimensión sobrenatural, "como si Dios no existiese"; pero en nuestros días estamos observando un proceso de signo contrario, que a la "secularización" opone la "secularidad" bien entendida: es decir, un modo más profundo de comprender la relación entre la fe y la vida ordinaria. En ese contexto de inicio de una época, de renovación perenne de la Iglesia, de mostrar a Cristo que jamás "pasa de moda", se sitúa el mensaje del nuevo santo.

¿El hecho de que monseñor Escrivá haya sido canonizado, marca algo especial para la Obra?

Sin duda la canonización representa un momento muy importante para la Prelatura del Opus Dei. En el ámbito personal, para cada uno de los fieles de la Prelatura la canonización es una nueva confirmación de sus anhelos, y un desafío santo para llegar a todo lo que Dios le pide. El espíritu de san Josemaría no es sólo una promesa, sino un camino bien concreto y eficaz para alcanzar la santidad. Además, la canonización representa una llamada a la responsabilidad: las enseñanzas de este sacerdote han de dar fruto de santidad, de virtudes, de entrega a Dios y a los demás.

Muchos cardenales y obispos lo han repetido en las misas de acción de gracias después del día 6: la Iglesia espera de los fieles de la Prelatura su específico servicio en favor de las iglesias locales y de la sociedad en la que viven. En particular, como no deja de subrayar el Papa, cada uno se siente impulsado a servir a quienes se encuentran en situación de mayor necesidad material o espiritual, y también —esto es muy importante— a aprender de los demás.

¿Qué pasos debe dar ahora el Opus Dei —mirando hacia adelante—, con su fundador canonizado?

La Prelatura existe para servir a la Iglesia: no persigue una estrategia propia. Y Juan Pablo II ha determinado las prioridades para toda la Iglesia, en este momento de la historia, en su Carta apostólica Novo millennio ineunte. Esa es la orientación que todos los cristianos hemos de tener presente para llevar por buen camino la labor pastoral de la Iglesia, y por tanto también la labor de la Prelatura del Opus Dei. En ese contexto, por evidentes razones, los fieles del Opus Dei se saben comprometidos de modo muy particular en la difusión de la búsqueda de la santidad en la vida ordinaria. Y concretamente, trabajan con ilusión para mostrar que la santidad no se queda en un ideal "espiritualista", por así decir, sino que lleva consigo frutos de justicia y de paz, cuando los católicos se esfuerzan por buscarla.

Monseñor Escrivá sostenía —al considerar la situación del hombre y la sociedad del siglo XX—, que "estas crisis mundiales son crisis de santos". ¿Qué puede decir al respecto? ¿Sigue siendo válido ese dictamen para el hombre y la sociedad del siglo XXI?

Sí, desde luego, sigue siendo válido. Añadiría más: pienso que cada día se descubre con más claridad la densidad y la verdad de esas palabras. Basta repasar tantos acontecimientos de la actualidad marcados por la violencia, la corrupción o la injusticia. No me refiero sólo a las guerras y al terrorismo internacional. Aludo también a casos que están muy cerca de cada uno de nosotros, que leemos todos los días en las páginas locales de los periódicos. Estamos comprobando que no guarda límites la agresividad que desarrolla el ser humano cuando se olvida de Dios, de las normas morales, del respeto a la vida y a la dignidad de los demás. Y no se puede combatir el mal sólo con la amenaza del castigo. Es preciso sembrar y proclamar el bien, la verdad, a través de las pequeñas y las grandes acciones de la caridad y de la justicia, cada uno en su lugar, aunque haya que ir contra corriente.

Para que abunde la paz en el mundo debe crecer primero la paz en los corazones, decía San Josemaría. Y la paz interior no se obtiene con una vida despreocupada y ególatra, sino con sacrificio, con la renuncia al egoísmo. Santo se hace precisamente quien, siguiendo el modelo de Jesucristo, convierte su vida en una ofrenda a Dios y a los demás: paradójicamente, al declarar la "guerra" a sí mismo, al "hombre viejo", encuentra el sosiego de la propia conciencia, la paz interior, que luego transmite necesariamente a su alrededor.

Usted ya conoce la situación difícil por la que atraviesa nuestro país. ¿Qué mensaje daría el fundador del Opus Dei a los argentinos, si estuviera entre nosotros como en 1974?

En una reunión con multitud de personas, en aquel viaje de 1974, le hicieron una pregunta parecida. El momento histórico era distinto, pero pienso que la respuesta sirve también para la situación actual. Me la sé casi de memoria: "Que sembréis la paz y la alegría por todos lados; que no digáis ninguna palabra molesta para nadie; que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros. Que no maltratéis jamás a nadie; que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría..."; y no dejó de señalar que esa convivencia cristiana no significa ceder al error, a la falsa doctrina.

Recuerdo que repitió, yo creo que a propósito, lo de sembrar la paz y la alegría. Quien vive así, empeñado en difundir a su alrededor sentimientos de paz y de alegría, sabe superar los momentos humanamente difíciles. Trabajando duro, desde luego, pero descubriendo en este trabajo la presencia amorosa de Jesucristo. Por eso, pienso que san Josemaría volvería a decir lo mismo, en la coyuntura actual, a todos los hombres y mujeres de Argentina. En los momentos de apuro se necesita y se nota especialmente el valor de la fraternidad.


 

 

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